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LA COMODIDAD DE SER UN NEURÓTICO


Por Vicente Adelantado Soriano


No hay nada mejor, cuando se tiene un cargo de cierta responsabilidad, que ser un neurótico y un inestable, pues así se puede uno desdecir, contradecir, y decir Diego donde se dijo digo. Para lo cual se debe contar, además, con un puñado de subordinados que sientan la presión del despido y del desempleo a fin de que carguen ellos con todos los fallos posibles de gestión y de lo que fuere.

El neurótico no se duerme en los laureles. Siempre necesita, como Drácula, sangre nueva. Una buena forma que tiene de demostrar su dedicación a la empresa es la de inventarse problemas, o adelantarse a ellos. Cosa que le lleva a ignorar las pequeñas pejiguerías cotidianas: esas no tienen ninguna importancia para el neurótico, no son dignas de su atención, pues cualquier subordinado sin importancia las puede resolver. Él, por el contrario, necesita de grandes empresas que estén de moda. Sucede, sin embargo, que esos subordinados sin importancia no tienen iniciativa, por lo cual serán culpados, y, por eso mismo, siempre serán subordinados sin importancia. Por supuesto que el directivo neurótico tronará contra ellos el día que tomen una mínima iniciativa, pues no son quienes para actuar por su cuenta y riesgo sin pedir el parecer del directivo neurótico. Máxime si la iniciativa ha tenido un cierto éxito.
Hace algunos años, y sirva la anécdota a modo de ejemplo, se decretó, en un colegio privado, la Semana de Exámenes, tal como se puede decretar hoy la Semana Blanca. Durante esa semana no se impartieron clases. Se distribuyeron horarios y profesores, y tras diez o doce días de cálculos y combinaciones, distribución de aulas, tiempos, asignaturas, profesores, etc., todo quedó perfectamente casado y controlado. Pero hubo un fallo: nadie tuvo en cuenta que los adolescentes son muy proclives a coger la gripe o un simple constipado, con fiebre incluida, cuando hay un examen. Y unos por cambios de temperatura, otros porque se empeñan en llevar gorros, bufandas y guantes cuando todavía hace calor, y los demás allá por enfermedad real o fingida, no asistieron al examen.

Durante los días de exámenes, cuando no había examen se dedicaba el tiempo al estudio, no se podía dar clase, fue imposible hablar con el Director Neurótico; y, cuando por fin se le planteó el problema de los alumnos enfermos, puso los ojos en blanco, hizo como quien medita, calló y no dio ninguna respuesta. Recordó, eso sí, que la fecha de las evaluaciones se acercaba a pasos agigantados. Había que corregir los exámenes rápidamente. Aun los de los que no lo habían hecho, que eran muchos alumnos.

Para que el problema no quedara tan limitado, los males nunca vienen solos, y por motivos políticos, a la Consellería de Educación, con ella hemos dado, se le ocurrió hacer unos exámenes anónimos a fin de comprobar el conocimiento lingüístico del alumnado. De castellano y de valenciano. Por supuesto que dichos exámenes no los corrigió el personal de la Consellería, sino los profesores del propio colegio. Y éste, faltaría más, no va a confesar el grado de incompetencia de sus propios clientes. Y así, de esta forma, se pueden lanzar las campanas al vuelo, aunque sea a costa de los subordinados, que sienten la amenaza del despido, y tarde tras tarde, corrigen unos exámenes políticos olvidando los suyos, que son más de andar por casa. Anem a més! O dicho el román paladino, ruin la madre, ruin la hija y ruin la manta que las cobija.

De vez en cuando, eso sí, recordaron al Director Neurótico que había muchos alumnos por examinar, y no del examen de la Consellería, que lo puede rellenar cualquiera. El Director no respondió de sus pasos por la tierra, pero puso cara de reproche, de “es usted un pesado, y lo que tiene que hacer es resolver sus problemas y no molestar.” Y entonces el profesorado trató, como pudo, de resolverlos, pero debido a la distribución de aulas, tiempos, exámenes y asignaturas, nunca estaba en el aula que debería estar a fin de reunir a unos cuantos alumnos para poder examinarlos. Los exámenes quedaron sin realizarse.

Pero el permanecer en las aulas sin poder hacer exámenes y sin dar clases, también tuvo su lado cómico, pues un alumno, interesado por la cultura clásica, y la historia de España, preguntó, en la hora de estudio, la anterior al examen, si al profesor le parece correcto, como ha dicho el gobierno, que se indemnice a los descendientes de los moriscos españoles expulsados del país en 1609. El profesor dice que sí, pues su padre tenía unos bancales que fueron pisoteados por las legiones romanas, donde poco antes Aníbal, en su camino de Sagunto a Pirineos, había establecido un campamento, todavía hay piedras que lo demuestran, como hay, todavía, una bomba de la Guerra de la Independencia. Es de manufactura francesa. Y de la guerra civil tiene hasta cargadores de máuser. Así que si cobran los descendientes de los moriscos, él, cristiano viejo, tiene que cobrar de Cartago, de Roma, de París y de Madrid. ¡Qué felicidad poder dejarse el mundo de la educación!

