- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
 
  Guías culturales

CUANDO PREDICAR LA ÉTICA SUPONE FALTA DE ÉTICA


Por Vicente Adelantado Soriano


Antes, en una edad muy lejana, los profesores se reciclaban. Según cuentan los viejos cronicones de vez en cuando debían asistir a cursos, conferencias y talleres, pues los profesores tienen mucho tiempo para enseñar y poco o ninguno para aprender, lo cual, como se comprenderá, es una paradoja o una incongruencia. De ahí que de vez en cuando se transformaran en alumnos a fin de aprender tanto nuevos enfoques como nuevos métodos. Sucedía esto en tiempos lejanos, como se ha dicho.

Los tiempos actuales han traído muchos cambios, como no podía dejar de suceder. Unos para bien y otros quizás para mal. Unos son dignos de elogio y otros, si no de censura, sí al menos de consideraciones críticas. Contamos entre estos últimos el hecho de que los profesores hayan dejado de ser alumnos, aunque jamás dejen de asistir a conferencias, charlas y simposios.

Así el tiempo que antes se invertía en poner al día la asignatura que se imparte, o la forma de hacerlo, se derrocha ahora en prepararse para enfrentarse con el alumno, o con sus problemas, sean estos inventados o reales. Pues en la pedagogía, como en la medicina, en la literatura, la costura, la cocina, los vinos y la política, por poner unos ejemplos, también hay modas. Y si bien unos descubren nuevas telas, nuevas combinaciones de sabores, o nuevas formas de entremezclar las palabras y analizarlas, otros hallan, en los adolescentes, nuevos enfrentamientos, nuevos retos; y, en consecuencia, nuevas formas de afrontar la relación con el alumnado.

Nadie niega, por supuesto, que no es diferente el adolescente de ahora del adolescente del siglo pasado, o del siglo XIX. Pero la diferencia no está en las distintas formas de comportamiento de los muchachos, sino en sobre quién caen las responsabilidades de esos comportamientos, no tan dispares como parece. Hasta hace bien poco ha estado bastante claro que del comportamiento delictivo de los hijos respondían los padres. Que la escuela les enseñaba, pero que eran los padres quienes los educaban y marcaban los límites entre lo que está permitido y lo que está prohibido.

Cuando se habla de las relaciones paterno-filiales, surge, inmediatamente, el problema del tiempo. Recuerda este problema aquella preciosa metáfora de Salinas en su obra El defensor: al hablar de un libro, de la necesidad de leer, la persona muestra su reloj como si fuera una rodela con la cual parar el golpe y defenderse: no se tiene tiempo, no hay tiempo. Nunca hay tiempo para nada salvo para ver la televisión, máxime si retransmiten un partido de fútbol. Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a divertirse. Pero también tiene la obligación de cargar con sus responsabilidades. Y es para esto para lo que no se dispone de tiempo, ni, por supuesto, de preparación.

Y no hay mayor responsabilidad para unos padres que educar a sus hijos. Pero esa tarea exige mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucha dedicación. No hay tiempo. Además, de todo eso, dicen, se debería ocupar la escuela, que cuenta, se supone, con profesionales cualificados. Y como los tiempos cambian que es una barbaridad, esos profesionales, además de dominar las matemáticas, el inglés, la parla autonómica, la oficial, y lo que le exijan, también tienen que educar, cuidar y vigilar al adolescente que se le confía. Y aquí comienza el verdadero calvario. De este, así a bote pronto, se puede entresacar la contradicción de ocuparse de toda la educación del adolescente, haciendo el papel de padre, pero sin la autoridad ni la ejecutoria de este. Además, el padre biológico se enfada mucho con el de adopción, o maestro, cuando el hijo no saca las notas que él tenía en mente. Y el adoptivo, como san José en la edad media, es objeto de todo tipo de burlas y vejaciones. Y gracias si la cosa queda ahí.

Pero no, no queda ahí: a fin de dar esa educación total, se supone que el profesor ya domina la materia que ha estudiado en la carrera, y como dos y dos siempre son cuatro, en vez de reciclarse, ha de enterarse de las nuevas realidades de los adolescentes. Y empieza la segunda parte del calvario.

Por supuesto que los adolescentes, tras el descubrimiento de América, han tratado de imitar a sus padres, deudos y familiares, y han comenzado a fumar, como lo hacen las personas de su entorno. Pero el problema ahora, descubierta la relación entre el tabaco y el cáncer, se ha agravado. Así que los profesores están obligados a asistir a charlas y más charlas sobre el tabaquismo y sus consecuencias. ¿Fuman los padres en casa? Eso no tiene importancia. La importancia está en saber abordar el problema con el adolescente, en hacerle ver que la sociedad se ocupa tanto de él que en cualquier paquete de tabaco se advierte del peligro de la nicotina. El profesor tiene que explicarlo y tratar de erradicar tan feo vicio. Eso sí, en todos los lugares públicos se puede fumar, y se fuma. No obstante, el profesor se ha tragado el humo de varias ponencias, charlas y conferencias, que sólo han servido para hacer estadísticas y presentarlas cuando hay elecciones.

