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Por Vicente Adelantado Soriano


HABEMUS DUCEM

Ya se han terminado las elecciones americanas. Ya tenemos un presidente negro, que, parece, va a cambiar el mundo, el cosmos y todo lo habido y por haber. Todos, políticos y ciudadanos, están expectantes, como si de un momento a otro, el nuevo presidente fuera a sacar la varita mágica y a solucionar problemas varios: enfermedades, lepras, guerras, pestes y hasta situaciones económicas no deseadas y desconcertantes.

No sé si es bueno tener ilusiones. Si se puede vivir sin ellas, quizás sea preferible no tenerlas. Tal vez sea mejor reconocer la triste realidad, que pasa por saber y conocer que no hay soluciones mágicas, que todo es cuestión de todos, y que todo está corrompido hasta la medula. Pues no deja de llamar la atención que el país más poderoso del mundo no tenga una seguridad social como la tenemos en este páramo lleno de sol. Es una situación peregrina que, cuanto menos, llama la atención.

Resulta curioso ver en las películas cómo un personaje llega a un hospital, por su cuenta o en camilla, donde, cual si se tratara de un hotel, aunque se esté muriendo, le sacan la minuta y los gastos que va a generar. Le hacen firmar y todo lo demás... ¿Y si no tienen dinero? ¿Le ponen una tirita y lo mandan a la calle? Algo así decía un personaje en una película que pasaron el otro día por la televisión, John Q., de Nick Cassavetes. Es una película más que floja y previsible. Aunque de vez en cuando trata de denunciar esta increíble situación sanitaria en el país más poderoso del mundo.

Parece ser que la senadora Hillary Clinton, mujer que fue del presidente Bill Clinton, intentó crear una seguridad social nacional. Y que se tropezó con los intereses de las aseguradoras, y de la industria farmacéutica. Así lo oí anoche en una entrevista televisada a un señor, no recuerdo su nombre, que parecía muy sensato y muy enterado de la política norteamericana. Sus palabras me retrotrajeron a una vieja conferencia, oída en la facultad de medicina, cuando yo era un joven estudiante de veintipocos años. El conferenciante era Carlos Castillo del Pino. En un momento de su charla vino a decir que, después de la armamentística, la peor industria del planeta era la farmacéutica. Entonces no entendí por qué. Aunque aplaudí como el resto de los estudiantes. Nos habíamos reunido allí alumnos de todas las facultades.

Sinceramente tampoco acabo de entender ahora por qué se niegan a que haya una seguridad social. Sí se entiende que se nieguen las compañías aseguradoras, que irían, imagino, a la bancarrota. Pero creo que debe prevalecer el interés común sobre el de unas determinadas personas. Aunque esto se parece la pescadilla que se muerde la cola.

Las campañas electorales son caras. Y los partidos políticos, lógicamente, tienen que sacar el dinero de algún sitio. No se sabe de dónde, al menos en este corralón lleno de sol. Sabido es que nadie da algo a cambio de nada. Por tanto, si hay empresas, bancos o particulares, que tiran del bolsillo, será a cambio de prestaciones, servicios, etc. Es decir, el sistema está viciado desde su origen. Es imposible una democracia, pues aquel que no haya aportado nada al partido en el poder, salvo su voto, no obtendrá nada, como es lógico y normal. Por lo tanto, si las compañías aseguradores donan dinero para el candidato, y las elecciones americanas son largas y costosas, no será a cambio de salir en la foto el logotipo de la empresa. ¿Quién gobierna entonces? Los primero que se tendría que decir en una campaña electoral es las empresas que apoyan a uno u otro partido, o a uno u otro candidato. Y aparecer éste, como un jugador de fútbol, con el logotipo en la camisa, de la empresa que lo financia. Así, tal vez, nos aproximáramos algo más a un concepto de democracia. Y pudiéramos votar los cambios que estimamos oportunos. ¿Valdría para algo? Depende del grado de ingenuidad que se tenga.

 


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