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LA OLA


Por Vicente Adelantado Soriano

La obra de Dennis Gansel, La ola, es, cuanto menos, interesante. Y muy recomendable. Una película que debería ser de visión obligada tanto para padres como para profesores y autoridades competentes. Sin olvidar a los protagonistas, los adolescentes.
El largometraje parte de una pregunta, planteada por el profesor a toda una clase de bachillerato: “¿Creéis que es imposible que otra dictadura vuelva a implantarse en Alemania?” Antes, sin embargo, con gran economía de medios, ya nos ha mostrado la frustración del profesor por no poder impartir la materia que él había preparado con tanto cariño, la anarquía. Se ve obligado, pese a sus intereses, a dar un cursillo sobre la autarquía.
La pregunta, nada inocente, desde luego, va a mostrar el hastío de los alumnos por la historia reciente de Alemania. Están hartos y cansados de oír hablar del III Reich, de Hitler y de la II Segunda Guerra Mundial. Lo cual pone de manifiesto lo acomodaticias que somos las personas: con una frase creemos salvarlo y solucionarlo todo. Así, y está bien que se diga, con el famoso “Un pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla” parece como si tuviéramos resuelto el problema. La comprometida obra de Gansel demuestra bien a las claras que no es así. Pues un recuerdo que no incide en el presente, y no nos hace cambiar hábitos de conducta, es un recuerdo estéril, muerto.
Y es la repetición de las viejas condiciones sociales e históricas, no el olvido, lo que hace surgir a los grupos totalitarios. Esas condiciones, por desgracia, están tan vigentes hoy como en la Alemania de los años treinta, o como lo pueden estar en toda sociedad que degenera en una dictadura: desencanto, vulnerabilidad de la juventud, soledad y desapego familiar entre otras. Es aquí donde la película hace aguas: hubiera hecho mejor en mostrar las relaciones de los alumnos con sus respectivas familias, y con su entorno social, ya que son ellos los protagonistas, y no en el matrimonio del profesor. Pues él y su mujer son lo menos relevante de la película. Aunque gracias al profesor volvemos a incidir en la inutilidad del recuerdo que no actúa: cree que todo el mundo, incluida su mujer, lo menosprecia por haber terminado el bachillerato en una segunda oportunidad; cree que todo el mundo lo infravalora por ser profesor de educación física; y, escudado en sus recuerdos, ignora cuanto está pasando a su alrededor, todo lo que él, su pregunta y sus “juegos”, está generando. Los recuerdos, la pasada juventud, “las tonterías” hechas en aquellos años, por supuesto, también le sirven de pretexto para no tomar cartas en el asunto: no quiere saber quién, en una lona gigantesca, en el centro de la ciudad, ha pintado el símbolo del grupo, la ola, porque tendría que denunciarlo. Mientras, la ola va creciendo, pese a la oposición de dos de las alumnas. Con una de ellas, por cierto, hay una escena totalmente gratuita: en el instituto donde estudian, ella sola (?) trata de enviar mensajes electrónicos a todos los compañeros advirtiéndoles del peligro de la nueva organización estudiantil, la ola. No consigue enviar los mensajes. Se apagan las luces, se cierran puertas, parece como si de un momento a otro la fueran a atacar, y no sucede nada. ¿Están en Alemania los institutos abiertos a toda hora y puede entrar y salir quien quiera de ellos? ¿Sin vigilancia de ningún tipo? Parece un poco absurdo. Y más en un instituto de clase media alta. Es una escena que sobra puesto que nada aporta.
Uno de los alumnos, el desencadenante de la tragedia, habla de su desarraigo familiar. No hubiera estado de más hacer una radiografía sino de todos sus compañeros sí al menos de los más significados de la película. Sí se analizan las relaciones entre ellos, a través de sus respectivas historias de amor, y de la obra de teatro que van a montar. El montaje de la obra cumple una indudable función dramática: gracias a la ola se ha pasado de un espíritu de anarquía, cada uno dice su papel como quiere añadiendo o quitando lo que le interesa, a uno de aceptación del líder: ya no son discutidas las opiniones del director de la obra. Evidentemente se ha producido un cambio: el grupo está por encima de la persona y de sus manías o apetencias.
Las escenas en el teatro ponen en evidencia, por supuesto, un gran fallo del sistema educativo: la incapacidad para crear ningún lazo de solidaridad entre los adolescentes con trabajos en equipo. Reciben una enseñanza excesivamente individualizada cuando ellos necesitan relacionarse, intervenir y ser parte activa de esa educación.
Está bien visto, a través de la acción, la importancia del grupo para estos seres, algunos de ellos marginales, en busca del calor que no tienen en casa: el alumno que es capaz de regalar droga sencillamente porque los otros son “sus colegas”. Pero cuando esos colegas lo atacan será defendido por la ola, por sus compañeros de clase y organización. Y así se van estrechando los lazos entre ellos: serán amigos, solidarios, y formarán algo más importante que una familia y una nación: no distinguen razas ni religiones, sólo quienes pertenecen a la ola de quienes no lo hacen. Gracias a la ola, a su organización, se han transformado, sus vidas tienen sentido: seguir las consignas del líder, de alguien, y evitar tener que pensar y buscar sus propias soluciones ante sus descontentos y frustraciones. Ahora se mueven por mensajes a través del móvil.
Constituida la ola, se tratará, en un siguiente paso, de hacerla triunfar. Y nada mejor, para ello, que la competición deportiva con otro instituto. Pero esta competición, el partido de water-polo, se transforma en algo más. Casi en una cuestión de vida o muerte. Como algo más, mucho más, es el deporte en el mundo de los adultos. Así se ha puesto de manifiesto en las recientes denuncias por sobornos y partidos amañados en la triste liga española. Como puede observarse los adolescentes son unos buenos aprendices que captan la esencia de las cosas.
