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ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


DE POLÍTICOS Y CORRUPCIONES

Se ha vuelto a destapar un nuevo caso de corrupción. Y van ya infinitos. Hasta hace poco, cada vez que aparecía alguna noticia de este tipo, los partidos políticos la aprovechaban para atacarse los unos a los otros acusándose de corruptos, falsarios y embusteros. Pero como quiera que la corrupción está en todas partes, ahora, los políticos, en vez de enfrentarse con saña y malevolencia, se defienden los unos a los otros: el que haya algunos cuantos corruptos, ladrones, falsificadores y perjuros no presupone que no haya miles de alcaldes, concejales, y aun policías, que trabajan por mor del ciudadano y de su bienestar. Eso es lo que vino a decir la portavoz del Partido Popular en el congreso, a pesar de que la trama descubierta por corrupción manchaba al Partido Socialista, el adversario natural. Montescos y Capuletos bien avenidos. La Ciudad pacificada. Ni san Vicente Ferrer en sus mejores momentos.

Estando la situación como está, no sabe uno si felicitarse por esta unión de los partidos, por ese luchar juntos contra la famosa lacra social, o echarse a temblar por cuanto son capaces, ahora, de callar y pactar vergüenzas propias y ajenas sin que nadie se entere, salvo ellos. Y es que, lo quieran o no, es mucha la distancia que media entre el político y el ciudadano, la administración y el administrado. Lo cual no demuestra sino que ayuntamientos y autonomías no han sido sino un fracaso. Al menos desde este punto de vista. Para no reconocer el desengaño y la desilusión, se enmascara éste reivindicando un trapo atado a un mástil, una diferencia fonética en la lengua y dos tonterías históricas sacadas de contexto. Y ya tenemos a aqueos, de bellas grebas, enfrentados a los troyanos, domadores de caballos. Ambos olvidando sus verdaderos y convergentes intereses. Y a río revuelto, ganancia de pescadores.

De vez en cuando los políticos, al menos algunos, ya que no gobiernan, son capaces de rasgos de ingenio, de frases brillantes, hirientes y definitorias. Fue famosa la contundencia de Adolfo Suárez, otro hombre gastado por Castilla, con la que marcó a Fraga Iribarne: “Tiene tantas cosas en la cabeza que no le cabe el sentido común”. No menos contundente fue Mariano Rajoy con el presidente Zapatero: “Para ser presidente de España habría que exigir ser mayor de dieciocho años”, dijo tras una entrevista con éste. Parece ser que ambos políticos, Suárez y Rajoy, estaban pidiendo un poco de cordura y sensatez para ocupar ciertos cargos de relevancia. No les falta razón. Y es que hay cosas que no se entienden. De ninguna de las formas.

No se entiende, por ejemplo, que cuando una persona termina una carrera, como si no hubiera sido suficiente con toda una vida de estudios y exámenes, tenga, además, que pasar otro, la famosa oposición, para demostrar lo que ya lleva años demostrando. De sobras es conocido que los exámenes de oposición, con el permiso del señor Fraga Iribarne que fue el número 1 de su promoción, son una suerte de sorteo en la que a alguien le tiene que tocar el gordo. Otros, por el contrario, se tienen que quedar con lo puesto. Todos sabemos cuánto influye la suerte en este tipo de exámenes. Y un examen siempre es injusto.

El tribunal de una oposición puede pasar horas y horas examinando a diversos opositores. Lógicamente sus componentes se aburren, se duermen por turnos, y se dejan llevar por la apariencia del sujeto más que por el desarrollo del tema en sí, todos iguales, todos monótonamente parecidos, oídos una y otra vez, hasta la saciedad. De ahí la importancia del vestido y las maneras, los gestos, la captatio benevolontiae, en una palabra. A veces sencillamente se aprueba por ser simpático o caer bien. Ahora bien, superada la oposición, el opositor ya se puede dedicar a dormir eternamente: no hace falta que nunca más vuelva a consultar un libro.

Por supuesto no todos acceden a los cargos de forma similar y tan complicada. ¿Cómo, por ejemplo, lo hace un político? ¿Qué tareas tiene encomendadas y cuáles son los estudios que mejor se adaptan a sus fines, si es que los hay? No se sabe si por afinidad o por qué, da la casualidad de que casi todos los políticos han estudiado derecho. Se supone, por lo tanto, que conocen las leyes, no las de Platón, por supuesto. Y que, en buena lógica, sus actuaciones deberían ir encaminadas a buscar y promover una sociedad justa y equitativa. Pero no es así. Más bien dan la impresión de que lo que buscan, con ahínco, es hacerse con el poder. Muy a menudo hasta coqueteando con la ética. Se podría pensar, con una cierta bondad, que actúan de esta forma para llegar al poder, y poder realizar su proyecto de justicia y de nación. No obstante, triunfan, se hacen cargo del gobierno, y las diferencias, para el ciudadano, entre unos partidos y otros, es mínima por no decir inexistente.

Tal vez se deba esto a que ya no hay ideologías. Ningún partido defiende un modelo de sociedad marxista, capitalista, liberal, o de otro tipo. Hay, eso sí, programas de partido. Que, muchas veces, no son sino mera retórica. Y últimamente, por desgracia, la falaz promesa de dinero a cambio del voto. La democracia ha degenerado en una verdadera subasta, pues a las ofertas de unos partidos siguen las pujas de los otros.

