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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Milton Ernesto Amavizca Bencomo
miltonern@hotmail.com


TÉ DE LA MEDIA NOCHE

Al hervir el brebaje dentro del viejo y roto caldero, un escueto vapor se elevo sobre la habitación impregnándola con una esencia pantanosa. Las tres brujas al meter la nariz al resultado de sus esfuerzos se le acercaron dedicándole una rápida mueca de decepción. Repetidas veces habían intentado dar con una receta que funcionara y deleitar con ella a sus compañeras de reunión dejando de ser sólo brujas corrientes, convirtiéndose en el centro de una reunión del té. Lo intentaron durante meses hasta que la hechicera de cabello negro y la rubia cansadas de tantas pruebas en vano ya se encontraban dispuestas a darse por vencidas, pero gracias a la pelirroja la única cabeza dura empeñada en demostrar que podían lograrlo recurrieron entonces cuando se encontraban desesperadas a un viejo y arriesgado ingrediente recomendado por la demencial abuela “Darle esencia personalizada”.

Cuando la pelirroja las intentaba presuadir, las otras dos pensaron que por fin había perdido el juicio de tanto rondar muy tarde el cementerio en las noches de juerga acompañada de espíritus mal pasados. La rubia de coraje casi se le tira encima, hasta la intervención de la de cabello negro.

La de cabello negro hacia poco conoció a un alguien perfecto para anexar a la receta, a un chico el cual antes aterrotrizo en un callejón en compañía de otras brujas, en pos de hacerlo quedar con el mismo y los demás como un completo loco. Recordaba bien la media noche después de un té, en la cual se encontraron al joven caminando despreocupado esbozando una sonrisa, y lo extremadamente divertido de darle unos puntapiés.

La pelirroja mostrando temple por las demás de un brinco monto su escoba voladora y dio vuelta a la entrada de su escondite, las otras al verla la siguieron sin dudarlo en absoluto. Ya que si lo analizaban corrían el riesgo de arrepentirse incluso antes de salir a la baja temperatura o a la mitad del camino.

A la rubia al ser la mayor le tocaba el papel de la cautelosa. Pero aun así iban directo a la casa de un joven, y se apresurarían sólo les quedaban 15 minutos para la media noche y no llegarían tarde al lugar donde las esperaban.

Al volar a la altura de las nubes y ver alas estrellas más de cerca, cayeron en cuenta de que el cielo luciria completamente abandonado esa noche sin ellas acompañándolo, esparcidas como una pizca de sal con el ingenio de una mano temblorosa.

Bajaron hacia la ventana de la casa, la pelirroja tomo la delantera, pues era idea suya después de todo le tocaba el mando, toco la ventana tres veces. Dentro de la habitación se emitió un murmullo ahogado,la rubia y la pelirroja rieron entre dientes. La de cabello negro agacho la cabeza apartándose de las otras, temiendo llamar su atención, en el camino no dejo de pensar en volver a ver al joven, pero otra cosa era que ella lo escogió, las llevo hasta su casa, desde aquel encuentro a veces lo esperaba para seguirlo a veces lo encontraba cuándo le tocaba trabajar de noche. Pero hizo sequito a las otras dos abriendo la ventana con una ráfaga de viento, acercándose chasqueando los dedos hacia la cama donde reposaba.

Durante la media noche, mientras yo dormía, como era costumbre los seres siniestros como de costumbre aparecieron pasadas las doce campanadas tal cual mostrandose ante mis ficciones.

Tocaron con golpes acompasados mi ventana, con la pesadumbre de una aldaba, como si fuesen un anfitrión dispuesto a entrar al salón principal donde lo esperaban impacientes sus invitados. Anunciadas ya entraron montando cada una, una escoba, tres brujas, vistiendo hábitos negros, sombreros cónicos levemente inclinados hacia el frente. Volaban usando el viento a su favor el cual las sostenía flotando tal si fuese una mano gigante. Se posaron frente a mí, con una mirada opacada por la tiza, maquilladas con polvo de huesos. Una por una se acercaron a mi lecho, en formación triangular como si cada una defendiera un flanco en una batalla.