Es imposible, llegados a este punto, no acordarse de Sócrates y de su eterna pregunta: ¿Se puede enseñar la virtud? Cuando se utiliza este término no debe entenderse virtud, areté, en sentido cristiano, sino griego. El término areté significa hacer las cosas bien, exigirse la perfección, ser caballeroso, educado, esforzado, etc. Ahora bien, Sócrates sabe perfectamente que es más fácil que el adolescente obedezca al cocinero que al médico: el cocinero lo proveerá de todo tipo de golosinas y le halagará el gusto y el paladar. El médico, por el contrario, le dirá lo que puede y no puede tomar, lo que no es conveniente para su salud por muy agradable que le resulte en el presente. El médico, en consecuencia, es quien será condenado por el grupo, por la ola, que, con su propio impulso, ya no admite críticas, disidentes, ni marcha atrás. Desde luego puede ser más divertido correr por una ciudad poniendo pegatinas con un símbolo, que estar en casa estudiando o leyendo. Realizando tales vaciedades una persona se puede convertir en un héroe, sencillamente por subir a una cúpula y pintar el símbolo del grupo en una gran lona. Es la aventura: el peligro y el desafío a la policía, al poder establecido. Pero es una aventura sin sentido y un desafío vacuo. Un absurdo ritual.
Y es que en el fondo seguimos siendo primitivos. Tanto que, por supuesto, es posible una nueva dictadura, un nuevo señor de las moscas. Tan primitivos que todavía seguimos ejecutando los antiquísimos ritos de paso. En las sociedades antiguas el paso de la adolescencia a la juventud venía marcado por coger las flechas y el arco y matar a una fiera salvaje o a un enemigo. Ahora consiste en algo no menos peligroso: la droga, el alcohol, y, tal vez, la carrera con el coche o la moto. La moto o el coche se pueden quedar en la calzada como, antaño, lo podía hacer el arco ensangrentado en la selva. Los medios son distintos pero el fin es el mismo. Y nadie advierte del peligro.
Los personajes de La ola, adolescentes, están situados en un momento crucial de sus vidas: todavía no son adultos, no son independientes, pero los padres y educadores ya han perdido toda influencia y poder sobre ellos. Están en esa edad difícil donde cuenta mucho la compañía, los amigos, y, tal vez, la educación recibida. El adolescente puede haber tenido los mejores profesores, y haber estudiado en el mejor de los institutos, pero la elección última sobre su vida siempre estará en sus manos. Y, por supuesto, en aquello que la sociedad demande. Serán los valores de esa sociedad los que determinarán muchas actuaciones de los jóvenes. Y en todo tipo de sociedad, por desgracia, siempre se admira y se respeta a quien tiene el poder y el dinero sin cuestionarse de dónde proviene este. Si ninguno de los dos se puede conseguir de forma rápida y honesta se buscará por los recodos de los caminos. A todos nos gusta ser valorados y apreciados. De ahí el que la película debería haber hecho mayor incidencia en el entorno familiar de los alumnos.
Es posible que la areté no se pueda enseñar. Aquí radica una de las grandes limitaciones de la enseñanza y del hombre. Hay dos formas de aprender: por experiencia ajena, libros e historia, y por la propia. Sabio es aquel que se prepara cuando ve las barbas del vecino afeitar. Y necio quien cree o piensa que eso jamás le va a suceder a él. La película de Gansel es, por lo tanto, un toque de atención: a los profesores porque no se puede jugar con los adolescentes, muy manipulables; a los padres para que no se desentiendan de sus hijos, y a la sociedad en general a fin de que tenga claro a dónde quiere dirigirse. Nada más significativo, al respecto, que lo sucedido aquí en España con la madre condenada a prisión por haberle pegado a su hijo. Recuerda lo que hace 2.500 años, más o menos, dijo Anacarsis, uno de los siete sabios: según él la justicia se parece a una tela de araña: atrapa a los animales pequeñitos pero sucumbe ante los grandes, que la pisotean, la rompen y se van. Y encima son entrevistados en la televisión, pagados y puestos como héroes. Sin duda estamos alimentando una buena ola. Un niño de diez años hace que encarcelen a su madre. Y los ladrones están en la calle. Habría que ver a la criatura.
Aun no siendo, por los defectos apuntados, una gran película, sí que es La ola una buena obra que, como tal, induce a la reflexión sobre un tema tan serio e importante como es la educación de los adolescentes. Un serio asunto para reflexionar, y no para que vayan jugando los inconscientes de los políticos con burdas asignaturas, burdos planteamientos, y eternos cambios de sistemas educativos con la única finalidad de ganar las próximas elecciones. Con tal de triunfar harán como el denostado cocinero de Sócrates.
Les recomendaríamos a las fuerzas vivas que fueran a ver la película. Pero no hace falta: siempre los intereses del partido estarán por encima de esos adolescentes y de su educación. ¿Quién se puede quejar de que, marginados, no traten de ser algo y de contar en esta sociedad sea como fuere? No basta con amonestar, poner leyes y reñir: hay que educar. Y educar no es enseñarles a ser hipócritas: haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga. Es algo más serio, como se pone de manifiesto en este buen largometraje de Dennis Gansel.
La película, por otra parte, cuenta con unos excelentes actores que contribuyen, y mucho, a hacer verosímil cuanto sucede allí. Y que es para que se nos pongan los pelos de punta, reflexionemos seriamente y pongamos remedio a la situación. No se la pierdan.

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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