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ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


GUERRA DE SÍMBOLOS Y DE NECIOS

Como diría un clásico, en este país o no llegamos, o nos pasamos. Dicho de otra forma: o calvo o siete pelucas. Está claro, y más en los tiempos en que vivimos, que a alguien le debe interesar una discusión, o peluca, o muchas, sobre asuntos vanos a fin de no tocar los realmente importantes. Y así, cuando todo parecía ya olvidado y enterrado, en medio de una enorme crisis económica, le ha dado al gobierno, y a algún que otro grupo de personas, por una cosa muy española y mediterránea: desenterrar muertos para rendirles homenajes y llevarlos al sitio donde deben descansar, que no es ni en una cuneta ni bajo una carretera. Y ya tenemos más asociaciones, más presidentes y más subvenciones. La grandeza de la democracia.
Los medios de comunicación también contribuyen con lo que pueden. Así, no sabemos si con actores fingidos o reales, aunque lo imaginamos, una cadena televisiva hasta ofreció las imágenes de varios aprendices de arqueólogos buscando los huesos, sin enterrar, de los muertos en la batalla del Ebro, que se produjo en 1938.
Menos mal que la cuestión se ha detenido con los fusilados y muertos de la última guerra civil, porque como le dé a alguien por buscar los restos de los muertos en las guerras carlistas, o las Pedro del Cruel contra su querido hermanastro Enrique de Trastamara, vamos vendidos. Como todo, hasta la Memoria Histórica, al menos en estos aspectos, tiene sus límites. Afortunadamente.
No es menos cierto que, antes, se produjeron beatificaciones masivas de quienes defendían los intereses de la Iglesia, que no coincidían con los de los desenterrados ahora. Tal vez ambas cosas sean el anverso y el reverso de la misma moneda. Y ya tenemos en danza a las dos Españas. A río revuelto, ganancia de pescadores. O de peluqueros.
La Iglesia es muy dueña de beatificar a quien considere oportuno. Eso al contribuyente ni le cuesta dinero, ni le supone ninguna necia polémica. Ahora bien, que se excuse el gobierno en el absurdo recurso de la Recuperación de la Memoria Histórica para abrir fosas, gastar miles de euros y asfixiar a los laboratorios forenses es, cuanto menos, un despropósito. En principio porque no hace falta desenterrar a nadie para saber lo que es obvio: ningún régimen totalitarista, sea del signo que sea, respeta los derechos humanos. No hay más que recordar, al respecto, el caso de la Rusia comunista, de la Alemania nazi, de Argentina, Chile o de la Iglesia Católica en la época inquisitorial. No se libraron los protestantes: Calvino ordenó quemar a Miguel Servet. No hay nada peor que un régimen absolutista o una idea, política o religiosa, que se cree en poder de la verdad, y con la misión de imponerla a todo el mundo.
No es menos cierto que la masa, el pueblo o la ciudadanía, es muy manejable y cambiante: siempre hace lo último que se le dice. Lo cual le da la razón al viejo Sócrates: la democracia está corrompida en su misma base. Cualquier sofista, o cualquier televisión, puede hacer cambiar la opinión y el voto de un buen grupo de personas. Pero, por el contrario, en su república, en su famosa forma de gobierno, un personaje como Sócrates no hubiera durado ni cinco minutos: en ningún momento hubiese podido criticar nada, ni hacerse más planteamientos filosóficos que el que las leyes están hechas para ser obedecidas, las dicte quien las dicte. Y llegados a este extremo, ningún gobierno se para en barras. Lo dudará quien desconozca la historia, y no esté al tanto de cuanto sucede en el mundo de hoy. Los que viven de espaldas a la realidad y necesitan, luego, tumbas que abrir y llagas que tocar, comisiones, encargados y subvenciones.
Es obvio que en toda guerra, y más en una civil, los odios y los rencores son el motor de todas las vilezas, justificadas luego con todo tipo de símbolos, que parece son de uso exclusivo de quien los utiliza, y que les concede la razón que no tienen. Y así ahora se escandalizan unos, y presentan otros como un triunfo el que Gramsci se convirtiera al cristianismo poco antes de morir. Quizás sea por el desconocimiento total de lo que dijo Cristo, que no es lo que algunos creen que dijo. Basta con leer su mensaje reducido. Eso por no cuestionar ciertas afirmaciones.
