- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus



 

  Guías culturales

ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


SOBRE LA MURMURACIÓN

Es muy posible que en una comunidad donde hubiera transparencia, si ello fuera dable, y todos fuéramos de quebradizo y diáfano vidrio, no hubiese murmuraciones de ningún tipo. De una mirada, todo el mundo lo sabría todo; y nada, que no fuera la ciencia y la investigación, sería motivo de preguntas y respuestas, de indagaciones y de desvelos. Por supuesto que esa sociedad no existe. Siempre hay alguien que tiene algo que ocultar, o algo que no quiere que sepa nadie. Y eso, por desgracia, es abonar el campo de las murmuraciones. No menos cierto es que hay personas muy discretas, y otras que alardean de sus secretos, que van proclamando a voces.

Quizás en otro tipo de sociedad, en una sociedad feliz, tampoco nadie querría averiguar la vida del vecino, ni ser su eterno fustigador.

Una de las tantas contraposiciones que se han hecho del pueblo frente a la capital, la aldea frente la corte, es aquella en la que se afirmaba, o se sostenía, que en una capital una persona puede pasar desapercibida, hacer lo que desee y quiera sin que nadie se entere, ni se meta en su vida. En el pueblo, por el contrario, todos se conocen, y todos saben del pie que cojea cada uno. Y todos opinan y critican. El vecino actúa, en innumerables ocasiones, como la Moral, como el Guardián o la transposición del Ojo de Dios, enmarcado no por el triángulo equilátero sino por la celosía o la cortina de cretona. Y como el voceras y alguacil de lo que ha visto o su malicia le ha hecho ver.

Por supuesto que esta confrontación, aldea corte, depende de la corte de la cual hablemos, y en qué momento de la historia. Pues la nobleza no ha estado exenta de semejantes miserias. Y también ha gustado mucho de rebozar en el fango a amigos, deudos y parientes.

En el momento actual la murmuración se ha convertido en un espectáculo de masas, en un gran espectáculo servido, alentado y potenciado por los medios de comunicación. Hasta hay personas que se casan, se juntan, se separan o se divorcian para ser pasto de murmuraciones, para tener sus horas de gloria en cualquier pantalla televisiva. Horas de gloria y buenos dividendos, por supuesto. Tales espectáculos son bochornosos por las situaciones de las que llegan a hablar, y por el tono que emplean los periodistas y los invitados. Además, en muchas ocasiones se percibe el tufillo de la venganza, de la fiera y mal reprimida alegría porque a fulanito o a menganito no le han ido bien las cosas. Es la venganza del profeta: se ha cumplido cuanto dijo, así que se puede ir a la cama tranquilo, con la satisfacción del deber cumplido.

También es cierto que otras personas, famosas o menos famosas, no se prestan a esos juegos. Son muy capaces de delimitar su vida: una cosa es su trabajo de actor, de músico o de cantante, del cual se puede opinar, y al que se puede criticar; y otra muy distinta su vida privada, que pertenece al ámbito de lo íntimo, lo cual, dicho brevemente, a nadie le importa lo más mínimo.

Otras veces se murmura de otras personas sencillamente por aburrimiento o por envidia, por estar en una sociedad cerrada que no permite la distracción o la exposición clara de algunas situaciones nada anormales. Tal sucede en las oficinas y en los lugares de trabajo. Y en las más de las sociedades se murmura tal vez porque el hombre no puede pasar sin erigirse en modelo de algo, algo que, en el fondo, envidia y desea para sí. Nada más fácil que murmurar del vecino y creerse, entre tanto, mejor que él. Entre los dos que hablan mal de un tercero se produce una agradable comunión con catarsis incluida. Es el sucedáneo de la amistad o del amor. A veces. Y a menudo termina como otras muchas historias de amorosos sucedáneos.

Quizás también se explique esta actitud murmurante porque el hombre actual, como su pariente de la Edad Media, le tiene un miedo cerval al vacío. Necesita explicaciones. Siempre necesita explicaciones. Cuenta ahora, para llenar esos vacíos, con armas preciosas y maravillosas: la televisión y los potentes ordenadores con Internet incorporado. En el momento actual nos podemos enterar, al segundo, de que en una aldea china un padre acaba de abandonar a su bebé. Si a alguien se le ocurre entrevistar a ese padre, buscando respuestas al porqué de ese abandono, o la noticia, y el atribulado padre tiene un poco de gracia, ya tenemos el espectáculo mediático en marcha: no habrá cadena que no retransmita la entrevista, o procure alguna exclusiva. Lo que menos interesa ya es la razón por la que abandonó al bebé. Estamos de lleno en el mundo del circo. Otras cadenas, más altruistas, realizando saltos en el vacío, conseguirán dinero, rescatarán al bebé, y en medio de fanfarrias se lo devolverán al arrepentido padre. El cual, mientras tanto, habrá derramado lágrimas, con tiento y cuento, por platós y estudios. Y quizás algunos años después el bebé, ya crecidito, le tire en cara a su progenitor que es un chapucero y que nunca ha sabido hacer las cosas ni medianamente bien. Pues, al fin y al cabo, él a quien quería era a la otra familia, la que lo adoptó.

