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  Guías culturales

EL HOMBRE SE SUICIDA O NO SE SUICIDA*


Por Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net

 
BALANCE

Van pasando los años boyantes, que suelen serlo para los de siempre, y el adverso balance se impone en las familias con menos recursos. El despilfarro y el estraperlo no entienden de repartos. Y la realidad es la que es por muchas esperanzas que nos quieran vender. Que se lo digan a esos jóvenes que no acaban de entrar por la puerta de la actividad europea, que, a pesar, de su sesuda preparación academicista no encuentran hueco laboral para valerse por si mismos e independizarse. La integración sociolaboral de los más jóvenes es una de las grandes asignaturas pendientes que sigue sin resolverse. Es más, pienso que son víctimas de un sistema injustamente competitivo; donde unos, los niños de papá, juegan con las cartas marcadas frente a otros. Los frutos de este caos, por mucho que nos lo nieguen, son verdaderamente alarmantes, el riesgo de caer en la marginalidad y en las adicciones está a la orden del día. Por otra parte, no hay cuerpo de “mileurista” que soporte tanta esclavitud, tantas situaciones abusivas, empezando por unas buenas tragaderas de servilismo con el empleador, no nos vaya a cambiar por otro en unas vacaciones. Conozco más de un caso.

El desbarajuste y descontrol en el que estamos sumidos, bajo la cruel sombra de la incertidumbre que dispara los nervios a cualquiera, la politización de las instituciones, hace mucho más dificultosa esa integración real. Muchos de nuestros contemporáneos, incluidos los jóvenes, han perdido conciencia de vida y buscan desesperadamente huidas en un consumismo desenfrenado, en la droga que se dispara su consumo, en los baños de alcohol y en el erotismo sin cerebro ni amor. Cada cual busca su goce como puede, seguro que para olvidarse de esta galopante exclusión de don nadie, propiciada por un sistema de poderes corruptos a más no poder, pero más pronto que tarde le invade la tristeza, el vacío, la depresión que llega a ser tan honda que raya la desesperación. Todos los Estados bien gobernados y todos los príncipes inteligentes –dijo Maquiavelo- han tenido cuidado de no reducir a la nobleza a la desesperación, ni al pueblo al descontento. Aquí hace tiempo que los insatisfechos son un enjambre, lo que sucede es que todavía están mal organizados, ya verán cuando se organicen y nos pasen factura de nuestros derroches y soberbias.

España que, a mi juicio, ha crecido de forma importante para los que estaban mejor situados económicamente, no así para los jóvenes y las familias hipotecadas hasta los dientes, lo que ha hecho crecer las desigualdades a un ritmo vertiginoso, duerme bajo la orquesta de los trepas, los zánganos, el insecto violín, los abejorros pelotas… Yo tengo esperanza, palabra que tengo deseo de esperanza, que los presupuestos del próximo año sirvan para corregir estos injustos desequilibrios que saltan a la vista. Una mínima sensibilidad, señoras y señores, ustedes que tienen la sartén por el mango. Solbes acaba de decir que la economía española dispone de mecanismos de protección para la posible pérdida de empleos, lo que no entiendo porque no se hace ya si los pobres cada día son más pobres porque no tienen empleos dignos, retribuidos en su justa medida y no con migajas, aplíquese con urgencia, también en los sectores de juventud que tanto engordan las bolsas de pobreza en un mundo de ricos. No dejen que sigan desangrándose como una fuente más corazones, mirando para otro lado, como si el dolor humano no valiese nada. Solidaridad, señorías.

EL RETO DE LA EDUCACIÓN: UNA RESPONSABILIDAD COLECTIVA

A punto de comenzar un nuevo curso escolar, la irresponsabilidad de algunos sectores del aprendizaje es manifiesta, aunque bien es verdad que el grado de ineptitud varía de unas comunidades autónomas a otras y, también, de unas provincias a otras; una enseñanza que está en manos de muchos, que pende de lo que se instruye en el aula, pero también en los hogares y en la propia calle. En consecuencia, el reto de la educación es una responsabilidad colectiva. Pienso que la poderosa influencia que ejercen los diversos contextos familiares, territoriales y sociales, debe obligarnos a centrarnos en propuestas educativas de acción conjunta, lejos de propuestas políticas de acción divergente o de idearios que ni los comparte la propia estirpe. No se puede ofrecer un servicio cualificado en desunión y en desajuste con las familias, nos hace falta su implicación total, así como la garantía del Estado hacia colectivos más vulnerables para mejorar su formación y prevenir el grave riesgo de exclusión social, tan crecido en esta sociedad elitista a más no poder y jerarquizada como nunca.