Tampoco hace falta encontrar la tumba de Jesús para saber que el creador de una nueva religión, política, sistema, o lo que se quiera, no tardará nada en ser traicionado por sus más inmediatos seguidores. Hay, por ejemplo, un Mandamiento clarísimo: no matarás. Pues bien, tanto san Pablo como san Agustín comienzan con sus disquisiciones sobre la guerra justa y la injusta. Y por supuesto la justa siempre es la nuestra, que no la del otro. No hace falta decir a dónde nos ha llevado tan magistral diferencia.
Por si no es suficiente con la figura de Jesús, cójase la de san Francisco, traicionado ya en vida por los suyos, y convertido ahora en un sentimentaloide y anodino personaje de dibujos animados.
Erasmo de Rotterdam, humanista, era un firme partidario de regresar a las fuentes originales, al latín y al griego. Quizás porque lo hizo, tal vez por carácter, por inteligencia de hombre amante de las letras, o por todo junto, fue un pacifista convencido, igual que Luis Vives. Sabido es, sin embargo, que Erasmo ha tenido que cargar con el calificativo de espíritu pusilánime y hasta con un toque de cobarde y egoísta. Sin duda el hombre valiente, el verdaderamente viril, fue el papa Julio II, capaz, hombre del Renacimiento al fin y al cabo, de oficiar una misa y de salir al campo de batalla, espada en mano. Imaginamos que los muertos por la espada del dicho papa irían el cielo sin tocar orillas.
A Erasmo la guerra le parece el peor de los males, y el que, a su vez, engendra otros todavía peores. La guerra es la renuncia a la civilización, a la palabra, a la discusión, a la negociación y al acuerdo. Vives, con una etimología imposible, la hace derivar de bellua, bestia. Pero dulce bellum inexpertis. La guerra les parece bella a los inexpertos. Y estos son masa. Esa masa sin más opinión que la que le dictan, y que tanto odiaba el mismo Sócrates.
De nada sirve recordar el pasado si no aprovecha para mejorar el futuro. Y por desgracia parece ser que ni las beatificaciones ni las exhumaciones van a dar pábulo a tan deseable comportamiento. Están siendo utilizadas ambas, por el contrario, para arrojarse en cara el odio y el desprecio que no hay forma de desterrar del género humano. Nada hacen los gobernantes, desde luego, por evitarlo: lo único que les preocupa es llegar al poder sea como fuere, aun a costa de desenterrar muertos o de ponerse en contra de la ley. Con lo cual han dado origen, y lo son ellos, a todo tipo de corruptelas, engaños, sofismas y palabrería vana cuando no hasta burda y malsonante. Es absurdo mantener a un numerosísimo grupo de personas que no saben ni razonar ni administrar un país, pese a dedicarse a ello. Al menos en teoría.
Tal vez nos haga falta una educación más humanista y humanitaria, una educación que nos permita leer a Vives y a Erasmo en la lengua que escogieron para escribir. Es pedir cotufas en el golfo. Pues no contentos con la exhumación de cadáveres, en medio de esta terrible crisis, se ha desatado otra no menos necia y absurda: el que haya crucifijos o no dentro de las aulas.
Hay algo que deberíamos tener todos bastante claro: por suerte o por desgracia sin el conocimiento del cristianismo, y de la historia, es imposible comprender a nuestros clásicos, a don Miguel de Cervantes por ejemplo. Claro, que ya sabemos que los clásicos, hoy en día, apenas si los lee alguien. Y menos con la suficiente atención como para rastrear el posible influjo de Erasmo en don Quijote. Por ejemplo.
Pero hay otra cosa, además, que los profesores, y los padres de los alumnos, deberían tener muy presente: la vida de Jesús, rabino, junto con la de Séneca, maestro de Nerón, y la de Sócrates, quien nunca quiso ser maestro y siempre estaba dando clases. Sería conveniente que junto al crucifijo estuviera la espada de Séneca y la copa de cicuta de Sócrates. Así todos tendríamos muy claro que quien se mete a redentor, acaba crucificado. Y suerte tendrá el martirizado si, luego, lo dejan descansar en paz y no exhiben por ahí ni sus huesos ni sus últimas convicciones. Quizás para enterrar la crisis del momento, el abuso del poder, el nepotismo, y la vaciedad de los gobernantes y de los gobernados.


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