Si no estamos equivocados, y no hay ideologías, ¿qué lleva a una persona a apuntarse a un partido en vez de hacerlo en otro? ¿Y qué pasos tiene que dar para llegar a ocupar lugares importantes dentro del mismo? ¿Se valora en los partidos la valía personal de cada uno, o el servilismo, el no hacer sombra al líder y permanecer en un rincón aun sabiéndose el mejor de todos? Allí, acechando, espera su turno, que llega a veces. No hace falta, entonces, presentarse a ningún concurso u oposición. Muy a menudo, no obstante, algunas personas ocupan cargos de cierta relevancia que les vienen grandes se mire por donde se mire: no sirven para él, pero en los partidos, y más aun en el poder, hay que pagar la factura de los favores y los silencios. Los votos en la sesión de investidura, por ejemplo.

No deja de ser significativo que para dicho pago casi siempre se utilice educación, bibliotecas y museos. Da la medida de las cosas. Y qué cosas salían, y salen, de las bocas de las señoras ministras del ramo cuando las entrevistaban.

Es cierto que algunos políticos se pasan todo el día hablando. Y es difícil no decir tonterías cuando alguien tiene que estar veinticuatro horas pronunciándose sobre todo, lo divino y lo humano. También sucede, entonces, una cosa muy curiosa: o todos los políticos de una determinada formación dicen lo mismo ante el mismo hecho, o desbarran. Parece como si la sensatez y el criterio propio estuvieran prohibidos. Todos repiten exactamente lo mismo. Por esa misma razón, hacerse con el poder, en un partido se ha de guardar la disciplina del voto. ¿No se puede estar en contra de la propia formación? Parece ser que no, que pertenecer a un partido es como ser el último recluta: hay que disparar cuando lo digan y contra quien le digan. Sin chistar ni preguntar nada. Para eso evidentemente no hace falta presentarse a oposiciones, ni tan siquiera hacer la carrera de derecho. Basta con saber apretar un gatillo o con repetir un guión. Igual que aquellos viejos actores que no sabían leer.

¿Qué es lo que sirve, entonces, en un partido para escalar puestos? Por lo que se ve ni el sentido común ni la mayoría de edad. Tal vez sea de más provecho ser gris, vivir en la sombra y esperar la oportunidad. Con una pizca de suerte, todo se puede alcanzar. Y así, siendo mediocre, no destacando, se conquista un poder que no sirve para nada como no sea para viajar gratis y no tener horario de oficina. Por regla general esos personajes son tan grises que no tienen ni una noción de su país, ni, por supuesto, conocen sus verdaderos problemas. ¿Qué van a administrar entonces? ¿Cómo funcionan, pues, las naciones?
Hay muchas formas de conocer la inteligencia de un ser humano. Una, ya que nos ocupamos de política, es ver de qué gente se rodea la persona que tratamos de estudiar, el político. Por ejemplo, un rey que se supiera un lerdo en leyes, se rodearía de expertos en ellas, si quiere gobernar con equidad y justicia. Uno, que no dominara la economía, haría lo mismo con economistas e industriales. Por el contrario, uno que se sepa un necio y no quiere que nadie le quite su trono, buscará a otros tantos inútiles que no lo cuestionen. ¿Quién gobierna entonces un país? ¿Quién da la cara o quienes están detrás de él? A veces se tiene la impresión de que todo funciona por inercia.

Ya advertía Platón que una democracia llevada a sus extremos conduce invariablemente a la tiranía. Pero es que dentro de la misma democracia ya está implantada esa tiranía, pues no se gobierna en busca de la equidad y el bien común, sino con las miras puestas en las elecciones, en los votos y en su consecuencia lógica: seguir en el cargo. Rara vez, por lo tanto, se toman decisiones drásticas a fin de atajar males mayores, y que pueden dañar a una parte considerable de los ciudadanos. Etimológicamente democracia significa el gobierno del pueblo; pero hoy en día democracia es, más bien, gobernar nadando y guardando la ropa. Y cada vez hay más ropa que guardar y más tiranía en consecuencia. Llevan las de perder, como siempre, quienes no tienen fuerza ni poder para asustar con sus votos, quienes no tienen derecho a visitar las urnas, y las minorías. Los casi desnudos.

El gobierno, además, cuenta con miles de millones de euros. Y dando subvenciones y creando partidas con nombres rimbombantes, se puede comprar al más pintado. Máxime a algunos medios de comunicación. La salvación, entonces, está en el partido de la oposición, salvo que éste, como viene siendo habitual, no entre en crisis tras haber perdido las elecciones: un partido se crea para ganar y repartir prebendas, no para servir a la nación donde lo hayan colocado los votos.

No es más sensato quien es mayor de edad, ni mejor profesor o profesional quien ha aprobado unas oposiciones. Por lo tanto es inútil demandar unos concursos o exámenes fuertes para llegar a ser presidente de España, o de cualquier otro país. La pena es que todavía los exijan para acceder a otros trabajos u ocupar otros lugares. Y para remediar la lacra de la política, la corrupción, sólo hay un medio, hablando en serio, como dice Werner Jaeger en su monumental Paideia:
“La única garantía efectiva de que no se convertirán [los guardianes del estado] de guardianes del estado en dueños y señores de él, de que no degenerarán de perros guardianes en lobos que devoren el rebaño que deben guardar, reside según el filósofo, [Platón] en una buena educación”.

Y ya hemos visto y comprobado que el Ministerio de Educación, y aledaños, es un Ministerio que se utiliza para devolver favores, votos y silencios. No hace falta que hablemos de las diversas leyes de educación en esta edad de Cristo que llevamos de democracia. Está como está, y sigue habiendo corrupción, la utilicen para atacarse o no los partidos, o para defenderse los políticos como casta. Habrá que estudiar el porqué de ese cambio de actitud ahora que a todos les han crecido los enanos entre los dedos, y aun entre las barbas. Tal vez porque se cierran filas cuando se descubre la hondura de la crisis.



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