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TRES SOMBREROS DE COPA


Por Vicente Adelantado Soriano

Producida por Teatres de la Generalitat, estos días hemos podido disfrutar en Valencia de la divertida e incisiva obra de Miguel Mihura, Tres sombreros de copa. Como se sabe la obra fue escrita en 1932 y estrenada veinte años después. Es una obra rupturista por cuanto no sigue las pautas del teatro cómico de su tiempo, adentrándose, por el contrario, en un teatro vanguardista del absurdo. Pese a ello, Tres sombreros... sigue las normas del teatro clásico, ya que respeta las tres viejas reglas de tiempo, lugar y acción.
Dividida en tres actos, dos en el montaje dirigido por Antonio Díaz Zamora, la acción transcurre en la habitación de un hotel de provincias, con dos puertas de acceso a la misma, y una ventana desde la que se divisan tres lucecitas. Perfectamente estructurada, una de las puertas será la utilizada por la burguesía, por donde entra el futuro suegro, don Sacramento; la otra por los componentes de la farándula, Paula y sus compañeros, más la ventana que pasará a simbolizar aquella lejana libertad que busca el protagonista, Dionisio, sin poder dar con ella.
Dionisio acude a ese hotel de provincias, de noche, para casarse con su novia al día siguiente. En ese espacio de tiempo transcurre la obra. Ese matrimonio es considerado, por el protagonista, como una liberación:

“Esta es la última noche que pasaré solo en el cuarto de un hotel. Se acabaron las casas de huéspedes, las habitaciones frías, la gota de agua que se sale de la palangana, la servilleta con una inicial pintada con lápiz, la botella de vino con una inicial pintada con lápiz, el mondadientes con una inicial pintada con lápiz... Se acabó el huevo más pequeño del mundo, siempre frito... Se acabaron las croquetas de ave... Se acabaron las bonitas vistas desde el balcón... ¡Mañana me caso! Todo esto acaba y empieza ella... ¡Ella!

Ella nunca aparecerá en escena: es, en un principio, la esperanza que se trastoca, luego, en el tormento, en una vida triste y anodina. Una esperanza mecánica que tan sólo se hace tangible a través del teléfono de la habitación. Tan mecánica que, en la conversación telefónica, Dionisio, en busca de la pulga que lo atormenta, es sustituido por don Rosario, el dueño del hotel, sin que la chica, al otro lado de la línea, note el cambio. Don Rosario, por otra parte, hace realidad su sueño de ser un padre para sus huéspedes, “Hombres solos... Hombres sin madre... Y yo quiero ser un padre para todos, ya que no lo pude ser para mi pobre niño.”
La pegajosa solicitud de don Rosario, dispuesto hasta tocarle el cornetín a Dionisio para que se duerma, queda pronto sustituida, apenas sale de la habitación, por el alegre mundo de la farándula. Un mundo en el que, no obstante, nada es lo que parece. Todo es tan relativo en esta vida que hasta los conejos, como dice el Cazador Astuto, se pueden cazar o pescar, dependiendo del grado de borrachera que lleve el cazador.
Es un mundo, pese a los vestidos de colores, las sonrisas y a madame Olga y sus barbas, desgarrado, frío y sin esperanzas, perfectamente descrito por Paula, la mujer de la que se enamora, horas antes de su boda, Dionisio:

“Es preciso que nosotros seamos buenos amigos... ¡Si supiese usted lo contenta que estoy desde que le conozco...! Me encontraba tan sola... ¡Usted no es como los demás! Yo, con los demás, a veces tengo miedo. Con usted, no. La gente es mala..., los compañeros del Music-Hall no son como debieran ser... Los caballeros de fuera del Music-Hall tampoco son como debieran ser los caballeros. Y sin embargo hay que vivir con la gente, porque si no una no podría beber nunca champaña, ni llevar lindas pulseras en los brazos... ¡Y el champaña es hermoso... y las pulseras llenan siempre los brazos de alegría!... Además es necesario divertirse... Es muy triste estar sola... Las muchachas como yo mueren de tristeza en las habitaciones de estos hoteles... Es preciso que usted y yo seamos buenos amigos... ¿Quieres que nos hablemos de tú...?”

