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Por Vicente Adelantado Soriano


BREVE CATÁLOGO DE FUNCIONARIOS

Todas las serpientes que describe Lucano en su famoso catálogo, en el libro IX, de Farsalia, tienen una cosa en común: producen la muerte. Una muerte horrorosa y horrible que padecieron algunos soldados fieles a Pompeyo al cruzar el desierto de Libia. Leyendo el final de estos pobres soldados francamente es difícil optar, caso que pudiera hacerse, por uno u otro áspid.
A veces la vida semeja a un desierto, que no hay más remedio que cruzar. Necesariamente más tarde o más temprano, el hombre se las tiene que ver con su vecino, o con la administración, con la burocracia y con sus empleados. La vida entonces se puede convertir en un peligro continuo: donde se ponga el pie saltará algún áspid. Por muy veloz que se sea, siempre la serpiente conseguirá inocular algo de su duro y estéril veneno. La mordedura más frecuente deja al mordido con cara de estupefacción, con la sensación de que no esto no puede ser, y con una terrible impotencia, tanto para las relaciones sexuales como para poder enfrentarse al problema más mínimo con un poco de solvencia. Es el síndrome, conocidísimo, de vuelva usted mañana.

Funcionario hay que, como todos, tras haber aprobado su oposición, metiéndose entre pecho y espalda una ingente e indigesta cantidad de fotocopias, piensa que cobra muy poco. No siente compensado el esfuerzo de la oposición con el sueldo recibido. Nada lo ha obligado a ser funcionario, por supuesto. Pero él cree que las cosas se deben cambiar desde dentro, y empieza entonces su lucha particular: va por las mañanas a la oficina, ficha, si se tercia, y se va de compras, cuando no a la piscina o al gimnasio. Luego almuerza tranquilamente en un bar, y llega de nuevo a su ventanilla a eso de las doce o doce y media. Pues por una hora o dos de trabajo sí cree que es justo lo que cobra. Durante ese tiempo atiende al personal que le toca en suerte tratándolo a patadas, ya que éste no va allí más que a molestar.

Otros, aburridos, tras sus ventanillas rumian que fulanito o menganito han subido de categoría, y ellos, con más puntos, más estudios, más familia y más antigüedad, se ven confinados a la ventanilla de siempre. Y eso que, en la oposición, sacaron un número más alto que el otro, que, a saber porqué, es el escogido del jefe de sección. Estos se creen perfectos, no están fuera de la oficina más allá del tiempo estipulado; pero también, al cabo del tiempo, se percatan de que su trabajo es aburrido, con pocos alicientes y monótono. Por eso mismo, y por el número que sacaron en su oposición, tratan a la gente como a enemigos públicos, como a una sarta de ignorantes que no saben nada de nada, y a los que hay que aleccionar sin ningún atisbo de amabilidad.

También hay otra clase de funcionarios, viejos en el puesto, a los que todo les da igual, pues están convencidos de que no los pueden despedir del trabajo. Estos hacen lo que les viene en gana: salen cuando quieren, entran cuando les apetece, y si ven a alguna persona en su ventanilla, recuerdan que tienen la vejiga floja o que llevan varias horas sin vomitar. Cuando no tienen más remedio que atender a la gente lo hacen a desgana, tirando los papeles por aquí y por allá y cuñando los impresos con la furia de un titán. Le encanta a este espécimen enfrentarse con gente mayor a la que puede chillar y tratar a patadas, cuando no con sarcasmo y burlas.

No menos importante es la especie de los justos. De los que están en su puesto para que el mundo funcione mejor. Los justos y perfectos siempre tienen la mesa ordenada, con cada papel en su sitio, los cuños en el suyo, la grapadora donde no moleste pero esté al alcance de la mano, los papeles amarillos con los amarillos, los rojos con los rojos, etc. Piensan que si ellos rigieran el mundo todo estaría ordenado y en su lugar. Y no habría el desmán que hay. Por eso mismo no soportan al ciudadano que ha cometido un error o un descuido: sacan entonces toda su batería de ataques, todo el discurso de un cura frustrado y falto de caridad. Cuando uno se retira de su mesa tiene ganas de ir a hacer penitencia, de prometer y jurar que jamás volverá a cometer el mismo error, y de llorar, de llorar honda y largamente por todos los pecados cometidos. Luego se percata el desgraciado que para la Administración, como para la Naturaleza, lo mismo es la muerte de un ser humano que la de una merluza. Y ve al funcionario como a un basilisco, el rey de las sierpes, capaz de matar con sólo su mirada o su aliento, que algunos llevan el tufo del puro y del carajillo en sus malhadadas palabras.

Pese a todo lo dicho, cabe también añadir que hay funcionarios muy atentos y eficientes: los de Hacienda. Recuerdan, más que a los áspides a los restaurantes italianos. Tratan a la gente con suma amabilidad y simpatía, no cesan de llamar signore i signorina y escuchan con suma atención y con una sonrisa en los labios. Sin duda es para amortiguar, luego, lo subido de la factura.

Lucano, en Farsalia, no habla de la mordedura de ninguna serpiente que sea beneficiosa. No obstante, del veneno se pueden derivar medicinas. Tal vez algún día, lejano, por supuesto, consigamos una administración que tenga conciencia de que está al servicio del ciudadano, y solucionen los problemas poniéndose en la piel de quien lo está sufriendo, aunque sea por unos minutos. Pero claro, si los más importantes de los administradores, es decir, los políticos, se comportan como lo hacen, ¿cómo no lo van a hacer los otros? Dios mío, si todavía estamos discutiendo aquí si el regalo de cinco o seis trajes es soborno o no. En la Roma clásica el senador cuestionado se hubiera suicidado por una toga. Aquí no se suicida nadie sino que el administrador se desgañita diciendo que va a conseguir el mayor número de votos posible, y que nunca, la oposición, logrará vencerlo en ninguna de las elecciones. Y lo malo es que tiene razón. Así que el desierto de Libia nos espera: Pompeyo era un mal menor, pero fue derrotado. Siempre es derrotado el mal menor. Los áspides, entonces, pueblan el desierto, que es la tierra. Lucano no habla de ninguna serpiente cuya mordedura sea beneficiosa. Tal vez no supo verlas porque siempre es lo malo lo que llama la atención.

 

 

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