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ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


UNA MALA DIDÁCTICA. ORACIÓN POR KENIA

En algunos centros, ahora, todos los problemas y preocupaciones se centran en Kenia. Parece, dada la importancia que se le está dando a la guerra civil de este país, que se acaba de descubrir la miseria de la guerra, su innata crueldad y la importancia de la ayuda extranjera. No deja de ser curioso que se haga por boca de las mismas personas que, años atrás, decían que "Sadam no se podía ir de rositas". Desde luego que no se ha ido de rositas. Ni él ni su país. Pese a que no había armas de destrucción masiva, cosa que, sin duda, ya sabían las cabezas pensantes. Como sabían que hay petróleo, mucho petróleo. ¿Es cierto, ya que hablamos de ello, que salen buques americanos cargados con toneladas y toneladas de tan preciado líquido? Sadam no se fue de rositas, desde luego. Nos enteramos todos. Lo vimos hasta la saciedad.

Apenas si se habla ahora de lo que sucede en Irak. Parece ya un conflicto enquistado. Algo cotidiano, rutinario, a lo que uno termina por adaptarse. Las noticias no dejan de ser como la moda: van de aquí para allá sin acabar de aclarar nunca qué ha pasado o cómo ha terminado un conflicto. No hay un seguimiento. Sin duda porque eso aburre al lector o al telespectador. Y lo más importante es no aburrir, llenar cuotas o ser los líderes del sector. Es una tiranía como otra cualquiera. Lo mismo sucede con la ropa: se deja de usar una camisa no porque esté rota o vieja sino porque ya no se lleva. Ha pasado de moda, y hay que estar a la última.

Hubo una época en la que se rodaron bastantes películas sobre la segunda guerra mundial, sobre el exterminio judío y los campos de concentración. Había que ver aquellas películas porque así una persona se daba cuenta de cuanto había acaecido. Tomaba conciencia. Por muy mal que se pasara en la sala, y por muy inútil que fuera tan absurdo dolor. Inútil lo fue. Y mucho. Pues evitar que las cosas vuelvan a suceder no depende de la cantidad de películas o documentales que se ruedan o se ven, sino de la implantación de unas leyes, una justicia y unos mecanismos, asumidos por toda una sociedad, para evitar ciertos abusos que conducen, o pueden conducir, a la confrontación por cualquier motivo.

También hay mucha literatura al respecto. Libros duros y costosos de leer, y no por su sintaxis o vocabulario.

Quizás quienes deberían de haber visto esas películas y documentales, o leídos esos libros, fueran los políticos. Han sido ellos quienes han buscado la confrontación de unos pueblos contra otros para así mantenerse en el poder. Han aplicado a la perfección aquello de a río revuelto, ganancia de pescadores. Hasta han logrado que se manifestara en apoyo de una forma de leer o escribir quien jamás se ha molestado en abrir un libro. Parece un milagro. ¿Y por qué sucede esto? ¿Por qué hay gente que les hace caso? ¿Por falta de criterio propio? ¿Por insatisfacciones de las personas? ¿Por frustraciones? ¿Y qué tipo de frustraciones? Porque siempre va a haber algo que no vamos a poder alcanzar, y con lo que debemos contar.

Y de repente brota la noticia: en un país lejano hay elecciones, ganan unos y pierden los otros. Normal. Y estalla una guerra civil, cosa que ya no tiene nada de normal. ¿Y por qué estalla, porque se han perdido unas elecciones? Las noticias, a veces, parecen dadas para idiotas. Rara es la ocasión en que responden a las infinitas preguntas que provocan. Tampoco tienen porqué hacerlo. Pero, al menos, el lector debería contar con los medios necesarios para obtener algunas explicaciones. Pues se hace muy cuesta arriba creer que por unas elecciones perdidas las personas sean capaces de eliminarse a machetazos o a palos. ¿Qué se escondía tras esas elecciones? ¿Existe algún paralelismo con la España del 36?