Sus risas se desmidieron, su vociferación enloqueció a los perros, los gatos del vecindario y las alarmas de los autos, como si tratasen de despertar antes de tiempo a todos los que debían levantarse temprano. Algo les causo mucha gracia, pues sonreían con las líneas de su rostro y lo hondo de su mirada.

Un trío de gatos negros entro después, por la ventana abierta, maullando por un zapato lanzado por un vecino enojado, meneaban la cola siguiendo el ritual, echandose en la cabecera de mi cama, sus sombras se alargaron por la luz de la luna, tornandose siluetas con cuernos y pelos parados, embonando por piezas construyendo un caldero roto a la impaciencia de sus dueñas irguiendo la nariz, alardeando su verruga de cliché.

Una por una se fueron quitando el sombrero.

La primera en acercarse lucia denigrada, de nariz pequeña, pálida, desganada, se desprendía maquillaje de su rostro yerto y seco similar a un pequeño campo erosionado, se acerco sin guía como si estuviese ebria; sintiéndose creo traicionada en parte por si misma. Suspiro, después cruzo entre las otras dos. Anunciaba una cabellera pelirroja entre las hendiduras de su sombrero, el cual con prisa se quito, para agachar su cabeza y escupir dentro del caldero.

La segunda bruja, se detuvo frente al caldero encendido a media flama azul, la cual se encendia sobre mis pies no quemaban, al contrario enfriaban dando indolente unas cosquillas al crepitar. Ella presumió una melena rubia, rizada y peinada en espirales parecidas a las conchas de caracol. Hurgo su sombrero sacando unas cuantas hojas de roble, ofrendándolas a la mezcla, asomándose y vislumbrando posibles augurios en la cutícula de la poción.

La ultima la más pequeña, guardaba bajo el sombrero un cabello largo hasta la cintura, oscuro igual a la noche en los callejones, enmarañado cubierto de tierra, arena y arcilla dando la impresión de que durmiese a la intemperie en el bosque, el mar y cementerios, con la punta de sus dedos sacudió aquellos polvos dentro del caldero y mientras lo hizo no me quito la mirada de encima, dejando ver su sonrisa risueña

Volvió cada una a la posición la cual tomaron al entrar por mi ventana, afuera crujían las ramas de los árboles, mecidos por un viento que desafiaba las alturas en otoño, los grillos cantaban a su manera y con gozo su monódica canción de cuando los árboles caen, de sueños extraviados y a lo lejos el murmullo de una ciudad que abría sus puertas en la noche.

Extendí mi mano y apreté mi puño, sin dejar de mirar a los ojos a la del cabello negro, quien parecía estar sumida en algún recuerdo lejano. Y recordé haberla visto. Unas cuantas gotas de sangre ofrende dentro del caldero las cuales potenciaron el resto del brebaje, con borbotones, un color canela y un hedor dulce, vapores de un jarabe. Se acercaron al caldero anonadadas lo levantaron cada una de una asa, abrieron la ventana de par en par. Antes de irse la de cabellera se quito un zapato lanzándolo guiñiendo el ojo izquierdo con la similitud de un tic nervioso. Dándome a entender que esta vez tenia pruebas tangibles de mi historia, pero preferí guardar ese zapato, y devolvérselo cuando la volviera a ver. El cielo las cubrió con su manto esponjoso partiendo tan lejos, ya que nadie creía en ellas.

Llegaron con unos cuantos segundos de antelación a la aquelarre, con la mala suerte de que nadie lo noto, llevaron el caldero al centro, hacia las flamas. La rubia y la pelirroja bombardearon con una mueca de desaprobación a la de cabello negro, La cual perdió el misticismo, esa no era una actitud aprobable para una bruja. Comenzó la reunión, las invitadas probaron el té y esta vez notaron saboreando algo completamente diferente. Un éxito rotundo, ya que muchas ya iban por su segunda tasa, un éxito tan contundente por lo cual las otras hechiceras, las dejaron encargadas de hacer el té de cada reunión, frente a las demás ninguna se pudo negar, no debían preocuparse sólo era cuestión de tiempo para que otra bruja los deleitara con una mejor receta, o usara la esencia de una mejor persona.

AMOR GITANO

Nunca creí que los gitanos tuviesen talento alguno, apartando su dominio de la palabra y la charlatanería. Desde el principio los vi como seres indefensos, incapaces de ser más de lo que aparentaban ser, vagos errantes de las más apolilladas y antiquísimas historias escritas.