Por desgracia, el mundo del tabaco, en muchas ocasiones, es la antesala del mundo de las drogas. Problema doblemente grave, que se debe solucionar con más charlas y conferencias, más intensas y de más duración. Y los profesores deben estar ojo avizor para comprobar cómo llegan los alumnos por la mañana a clase, pues algunos de ellos, para hacerlas más llevaderas, ya entran en las aulas con un par de canutos fumados. Los padres no se ocupan de los hijos, y estos necesitan ayudas especiales para ocuparse de las matemáticas, que son muy duras. Hay que vigilar si Pérez o Martínez tienen los ojos brillantes cuando llegan a clase a las ocho de la mañana.

Hace tiempo también se puso de moda el acoso. Y lo que antes eran juegos de adolescentes: darse collejas, empujarse, soltarse algún soplamocos, decirse algunas lindezas, etc. se convirtió, de pronto, en acoso. Y el profesor, en el patio, y más en las aulas, debía estar ojo avizor y denunciar al alumno que, como en su época, llamara a alguien “cuatro ojos”, “bola de sebo”, “paquidermo” o lo que se les ocurra. Para evitarlo, como si fuera un nuevo espía, se le enseñaron técnicas, más charlas, de cómo acercarse al adolescente sin que este lo note... Hay veces que hasta el conferenciante y la sociedad pierden el sentido común. Es lo que sucede cuando no se hace lo que se debería hacer.

Vinieron luego todo tipo de enfermedades. Enfermedades que, por supuesto, impiden el normal desarrollo del alumno en los estudios. El profesor también tiene que estar atento a estas nuevas enfermedades, ser capaz de detectarlas, y, por supuesto, de tratar a esos alumnos con una cierta deferencia: clases más ligeras y exámenes más llevaderos. ¿Se puede dividir la clase: media hora para los alumnos sin problemas, y la otra media para los que tienen problemas? De esta forma no se dan nombres, y todos contentos. Y además nos ahorramos dinero con educación especial y con la fabricación de nuevas aulas: hay que pagar a mucho gobierno autonómico y a mucho funcionario que no sirve ni para fichar, y por eso lo hacen tarde y mal, cuando lo hacen.

Luego, acabáramos, llegaron los ordenadores. Y los pobres y sufridos profesores recibieron más charlas, conferencias y cursillos. Pues los alumnos se acosan a través del ordenador, tienen acceso a páginas non sanctas , etc. Y un profesor debe ser un galgo de fino olfato capaz de oler, ver y detectar estas cosas. Y que ni se le ocurra decir que los alumnos tienen los ordenadores en casa, y que es misión de sus padres desconectarlos o vigilarlos, tal como los vigilaban cuando veían la televisión ellos solos en sus habitaciones. Sí. Es patético.

Corramos un tupido velo sobre la necia educación sexual, y lleguemos ya al colmo de la desfachatez.

Ha consistido esta en la creación, en esta ciudad llena de sol y de alegría, de una Banca Ética, sintagma más que dudoso, o que encierra una figura literaria llamada oxímoron. Pues bien, los sufridos profesores sufrieron otra charla para que fueran conscientes de que la banca no es ética, y ofrece altos intereses porque, tal vez, ese dinero que decimos no tener, el banco lo invierte en empresas armamentísticas o en agricultura intensiva y brutal. La Banca Ética, por el contrario, se compromete a invertir el dinero que no tenemos en agricultura sostenible, productos ecológicos y demás. Ahora bien, nadie nos asegura que el agricultor ecológico no acabe de matar a su suegra de un hachazo. Por otra parte, nosotros, nadie, no somos inocentes, así que cuando vayamos a comprar tenemos que comprobar que el producto comprado, el jamón por ejemplo, no es el de un cerdo rijoso al que han dado mala vida y obligado a vivir con un cilicio hundido en sus blandas carnes. Sí, esta tal vez será más barata, pero estaremos contribuyendo a la tortura porcina. Todos somos culpables. Y hay que redimirse.

La conferencia duró hora y media.

Hace tiempo que quien esto suscribe, ante tanta crítica a la sociedad de consumo, le propuso a la empresa lo siguiente: dado que al año tenemos tres pagas extras, y cada una de ellas corresponde, más o menos, a un mes de salario, se cambian dichas pagas por tres meses de vacaciones. Unidos a los dos meses que los profesores tenemos por convenio, son cinco. Tiempo corto, pero suficiente hasta cierto punto para seguir leyendo, investigando y escribiendo. Menos da una piedra.

Por supuesto, tal cambio ni lo aceptó la empresa, ni el instituto, ni el colegio, ni la Banca Ética. No me siento culpable de nada: compro en la tienda más cercana a mi casa, porque esa es la más barata. También tenemos derecho a descansar. No todo van a ser responsabilidades. Ninguna empresa ha aceptado el canje de dinero por tiempo libre. Ya es hora de que cada uno cargue con sus propias responsabilidades. Los chivos expiatorios no son propios de sociedades avanzadas y éticas, o que pretenden serlo.

 

Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

Volver a Trabajos de Investigación...

 



        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online