Murmurar supone vivir de puertas afuera. Estar ojo avizor tras la celosía para ser el primero en erigirse en modelo a seguir. Murmurar supone, en la inmensa mayoría de los casos, evidenciar que la vida de quien murmura es una vida vacía. Tan vacía, tan absurda, que su moral se mueve al compás que le marcan las ondas. Nunca mejor dicho.

Murmurar es erigirse en juez. Y cuando se murmura mucho, cuando se llega a un cierto grado de murmuración, cuando deja de ser un juego, se necesita un poco de cordura y de sentido común. Es difícil, muy difícil, adecentar los putrefactos establos de Augías. A veces da la impresión de que no se van a limpiar ni desviando tres o cuatro potentes ríos. Ni echando mano de Heracles y de la descendencia que no tuvo. Hay gente, además, a la que le gusta vivir inmersa en el estiércol.

Hay personas ociosas que van a las puertas de la comisaría a aplaudir a padres a los que, en un momento de descuido, les han secuestrado o raptado a su hija; que pasa por encima de detalles que entonces no tenían importancia. ¿Quién no se ha ido en algún momento dejando a sus hijos solos? ¿Quién no ha cometido algún error en esta vida? Hay errores, menos mal, que no tienen ninguna consecuencia; se cometen y no sucede nada. Otros, por desgracia, dan pie a raptos o secuestros, a muertes; y entonces cae sobre los padres toda la furia del planeta. En esos momentos nadie nunca ha cometido ningún error; tan sólo ellos, los que tenemos enfrente.

La modélica parábola de Jesús sobre la mujer adúltera es eso, una parábola, un cuento con final feliz. Si alguien, en algún momento, y más en medio de un linchamiento por motivos sexuales, hubiera dicho: "el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra", puede estar seguro de que hubieran caído, sobre la mujer y sobre él, no piedras sino rocas, tal vez hasta ciudades enteras. ¿Cómo no vamos a estar libres de pecado? ¿A quién se le ocurre semejante cosa y más en público?

Hoy, gracias a las televisiones y a Internet, las piedras caen de todas partes y en todas direcciones. Todos murmuran y hablan, y nadie, o pocas personas, meten un poco de sosiego y cordura en tanta necia vorágine.

Debe ser doloroso. Muy doloroso. Peor que llevar una flecha envenenada clavada en el corazón, y cuyo veneno ni cura ni mata, pero duele, desgarra y rompe. Debe ser como llevar un hierro ardiente en las entrañas que quema y consume lentamente sin llegar a la extinción. Un horroroso cáncer sufrido sin ningún paliativo. Beber agua que corroe y destruye cuanto toca dejándolo al mismo tiempo intacto para futuros tragos necesarios. Algo todavía más terrible debe ser para una madre el que le secuestren a su hija. ¿Quién no utilizaría todos los medios a su alcance para tratar de recuperarla? ¿Cómo alguien puede tener valor para raptar a una niña y quizás maltratarla y matarla? ¿Y cómo la misma gente que antes aplaudía a la atribulada madre en la puerta de la comisaría la insulta ahora por unos rumores, por unos vagos indicios? ¿Acaso no tiene bastante la pobre mujer con el calvario que está pasando? ¿Y si es cierto que tiene algo que ver con la desaparición de su hija, con su posible muerte accidental, qué horrores se le ocurrieron para actuar así, para ocultar la muerte y el cadáver de la niña? ¿Qué concepto tiene del prójimo y de la justicia? ¿Tan necios y terribles somos que no podemos comprender un accidente, un error? Estamos hablando de dos padres universitarios. Si han ocultado el cadáver por miedo a las consecuencias, es para echarse a temblar por el concepto que tenemos de la justicia y del prójimo. Y ahí estamos involucrados todos.

Igual que en las murmuraciones, en este triste caso se están lanzando acusaciones, medias palabras, cosas sin sentido. Y lo terrible es que siempre haya gente dispuesta a creérselas, a apoyarlas, a erigirse en juez y en parte y a culpar sin saber nada de nada.

Hay veces en que la murmuración deja de ser graciosa, una broma de pueblo para pasar a ser el síntoma de toda una sociedad. Una sociedad enferma, desorientada, perdida, que no busca sino modelos de ir por casa, pues siempre el modelo es quien murmura. Y a veces murmura por pura envidia o deseo de ser el otro, el que ha conseguido saltarse las reglas o pecar muy a su sabor.

A veces también son las instituciones las que propician las murmuraciones: es una forma necia y absurda de tener entretenidas a las personas. Y éstas se entregan a ello en cuerpo y alma cuando deberían dedicarse a ser sabias y felices. Y a respetar a los demás si quieren que los respeten a ellos. Pero aquí ni el dolor ni el indagar las causas tiene ningún sentido. Tal vez el padre chino sabía que no podría pagarle ninguna carrera universitaria a su hijo, y por eso renunció a él. Con pena y con dolor. Pero la noticia se extingue con el primer biberón. No llega más allá.

Vivimos en la sociedad del exabrupto y de la sal gorda: no hay distancia del aplauso al abucheo. Como paja arrojada al viento, vamos a donde éste nos lleva. Quizás porque no hay transparencia. Y quizás por pereza a pensar, a ponerse en la piel del otro, y a sentir con él y por él; y, desde luego, porque nos falta el más elemental de los sentidos: el común.


 



Volver a Trabajos de Investigación...


        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online