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ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


EN LOS INICIOS DE UN NUEVO CURSO

I

LOS MALES NUNCA VIENEN SOLOS

Las vacaciones escolares de verano están a punto de finalizar. Dentro de poco comenzarán, de nuevo, las clases. Nunca se ha iniciado el curso en peores momentos ni condiciones: la prensa no hace sino alertar en contra de la famosa gripe A por cuya causa ya han fallecido bastantes personas. En las aulas, el contagio puede ser terrible. Máxime si tenemos en cuenta que, a no tardar, comenzará el otoño, seguirá el invierno, y el virus se fortalecerá. Las personas más propensas a contagiarse son los ancianos y los niños.
Al parecer no hay vacunas para todos. No se sabe si por falta de previsión, o porque los fondos del Ministerio de Sanidad no alcanzan para toda la población. Se ha dicho, por aquí y por allá, que se procederá, dadas las circunstancias, a una vacunación selectiva. Esa vacunación será terriblemente injusta. ¿A quién se va a vacunar? Por supuesto que a los alumnos, a los niños. Y a quienes están en contacto con ellos: los profesores; pero también lo están los padres, los abuelos, los pediatras, las enfermeras... ¿Es posible una vacunación selectiva en este caso?
Al terrible anuncio de que no hay vacunas para todos, ha seguido el de la subida de impuestos que está estudiando el gobierno. Los males nunca vienen solos. Aunque dicha subida también puede entenderse como una ayuda a bien morir por parte del Estado: inmersos en una profunda crisis económica, y con los impuestos por las nubes, nada nos queda ya en este mundo, así que, mejor dejarlo, y hacerlo ligeros de equipaje, sin molestias y con el ánimo entero. Eso por lo que respecta a los que todavía tengan algo que perder.
Seguramente el gobierno no se ha enterado de la crisis que llevamos sufriendo hace ya un tiempo. E ignora que hay personas que, durante las vacaciones, no han salido de casa porque no hay con qué. Ahora el gobierno les va a demandar el dinero que no han disfrutado. También está pidiendo miles y miles de euros a las autonomías.
No deja de ser curioso que, hace poco, se dieran millones de euros a Cataluña con quien, según su presidente, España tenía una deuda histórica que acaba de saldar. No explicó qué tipo de deuda era ni qué la había generado. Puede ser, igualmente, que España también tenga una deuda histórica consigo misma. Tal vez la había comenzado a pagar con la famosa Transición y con la Constitución que salió de ella. Pero esa constitución, a los pocos años, se ha convertido en papel mojado: un español no se puede mover libremente por su país a menos que se sepa todas las lenguas autónomas de España. Y en algunos lugares, ni aún así lo dejarán residir. Sin olvidar que unas autonomías perciben más, mucho más, que otras. Tal vez porque no había deudas históricas.
España, con la llegada de los nacionalistas a las autonomías, poco a poco se ha ido convirtiendo en un país de taifas, donde cada una va arrancando al poder central todo cuanto puede, y más. La democracia, que sustenta tal estado de cosas, se ha convertido en una verdadera tiranía.
Con las autonomías se han multiplicado, no sabemos por cuanto, los presidentes, los funcionarios, los secretarios, los ayudantes, los asesores, los traductores, los parlamentarios, los bedeles... ¿Y para qué? ¿Para qué queremos tanto secretario y tanto presidente? Entre todos han metido al país en una crisis que está resultando muy difícil de remontar. Sí, ha sido una crisis mundial. No obstante, ya están saliendo de ella otras naciones, quizás con menos burócratas y menos autonomías. Ahora nos van a sangrar un poco más con la subida de impuestos: difícil resulta, desde luego, mantener a tanto personal. Quizás por eso no haya vacunas para todos: la gripe puede ser una buena solución.



