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ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


ANARQUÍA SIN CONTROL

En algún lugar de La república dice Platón, por boca de Sócrates, que el síntoma de una buena salud y una inmejorable paideia es la ausencia de hospitales y de tribunales en la polis. Lo primero porque se hace más caso del médico que del cocinero, de quien reprende que de quien halaga; y lo segundo porque si cada uno cumple con su deber, sobran los juicios y los jueces. Lo cual sería, posiblemente, el sueño de un buen anarquista: la desaparición del poder. Cosa que sólo puede suceder cuando todos los ciudadanos siguen las leyes a rajatabla. Sabemos que esto es imposible. Tanto es así que don Pío Baroja definía al anarquismo como gimnasia del espíritu. Algo sin demasiada importancia.

Indudablemente la mejor forma para que funcione una sociedad es siendo, todos y cada uno de sus elementos, conscientes y virtuosos. Cumpliendo cada cual con su misión. Siendo responsables y educados, en una palabra, entendiendo por esto último el sencillo hecho de tener en cuenta al vecino, de ponerse en el lugar del otro. Cuando fallan semejantes cosas es cuando, por desgracia, y no siempre de forma eficiente, tiene que entrar en el juego la policía, las leyes y los tribunales.

Es imposible, desde luego, contar con policías para todas y cada una de las situaciones de la vida. Sería horroroso. Pero es en ese vacío en el que tres o cuatro desaprensivos, o maleducados, se pueden hacer con toda una sociedad o con un grupo, minoritario, de personas. Y, por supuesto, las molestias son tan nimias, tan sin importancia, que ni hay jueces, ni policías ni nada: sólo la molestia o la indefensión, que se debe sufrir con paciencia, o tomarse la justicia por la propia mano.

Ya viene siendo más que habitual que grupos de adolescentes se adueñen de la sala de un cine, se sienten poniendo los pies sobre el respaldo de la butaca que tienen frente a ellos, comenten la película en voz alta, se rían sin ton ni son, hagan comentarios, hablen en voz alta y molesten a todos los espectadores. Eso sin olvidar que, cuando se levantan, dejan butacas y pasillos como si por allí hubiera pasado una manada de monos sin evolucionar.

Hay, por supuesto, dos formas de evitar tan molesta situación. Una sería poniendo, la vieja solución, guardias de seguridad que fueran expulsando de la sala a todos los que molestan o incordian. Algo así como hacían los romanos en el teatro: soldados con palos dispuestos a golpear a los que no dejen oír a los actores. No es mala la solución: por regla general a algunos seres les va bien el palo. Y muchas personas sólo comprenden las cosas cuando se utiliza su propio lenguaje.

El otro método, más complicado y difícil, pero más duradero y efectivo, es dar una buena educación, distinguir de una vez por todas, espacios y lugares y hacer ver que no todos los tiempos son unos, ni en todos los lugares se puede ir vestido de la misma forma, ni tener el mismo comportamiento.
El hombre aprende por mímesis o imitación. Hace lo que ve hacer. Y muchos adolescentes repiten, en lugares públicos, los comportamientos que viven en el espacio doméstico. Lo malo es que muy a menudo se confunden los espacios. Y no se puede pedir educación en público a quien no la tiene en privado, tal vez porque no la ve o no se la dan.

Otra de las características de nuestro tiempo es la pérdida de la intimidad. Pero no por falta de lugares apropiados sino porque no hay nada: el vacío y la inconsistencia. Viajando en cualquier autobús, tren o medio de transporte, o yendo por la calle, uno se puede convertir en testigo involuntario de cualquier conversación mantenida a través del móvil. Muy a menudo es el oyente involuntario quien se sonroja de la indiscreción del hablante. Se han invertido los papeles. Quien habla a través del móvil está orgulloso de hacerlo: parece que alguien se ocupa de él, no es un solitario o una solitaria. Y alardea de ello ventilando, a veces, cosas que el pudor impide repetir.

Se conecta la televisión y más que enterarse de eventos culturales o de cierto interés, se pone al día al espectador de la vida sexual de cualquier personaje que hace de su intimidad un objeto de intercambio. Una vez más se ha vuelto a confundir todo: una cosa es no perseguir a nadie por sus inclinaciones religiosas, sexuales o ideológicas y otra, muy distinta, alardear de algo verdaderamente necio y estúpido: de la vida sexual. Es como si sacaran a alguien por la televisión para decirnos, un día y otro día, que ha comido arroz, hervido, pescado o lo que sea... Necedad en estado puro. Quien más y quien menos come todos los días.

A todo lo dicho cabría añadir el lenguaje empleado tanto por las televisiones como por el cine. En uno y otro lugar si no hay improperios, insultos y lindezas, no hay lenguaje. Es el que reproducen esos pobres adolescentes en las oscuras sala de cine, donde, cómo no, también nos ponen al día de sus temores con sus comentarios y sus necedades.

No está la solución, como podría parecer, en crear una asignatura que podríamos titular Educación para ir al cine, sino en tener todos un comportamiento adecuado y educado. En comportarnos todos, estemos donde estemos, con respeto y educación. Tal vez así consigamos hacer ver que ciertas faltas y cosas son como algunas excrecencias: molestas y nada higiénicas. Esto es un trabajo de todos: no solo de unos maestros y de un libro de texto. No olvidemos que, pese a todos los adelantos, todavía seguimos aprendiendo por mímesis. Y de tal palo, tal astilla.


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