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Por Vicente Adelantado Soriano


SINE IRA ET STUDIO

El curso está finalizando sin que se vea ningún atisbo de mejora en el sistema educativo. No se podía esperar otra cosa. Hemos tenido, eso sí, muestras de la gran irresponsabilidad de un gobierno que antepone los intereses de su partido a los de la propia nación. Así lo demuestra cuando legisla para que una persona de doce años pueda abortar sin conocimiento de sus padres, o para que pueda entrar en la farmacia y automedicarse cuando se sabe o se sospecha embarazada. Evidentemente quien ha hecho semejantes leyes hace años que no ha entrado en un aula. Pues a esa edad, tanto ellos como ellas, están muy lejos de tener un mínimo de madurez y de responsabilidad. Sí, de todo hay en la viña del Señor. Pero no van a ser esas niñas, las dotadas de un cierto sentido común, quienes, precisamente, vayan a la farmacia ni les oculten nada a sus padres. Salvo excepciones.
El final del curso va a estar marcado por las elecciones europeas. No se sabe muy bien para qué sirve el parlamento europeo. Tal vez para generar más gasto inútil y para seguir manteniendo a unos cuantos políticos que no sirven para nada, si es que hay alguno que sirve para algo, ni, en sus partidos saben qué hacer con ellos. Estamos en la sociedad del dispendio, pese a la crisis. Un dispendio muy controlado por unos intereses partidistas, que nada tienen que ver con los de la nación.

Tampoco está muy claro para qué sirve el parlamento de esta nuestra asendereada democracia. Ni qué sentido tiene tanto político autonómico ni tanta autonomía. Estas, diecisiete en total, han tenido la virtud de anular el principio de que cualquier español se puede mover por su propio país instalándose donde quiera, pueda o le venga en gana. De ese hipotético movimiento hay que excluir, por razones de idioma, a Cataluña, el País Vasco, y Galicia. Es todo un despropósito enorme, que no se remedia, por supuesto, en las aulas.

Hemos vuelto, poco a poco, a la Edad Media: tenemos, como entonces, todo un mosaico de lenguas. Tantas que un español medio tiene que invertir media vida estudiando idiomas para moverse por su país. Añadamos a ellas las que se hablan en Europa. Semejante derroche de energía no tiene ningún sentido. Lo cual no es negar nada a nadie. Sino apuntar que todas las exclusiones son absurdas.

Han comenzado ya los debates televisados entre los candidatos de los diversos partidos para las elecciones europeas. No tienen ningún interés. Oír a los políticos es sentirse uno un perfecto majadero, un necio. Pues estos, los políticos, mienten tan descaradamente que, a veces, el interés está en ver o adivinar un leve rubor de vergüenza en sus mejillas. O una inflexión en la voz. No hay nada de eso. Lo cual nos lleva a pensar que o viven en otra galaxia, son muy buenos actores, o nos creen tan idiotas que de nada nos vamos a enterar. Para no sentirse ofendido es mejor no oír ningún debate, ni participar en nada. Al fin y al cabo ¿de qué va a servir un voto cuando luego los partidos hacen lo que quieren? Los pactos y las alianzas, por salvarse ellos, han terminado con la pequeña democracia que estábamos construyendo entre todos. No vale la pena ir a votar. Es una pérdida de tiempo. Y colaborar, además, o dar el propio asentimiento, a todos los patéticos tejemanejes que se llevan entre ellos.

Es más penoso todavía, si cabe, oír los debates y las discusiones en el Parlamento. Ni los alumnos de 4º de la ESO, cuando apagan las luces en un teatro, tienen tan deplorable comportamiento.
Los políticos temen la abstención. Dentro de poco, unos y otros, nos meterán el miedo en el cuerpo hablando del posible triunfo del extremismo de uno u otro signo. Como si este no hubiera triunfado ya. ¿Qué más extremismo que el instalado ya en esta sociedad? ¿Qué más extremismo que unos jueces que juegan a la política, defienden sus intereses y los de sus respectivos partidos obviando su propio cometido? ¿Qué más extremismo que una crisis con cuatro millones de parados en tanto infinidad de cargos públicos cobran unos sueldos deshonestos por no hacer absolutamente nada? ¿Qué mayor extremismo que gastar el dinero público sin dar cuentas a nadie? ¿Qué mayor extremismo que el desprecio hacia una persona normal prometiéndole cosas como si fuera un mequetrefe cualquiera? ¿Qué más extremismo y corrupción que premiar con becas a los alumnos atrasados? Es patético. ¿Para qué seguir?
Los políticos se han convertido en una clase social que, por desgracia, tenemos que soportar. ¿Hasta cuándo, Dios mío, hasta cuándo?

 

 

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