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Por Vicente Adelantado Soriano


FIN DE CURSO O UNA HIPOCRESÍA MODERADA

Se ha terminado un nuevo curso, y más que el sentimiento de alivio por el trabajo realizado, por dejar las aulas durante unos meses y olvidar a los alumnos, predomina el sentimiento de desencanto, de derrota, de trabajo mal hecho y peor acabado. Y una impotencia terrible al tener la plena seguridad de que de nada ha servido la inútil labor realizada, y de que todo va a seguir igual, sino peor.
No hace mucho se publicó una noticia según la cual los alumnos de bachillerato con tres asignaturas suspendidas, creo, no tendrían que repetir curso. Ya se sabe que en la ESO se promociona llevando medio curso suspendido, y aun todo si ya se ha repetido ese curso. Aprobar, pues, es cuestión de paciencia. Por si esto fuera poco, la cosa se agrava, no podía ser de otro modo, dado que las distintas autonomías, gobernadas por distintos partidos, pueden o no aplicar dicha norma en el bachillerato. Eso quiere decir que en un lugar de España se repetirá, en otro no, y en el de más allá, ni una cosa ni la otra. Es una buena forma de ilustrar ante los alumnos, con poca capacidad imaginativa cuando se habla de África o de otros países inmersos en guerras, injusticias y miserias, que nacer en un lugar determinado es una suerte, un destino, un castigo o un absurdo premio de los dioses. Además, no se podrán mover de donde hayan nacido, salvo que sus padres se dediquen a estudiar vasco, gallego, catalán o lo que se tercie, aunque eso que se tercie no tenga más literatura que unas instrucciones para labrar un bancal.
Cada vez resulta más difícil creerse que el estudio, la lectura, la educación, el saber, el esfuerzo, sirven para algo. Vivimos en una sociedad que, justamente, premia todo lo contrario. Comenzando por los mismos padres: algunos de estos son capaces de arrastrarse por los pasillos del instituto, o de llegar a la bestialidad, con tal de lograr que su hijo apruebe una asignatura, y se le reconozca, así, el trabajo que no han realizado. Cualquier cosa con tal de no tener que ocuparse de ellos. Viendo algunos comportamientos de final de curso, más de un profesor se ha preguntado que para qué, ciertas personas, han tenido hijos. Quizás, sencillamente, porque la Naturaleza los impele a ello. Como quería Schopenhauer. No iba muy desencaminado al parecer.
De un tiempo a esta parte, además, se ha puesto de moda diagnosticar enfermedades adolescentes de todo tipo. Tal vez algunas de ellas existan; pero no parecen muy serias, desde luego, y son, sin lugar a dudas, perfectamente aprovechadas por hijos y padres para eludir, cada uno de ellos, su verdadera responsabilidad. Las tales enfermedades, reales o fingidas, también vienen de perlas a estancias superiores para enmascarar el abultado fracaso escolar. Es curioso: hace tiempo se llegó a decir que el Greco pintaba como lo hacía, esas figuras tan alargadas, por un defecto, una enfermedad, de sus ojos; que santa Teresa era una reprimida, una enferma, y por eso tenía esas visiones y escribía como lo hacía... Con Cervantes y Quevedo, que sepa, no se metieron. Quizás porque no se perciben como casos tan “escandalosos”.
Por una parte la enfermedad nos sirve para no comprender ni estudiar al genio y justificar el fracaso escolar. Lo correcto sería, en caso de un problema real, que estos alumnos tuvieran unas clases especiales, adaptadas a ellos. Pero eso es, ya se sabe, demasiado gasto. Y por otra, dicho naufragio se va a solucionar, fórmula socialista, concediendo becas a quienes, sanos, fracasen a fin de que no abandonen los estudios y permanezcan en las aulas. Uno se pregunta, atónito, si esto tiene algo que ver con aquella parábola, nunca comprendida por otra parte, del hijo pródigo, o con una especie de juego parecido, por no salirnos de la Iglesia, a la fiesta del Obispillo o Rey de los Locos. El mundo al revés. Sea como fuere todo, salvo dos o tres profesores despistados y retrógrados, todo, absolutamente todo, incita a la molicie, a no hacer nada y a no preocuparse por nada. Ya vendrá mamá y lo solucionará, o el papá energúmeno lanzando berridos y amenazas, cuando no el estado con su flamante chequera y sus enfermedades múltiples. ¿Se acabará tal necedad algún día? ¿Y hasta cuándo se va a poder soportar esta absurda situación?