El alumno no captó la ironía del profesor, que estaba muy enfadado, como el resto de sus compañeros, porque nadie le hacía caso con sus problemas de alumnos por examinar. Y esperó impaciente, según cuentan las crónicas de colegio, la próxima reunión, el próximo claustro, para tratar de resolver el problema. Ni que decir tiene que era un iluso y un ingenuo. Pues a sus espaldas se había organizado una charla sobre los ordenadores y los adolescentes, el tema candente que tanto interesaba al Director Neurótico. Se habló, en ella, no de exámenes y gripes, cosa de ir por casa, sino de las redes, del peligro de Internet, del acoso, de suicidios, de pornografía infantil... Y alertaron sobre el peligro de las nuevas técnicas contando acosos, suicidios, utilización de la propia imagen por parte de desaprensivos, etc., etc., etc.

El profesor, adormilado en su butaca, recuerda la enorme cantidad de charlas que ha recibido a lo largo de su vida: tabaquismo, drogas, sexo, un mundo sin valores, el peligro de la televisión, acoso, píldora postcoital...
La charla ahora la da un Guardia Civil que dice, entre otras cosas, que no le parece correcto que se expulse a un adolescente del colegio por acoso, o por colgar fotos en la red. Un profesor, por lo bajo, responde que a él tampoco le parece correcto que un guardia civil lo pare en una carretera para pedirle el carnet de conducir. ¿Acaso tiene él cara de terrorista? ¿Es un maleante? ¿Ha hecho daño a alguien?

A la reunión asistió un buen número de padres. Quedaron deslumbrados por los planteamientos y el interés del colegio por sus hijos y el peligro de las nuevas técnicas. El Director Neurótico era feliz. Fue saludado, felicitado y besado.
Pese a todo, quizás no sepan los buenos padres que la mayoría de sus criaturas no saben sentarse correctamente, que tendrán problemas de cervicales y de columna vertebral entre otras cosas; que no saben coger el bolígrafo para escribir; que se tumban literalmente sobre los folios a la hora de redactar cualquier cosa, y que no hay fecha prevista para hacer el examen que ya debían haber hecho. Cosas sin importancia por cuanto son muy poco llamativas.
Nada de esto tuvo ni tiene importancia: la charla, por el contrario, cómo no, se dio con ordenador, vídeos, material gráfico y demás parafernalia. Ahora bien, ¿cuántos hijos han tenido problemas de acoso a través del ordenador? De todos es sabido que hay padres que tienen hijos como pueden tener acné juvenil o vello; pero aun así, no ha habido grandes problemas, ni tal vez pequeños con los ordenadores. Pues los que hay los mismos colegios los tapan y esconden para no perjudicarse, que vale más el prestigio que la educación de ningún adolescente. No nos engañemos.

Se terminó aquella la charla, como otras muchas, y los padres aplaudieron y salieron decididos a controlar a sus hijos. A los pocos días ya estaban convencidos de que sus hijos jamás harían ni sufrirían una cosa así, y se olvidaron del asunto. Mientras los exámenes quedaron por hacer. Llega entonces el día de las evaluaciones y el Director Neurótico clama contra los profesores y su falta de iniciativa a la hora de tomar cualquier determinación por pequeña que esta sea. El Director Neurótico se tiene que ocupar de los grandes problemas, de las últimas tendencias, del acoso, del ordenador. Y clama porque los otros no le echen una mano con las pequeñas pejiguerías. Nadie se atreve a rechistar. Y el que calla, otorga.

El gran olvidado en todas estas charlas es, precisamente, el adolescente. También se olvida el Director Neurótico, y muchos padres, de que los ordenadores funcionan con la electricidad, y como dijo Joan Fuster lo primero que hay que hacer con un aparato electrónico es aprender a desconectarlo. No hace falta tanta parafernalia cuando se tiene voluntad de educar. Hay problemas y soluciones más inmediatos, el sentarse correctamente por ejemplo. Y muchos medios para educar. No hacen falta ni conferencias ni ordenador; a veces basta con dejar participar a los alumnos que, de esta forma, se pueden sentir valorados. Pero eso, como educar, es muy costoso. Lo más sencillo es dar y recibir conferencias. Contra más modernas, mejor.

 

Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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