Llegaron de la mano del invierno. El clima los hizo pasar desapercibidos, nada más yo note su llegada y ubique el lugar donde acamparon, me toco la mala suertede que fuera cerca de mi casa. Ocuparon demasiado espacio para tan pocas personas, como si su intención fuera la de ridiculizar mi humilde hogar comparándolo con sus austeros refugios más aparatosos que interesantes.

Un día en la entrada de mi puerta, halle un sobre blanco y dentro un papel de cera con tinta dorada, me invitaban a conocerlos para no juzgarlos tan mal.

Ahí conocí a aquella bella joven, la cual bailaba la danza del medio oriente como si fuese nativa de ese lugar. Me enamore de ella y ella de mí. Pero nuestra felicidad no duro mucho, su familia le prohibió verme, al igual que sucedió en aquella bella novela Romeo y Julieta. No tarde en intentar volver por ella. Hasta un día completamente decidido adentrándome en su campamento encontré a una vieja gitana junto al fuego pronunciaba mi nombre invitandome a sentarme junto a los rescoldos, la anciana llevaba un pedernal en una mano y una sortija en la otra. Me ofreció una solución, si yo metía la mano en el fuego para tomar un anillo he introducirlo en mi dedo índice sin sacar la mano del fuego hasta lograrlo, me permitiría mostrarme la manera de hacer que mi amada estuviese conmigo. Titubee un poco. Si se trataba del amor no lo pensaba dos veces y más aun cuando se trata de alcanzar la simple felicidad.

Al introducir mi mano escuche el crujir de mis tejidos quemarse, aguante hasta conseguir el encargo, cuando lo hube terminado, la llama se torno azul y venenosa, la cual me envolvió como un capullo y así me volví un gitano de corazón, mi pasado y futuro cambiaron, ahora llevaba el ritmo de su música en el alma, al verme al espejo usaba un paño de franela roja el cual cubría mi frente, un arete colgaba de mi lóbulo izquierdo y una mano consumida como la cera de las velas.

Los gitanos me mezclaron con los suyos. Entonces la gitana me contó la razón de todo, y era cada cierto tiempo cuando alguien maduraba, salían del confinamiento a buscar el amor. Y no se le permitía estar con aquellos que no fuesen también gitanos, por eso había que ponerles una prueba. Pero ¿Qué había de los demás en el campamento? ¿Cuantos pasaron la prueba?, ¿De dónde eran?, ¿Su amor era verdadero?. Al vaciar mi mente de toda idea, recordé la anciana y su ofrecimiento y entonces al recapitular, rememore la cicatriz en su mano, me di cuenta de que no ser el único, aquel día que ayudaba a levantar el campamento que guardaba las respuestas para si mismo.

UN CENTAVO EN LAS VÍAS

Como lo acostumbraba regrese caminando a casa después del trabajo, desviándome por un atajo ahorrándome así la molestia de cruzar el puente de un mal oliente canal, valía la pena hacer ese esfuerzo extra, aunque me alejara un poco de la calzada. Al caer la noche para no perderme siempre seguía la vía ferroviaria, la cual se extendía en línea recta a las laterales de mi barrio.

Seguí como siempre hasta que me tropecé y de bruces caí, al levantarme, apoye los brazos en las laterales de los rieles. Al intentar ponerme en pie, me di cuenta de que mi caída no había sido un accidente, alguien metió el pie en mi camino. Aunque no había nadie.

Antes de levantarme encontré un centavo en las vías, pensé en haber encontrado algo bueno en todo el asunto, puesto que nunca había visto una moneda tan antigua en mi vida; sopese la moneda, la lance al aire y la guarde en mi bolsillo esperando que me trajera suerte, sin saber que de ningún modo debí haberla tomado.

Un tren a toda velocidad no tardaba en alcanzarme, mi primera reacción fue lanzarme a la orilla, resulto que tenia mejores reflejos de lo que pensé, puesto que evadí una muerte segura con unos segundos de anticipación, ¿cómo es posible de que no me percatara antes del tren acercarse? No hizo ningún ruido hasta estar en la distancia correcta, en la cual de seguro me mataría, no pensé con antelación el salto y en la caída me di un tremendo golpe en la cabeza. Después del cual tuve que cerrar los ojos.