En esa responsabilidad colectiva emerge una sociedad desencantada, que no acaba de encontrar sitio, que lo basa todo en el sistema productivo de unos resultados que nos deshumanizan totalmente, rehusando valores inherentes a la persona que, por desgracia, no están de moda ni venden. Fruto de esa fe ciega en producir para tener más cosas, emerge una sensación de soledad y de vacío interior. Nuestros escolares, que directamente o indirectamente sufren esta esclavitud, no son ajenos y sus miradas suelen respirar amarguras impropias de la edad, actitudes de desconfianza y rechazo, de violencia e incomprensión. En la mayoría de las veces, los padres, ni se enteran o no quieren enterarse; el seguimiento que hacen de la formación de sus hijos –según estudios últimos realizados- desciende vertiginosamente. Ante este fenómeno de pasividad por parte de los progenitores, los centros docentes han de llevar a cabo actividades o planes de formación dirigidos fundamentalmente a ellos, como pueden ser las Escuelas de Padres. El reto, sin duda, radica en estrechar los vínculos hasta formar un todo, entre las comunidades educativas, familiares y fuerzas sociales.

Mal se pueden reducir discrepancias si los eternos problemas de siempre, lejos de resolverse, aumentan o persisten. No pocas familias tienen aún dificultades para ejercer su derecho de elegir el tipo de enseñanza que deseen para sus hijos de acuerdo con sus convicciones. Ahora machaconamente se habla de una educación de calidad, en todos los niveles del sistema educativo, y lo único que impera es el fracaso escolar verdaderamente alarmante, fruto de la devaluación del esfuerzo que sólo aparece recogido como añadidura y poco más, en una ley, que para nada estimula el deseo de seguir aprendiendo. El esfuerzo, además, debe ser algo más que un mero producto, que una cuenta de resultados académicos, debe ser un valor de realización propia y una actitud de mayor servicio a una humanidad globalizada.

Por el contrario, el proyecto educativo, que demanda un alto porcentaje de familias, sigue siendo aquel que desarrolla todas las capacidades del ser humano, lo que se concibe como formación integral y que, sin embargo, en la escuela católica es santo y seña, aunque luego conseguir el objetivo sea también otra cuestión. A propósito, la norma estatal, muy débilmente e inspirándose en los principios y fines de la educación, habla de “la orientación educativa y profesional de los estudiantes, como medio necesario para el logro de una formación personalizada, que propicie una educación integral en conocimientos, destrezas y valores”. Toda escuela que se precie, sea del signo que sea, ha de estar al servicio de la educación integral, lo que conlleva saberes religiosos y morales, cívicos y éticos, filosóficos y estéticos, equiparables con otras disciplinas, puesto que armonizan actitudes fundamentales frente a la vida, consigo mismo y para con los demás. Cuando se da esta acción educativa integradora, y por ende humanizadora, hace posible una personalidad crítica y libre, con capacidad para el discernimiento, no sólo productivo, capacita para optar por el bien y la verdad, por aquellas opciones que favorecen la mejora de la sociedad.

Resulta doloroso ver cómo el cultivo de la interioridad de los educandos importa más bien poco, o nada, en los planes educativos. Sin embargo, cuando las familias y la misma sociedad se desestructura, creo que es sumamente necesario injertar en los alumnos otras sabidurías que no encuentran en su ámbito de convivencia normal, como pueden ser una mayor confianza, razones para amar e incluso para vivir. Las estadísticas se disparan, confirman una juventud depresiva, desilusionada y con fuertes enganches a las adicciones. En gran medida, todas estas desviaciones son consecuencia de esa falta de vida interior, - vida en valores-, de sentido de la responsabilidad y capacidad para tomar decisiones. ¿Cuántos adolescentes, de los que la ley obliga a estar escolarizados, necesitan darle otro sentido a su vida, una orientación a su vivir? Fatídicamente, muchos de ellos, han perdido la fe en el propio ser humano y, lo que es peor, la toma de conciencia de su ser como personas.

