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PREGUNTAS


Por Vicente Adelantado Soriano

 

Hace algunos días fui a ver la película de Michael Haneke, La cinta blanca. Es una película bellísima; tan bella como inquietante. Es un acierto, en la película, la utilización del blanco y del negro; es un acierto la selección de los actores, y es un acierto el ritmo. Es una película muy recomendable; imprescindible, diría yo.

Debo decir que fui llevado al cine sin saber de qué trataba la película, ni quién era su director. Fue al finalizar la sesión cuando me enteré de estos pequeños detalles. De haberlo sabido antes, por prejuicios, tal vez no hubiera entrado a verla. La única película de Haneke, vista hasta ese momento, era Funny Games, cinta que me puso tan nervioso que sólo la buena educación, el estar acompañando a una buena amiga, me impidió abandonar la sala. No, no es que Funny Games sea una mala película; tal vez no lo sea; es que no pude, no puedo, soportar la violencia. Me resultó, por lo tanto, aterrador que dos personas jóvenes, educadas, universitarias, ricas, sean capaces de disfrutar con el dolor ajeno; que tengan esa indiferencia por el dolor y por la vida de los demás. Es aterrador. Con la misma facilidad con la que respiran, matan, en cuestión de pocas horas, a dos familias enteras; con la frialdad y los comentarios con los que se puede jugar una partida de parchís. Y sin que ello les provoque ni beneficios ni perjuicios.

En Funny games, tal vez porque no le interesa a su director, no se analiza de dónde proviene tanta violencia y tanta indiferencia ante el dolor y la muerte que uno mismo causa. Sencillamente nos enfrentamos a ella, nos la presenta. Y nos desengaña echando por tierra los tópicos: uno de los jóvenes violentos dice que su infancia fue muy feliz, que sus padres lo quieren, y que está en la universidad. ¿Entonces? La pregunta queda sin respuesta.

La cinta blanca, por el contrario, es mucho más explícita en los orígenes de esa violencia absurda, sin sentido, suponiendo que alguna lo tenga. Una educación excesivamente rígida, falta de la más mínima de las ternuras y afectos, puede llegar a crear verdaderos monstruos. Una religión llena de normas, que hay que cumplir a rajatabla, es capaz de enfriar todo sentimiento; de matar lo mejor del hombre: la comprensión y el cariño. Esa religión, convertida en absurdas normas, nos lleva directamente a la tiranía del pastor en Fanny y Alexandre , la película de Bergman; a la incomprensión de al verdadera fe en El verbo, de Carl T. Dreyer, o a la necia y absurda adustez del pastor de La cinta blanca. ¿Cómo personas que se dicen creyentes, que viven la religión tan de cerca pueden llegar a esos grados de tiranía e indiferencia? ¿Y cómo no ven la violencia que hay en todo ello y que todo ello puede generar?

No solamente la religión, aun siendo importante en estos ambientes, es la causa de la indiferencia ante el dolor y la muerte. Las relaciones personales, en La cinta blanca, no pueden ser más brutales: el médico se deshace de su amante con unas palabras que son como cuchillos, que se complace en arrojar. ¿Qué está sucediendo? Bien es cierto que la película de Haneke explora la sociedad anterior a la primera guerra mundial. Pero ¿se queda ahí? No. No se queda en ese momento y en esa época, salvo que no queramos, como el pastor, saber; en su caso quién mató a su pobre canario con unas tijeras; y en el nuestro ignorar el mundo en el que vivimos.

A estas alturas de mi vida ya no puedo ver películas sobre el Holocausto. La lectura de la obra de Primo Levi me sumergió en una terrible depresión. No entiendo la violencia. No entiendo que se haga sufrir a una persona, y menos a un niño. Pero sí me gusta saber. Y Haneke me parece un buen maestro. Nada mejor, por lo tanto, que seguir viendo sus películas.

La pianista, la siguiente película que vi de él, vuelve a romper tópicos: una excelente profesora de piano, que vive con Schubert, Schumann, Beethoven... es, al mismo tiempo, una pobre mujer llena de depravadas fantasías eróticas. Y es capaz, también, de herir, de hacer daño, de privar a una pianista de su mano... ¿Por qué llegan algunas personas a esos estados?

La pianista, de forma irónica, trajo a mi memoria una cita de Cervantes, que no recuerdo al pie de la letra. Venía a decir don Miguel que donde hay música no puede haber cosa mala. Esa frase la recordé cuando vi a los nazis, en las películas, tan entusiasmados con la música clásica y, al mismo tiempo, con el exterminio de miles de personas. ¿Qué sucede entonces?

Las personas necesitamos darnos respuestas. Así que se me ocurrió pensar que tanto la religión, como la música, como la cultura en general, son meros adornos, no penetran en el hombre. La educación, tener presente al otro, queda reducida a buenas maneras; la música al dominio de una técnica; la religión a una forma como otra cualquiera de ganarse la vida; y todo no es sino mentira e hipocresía. ¿Qué hacer para evitar la violencia? ¿Qué hacer para que el hombre sea humano? De joven pensaba que la educación era la solución. Ahora no lo veo tan claro.

Enviado a Cervantes el día 9 de febrero de 2010

 

Vicente Adelantado Soriano es Doctor en Filología Española

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