En las aulas, por desgracia para ellos, también hay alumnos que estudian, que son educados, voluntariosos y que realizan todas sus tareas poniendo en ello el mejor de sus empeños. Pero estos pobres están dejados de la mano de dios, y aun del diablo. Al fin y al cabo cumplen con su deber, y nada hay que decir de semejante grupo. Salvo tener en cuenta lo que dijo un clásico y se ha repetido hasta la saciedad: la industria hace crecer las artes. Estos pobres no reciben ninguna industria, ninguna atención, ni nada de nada. Y para sacar una beca se tienen que pelar los codos estudiando. No se sabe muy bien para qué.
Se quejaba Nietzsche en ese libro que todo maestro o profesor debería conocer, Schopenhauer como educador, de que se detesta toda formación que suponga soledad, entendiendo que cuanto más se sabe más solo se está; se detesta toda aquella formación que esté más allá del dinero y de las propiedades; aquella formación que requiere mucho tiempo. Este odio tal vez fuera la característica de su época, del siglo XIX. Ahora, tras la odisea espacial, sencillamente se detesta cualquier formación, cualquier esfuerzo y cualquier libro que no esté incluido en la lista de los más vendidos, como si fueran churros. La cultura, como dice Nietszche, en manos del Estado se tiene que convertir en un caudal de agua bien encauzado para que mueva el molino. Pero no se puede consentir que desarrolle todas sus fuerzas, pues se llevaría por delante al molino y al Estado. Como se comprenderá, las fuerzas vivas lo han entendido muy bien. Parafraseando a Nietszche lo único que hace el Estado con la cultura es fomentarla para fomentarse a sí mismo. Así que gobernados por necios, tendremos una cultura cada vez más vacía, vacua y necia. Y el caudal de agua para mover a semejantes cabezas llenas de aire es mínimo, tal vez dos gotas y media. Al fin y al cabo es más fácil gobernar a un país de necios sin más miras que ver la tele, y leer los libros que el éxito orquestado impone, que uno con personas cultas y con sentido crítico.
Aquí se ha entendido por democracia hacer la cultura extensiva a todo el mundo. Lo cual ha provocado su verdadera vulgarización sin obtener, a cambio, nada que no sea vaciedad y falta de interés por todo. Por suerte o por desgracia no todos somos iguales. Hay personas que sienten inclinación por los libros, y otras no. Hay personas con aptitudes atléticas y otras que no las tienen. En la naturaleza hay ventajas y desventajas. Y nadie va a regalar nada. El que algo quiere, algo le cuesta. Demóstenes, el pobre, quiso ser orador, y tenía un grave defecto de dicción. Lo superó con mucho esfuerzo. ¿Qué se hubiera hecho ahora con Demóstenes? ¿Aprobarlo, justificarlo y no exigirle nada a cambio? Seguramente sí. Y no tendríamos sus discursos. Para las escuelas de hoy sería una pérdida sin importancia.
Hay veces que, en las aulas, al iniciarse el curso, dan ganas de decirles a los alumnos que todo a lo que van a asistir es una enorme mentira. Que lo mejor que pueden hacer es olvidarse de los libros y dedicarse a jugar al fútbol, o al baloncesto, o tal vez a tocar la guitarra mientras se matan dando saltos. O meterse en un partido político y arreglarse la vida. Eso si lo que buscan es tener un empleo y ganar dinero. Y en caso, pobres, de que vayan en busca de un cierto saber, razón de más para que echen a correr, pues no hay nada que vaya más en contra del saber que un libro de texto, y más en este bendito país donde cada autonomía lo escribe a su gusto y sabor, y arregla la historia de acuerdo con sus entendederas, que son muy escasas.
Si un profesor dijera esto, o cosas similares, en el aula, sería expedientado. Seguro. Y los padres se volverían en contra suya. Y la dirección de institutos y colegios. Hay que ser moderadamente hipócritas, o muy hipócritas, y no decir lo que sabemos que es verdad, pero que nos puede perjudicar a todos: tendríamos que trabajar muy duro para modificar muchas cosas, y por el camino se perderían muchísimas prebendas. Al gobierno no le interesa y a los gobernados tampoco. Tampoco a muchos profesores cómodamente instalados en la aburrida vaciedad de recitar, año tras año, la misma cantinela. Y los alumnos encantados de que los aprueben por el mero hecho de asistir a clase, sin exigirles nada. Bastante tienen con atender a todos los ingenios que llevan o adornan sus habitáculos. Entre todos la mataron, y ella sola se murió. Confiemos en que sea cierto aquello de que todo lo que es factible de ir a peor, empeora, y en que nada es estable en esta desgraciada vida. Ojalá sea así los dioses nos permitan vivirlo.

 

 

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