- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus

Agenda: destacados

Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009


Publicar en Liceus
Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

 Ir al artículo...

 

  Guías culturales

RELATOS


Por Vicente Ribes Civera


EL ÁRBOL

Permanece inalterable en mi memoria. La claridad del sol lo inundaba todo y la reseca vegetación, se tornaba de un color amarillo pajizo. Calor. Era un verano seco y caluroso. Las chicharras machacaban mis oídos y el trinar de los pájaros era apenas perceptible en la lejanía.

Me encantaba recorrer los campos de secano, abigarrados de almendros, olivos y algarrobos. Pisaba su tierra hundiéndome casi hasta la rodilla. Me imaginaba que era un gigante poderoso e invencible, y que el suelo temblaba bajo mis pies. Después me adentraba en la montaña y me sumergía en un mar de sensaciones olfativas que me embriagaban: romero, tomillo, lavanda,...Todos los aromas formaban parte de mí. En esos momentos cerraba los ojos y abría los brazos. A veces giraba sobre mí mismo e incluso necesitaba ¡gritar de emoción! Yo era parte de esa montaña y esa montaña era parte de mí.

Que agradable es la soledad cuando es buscada. De niño, dejas escapar tu imaginación sin freno; eres capaz de visualizar todo lo que te propongas y el espacio y el tiempo se relativizan y son esclavos de tu poderosa máquina de ingeniar.

Con el paso de los años, hablamos menos con nosotros mismos. También le ponemos puertas a nuestra imaginación. Racionalizamos más y sentimos menos. Colocamos máscaras y escudos delante de nuestro verdadero ser. Él es bello pero vulnerable; auténtico pero delicado; irrepetible pero desconocido.

Lluvia. A veces me sorprendían las gotas de lluvia resbalando por mi cara y por mis manos con una agradable caricia. Poco a poco, aumentaba la cadencia de esas diminutas gotas de vida, para inundarlo todo con un aroma a tierra mojada, perfume de los dioses. Toda la montaña revivía y una sensación de plenitud se apoderaba de todo mi ser.

Despedida. Aquel día era distinto. Debía bajar de la montaña y volver a casa. No podía seguir huyendo ¿para qué? El tiempo de mi amigo se estaba agotando. La tristeza me embargaba y no tenía fuerzas para la amarga despedida. Rebusqué en mis rincones y encontré a la Amistad que me sonreía. Me miró con cariño y me dijo:

- Bien sabes que soy entrega y soy amor. Los deseos y momentos compartidos me nutren y aún en la ausencia sigo siendo poderosa. Si vive en tu pensamiento, vivirá para siempre.

Le devolví la sonrisa. Pese a todo siempre lo hago. Me armé de valor y fui al encuentro de mi querido amigo. Nos abrazamos largamente. Con mis manos en su tronco y mis ojos llenos de lágrimas, le dije todo lo que sentía y como le iba a echar de menos. Él me miró y no pudo contener su emoción. Dos lágrimas de resina se derramaron ante mis ojos. Esa misma tarde talaron el pino centenario.

ELSA

La soledad le envolvía plácidamente. Al menos así lo parecía. Todo le parecía extraño desde que él se marchó. Cada rincón de la casa, la relación con sus parientes y amigos, su propia imagen. Era como si se mirara en unos de esos viejos espejos de feria en el que según cómo te reflejes, la cara y el cuerpo sufren horribles y divertidas deformaciones. Para Elsa no era nada divertido sentirse extraña en su propia casa, en su propio cuerpo. ¿Cómo había llegado a ese estado? No podía pensar con claridad. Pensó entonces que lo mejor para ella era encontrar un lugar en el que ordenar sus ideas, en el que pudiera volver a encontrar la paz que tanto anhelaba.

Mientras tanto pasaba largas horas sentada en la vieja mecedora que perteneció a su abuela Gertrudis. Allí junto a la ventana, protegida por una cortina, miraba furtivamente a los transeúntes que pasaban por la vieja calle Caballeros. Imaginaba historias fantásticas sobre ellos en las que también ella era protagonista. Tan pronto se veía en la Grecia clásica, vestida con una túnica de un blanco impoluto junto a un repartidor de publicidad, convertido en poeta heleno para la ocasión, como al instante se veía en la Corte de Luis XVI, paseando por Versalles de la mano de un acaudalado noble, que no era otro que el tendero de la esquina. Eran sus únicos momentos de tranquilidad. Cuando volvía a la realidad se sentía vacía y sin ánimo, como una marioneta olvidada por su dueño. Quizá había pasado demasiados años colgada de un titiritero.