Inmediatamente se sale de la situación con la respuesta de Dionisio, que le permite que lo tutee, pero “un ratito nada más”.
Poco antes ya le ha advertido Buby, su novio, a Paula sobre el peligro de su enamoramiento de Dionisio:

“Sería triste que te enamorases de él. Las muchachas como vosotras no deben enamorarse de aquellos hombres que no regalan joyas ni bonitas pulseras para los brazos... Perderás el tiempo. ¡Necesitamos el dinero, Paula! ¡Debemos todo! ¡Y ese señor es el hombre más rico de la provincia!”

Con el Odioso Señor, el hombre más rico de la provincia, asistimos a una crítica a la burguesía del momento, capaz de comprarse cuatrocientos elefantes y de gastarse un dineral en ponerle trompas a todos. Y de bañarse con focas en la piscina porque

“Estoy tan acostumbrado a bañarme en Noruega, que no puedo habituarme a estar en el agua sin tener un par de focas junto a mí”.

Aun así, pese al brillo de toda la palabrería, y a los regalos y al dinero, Paula preferirá más estar con Dionisio que irse con el Odioso Señor, lo cual determina el enfado de su novio, Buby, que es negro porque se cayó de la bicicleta de niño.
Pasa el tiempo, y con las luces del amanecer todo vuelve a la realidad: Dionisio, apremiado por su suegro, que se hace presente ya que no ha contestado a las llamadas telefónicas de la niña, tiene que casarse, y Paula debe continuar su viaje con el mundo de la farándula. Dionisio repite hasta la saciedad que no se quiere casar. Se lo dice a Paula declarando que la quiera a ella en tanto Paula lo va vistiendo para la boda. Sustituyendo, eso sí, los tres sombreros de copa, deteriorados, por uno ridículo de baile.
Con un final parecido a la película de Berlanga, El verdugo, Dionisio, como un nuevo reo, es conducido al matrimonio como quien va al cadalso. Antes su futuro suegro ya le ha descrito la vida que le espera. Anodina y aburrida. La diversión consistirá en hablar con un vejestorio que tiene ciento veinte años y todavía conserva cinco dientes. En su nueva vida, lejos de Paula, de sus deseos de jugar y de hacer castillos en la arena, no va a poder salir a pasear por la noche, es de bohemios, ni va a poder comer huevos pasados por agua: tienen que ser fritos. Al final la destartalada habitación del hotel se va a transformar en el hogar. No hay salida posible.
El montaje dirigido por Antonio Díaz Zamora ha contado con muy buenos actores, Pep Cortés, Sergio Caballero, Inés Díaz, Pep Sellés, etc. Excelente la actuación de todos. Se ha respetado el texto de Mihura poniendo todos los elementos al servicio de la obra, aunque cabe decir que sobra, por innecesario dramáticamente, el elevar la habitación del hotel a fin de dar paso, en otro escenario, a un decorado con fondo azul, el mar, donde Dionisio y Paula corretean y sueñan y hacen castillos en la arena. El teatro es fundamentalmente palabra, y contando con tan excelentes actores, sobraba ese alarde técnico, que rompe la unidad de lugar, sin aportar nada dramáticamente hablando.
El resto fue modélico. Y más si se tiene en cuenta lo que estamos acostumbrados a ver. Es una pena, y no nos cansaremos de decirlo, que teniendo tantos autores tan buenos, y tan buenas obras, más actores y directores de primer orden, veamos estas obras y estos montajes de uvas a peras. Mientras nos entretienen con películas y series cuyos guionistas no son dignos ni de atarle el zapato a don Miguel Mihura.

 

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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