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LA VIDA ES SUEÑO


Por Vicente Adelantado Soriano

Anoche, día de san Valentín, día señalado para comercios y enamorados, nos fue dado ver, en el teatro Principal de Valencia, el montaje realizado por la Compañía Siglo de Oro de la Comunidad de Madrid, La vida es sueño, de don Pedro Calderón de la Barca. Tal vez fue un regalo de Cupido, que ya se sabe: es ciego.
Allá en nuestra lejana época de estudiantes, el profesor de turno, en clase, siempre hablaba del tiempo de la obra: el externo y el interno. Por regla general era este último el que interesaba para llegar a un cabal conocimiento de la comedia, tragedia o drama. Aunque, cosas del teatro, era imposible desdeñar el otro tiempo, el externo. Y, cosas del teatro, también, como vimos anoche, se puede hablar de un tercer tiempo: del evocado por medio de un montaje que tiene más en cuenta las apetencias de un director que las del autor del drama.
Nada más iniciarse la obra, con un decorado tan pobre como inútil, nos percatamos unos cuantos que estábamos en los aledaños de mayo del 68. Hay personas para las que no pasa el tiempo. Inmediatamente, entrando Rosaura en escena, llevada en alto por varios fornidos muchachotes, ya nos percatamos de por dónde iban los tiros. Y a partir de ahí fue todo más que previsible y peor que malo: no tardaron, como era de esperar, en entrar los guardias de asalto, o Cuerpo de Operaciones Especiales, dando tumbos y haciendo piruetas. Eso sí, no les faltaba detalle: casco negro con visera de plástico, guantes, botas, chaquetas de cuero, y metralletas. ¡Faltaría más!
La señora Rosaura llevaba un cuchillo metido en la bota. Que se empeñó, con su padre Clotaldo, en que era una espada. Igualmente el pobre de Segismundo aparece con pantalones vaqueros. Y digo yo que si hacemos un montaje pretendidamente actual, doña Rosaura podía llevar una pistola del nueve milímetros largo en lugar de una daga, instrumento que ya no se utiliza. Eso por no hablar de las columnas del decorado, puestas en perspectiva, a las que van dando vueltas, como lechones en asador, sin duda para que no se quemen.
A semejantes despropósitos había que dar cima y fin con unos actores que recitan o interpretan a Caderón sin ninguna matización de ningún tipo. Aquello más que La vida es sueño, se podía haberse titulado La vida es enfado y cabreo, si se nos permite, por cabreo, tan bucólica expresión. Pues todos los versos, preciosos por otra parte, de don Pedro, son dichos con un enfado perpetuo. Patético el recitado de Segismundo, “Ay, mísero de mí, y ay, infelice!”, donde el actor, con las piernas juntas por las rodillas, avanza desde el fondo del escenario con un enfado tal que es imposible, así, decir las maravillosas reflexiones que escribió Calderón. Además se empeñaba en estar paralítico de una mano y manco de la otra. Él sabrá porqué.
Como solía pasar en las representaciones de mayo del 68, el autor fue el gran ausente del montaje del día de san Valentín. Eso sí, tuvo la virtud de hacernos rememorar una vieja película, La chica del adiós, de Herbert Ross, en la que un actor cae en manos de un director de teatro que le obliga a hacer un Enrique IV, si no nos falla la memoria, demencial.
Lo mismo sucedió en el montaje de La vida es sueño, pues hasta Clarín tuvo que dejar claro que creía en la teoría de la evolución: como no son suficientes los versos de Calderón, cuando se recitan mal, el pobre hombre tuvo que hacer el mono, con gruñidos y todo, a fin de provocar la risa del respetable. Mientras, los guardias de asalto entraban, salían, cuidaban de que no se quemaran las columnas, daban saltos y volteretas en tanto Astolfo y Estrella se entregaban a sus cábalas con un vestuario de ensueño: él parecía un conde Drácula sacado de contexto; y ella, de blanco y banda roja cruzando el pecho, con los brazos pegados al cuerpo, negaba agitando las manos, sin despegarlas de las piernas, moviéndolas de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Un espanto.
Para acabarlo de arreglar sólo faltaban el rey Basilio, con gafas de diseño y un abrigo de visón; y Clotaldo con un abrigo a medio camino entre los de las SS y un toque de intemporalidad. Todos, por supuesto, hablando en un continuo enfado y dando grandes zancadas de aquí para allá. Sólo Basilio y Segismundo se apaciguan cuando toman al respetable por el pueblo de Polonia. El público se sintió halagado, no sé si por creerse ilustre senado o por saberse polaco.
Sea como fuere, fue un alivio que la obra se acabase y con ella finiquitase tanto grito y tanto enfado, tanta pirueta y tanto salto. Puestos todos en fila india, hasta el conde Drácula, se terminó la obra, y el esqueleto de don Pedro dejó de revolverse allá en su barroca tumba.
Ni vimos una crítica a los tiempos pasados, de crisis y miseria, ni a los actuales, que no le van a la zaga. La obra se convirtió, en manos de Juan Carlos Pérez de la Fuente, en una continua pirueta y en un sempiterno enfado.
No está mal, de vez en cuando, ver tan nefastos montajes: así los futuros directores de escena tal vez aprendan cómo no se deben montar a los clásicos. Por otra parte,

Mas sea verdad o sueño,
obrar bien es lo que importa:
si fuere verdad, por serlo;
si no, por ganar amigos
para cuando despertemos.

Anoche, día de san Valentín, sólo los ruidos y los golpes nos impidieron cerrar los ojos y dormirnos. Menos mal que la vida es sueño. Que ustedes la duerman bien. Y despierten mejor. Vale.

 

 

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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