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ARTÍCULOS


Por Vicente Adelantado Soriano


RESTAURACIONES POLITIZADAS

No hace mucho apareció la esperpéntica noticia en los periódicos. Dicen éstos que, según la sentencia del Tribunal Supremo, el teatro romano de Sagunto debe ser desrestaurado, si se me permite tal licencia. Es decir, se deben quitar las placas de mármol que cubren la cavea, y que se aprovecharon para hacer el Palau de la Generalitat de Valencia, a fin de dejarlo como estaba antes de la restauración. También debe desaparecer la pared del escenario.

No se dice cuándo van a comenzar dichas obras, si es que se van a comenzar algún día. Pues atacar la restauración del teatro romano fue más por motivos políticos que por intereses artísticos o teatrales. No hay más que ver las salvajadas continuas que se han hecho en esta capital, y contra las que nadie ha protestado: desaparición del Castillo de Ripalda, nulo cuidado de los libros intitulados Manuals de Consells, discutible restauración de la catedral, desaparición de todo el modernismo valenciano, derribo de la tabacalera...

El teatro romano de Sagunto no es, ni ha sido, ninguna maravilla. Es un teatro del siglo I, que ya sufrió varias restauraciones. Era muy poco lo que de original quedaba. Pero alguien, algún día, tuvo la idea de montar un festival de teatro clásico. Y ahí, parece ser, comenzaron todos los problemas. El primero fue que el festival nunca terminó de concretarse: igual cantaba un cantautor que se bailaba flamenco, o venía un grupo de música o ballet, como se montaba alguna que otra obra de teatro, e incluso ópera.

Antes de la restauración había que tener muchas ganas de ver teatro para sentarse sobre un montón de piedras, muchas de ellas móviles y todas desplazables. No recuerdo si en aquella época se alquilaban cojines en la subida al teatro. Pero de poco hubieran servido ante tan pertinaces y duros recuerdos del pasado. Más que pensar en la obra que se estaba viendo, se terminaba pensado en lo terrible que debe de ser morir lapidado. Y más si apuntaban a la parte que dolía viendo la obra en cuestión.

Llegó la restauración y se terminaron los tormentos. Algunos. Otros no. Aquí todo se politiza, por supuesto. Y como todo se politiza, también le había de llegar el turno a la dichosa restauración. Así se consigue fama de patriota, calificativo que ha vendido mucho, al parecer. Mientras unos y otros se atacaban intentando ganar votos, es de lo que se trata, alguien seguía organizando el festival de teatro, que seguía, también, sin definirse. Aun así raro era el verano que no se veían, como mínimo, tres o cuatro obras, clásicas en su mayoría. Y algunas muy buenas. Algo es algo en este páramo cultural. Hasta llegaron a organizarse conferencias y encuentros con actores y directores antes y después de la representación. Allí pudimos dialogar con Lluís Pascual, Nuria Espert, Fernando Urdiales, Joan Ollé... No estuvo nada mal la cosa.

Pero los partidos políticos deben favores a quienes les han conseguido votos. Y suelen poner, al frente de cultura, teatros, bibliotecas y demás, a gente que no tiene ni idea de lo que se lleva entre manos, pero que tampoco importa, pues la cultura no es una cuestión de mayorías, ni algo, por lo tanto, que vaya a reportar muchos votos o apoyos. Al fin y al cabo, ¿cuánta gente va al teatro? ¿Y cuántas personas leen un libro al cabo de un año? ¿No se llenan, por el contrario, los estadios? Pues serán estos los que haya que ampliar aunque se caiga en la ilegalidad. Pan y circo. Así que se quitó a quien sí sabía de teatro, y se puso a quien no tenía más meta que complacer al partido que lo había encumbrado, impidiendo todo aquello que tuviera el más mínimo conato de crítica. Y, por supuesto, cualquier obra hablada en catalán. Eso era nombrar la cuerda en la casa del ahorcado.

Y Sagunto se convirtió en una ruina penosa. De tres o cuatro obras en un verano, que valiera la pena ver, se pasó a una; y, a veces, a ninguna. Pero al mismo tiempo se habilitaron nuevos espacios: una nave industrial, en desuso, de los viejos Altos Hornos en la que el espectador se asa de calor y donde se sienta en sillas de plástico; la playa, al aire libre y gratis; y a gerencia, un local del que no puedo hablar dado que no lo he visto. No por nada, sino porque lo ofrecido allí, teatralmente hablando, nunca me ha llamado la atención.

El verano pasado en el teatro romano tan sólo montaron una obra con gancho, por el autor y el título, Los persas, de Esquilo. Pero fue una tomadura de pelo: una adaptación penosa y de pena. Aun así algunos fuimos al teatro, más por añoranza y melancolía que por otra cosa. Ya no había charlas, ni conferencias, ni encuentros con actores y directores. Ya no había nada. Ni teatro. Porque de la tal adaptación, que no lo es, mejor ni hablar.

Que quieran desmantelar ahora la restauración, volver a convertir a Sagunto en una ruina, no es sino la consecuencia lógica de esta absurda política cultural y teatral, que es algo peor que una ruina. A su lado también muere de asco la famosa Nave, un gasto enorme para representar un par de obras, carentes de interés, en verano. Para morirse de tristeza. Viva, pues, el circuito de fórmula 1 y descanse en paz el teatro romano de Sagunto. Sit tibi terra levis.


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