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Por Vicente Adelantado Soriano


DE PRÓLOGOS Y PROLOGUISTAS

A veces no se sabe qué es mejor, si callar, hablar o guardar silencio. Ante semejantes dudas se suele recurrir al manido refrán de que en el término medio está la virtud. Y aunque a algunas personas los refranes antiguos les pueden parecer mentiras modernas, tienen más razón que un santo. Y más el traído refrán de la virtud y las distancias equidistantes.

Viene a cuento esto, y no cogido por los pelos, a consecuencia de los no nada leves, y harto pesados, de los prólogos con los que, últimamente, se abren casi todas las ediciones de nuestros preciados clásicos. Hemos pasado de colecciones en los que no había ni prólogo, ni explicación, ni notas a pie de páginas, a una abundancia tal de supuestas y eruditas glosas, notas, prólogos, dedicatorias del prólogo, agradecimientos, bibliografía y reconocimientos, que llegar al texto al que uno desea acceder, se ha convertido en una carrera de obstáculos, en un pesado subir y escalar una ruda y ardua montaña que, en la mayoría de los casos, no sirve para nada. Al lector, que otra cosa será al esforzado prologuista.

Un prólogo, como hacen en algunos virtuosos libros didácticos, que son los mejores para todas las condiciones y edades, debe servir para contextualizar la obra, explicarla y hacerla accesible a quien se enfrenta con ella. No para mostrar agradecimiento al director de la tesis, al tribunal que le dio trabajo, a la madre que los parió a todos, o a los catedráticos de tales o cuales lugares, que, tal vez, se necesiten algún día para editar algo, colaborar en revistas, o sencillamente para que cursen una invitación a cualquier simposium en el que hacer más amistades y currículum. Y así, prólogo hay que se olvida de Lope o Cervantes, pero cita todos los artículos, libros y ensayos escritos, tengan o no relación con la obra que nos ocupa. Eso es lo de menos.

Con semejante desprecio por el atribulado lector, el prólogo se convierte en sí mismo en un laberinto sin Ariadna, en un espantoso galimatías. En un madejón de lana que ni la lectura de la obra explica, ni la claridad de ésta justifica. Pues a veces es la obra la que aclara el prólogo, y no a la inversa. Con lo cual harían bien los editores en poner los prólogos al final del libro, ya que, leída la obra, es cuando el lector, el pobre y apabullado lector, puede estar a una cierta altura para comprender todo el cerrado embrollo que el prologuista le va a dejar caer encima. Muy a menudo con la sola finalidad, que es muy de agradecer, de hacerle ver la inmensidad de su ignorancia.

Algunos lectores ya están tan convencidos de esa su crasa ignorancia que compran virtuosas ediciones didácticas. Y si no las hay, se saltan el prólogo a la torera confiando en las notas a pie de página. Lo malo es que éstas remiten al estudio anterior, callan cuando surgen verdaderas dudas, o nombran, y no se cansan, a los citados estudios en el prólogo, tan difíciles de encontrar como el oro del Rhin. Y tan inútiles, en la mayoría de los casos, como un pintauñas en el fondo del mar.

Al final el pobre y burlado lector ha pagado un dinero por nada. Le hubiera salido más económico comprar una edición sin prólogo. Con el dinero ahorrado a lo largo de varias lecturas, se hubiera podido hacer con una sencilla historia de la literatura, de las antiguas, más esclarecedoras que estos gepeeses que aburren a maría santísima, y hacen que, a la mínima, el lector se pierda o se estrelle, o ambas cosas a la vez.
Dios nos guarde, pues, de prólogos largos y enfadosos, que son los más.



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