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  Guías culturales

LA CONTINUIDAD DE LOS CLÁSICOS


Por Vicente Adelantado Soriano

Hay personas que sólo son capaces de ver a los clásicos, si hablamos de cine o de teatro, cuando los actores salen con máscaras, coturnos o palios. Lo que digan o dejen de decir los personajes, incluso los problemas que planteen o vivan, no tienen interés para determinar el clasicismo de la obra. El interés, el punto para determinarlo, es, al parecer, el vestuario. Se dan así las paradojas de considerar clásicas a obras que lo único que tienen en común con sus antepasados es un convencional atrezzo.

No deja de causar cierta perplejidad que se hable de una película, Los 300, como si fuera una historia clásica, y no se haga lo mismo con el drama La cabra o ¿quién es Sylvia?, de Edward Albee, cuando mucho más tiene que ver esta obra con una tragedia griega que todos los encuadres de la dichosa película que toma como excusa, eso sí, la batalla de las Termópilas. Sin embargo, y sin haber ninguna referencia expresa, ni tiene porqué haberla, hay más espíritu griego el genial drama de Albee que en la película de Zack Snyder.

No deja de ser curioso, por otra parte, cómo los viejos temas, en otros ambientes, y en otros tiempos, siguen vivos y pueden, todavía, dar vida a películas y obras de la más vigente actualidad. En realidad, y como decía Borges, en la historia de la humanidad hay tres o cuatro temas sobre los que siempre estamos volviendo. El mito del eterno retorno. Así que aquellas fibras que tocaron los dramaturgos griegos, allá por el siglo V a. C., todavía vibran y tiemblan. Y más si hoy en día son artistas inteligentes quienes los retoman. Por más que algunos se nieguen a verlo, quizás por la carencia de coturnos, palios o espadas y demás parafernalias. La importancia del atrezzo.

Esta semana se ha estrenado una película con un fuerte sabor griego, pese, cómo no, al error del título: Antes que (sic)el diablo se entere de que has muerto. Es una excelente película dirigida por Sidnye Lumet. Ambientada en Estados Unidos, y con una familia tan bien avenida como la del viejo y pobre rey de Tebas, Edipo. También este padre moderno, interpretado por Albert Finney, magistral como siempre, tiene dos hijos que van a generar la más absurda de las tragedias. Igualmente empieza ésta como un juego, algo sin excesiva importancia. Incluso su planteamiento resulta gracioso y divertido.

La película de Lumet está basada en un relato de Kelly Masterson. En el relato original, según cuenta Lumet, los dos protagonistas, y desencadenantes del drama, son amigos, no hermanos. Ahora bien, no conviene olvidar que Lumet, según confiesa, siempre quiso ser actor de teatro e interpretar a Yago. Fue él quien cambió las relaciones de los protagonistas convirtiéndolos en hermanos. Consciente o inconscientemente es así como, enseguida, el espectador se acuerda de Eteocles y Polínices. Y de cómo un aparente juego sin importancia se convierte en una verdadera tragedia.
No queremos decir con ello, desde luego, que Antes que el diablo... sea un calco de Edipo o Antígona. No es eso. Es sencillamente que el mito se ha revestido de otro ropaje, y ha vuelto a surgir con fuerza. Quizás porque el hombre no ha cambiado tanto como se imagina desde el siglo V a. C. Si allí era más importante el cumplimiento de una ley, Antígona, que el reconocimiento del error, el olvido, aquí, en la película, lo es más mantener las apariencias, el tren de vida, que los propios sentimientos. Luego, cometido el primer error, el asesinato no deseado por nadie, ya no hay vuelta atrás: es un continuo despeñarse por la ladera de la montaña. Como si los dioses, o el destino, jugara con los humanos como éstos lo pueden hacer con los dados. La maldición: desaparece el sentido común y sólo se piensa en huir, en no asumir los errores. Lo cual conduce a nuevas equivocaciones.

El problema, como siempre, es el poder, el dinero, el sexo; la incapacidad de reconocer los propios errores, de pedir perdón y de tratar de cambiar de vida. No se puede decir que Eteocles y Polínices sean inocentes. Aunque lanzan la maldición a Edipo con excesiva alegría. Y desde luego no lo es Edipo al dividir en poder de Tebas entre los dos hermanos. Sabe bien lo que se hace.

En la película de Lumet tampoco los hermanos son inocentes. Tenemos, para más abundamiento, hasta un problema de incesto. Y también, cómo no, el castigo por un orgullo excesivo, la famosa hibris, que es, pecado moderno, tratar de vivir por encima de las propias posibilidades.
La película de Lumet es, pues, una buena reactualización de un clásico. Un clásico ella misma. Que juega con el tiempo como también los hacían las tragedias griegas. Éstas, al representarse de año en año, tenían que recordar al espectador lo que había sucedido anteriormente. Antes que el diablo... juega con el tiempo, llevándonos hacia delante y hacia atrás a fin de completar y explicar la historia.

Excelente, por otra parte, la interpretación de Philip Seymour en este magnífico clásico revivido sin bellas grebas ni lanzas bipotentes.

 


Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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