Cuando desperté sentí que mi cuerpo era transportado, como si viajara en un autobús. Abrí por completo los ojos. Me sentí cómodo recostado en un asiento de pasajeros con un cojín entre las piernas. Me di cuenta de ser la única persona a la vista dentro del transporte, el cual no era para nada comparable a un automóvil, ya que ni los modelos más espaciosos ofrecían semejante espacio. Sudado y recobrando un espanto de casi ser embestido por un tren, aún no había pasado por completo el susto, necesite respirar profundo y calmarme.

De una de las puertas que conectaban a los vagones, entro una edecán, se me acerco a paso lento, con una sonrisa.

-Señor le espera el encargado.

La mire a los ojos y me hipnotizo con sus largas y finas pestañas.

-¿Y los demás pasajeros?

-Han bajado del tren hace apenas unos minutos mientras usted dormía.

-Oiga... ¿sabe como he llegado hasta aquí?

Me guió hasta la puerta de la sala de control, me dejo a solas. Toque la puerta al cuarto de mando, cuando pensé es suficiente de formalidades gire la perilla y entre, ahí me esperaba el conductor, un duendecillo de treinta centímetros, que me recibió con una patada en el tobillo.

-Mal nacido, por tu culpa voy a tener muchos problemas con mis jefes.

-No sé a que se refiere.

-No necesitas entender nada, dame el centavo, damelo ya.

-¿Qué centavo?

-El maldito centavo que tomaste de donde no debías. -Me recompenso, el ignorar de que hablaba con un tremendo puntapié, más agudo que el primero- Humanos, todos son tan necios como imprudentes.

-No sabia que no debía tomarlo, si lo quiere se lo daré, ya que me baje.

-Tienes que entregármelo primero, entonces te podrás ir -Tomo impulso y me pisoteo con sus duras suelas picudas- Este definitivamente no ha sido mi día.

La edecán entro a la acalorada cabina con una pequeña cubeta con cubos de hielo y una botella de vino tinto.

-¡Tú deberías encargarte de tus asuntos y no interferir en los míos!

-No seas pesado, ya que ambos estamos en problemas he traído algo para tomarnos unas copas y relajarnos.

-¡Maldición, esto no es una fiesta! No le puedes dar de beber a ese zángano, polisón.

La única solución la cual se me ocurrio, fue pedirles de mala manera devolverme al lugar donde me subieron, y si no me lanzaría por la ventana, al visualizar la idea me asome a través de ella, y la luna se resaltaba enorme sobre el firmamento, como si viajase en el espacio, por un sendero de nubes formando un carril, alcanzar el final de parecía algo imposible, pues se extendía más allá de la vista, y era improbable poder medirlo con los débiles sentidos humanos

-Me pueden decir a donde vamos.

-A algún lugar en la tierra de los muertos. -contesto el conductor

-¿Estoy muerto?

-Si lo estuvieras no tendríamos ningún problema. El centavo que recogiste era la parada, para un alma que llevaríamos, y tú tomaste su lugar.

-¿Y qué pasara conmigo?

-Si quieres volver comenzare por darte esta orden “Dame la maldita moneda”.

Me lo pidió de forma amable, él comprendía mejor que yo la situación en ese momento. La tomo con el dedo índice y el pulgar de su mano derecha.

-Bueno un alma no llegara a tiempo por tu culpa, y no llegara nunca si no volvemos por ella y dejamos al equivocado.

-¿Cómo retrocederá esta maquina?

-Rompiendo tú boleto.

Con sus dientes incisivos doblo el centavo, como si fuese una ficha de aluminio. La edecán me sonrió y me ofreció una bebida para el camino, antes alcanzarla me desvanecí. Abrí los ojos y aun seguía, vencido de un golpe en la cabeza de mi primer tropezón. Busque en mi bolsillo y deje una moneda, un peso mexicano en lugar donde exacto donde tome el centavo. Casi sin valor, y espere que nadie osara tocarlo, con el pagaba el pasaje de un alma. Y espere que mi simple moneda fuese suficiente para rembolsar el viaje de un espíritu que apenas podrá llegar a tiempo a su destino.

 

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