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Por Vicente Adelantado Soriano


OTRA VUELTA DE TUERCA

Con todo cuanto está pasando en este bendito país, inventor de la astracanada y del esperpento, uno ya no sabe si reír o llorar. Se puede llorar, desde luego, cuando se comprueba la poca consistencia de los políticos, de sus programas y de su ética. Y se ríe de buena gana viéndolos actuar: parecen el mago de turno, sacando siempre nuevas sorpresas de su chistera. Y sería para reír sin parar si uno no pensara en el precio tal alto que ha pagado por tan desastrado espectáculo, por la chistera y por el conejo.
Hace algún tiempo era motivo de discusión la movilidad social de los trabajadores: por necesidades de la empresa, un trabajador podía ser destinado a un lugar diferente en el que vive, pena, tiene a la familia y a los amigos. Se supone que dicho trabajador, en su nuevo lugar de residencia, no iba a tener problemas de integración, ni, mucho menos, lingüísticos, sociales o de religión. Al fin y al cabo somos un país libre, y cualquier habitante de él se puede desplazar y poner su domicilio donde le plazca, le den de comer o lo tenga a bien. Al menos en teoría.
En la práctica si un señor hace oposiciones a cualquier cosa, aquí en España, además de saber el temario propio del trabajo que va a desempeñar, tiene también, obligatoriamente, que saber la lengua del pueblo o aldea al que va a ser destinado o al que opta.
Como todos sabemos, hay dos teorías sobre la expansión del castellano o español. Una dice que las tropas cristianas, conforme avanzaban durante la Reconquista, lo iban imponiendo en los territorios conquistados. La inmensa mayoría de esos territorios, tras la salida del enemigo, quedaban despoblados, así que nadie vaya a pensar que la consigna era: o hablan el castellano, o no pueden trabajar aquí. En la Edad Media no funcionaban de esa forma.
La otra teoría, propia de estos tiempos, dice que el castellano o español nació como una lengua franca: para cruzar la península, un andarín, o caballero, tenía que conocer el catalán, el gallego, el castellano, el aragonés, el vasco, el árabe y el hebreo, como mínimo. Lógicamente, se necesitaba una lengua común a fin de reducir energías. Y esa lengua fue el castellano o español, que fue aceptado por todos, y no impuesto a la fuerza como quieren algunos nacionalistas de la periferia. Estos olvidan que también sus tropas impusieron su lengua conforme avanzaban hacia el sur, poblado de moros. Pero está claro que una cosa es lo que hace uno, y otra muy distinta lo que hacen los demás.
Actualmente se ha vuelto al mosaico de lenguas: no hay pueblo o aldea, por modesto que sea, que no quiera tener su propio sistema lingüístico, que deben conocer, obligatoriamente, todos cuantos viven en ella. En caso contrario, se les persigue o no se les deja cumplir con su obligación, o no se les da trabajo. Ha sido una buena fórmula para terminar con la movilidad social y, por supuesto, con las libertades. Hemos vuelto al espíritu del campanario.
Afortunadamente para todos, contamos con ministros y consellers de educación con amplias miras y espíritu emprendedor. En la Comunidad Valenciana, presidida por un abad implicado, al parecer, en el corte de unos hábitos, tenemos nuestra lengua. Y los libros de texto de nuestros hijos, y de dicha lengua, no hacen sino repetir lo ya explicado en castellano: en la Comunidad no hubo romanticismo, no hubo novela realista, no hubo modernismo; los ilustrados escribían en castellano, al igual que los escritores del siglo XVII. ¿Qué se imparte entonces en dicha asignatura? Pues curso tras curso, machaconamente, se repite lo mismo, el hecho diferencial, la apostrofación y los pronombres átonos. Y si se amplía la gramática, tenemos que rellenarla con la literatura española o con los escritores comunitarios que escribían, cómo no, en español.
Así no vamos a ninguna parte. Entonces en vez de suprimir la asignatura, demasiados intereses de por medio ya, o hacerla optativa, se lanza, ¡oh preclara mente!, la posibilidad de dar otra asignatura en inglés. Fue un fracaso, pues era una medida política, que no cultural. Pero en este mundo, hay que hacerlo todo menos desanimarse. O aprender de los propios errores, cosa de necios. Y así ahora el cráneo privilegiado que ocupa el butacón de Educación y Descanso, va a hacer que los estudiantes valencianos estudien el chino mandarín. De esta forma, al igual que con el castellano en la Edad Media, un estudiante se puede recorrer el mundo entero. Por supuesto que el dicho estudiante tiene garrafales faltas de ortografía en castellano, valenciano e inglés. Tal vez el mandarín no considere esa molesta parte de la gramática.
Aun así el problema está en que China es un poco más grande que este corralón lleno de sol, y el chino como lengua parece ser que no existe: hay tantas variantes del chino que ni los mismos chinos se entienden entre ellos. No pasa nada: seguramente con la crisis que hay, hasta el abad se ve obligado a recurrir a la demanda de hábitos, ningún estudiante se va a ir a China. Y tampoco puede ir a trabajar a la autonomía de al lado porque no sabe su lengua. ¿No sería mejor, pues, que en vez de recurrir al mandarín, estudiáramos gallego, vasco, catalán, bable, aragonés, andaluz y lo que tenga a bien determinar cada ayuntamiento de cada pueblo de esta invertebrada España? Seguramente dentro de poco vamos a estar todos en el paro y tendremos mucho tiempo para estudiar lenguas. Incluido el mandarín, desde luego. Para que luego digan que no hay progreso: en la Edad Media se crea una lengua franca con una inmejorable literatura, que no es, en el fondo, sino opresión y dictadura; y ahora tenemos doscientas mil lenguas y ninguna literatura. Pero como dijo Humprhey Bogart en Casablanca, siempre nos quedarán Séneca y el latín. Y esperar la próxima vuelta de tuerca. Tal vez los cuatro dialectos áticos.


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