Eduardo miraba al horizonte con los ojos borrosos. Hacía ya tres meses y medio que había abandonado la que fue su casa los últimos siete años. No estaba llorando. El viento húmedo del norte le arrancaba con delicadeza algunas lágrimas. Su alma intranquila quería desahogarse pero él nunca mostraba sus sentimientos. Con los años había aprendido a crear escudos que le protegieran de los demás, y a fuerza de esconderse tras ellos había olvidado la capacidad de mostrarse tal y como era, con sus virtudes y defectos pero siendo auténtico. Tal vez la máscara se había adueñado de la cara.

Una vez había leído que en el amor los hombres están “bien” mientras no estén “mal”, por el contrario las mujeres están “mal” si no están “bien”. Curiosa reflexión, pensó. Él se había acomodado a vivir con Elsa mostrando sólo una parte de su ser. Ahora era más consciente que nunca de no haberse entregado, de no haberse implicado todo lo que hubiese gustado. Ella se lo había dado todo (quizá demasiado) y él se había limitado a darle una parte a cambio. ¿Realmente quería dar más? ¿Si no lo hizo fue porque no lo sentía?

Quizá el problema no estaba en su relación con Elsa, si no en la relación consigo mismo. No podemos dar cuando no estamos conformes con nosotros mismos. Sí, podemos ofrecer una máscara, una imagen, una parte agradable e incluso atractiva de nuestra personalidad. Sin embargo, dar, darnos realmente a los demás, requiere un ejercicio de sinceridad y de encontrarnos “bien” con esa parte de nuestro ser que es desde la piel hacia adentro.

Eduardo tenía nostalgia de su anterior vida. Había aprendido a valorar lo que tenía a fuerza de perderlo. Ahora estaba solo. No es que hubiera perdido su atractivo con las mujeres, más bien al contrario, pero cada vez que tenía un romance con alguna de ellas, se sentía vacío. Quién le iba a decir a él que iba a echar de menos el sexo con algo más... ¿Sería amor? Tenía dudas. ¿La echo de menos porque me encuentro solo? ¿Realmente estoy enamorado de Elsa? ¿Debo esperar más tiempo? ¿Será tarde si decido volver? ¿Estoy capacitado para dar más?

Cogía el teléfono y tras marcar el número colgaba con una mezcla de amargura y emoción.

  • No debo hacerlo – se decía. – Que llame él .

Pero él no llamaba. ¿Realmente quería que llamara? ¿Era amor lo que seguía sintiendo? ¿O era dependencia? ¿Miedo a estar sola tal vez?. Todo se le mezclaba en un doloroso caos en su cabeza. ¡Basta! Me voy a la playa.

Que bello es el mar. La paz y tranquilidad que transmiten sus aguas inunda nuestro ser como si de un manto de seda se tratara. Volvemos al principio. Nos purificamos. Llegamos como fuego. Así la tierra nos recibe, el viento nos mece y el agua nos abraza. Todos los elementos unidos formando parte del todo, y el todo forma parte de nosotros.

Le encantaba mirar al horizonte, en ese punto donde confluyen el mar y el cielo. Esa línea perfecta que sólo existe en nuestra imaginación y que nuestro cerebro y nuestros ojos se empeñan en decir que sí existe. Es allí dónde volaba Elsa. Ya no existía el bullicio de la gente paseando, ni esos deportistas que hacen volar unas modernísimas cometas que casi los elevan a ellos, ni los restaurantes de playa, ni las bicis, ni la America´s Cup (que ella no entendía), ni nada de nada. Sólo su alma abandonando su cuerpo y surcando ese cielo azul y luminoso que pintó Sorolla como nadie, para posarse en el horizonte como una gaviota de seda.

El viento soplaba de Levante de flojo a moderado como diría Maldonado. El luminoso cielo se estaba oscureciendo y el rumor de las olas cobraba protagonismo. Atardecía. Elsa permanecía en la orilla intentando capturar su alma para que volviera a su jaula carnal. Estaba volviendo de su trance. En esos momentos entendía muy bien a la gente que practicaba disciplinas orientales como el yoga o el taichí. En un mundo en el que prima la velocidad, el estrés, el progreso tecnológico y no humanístico; el desarrollo no sostenible, la violencia, la falta de diálogo, la mala educación..., en fin y tantas y tantas cosas que nos alejande vivir en plenitud , al menos deberíamos mirar hacia nuestro interior y comenzar por cambiarnos a nosotros mismos. Ese será el principio.

