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ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


LA BUENA MUERTE

En la Edad Media se consideraba que la buena muerte era la muerte anunciada. Aquella que permitía despedirse de deudos y parientes, pedir perdón a todos y prepararse para ir a la gloria. Nada más terrible, por lo tanto, que una muerte repentina, dado que podía sorprender a la víctima sin confesión y, tal vez, en pecado mortal, lo que suponía un eterno castigo. Dicha forma de salir de este mundo, sin confesión ni despedida, podía ser considerada, por lo tanto, como un castigo divino. De ahí la importancia de un libro como Lo somni, de Bernat Metge, en el cual el autor trata de justificar la repentina muerte del rey de la Corona de Aragón Joan I.

Fueron muchas las ediciones que se hicieron de libros sobre el Ars moriendi, Arte de bien morir. Eran manuales en los que se daba todo tipo de instrucciones. Todo tenía su tiempo y su momento. Morir era un ritual. La muerte modélica fue la de Roldán en plena batalla, o la del Maestre don Rodrigo, en el seno de la familia, quien la acepta

con voluntad placentera
clara e pura

Por eso mismo, y hasta cierto punto, la pena de muerte se debería haber considerado como una buena muerte, anunciada, sin posibles errores de cálculo, y con todos los aditamentos dramáticos del caso. Y así fue en muchas ocasiones. Pero la crueldad de algunas personas llegó al extremo de hacer desesperar al pobre reo. Sencillamente negándoles el último auxilio, el de la confesión y arrepentimiento. De esta forma, el castigo, el desprecio de la sociedad, lo arrastraba el reo hasta más allá de la tumba.
La muerte, como la vida, siempre ha dado mucho juego en este valle de lágrimas. Y ahí seguimos.

No sé, con la muerte a cuestas, si la evidente salida de tono es de los periodistas o del entrevistado. Sé, por experiencia, que no todo lo que se cuenta en los periódicos, o se atribuye a alguien, es cierto o corresponde a la persona en cuya boca y mente se le ponen cosas que, tal vez, ni ha dicho ni pensado. Hay que dudar hasta de las imágenes que ofrece la tele o el cine. Se puede doblar la voz de una persona, y hasta es posible que en nada se distinga de la otra en el metal y timbre. Todo, absolutamente todo, es manipulable. Y la única forma de no ser engañado al cien por cien es la de dudar, de guardar una cierta distancia con la noticia, la crónica y la opinión.

Ahora bien, sea invención, extrapolación, o verdad, la afirmación con la que nos han despertado los periódicos esta mañana, en plena semana santa, no tiene desperdicio. Es una verdadera joya. Según la difundida información, el arzobispo emérito de Pamplona, don Fernando Sebastián, ha dicho que la muerte de Jesús fue tormentosa, sin recibir paliativos. No sabía que a los condenados a muerte se le ofreciera paliativos, y más en el mundo antiguo. En el actual son capaces de tenerlos semanas y semanas en el corredor de la muerte. Es la muerte anunciada con mucha antelación.

La afirmación sobre la muerte de Jesús, tormentosa y sin paliativos, innecesaria, no pasaría de ser una frase más, un intento de hacer burdo proselitismo, si no se hubiera dicho en el momento en el que se ha hecho: durante toda la semana pasada, y parte de la anterior, se nos ha estado informando de que una profesora francesa, Chantal Sébire, padecía un cáncer incurable. Le estaba deformando la cara, y le producía unos dolores horrorosos. Ante los dolores y la triste deformación, la profesora había pedido una muerte asistida, anunciada. Cosa que, cómo no, le fue denegada. Al parecer la señora Chantal se ha suicidado en su casa. Imagino que habrá sido una decisión difícil de tomar. Pero ha dejado de padecer. Descanse en paz.

Vaya por delante que ni soy creyente ni tengo fe. Y vaya también por delante que no soy partidario de la pena de muerte. Crucificar a una persona, aun con paliativos, me parece una salvajada. Y por más vueltas que le doy no entiendo a quién se le pudo ocurrir la brillante idea de la redención del género humano mediante la crucifixión de un señor. Redimirnos de qué. ¿De un pecado sexual? ¿Y tan grave es la cosa que por ello una persona tenga que ser azotada y crucificada? Es una de las estupideces más grandes que he oído en mi vida. ¿No es acaso más grave un genocidio? Y, sin embargo, nadie nos redime ni nos libera de los mismos.

No sé, por otra parte, si la señora Chantal Sébire era creyente o no. Pero no creo que aceptara su enfermedad como Jesús aceptó su muerte: por la redención del género humano. Hasta ahora no se ha dicho nada, en ningún periódico, de que la señora Chantal, como Juana de Arco, hubiera oído voces misteriosas sobre la redención y la salvación. Si no es así, ¿a santo de qué esa comparación de la señora Chantal, o de cuantos enfermos sin esperanza de curación que piden una muerte digna, con Jesús, quien, sin duda, sí estaba convencido de su muerte redentora? Es lo más desafortunado de cuanto traen los periódicos de hoy.

La vida es puro azar. Y, como dice el coro de Antígona, nadie se puede considerar afortunado, o desdichado, hasta que ha bajado al Hades. Sin embargo, viendo ciertas cosas hay personas que, aún antes de morir, ya se sienten satisfechas por no haber vivido lo que otras sufrieron. Cosas que, con un mínimo de solidaridad, se tenían que impedir, atajar a fin de que no vuelvan a suceder.

Y ya no me refiero solo a la terrible enfermedad de la señora Sébire, sino a otras situaciones más horribles, mucho más, que esa extraña enfermedad. Estoy pensando, porque es a lo que más publicidad se le ha dado, en los campos de exterminio nazis. Parece mentira que el género humano haya llegado a semejante grado de bestialidad. Parece mentira que una persona sea capaz de hacerle a otro ser humano lo que unos, los pretendidos superiores, hicieron a otros, los pretendidos inferiores. ¿Dónde está la superioridad? ¿En el grado de desprecio y animalidad al que llegaron?

No. No se trata ahora de culpar a nadie. Se trata de recordar que no todos tenemos la misma fe, ni creemos en las mismas cosas. Siento mucho la crucifixión de Jesús, como siento mucho los quemados por la Inquisición, los decapitados y los fusilados aquí y allá. No creo que ni la pena de muerte ni la unificación religiosa sirva para nada. Deberíamos, por el contrario, intentar respetarnos los unos a los otros, ceder unos hoy y mañana los otros. Deberíamos vernos como habitantes de la misma polis, del mismo universo, y ser virtuosos para ser capaces hasta de prescindir de las leyes. Es pedir peras al olmo, lo sé. Pero no entiendo, cuando se firman decretos o leyes para que la gente vaya a la guerra a matarse, porqué no se puede asistir a una persona para que tenga una muerte digna cuando ha sido ella quien ha decidido poner fin a sus sufrimientos. Y no me valen comparaciones: seremos muy poca cosa, nada, pero tampoco nada hemos hecho, algunos humanos, ni lo haremos, para que crucifiquen a alguien por nuestra culpa. Eso sí que lo tengo claro. Y en nada nos beneficia, todo lo contrario, el sufrimiento ajeno. Hagamos, pues, que la gente deje de sufrir. Y no se malinterprete la petición: que no haya guerras, que prevalezca la justicia, y que se pueda optar a una muerte digna cuando no hay esperanzas de una vida tal.


 



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