Es cierto que aquí en Europa hay personas que matan y mueren por un partido de fútbol, por un gol anulado, o por un error de un futbolista o un árbitro. Se sabe que mucha de esa violencia estaba generada por los directivos de los clubes o por intereses bien mezquinos, si no es todo uno y lo mismo. Pero, afortunadamente, tamaña violencia se cortó hace tiempo. ¿Qué había en la cabeza, si es que había algo, de quienes secundaban semejantes barbaridades, de quien es capaz de machacar a una persona porque lleva una camiseta diferente a la suya? Confieso mi impotencia: no lo entiendo.

¿Qué esperanzas tenía puestas en Kenia la tribu que ha perdido las elecciones? ¿Y cómo va a gobernar quien las ha ganado? ¿Sólo para su gente y su tribu? ¿Cómo se hace eso? ¿Hay una tribu pobre y otra rica? ¿Tan tajante? No lo creo. E igualmente declaro mi impotencia: no entiendo nada a no ser que recurra a lo manido: a la estupidez humana y a oscuros intereses de políticos o multinacionales, que, a veces, es todo lo mismo. ¿Qué ha sucedido para llegar a esta situación? ¿No se podía haber cortado en algún momento?

Un día, de golpe y porrazo, estalla la noticia en la televisión. Y tras el amable y familiar rostro de la presentadora, se pasan imágenes de espanto: gente matándose, mujeres llorando desconsoladamente, niños aterrorizados... ¿De dónde sale tanta bestia y tanto salvaje? ¿No hemos tenido suficiente con todas las guerras? ¿Hay algún poder, algo que justifique tanta muerte?

Y como siempre, asustados, recurrimos a lo fácil, a una pésima didáctica: ahora hay que pasarles películas a los alumnos para que vean el sufrimiento ajeno. ¿Para qué? Más absurdo sufrimiento inútil. Lo que hay que hacer es cambiar la forma de educar, y no con asignaturas necias y al uso, sino estudiando con un cierto sentido crítico, huyendo de los dogmas y de las gruesas afirmaciones. Creando dudas y preguntas y haciendo ver que todos tenemos nuestra parte de error, y el valor de una vida humana.

Hay que cambiar la forma de enseñar. Creo que es lo primero que nos deberíamos plantear a fin de evitar las guerras y las confrontaciones. Pero nadie va a cambiar la ley de educación: es un tema espinoso que puede hacer perder unas elecciones. Y ya sabe: es más importante la poltrona que el marcar rumbos honestos o futuros esperanzadores. Es más importante hacer un palacio de la ópera que no invertir en aulas donde los niños, todos, aprendan algo de música. Y es más fácil, dado que el teatro nos puede mostrar que todos y cada uno de los personajes tienen su parte de razón, cerrarlo con cualquier excusa que invertir en montar buenas obras que planteen problemas y nos hagan disfrutar por la belleza del montaje, de la actuación y de la obra en sí.

Todo eso no importa. Importa el impacto, soltar el dinero, o comprar lo que la película de turno nos anuncia. Menos todavía importa tener ciudadanos con sentido crítico. Así se explica que nuestros políticos vayan a ras de suelo, y la campaña electoral quede reducida a un esperpento, a una subasta, a dinero a cambio de votos. Es penoso. Y patético que alguien se parta la cara por cualquier color. Desaparecen en el primer lavado, tal es su consistencia.

Otra vez veremos películas. Y habremos cumplido nuestra misión. Y nos haremos la pregunta y la reflexión de siempre: ¿qué podemos hacer nosotros? Nada. Nada, nos diremos con impotencia. Pero sí podemos hacer: educar bien, fomentar la lectura, el gusto y el sentido crítico... Estamos perdiendo tantas oportunidades que una más no tiene importancia. Sí, con Kenia, y con cada nueva manifestación de la bestialidad humana, perdemos todos. Tal vez el día que dejemos de parchear las situaciones y nos planteemos cómo evitar llegar a la violencia, comencemos a cambiar un poco. Tal vez. Y tal vez estas reflexiones no sean sino una necia utopía, una falsa oración dirigida a un dios que no existe.

 



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