Desde que era una cría siempre que había tenido cualquier problema había acudido a la playa. Era su lugar de meditación, y donde todo (o casi todo) se colocaba en su sitio. Hoy no había sido una excepción. Veía su situación con más claridad.

-Pasaré el duelo – se decía -Y volveré a ser la Elsa de siempre.

Eduardo miraba hacia el acantilado. Mirando el fiero Atlántico recordaba sus paseos con Elsa por el apacible Mediterráneo. Le venía a la mente aquella maravillosa canción de Serrat compuesta justo el año de su nacimiento. Era sin duda su canción preferida. Aquel día sólo se le repetía en su pensamiento una estrofa :

“Ay, si algún día para mi mal
viene a buscarme la parca.
Empujad al mar mi barca
con un Levante otoñal
y dejad que el temporal
desguace sus alas blancas”

Echaba de menos a Elsa, a Valencia, a todos los pequeños detalles que hacen que nuestras vidas sean lo que son.

-Qué a gusto me comería un buen arroz al horno de mi madre- pensaba

Con qué claridad reconocemos lo que es más valioso para nosotros cuando sabiendo o sin saber cómo, lo perdemos. Para Eduardo, lo difícil era saber si estaba preparado para afrontar el regreso. Invadido por la nostalgia recordaba a Gardel cuando cantaba aquello de:

“Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,encadenan mi soñar.”

No soportaba aquel clima atlántico. Llevaba más de una semana sin ver el sol. Los días se sucedían plomizos y tristes. El hastío se apoderaba de él como el maldito chapapote se había adueñado de las rocas gallegas. Pero él no tenía voluntarios vestidos de blanco... Quizá podía llamar a Enrique. Él vendría ataviado con su buen humor, su positivismo y sus certeros comentarios, y a modo de pala, le iría quitando de encima esa sensación pegajosa que se llama melancolía.

Quedaron en una taberna del centro. A Eduardo le seguía sorprendiendo la capacidad de los camareros de atender a tantas personas a la vez, y que a la hora de pagar se contaran los palillos de los pinchos. Se creaba un ambiente de confianza y de respeto que le maravillaba sentir en un bar de tapas. Enrique se pidió una cerveza y Edu un “txacolí”. El camarero les sirvió dos pinchos de tortilla recién hecha. Era un hombre robusto de mediana edad. Rebosaba nobleza y bondad por los cuatro costados.

-¡Que pasa valencianos! Este año quemáis las fallas o las guardáis para que se las lleve algún yanqui millonario- riéndose a grandes carcajadas con ese imponente corpachón.

-Que no, Karlos- le contestó Enrique. Las fallas se queman con el fuego purificador para destruir todo lo que hay de negativo en un año, y vuelta a empezar.

-Ya, ya, pero menuda pasta se va por el aire –le contestó irónicamente.

Así pasaron de tasca en tasca y se entregaron a ese mágico estado que es el “pedete lúcido” como decía Echanove en la serie “Turno de oficio”. Entre risas y batallitas, Enrique le preguntó a bocajarro:

-Bueno Edu, ¿y tú cómo estás?

-Pues ahora mismo con un “pedo” como un piano- dijo riéndose con una mueca de muñeco.

-Ya. Te lo pregunto en serio. ¿Has hablado con Elsa?

-No. No la he llamado. No sé que hacer-. El rictus de Eduardo era ahora grave, y parecía que los efectos del alcohol habían casi desaparecido, si no fuera por los ojos centelleantes y la voz algo pastosa.

-Deberías hablar con ella. No puedes seguir así. Tú la echas de menos tanto como ella a ti-. Enrique le miraba a los ojos mientras le sujetaba firmemente el brazo.

