- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus



 

  Guías culturales

ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


AUTORES NUEVOS PARA LIBROS VIEJOS

 

“Nadie se arriesga como persona, sino que se enmascara como hombre culto, como sabio, poeta, o como político. Si se toca tales máscaras y se las toma en serio y no como una farsa –porque todas ellas pretenden ser reales-, uno se encuentra de repente en sus manos con tan sólo trapos y parches de colores.”

Friedrich Nietzsche, Sobre la utilidad y el prejuicio de la historia para la vida.

I

Hay días en los cuales parece que vivimos en un mundo de locos o maniáticos. Quizás porque la locura, en determinadas circunstancias, puede adquirir un significado muy claro y no solamente médico o patológico. Ya se ha convertido en un tópico hablar de la soledad del hombre en esta sociedad tan deshumanizada, con grandes prisas por llegar a los sitios donde nadie espera a nadie, ni hay ninguna urgencia. Cuando no hay nada que hacer, ni cita a la cual acudir, la prisa, la carrera, puede ser, es, un fin en sí misma. Cosa de locos. Se corre por correr. No deja de ser significativo, igualmente, que sea ahora, en el imperio de la vaciedad, cuando priman tanto los aparatos e ingenios para poder comunicarse con el vecino y hasta con los antípodas. Hablar por hablar, y quizás hablar solos.
Se corre, se adelanta, se saltan semáforos en rojo, se llega a casa, o a cualquier otro lugar, y no hay nada qué hacer. Da lo mismo llegar cinco minutos antes que media hora después. Pero la velocidad, tal vez el peligro, nos ha hecho creer que somos importantes, imprescindibles, o que vamos a ser felices si vemos algo en la televisión que va a comenzar dentro de cinco escasos minutos.
Algo parecido sucede con los móviles: es el instrumento con el que muchas personas tratan de llenar su vacío, sus carencias. No deja de ser un tanto cómico ver a jóvenes y mayores con el móvil pegado a la oreja la mayor parte del tiempo. Parecen muy importantes, muy queridos o imprescindibles. Cuando la triste realidad es todo lo contrario. Quizás a veces el móvil juegue el mismo papel que los heraldos en la edad media: anunciar al rey para que la reina estuviera visible y alejada de cualquier situación comprometida. Como dice el refrán, ojos que no ven, corazón que no siente. Ahora la ecuación es: a más llamadas, más importancia o más amigos. El móvil se ha convertido en un pequeño asidero cuando no en un triste sucedáneo.
También lo puede ser la polémica y hasta la agria discusión.
La industria hace crecer las artes, decían los clásicos. Y es cierto que a todo el mundo le alegra que le reconozcan su trabajo, lo halaguen y se lo retribuyan. Sin embargo, sólo a los actores, cantantes, toreros y demás, se les aplaude la faena. O se les silba. Al resto de los mortales, sencillamente se les entrega la nómina a fin de mes o se los despide de la oficina. Las palabras de agradecimiento se relegan para el día de la jubilación, como las de la elegía se reprimen hasta el día del entierro. Por regla general éstas son dichas en una capilla con una acústica terrible, así que nadie las entiende. Ni maldita la falta que hace. El muerto ya es indiferente a todo.

