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  Guías culturales

D. JUAN TENORIO


Por Vicente Adelantado Soriano

Hablar de política cultural en este diezmado territorio es como hablar de educación: es algo que los optimistas creen que existe, pero que no se ve por ningún sitio. Y no es que no haya política educativa, es que no hay ni política teatral. Está claro que tampoco tiene porqué haberla, como tampoco tiene porqué existir en el cine. Cada uno puede montar la obra que quiera y rodar el tema que sea de su agrado o interés. Y entonces cabría preguntarse por qué un grupo de teatro, "L'om imprebís", único responsable, monta un Don Juan Tenorio a destiempo, la tradición manda que sea en Noviembre, el día de Todos Santos, con nula visión crítica sobre el mito, y unas actuaciones llenas de tópicos y topicazos.

La segunda cuestión, que siempre ha llamado la atención de quien estas líneas pergeña, es por qué ha triunfado la ripiosa obra de Zorrilla en contra de la mucho mejor construida, y madre de todas, de Tirso de Molina, El burlador de Sevilla. Seguramente habría que hacer un estudio sociológico para alcanzar alguna luz. Pero hay algo que queda claro contrastando las dos obras: en la de Tirso, leyendo o viendo la dramaturgia, se puede apreciar claramente que don Juan triunfa con las mujeres por la corrupción propia de una monarquía decadente. Ya en la primera aventura es su tío, don Pedro Tenorio, ministro del rey, quien le facilita la huida, poniendo a la familia por encima de la justicia. Lo importante, pues, no es lo que se hace sino quién lo hace. Baste con un ejemplo.

En la obra de Zorrilla, por el contrario, con un romanticismo caduco, descafeinado y necio, todo se subordina, al parecer, a la maldad de don Juan, al desconocimiento de los límites, y a tomarse la vida como una continua apuesta o juerga. Lo cual no estaría nada mal si el personaje nos diera sus últimas razones para haber llegado a tan "espantosa" situación. Pero éstas no se dan, se escamotean, así que se pueden pensar dos cosas: los tiempos cambian que es una barbaridad, o las víctimas de don Juan eran personas de poco o escaso valor: al fin y al cabo uno siempre se enamora de su igual.

Sea como fuere, acercarse al mito de don Juan requiere de una revisión del mismo, de un acercamiento crítico o irónico. Don Juan no parece muy inteligente, así que cabría criticar a quien se deja engatusar por tan petulante personaje. Estudiarlos y analizarlos a fondo, si es que valen la pena. Montar la obra como si todavía estuviéramos en los supuestos de un caduco romanticismo es equivocarse. Como lo es el que los personajes no se expliquen por sí mismos. Y los de Zorrilla son tan poco consistentes como un montoncito de arena en un día de temporal.

Si a ello añadimos una interpretación llena de tópicos en cuanto a las poses, movimientos y dicción (?) de versos, tendremos lo que vimos anoche: una obra aburrida, pesada y sin ningún interés. A la que, la guinda, sólo cabía añadir una segunda parte llena de gritos, prisas e histeria: los enfados de don Juan quedan reflejados, como sus temores, con grititos, la voz del actor no daba para más, con los que acentuaba lo que ya chirría de sobras: los pésimos versos de Zorrilla. Todavía más ridículos en la escena del panteón, planteada como si fuera una barraca de feria a la que se toman en serio.

Aunque sabemos que nada tienen en común, y tal vez hasta la desconozcan, han hecho un final en don Juan muy similar al de Bibí Carabé, de Jacinto Grau. Barracón de feria. Farsa.

A doña Inés, por supuesto, ni se la oía ni entendía. Es, cómo no, el fiel trasunto de don Juan: el uno bobo, y la otra tonta. La actriz acentuó el carácter de acelga de mal tiempo de la pobre novicia, a quien daba pena verle mover los labios: para pagarle un logopeda.

En resumen: si la obra se ha montado por algo, imaginamos que será por hacer caja. La aproximación a nuestro romanticismo ha sido de espanto. Y como casi siempre se montan obras absurdas en detrimento de otras con las que, tal vez, no se atreven muchos actores. Hacen bien. A Zorrilla es imposible hacerle ya más daño del que se hizo él mismo. A Tirso de Molina, al menos, siempre lo podremos leer.

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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