-Tengo miedo a equivocarme de nuevo, Quique. Quiero a Elsa y quiero estar con ella, pero no sé si es fruto de la sensación de pérdida o porque realmente quiera compartir mi vida con ella y volver a plantearme un futuro juntos. ¿Y si vuelvo a ahogarme y necesito huir como hace unos meses?-. Había un tono desesperado en su voz . Enrique le miró largamente. Apuró su copa y le dijo en tono firme: -Es tu decisión pero deberías hablar con Elsa. No fue la mejor forma la que elegiste para marcharte. ¿Por qué no eres sincero y le cuentas lo que sientes, tus dudas, tus miedos? Edu le interrumpió.-Tú lo ves muy fácil. ¡¡Yo nunca he tenido una conversación así ni con Elsa ni con nadie!!-. Quizá fuese un buen momento para estrenarse, pensó Quique.

Los dos amigos se despidieron al poco rato. Eduardo prefirió volver andando hacia su casa. Decidió desviarse un poco del camino habitual y pasear un rato por el paseo marítimo. Al poco tiempo ya estaba en la orilla mirando embobado la estela de la luna en el mar. Recordaba sus baños furtivos con Elsa en la playa del Saler, mientras se dejaban avasallar por la luna llena y sus cuerpos rodaban fundidos en uno solo por las dunas.

- Cómo añoro aquellos momentos, pensó.

En aquel instante, sus ojos miraban al norte, los de Elsa al este, pero sus almas decidieron encontrarse en algún punto desconocido, íntimo, rebelándose a su destino.

Por primera vez en su vida, Elsa estaba analizando su forma de relacionarse con los demás. Era consciente de haber sido siempre dependiente de los demás. De haber entregado todo lo que tenía dentro y perder casi por completo su espacio. No había vivido sus relaciones como un intercambio, como un lugar de encuentro. Parece que las cosas que le ocurrían siempre fueran ajenas a ella. Quería tomar las riendas de su existencia, responsabilizarse de todo lo que le pasara en su vida, ser el centro realmente de su universo; tomar por sí misma sus decisiones yelegir lo que realmente quería para sí misma. Estos pensamientos la estaban transformando. Notaba cómo algo nuevo crecía en su interior, todo estaba cambiando de repente. Se sentía renacer y una nueva sensación de autoestima le invadía poco a poco y le calaba hasta los huesos. No había marcha atrás. Se sentía libre. Podía elegir lo que quería hacer con su vida y además hacerse enteramente responsable de esa decisión. Quería contárselo a todo el mundo, que todos supieran ¡que era una mujer nueva!

En la primera persona que pensó fue en Eduardo. Hizo un esfuerzo de analizar sus sentimientos hacia él desde el punto de vista de la nueva Elsa. Fue increíble. Paulatinamente dejó de proyectar sus miedos, resentimientos y dudas hacia él. Pensó que ahora todo sería diferente. De igual forma que ella había perdido todo su espacio, había invadido el de él. No estaban juntos sino pegados. No tenían un proyecto en común, eran un solo proyecto. Habían renunciado a la mayoría de las cosas que les gustaban a cada uno por separado y las habían sustituido por otras siempre en común. Eran como un pack indisoluble de natillas. Sin darse cuenta se habían asfixiado.

Ahora entendía porqué se había marchado Eduardo. La explicación que tanto había buscado por fin la tenía. Sabía que él por su forma de ser no habría sabido explicarlo. Pero, Eduardo también había cambiado.

Ensimismado en sus recuerdos y con una sonrisa en sus labios retornó a su casa. Todo se removía en su interior. Nunca había sentido la imperiosa necesidad de hablar con Elsa de lo que estaba sintiendo, como en aquel momento. Quería liberarse de años de estúpidas máscaras y escudos, de mostrarse tal y como era, de hablar con sinceridad y confianza con Elsa, con ella y con los demás, pero sobre todo con Elsa; de llorar si le venía en gana, de mostrarse vulnerable y abrir su corazón con un buen amigo, sin por eso sentirse estúpido. De decirle a las personas a las que quería cuánto le importaban. Se sentía como ese volcán dormido durante siglos que por sorpresa entra en erupción. Notaba como se resquebrajaban normas y principios, tabúes y condicionamientos que siendo suyos nunca los había querido, si no que él los sentía impuestos por otros. Ahora ya no eran suyos. Elegía no tenerlos.

No había vuelta atrás.¡Qué liberación! Nunca me había sentido así, se decía. Necesitaba ver a Elsa. No, no lo necesitaba, QUERÍA ver a Elsa. Era el momento más importante de su vida. Por fin se había dado cuenta de lo que quería y de lo que no, de la decisión de mostrarse y comportarse tal y como era, le gustara a la gente o no, y opinar lo que realmente pensaba y no ser políticamente correcto como había sido hasta ahora.De quizá defraudar a cierta gente, mostrándose vulnerable e imperfecto, pero nunca más a sí mismo.