II

Hay otro tipo de personas que, igualmente, necesitan llamar la atención, tal vez para promocionarse socialmente, asistir a congresos, o para no sentirse tan solos y lograr alguna prebenda. A esta categoría pertenecen aquellos que, a través de publicaciones, tratan de asustar al personal o de remover lo que parece inamovible. Así, cada cierto tiempo, aparece alguien, quizás algún profesor harto de sus alumnos, que ha descubierto una nueva comedia de Lope de Vega, o un verso perdido de cualquier viejo y estudiado autor. Escriben, entonces, prólogos, ensayos, estudios... que con un poco de suerte les puede publicar la universidad o cualquier revista especializada. A los dos días otro profesor demuestra la inconsistencia del hallazgo, o, lo que es peor, nadie presta la más mínima atención o esa introducción a una comedia, que no aporta nada nuevo a lo ya sabido. No queda, en el mejor de los casos, sino la santa resignación.
Tal vez por eso, lo mejor es lanzarse de cabeza al vacío y tratar de ser original. Al fin y al cabo en este tipo de aventuras hay algo que ganar y nada que perder. Y así no hace mucho un señor escribió un libro para demostrar que Luis Vives era el autor de La vida del Lazarillo de Tormes. Es lógico: estamos en una época de nacionalismos. Y faltos de personajes que engrandezcan nuestro paupérrimo poblacho, hay que reclutar a gente y llamar la atención. Además, ante la pasión nacionalista, el sentido común es el menos común de todos los sentidos. Y como no podía dejar de suceder, la publicación se hace con dinero público. De esta forma, por añadidura, los ayuntamientos, consejerías y demás, tratan de hacernos creer que se preocupan por la cultura. No dicen por cual, por supuesto. La finalidad, no obstante, está clara.
Es cierto que, muchas veces, aceptamos lo que nos dicen sin ponerlo en tela de juicio. Es conveniente, de cuando en cuando, revisar viejos conceptos, desde luego. No vamos a descubrir nada nuevo si decimos que algunas historias de la literatura, por ejemplo, son refritos de otras anteriores, que no han sido revisadas ni puestas al día. Y por eso mismo se siguen manteniendo los viejos errores y los viejos prejuicios de antaño. Pero también hay que tener en cuenta que, igualmente, nuestra sociedad, y por supuesto nosotros mismos, estamos llenos, no podía ser de otra forma, de prejuicios y errores. Distintos a los anteriores, pero no de menor calibre. Ahora, por ejemplo, se valora mucho cualquier cosa hecha por una mujer: estamos en una etapa llamada feminista. El sentido común enseña que la calidad poco tiene que ver con el sexo. Además, no deja de ser significativo que se ensalce mucho a algunas mujeres, y poco o nada se diga de otras. Hay silencios que también son muy expresivos.
Lo único que cuenta, pues, son los resultados: la obra bien hecha o los razonamientos equilibrados y justos. El resto lo podemos calificar como vaciedad, trapos de colores, o ganas de llamar la atención.
La última novedad, por ahora, ha consistido en atribuirle el Poema de mío Cid, que se sabe anónimo, a un erudito y poeta árabe, suponemos que de la Valencia medieval. Al paso que vamos Valencia se va a convertir en un jardín de escritores de todo tipo y género. Lástima que Valle-Inclán definiera a esta ciudad como la ciudad de las muchas flores y los pocos frutos. Y en eso nos tememos que va a quedar tanta interesada atribución.
Ya de entrada, hay que ser prudente a la hora de analizar estas afirmaciones. Primero porque repugnan un poco pareciéndose muy mucho a los heraldos del rey o al móvil de quien llega a la ciudad y va con él colgado de la oreja para sentirse importante, cuando a nadie le interesa si ha llegado o se ha ido. Y segunda porque los argumentos esgrimidos no pasan de ser, en el mejor de los casos, meras sospechas y conjeturas elevadas a la categoría de razonamiento. Cuando no se sirven de planteamientos actuales que nada tienen que ver con la mentalidad del siglo XI o con el llamado Humanismo del norte.
Es obvio que hay puntos de concomitancia entre Vives y el anónimo autor de El Lazarillo, y entre ambos y los hermanos Valdés: crítica a la Iglesia e intentos de renovación de la misma. Pero de ahí a que Vives, alejado de España desde los catorce años, escritor en latín, filósofo y humanista, sea capaz de escribir esa novela, hay un abismo. El Lazarillo dibuja un estamento social que, probablemente, Vives ni conociera, o al menos no tan de cerca como el anónimo autor del libro. Una cosa es escribir Elogio de la locura, por si se trae a colación, libro que no es una novela, y otra muy distinta crear un nuevo género literario y ser capaz de construir un personaje. Eso sin meternos en los pertinentes análisis lingüísticos ni de otro tipo.
Sin hacerlo tampoco con el Poema de mío Cid, no deja de llamar la atención uno de los argumentos esgrimidos para atribuir a un árabe la composición de dicho poema. Parece la firma de un contrato para rodar una película: tú respetas mi lengua y mi religión, me dejas que las siga practicando, se supone que en Valencia, y yo te escribo un poema para darte a conocer. El Cid, se nos dice, no podía desaprovechar semejante publicidad. No es que la desaprovechara. Seguramente ni se lo plantearía: ¿Quién sabía leer en aquella época? ¿A quién iba dirigido el mensaje publicitario? ¿Lo necesitaba el Cid, dueño y señor de toda la costa valencia, desde Almenara hasta el Júcar y más que conocido ya como aguerrido guerrero? Parece que no. Pues a Alfonso VI, su señor, le harían más gracias las parias que le enviaba que no los versos alabando a un vasallo un tanto respondón. Además, se supone que el poema se iría escribiendo conforme don Rodrigo Díaz fuera actuando. El poeta lo seguiría, por lo tanto, y estaría en las cortes de Toledo, lo cual explica su conocimiento del derecho del momento. Es posible.
También se atribuye dicho poema a una mentalidad abierta y tolerante, como lo era la época. En el Poema, se nos dice, ni los cristianos son los buenos ni los musulmanes los malos. El planteamiento es absurdo. ¿Quiénes son buenos en la Ilíada, los aqueos o los troyanos? ¿Y en Los persas?
Para saber, por otra parte, cuánta tolerancia había no hay más que leer el canto en el que Rodrigo Díaz estafa a los judíos Raquel y Vidas. Cabe tener en cuenta, por supuesto, que no se entiende lo mismo por tolerancia ahora que en aquel momento. Y tal vez por ahí deberíamos comenzar. Por definir muy bien cada concepto y cada época. Pues a este paso dentro de poco, aquí en Valencia también, donde se va a poder impartir el chino mandarín como lengua optativa en la ESO, alguien descubrirá que algún chino de alguna dinastía escribió Curial e Güelga, que es una novela anónima. Y queda pendiente Jacob Xalabín. No sería justo olvidar el teatro y las piezas que se han descubierto, como el Auto de los reyes magos en Castilla.
Tenemos trabajo, pues, para días y años. Esperemos que se acometa con un poco de sensatez y de cordura, si se acomete. No conviene olvidar, además, que Vives escribía en latín, y el supuesto y novísimo autor del Poema lo hacía en árabe. No deja de ser sospechoso que salga de sus plumas tan acabadas obras en otro idioma distinto al utilizado por ellos. Es sospechoso cuando no peregrino. Y en cuanto al resto de los inventos, vale más que los usemos para lograr una vida más muelle y cómoda y no para contar con falsos asideros ni con necios sucedáneos, que “Qui buen señor sirve siempre bive en deliçio.”

 

Volver a Trabajos de Investigación...


        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online