II

LA TIRANÍA DE LA DEMOCRACIA

No deja de resultar curioso que, en la Edad Media, la edad de las monarquías autoritarias, se planteara que no había nada más injusto que nombrar rey al hijo del anterior monarca: éste, como de hecho sucedió en más de una ocasión, podía resultar un perfecto inútil para hacerse cargo del gobierno de una nación. Podía ser un disoluto con más afición a la caza y a las mujeres que a los asuntos de estado. Para evitar semejantes situaciones, se escribieron bastantes libros ad usum delphini. Parece ser que no fueron muy efectivos.
La forma de gobierno más justa, desde este punto de vista, parece ser aquella que no es hereditaria: la de la Iglesia, por ejemplo. Pero, a partir del siglo XIV, sino antes, merced al Cisma de Occidente, comenzó a estar claro que tampoco se respetaba ni al cónclave ni al Espíritu Santo. Los intereses nacionales estaban, y están, por encima de toda divinidad. Tal vez, dejando a parte a la Iglesia, la mejor forma de gobierno, en cuanto a la continuidad se refiere, sea la democracia: cada cuatro años se hacen elecciones; y los electores, el pueblo, votan a aquel que consideran más capacitado. El poder no lo hereda, pues, el hijo del presidente.
Toda forma de gobierno es creación humana. Y todo lo humano es perfeccionable, aunque a veces más bien se degrade hasta el delirio. Así sucedió con la democracia. Ésta no tardó mucho en convertirse en una profunda e injusta tiranía. Y tampoco tardaron en levantarse voces en contra suya. Pues el pueblo, los votantes, podían ser manipulados por los sofistas, por una acción más o menos teatral, o por cualquier oscuro interés presentado por un eficaz orador. Quienes así manejaban al pueblo, como se puede suponer, no era para educarlo o llevarlo por el camino de la virtud, sino para valerse de él y utilizarlo en su propio provecho. Ya en la Grecia clásica se decía que nada hay más imponderable que la democracia. Es como el oleaje del mar: unos hombres vienen, otros van, y nadie se preocupa del bien común.
No obstante, en la democracia, al contrario que en la monarquía, se vota cada cuatro años, y se puede “expulsar” al político que no ha tenido un comportamiento adecuado. Pese a ello, no debió mejorar la situación cuando persistieron las palabras, y los hechos, atacando la invención de Pericles.
Por supuesto que un político, a fin de ganar las elecciones, puede prometer todo cuanto el pueblo esté dispuesto a creerse. Y, por supuesto, que a las elecciones no se presentan los mejores sino que aquellos que tienen ambiciones. Si a ello le añadimos que los políticos pertenecen a un partido, y que los partidos han sido creados para ganar, ya tenemos dibujada una perfecta tiranía. No hablemos del sistema de recuento de votos, y de la preponderancia de unos sobre otros. Es curioso que, aquí, en España, los ganadores de las elecciones siempre los decidan los nacionalistas. Y, por supuesto, estos han aprovechado su fuerza no para ocuparse del bien común, sino del bien propio, del suyo. Y así hemos llegado a la situación en la que estamos.
Para el nuevo presidente el precio a pagar por llegar a la presidencia, o mantenerse en ella, nunca ha sido relevante, siempre y cuando sea la nación quien desembolse lo que haga falta. Para un presidente lo importante no es gobernar bien, y hacer las cosas de forma impecable, sino mantenerse en el poder. Si no puede permanecer él que lo haga, al menos, el partido que lo sustenta. Partido que deberá presentar a un candidato para las próximas elecciones. ¿Cómo se escoge dicho candidato? Vistos algunos de ellos nada tienen que envidiar a aquellos pobres príncipes para quien Erasmo, entre otros, escribía libros a fin de educarlos y hacerlos moderados, templados y justos. A veces se tiene la rara sensación de que no hemos avanzado nada.



III

¿QUÉ HACER?

Parece fuera de duda que, ante la gripe, todos estamos en peligro. Y que no hay dinero para comprar vacunas que alcance a toda la población. Son cosas que deberían hacernos reflexionar a fin de buscar nuevas soluciones, y hacer una sociedad más justa, equilibrada y solidaria. La crisis económica ha generado un ingente montón de parados. No hay nada peor en esta vida que estar en el paro: la dignidad de una persona se ve mermada hasta niveles ínfimos. Y allá donde va el parado, todo son colas, papeles, burocracia, fotocopias, nada.
Por desgracia nada va a cambiar ni un ápice: los políticos españoles, como no podía dejar de suceder, han aprovechado tanto a los parados como a la gripe para lanzarse los trastos a la cabeza los unos a los otros, pues esa, y no otra, es la forma de hacer política en este país: la gresca para llegar al poder, y llegar al poder para repartir prebendas, en tanto los problemas se solucionan tarde y mal, o no se solucionan: nada teme tanto un político como tomar una medida impopular o que afecte a la inmensa mayoría. Le puede hacer perder votos. Una vez en el poder luchará por mantenerse en él recurriendo, si hace falta, hasta a la corrupción y a la ilegalidad. Otros, más pragmáticos, confundirán los fondos públicos con los lirios, y los entregarán a amigos, deudos y parientes, a manos llenas.
No puede haber democracia sin cuentas claras y transparentes. No puede haber democracia en un país en que el Tribunal Constitucional tarda tres años en decidir si un Estatut es o no constitucional. Política de hechos consumados se llama eso. O, en el peor de los casos, sumisión de la ley al poder político. No puede haber democracia en un país en que un presidente autonómico dice que no acatará la ley si esta no le es favorable...
Lógico que no haya vacunas para todos. Seguramente las habrá, como siempre, para aquellos que hayan sido dóciles con el poder, o para quienes hayan conseguido, con sus votos, arrancarle todas las prebendas posibles. Al resto no nos queda nada, salvo aquel bonito consuelo de Horacio: Dulce et decorum es pro patria mori. Si quiera, nos dejen tranquilos después de muertos y no nos envuelvan, encima, con ningún trapo o bandera.

 

 

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