Con qué pasión le asaltaban estos nuevos pensamientos a su mente.- Quizá siempre estuvieron allí, pensaba Edu.

A los pocos días volvía a Valencia. El viaje se le estaba haciendo interminable. En el avión repasaba una y otra vez lo que le iba a decir a Elsa. Estaba intranquilo, nervioso. Le preocupaba la reacción de su mujer después de haberse marchado hacía casi cuatro meses sin haberse despedido de ella siquiera.Pero aquel Eduardo confuso, bloqueado y encerrado en sí mismo, se había disipado. Su lugar lo había ocupado un nuevo Eduardo.

Elsa le estaba esperando en el aeropuerto. Había desoído los consejos de sus amigas y familiares: - ¡Házselo pagar! -decía una. – Házselo purgar - , le decía la otra. No habían hablado por teléfono. Eduardo había preferido escribir una carta. Elsa se había emocionado profundamente al leer aquellas líneas. Le parecía increíble que el Eduardo que ella conocía hubiera podido escribir con aquella sensibilidad, y con una sinceridad que la había dejado perpleja. La carta decía así:

Estimada Elsa:

Te echo mucho de menos. Este es el sentimiento que con más claridad siento en estos momentos. No es por el tiempo que llevamos sin vernos, ni siquiera por lo mucho que te sigo queriendo. Es algo distinto. Algo ha cambiado en mí desde hace algún tiempo. Todo lo que creía ser y muchos de los principios, valores y normas que regían mi vida se han desmoronado, los he hecho desaparecer.

No es que sea otra persona. Ahora soy yo mismo, desembarazado de una coraza que no era mía, y si la construí yo, ya no la quiero, no la siento como parte de mí. He aprendido mucho en este proceso. Sobre todo a vivir desde mi interior y mirando hacia adelante.

Me he dado cuenta de lo que quiero y no quiero para mí. Ahora me siento libre para decidir. Por eso ahora decido ser completamente sincero contigo, para poder compartir y explicarte cómo me siento y porqué me fuí. Hablar de nosotros sin las cadenas que me aprisionaban y la máscara que me ocultaba. No tengo miedo a tu reacción, sólo siento una gran emoción al poder escribirte, liberado de pesadas cargas que son sólo pasado.

Vuelvo a Valencia. De nada sirve huir de uno mismo. Ahora lo sé.

Siempre tuyo,

Eduardo

Por fin llegó el vuelo a Manises. Edu confiaba que Elsa estuviera esperándole. No había avisado a nadie más y ella no le había confirmado si le daría tiempo a acudir. Hacía un día de mil demonios. – No me lo puedo creer – se decía atónito. - Una semana sin ver el sol y aquí estamos peor. Recogió su maleta y acudió raudo a la puerta de salida. Elsa no estaba. – No habrá podido venir – se decía, sin poder esconder la decepción de no verla. Salió a la calle para coger un taxi en medio del diluvio universal, pero a esas horas no había ninguno. Entonces la vió. Estaba apoyada en la pared protegiéndose de la lluvia con un paraguas amarillo.

– Ella siempre tan “fashion”, pensó. Fue avanzando hacia ella tranquilamente. No quería que se le notara demasiado la emoción que sentía y los saltos que estaba dando el corazón en su pecho.

- Él siempre tan elegante y distinguido, se dijo con un poco de retintín. Estaba a la expectativa. No sabía muy bien cómo iba a reaccionar. Había tenido muchas sensaciones encontradas en todo estos meses. No estaba segura del Eduardo que se iba a encontrar, si el que se fue o el que dejaba entrever una carta que parecía escrita por otra persona. A cada paso aumentaba la tensión y las palpitaciones en su pecho. Por fin llegó a su altura, dejando la maleta a un lado. Se miraron largamente, escrutándose cada centímetro de sus rostros. Los ojos les centelleaban. No querían hablar, sólo compartir esa mirada cargada de emociones, de sentimientos, de esperanza, de amor.. Se fundieron en un abrazo, y el tiempo y el espacio se desvanecieron por completo. Cayó el paraguas y con él el pasado.

 

Volver al Relatos Cortos...


        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online