La otra fe, la natural, porque el ser humano es religioso por naturaleza, aquella que mueve montañas y de la que por cierto nada dice la actual ley de educación, es también un saber razonable que debiera considerarse, ya que es un conocer que se traduce en expresiones objetivas de valor universal. Atmósfera que, a mi juicio, favorece el clima de convivencia, máxime en una sociedad pluralista que comulga, en demasiadas ocasiones, con las únicas sábanas de la fe a don dinero. Sorprendentemente, el gobierno por su cuenta y riesgo, ha puesto otra fe más mundana, la educación para la ciudadanía, que hasta ahora lo único que ha levantado es la indignación de unos padres responsables que se niegan a que el Estado les suplante como educadores de la conciencia moral de sus hijos. Mal, muy mal, aunque la norma tenga buenas intenciones. Igual que existe la responsabilidad colectiva en el reto de la educación, creo que ha de existir también la responsabilidad colectiva de promover el acuerdo más consensuado. Una disciplina que crispa a los que son garantes de la educación de sus hijos, no tiene sentido que exista. Además, de que no es justo, una educación que está siempre a la deriva del gobierno de turno.

EL MUSEO DEL HOLOCAUSTO DE JERUSALÉN: LECCIÓN TRONCAL PARA EL MUNDO

Premiar la ejemplaridad, aparte de ser un acto de justicia es también un modo de hacer camino. En realidad, la vida, que es un colador que clarifica, se mueve bajo ese trayecto de memoria purgante, de conciencia colectiva. El Museo del Holocausto de Jerusalén, recuerdo vivo de una gran tragedia histórica, ha vuelto a ser rememorada y conciliadora estampa, una vez ya depuradas todas las bilis de hostilidad, racismo e intolerancia, y merced al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2007 y al valor de Angela Merkel que lo ha presentado como lección troncal, disciplina a transmitir a las generaciones presentes, y a las futuras del futuro.

El Museo del Holocausto de Jerusalén es una ventana a la meditación que viene muy bien para estos tiempos en los que el caminante, o sea el hombre, a veces no se le considera el camino primero, que no es otro, que el de la salvaguardia y promoción de la dignidad de la persona y de sus derechos, en todas las etapas de su vida y en toda circunstancia política, social, económica o cultural. Todavía hoy se puede verificar el abismo que existe entre “los andares” reconocidos a nivel internacional en numerosos documentos, y “el andar” obligado, sin libertad ninguna. Por desgracia, son innumerables las personas, cuyos derechos son despreciados cruelmente. Este premio viene a refrendar la letra y el espíritu de los derechos humanos, o sea, “los andares” de la igual dignidad de toda persona.

La memoria de los seis millones de judíos víctimas del Holocausto nos deja sin palabras. El silencio nos evoca una riada de llantos. El respeto a la vida no tiene precio. Es bueno recordar, claro que sí, sobre todo para que se desgasten los males y el bien pueda respirar un poco más cada día. El ejercicio de la evocación, no debe ir vestido de venganza o como una bufanda de odio que nos ponemos por montera. Sólo un camino en paz, con sombras de justicia para todos, puede evitar que se repitan los tropiezos, las zancadillas, los terribles golpes de muerte.

El planeta no está en horas bajas por las víboras vestidas de personas, sino por aquellos lagartos de pajarita que permiten la maldad. De entrada, el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación español se ha apresurado a ratificar que confía en que este galardón permita difundir en España y en el mundo la labor extraordinaria de esta institución, (Yad Vashem-Autoridad para la Memoria de los Mártires y Héroes del Holocausto), que ha sabido conferir a la memoria y a la enseñanza del Holocausto de una gran fuerza moral sobre la que sustentar la inalienable dignidad del ser humano, con independencia de su origen o condición. Sin duda, la resonancia de este prestigioso premio a la Concordia, nos hará sentir un poco más humanos ante la advertencia que nos llega de las víctimas del Holocausto y de su cruel testimonio. Toda una lección para el tiempo presente, con sus capítulos vitales: Que todo ser humano pueda vivir porque el bien común gobierna, seguir la voz de su conciencia, adherirse a la religión que elija…; en suma, que no tenga miedo a la sociedad a la que pertenece porque la sociedad le protege.

EL SER ANTES QUE LA MASA

Me niego a perder el tiempo haciendo rituales de masa, a bailar al son del majadero enjambre social, que no considera al ser humano como persona a la que hay que dejarle libertad para tener la vida interior que quiera y, poder degustar así, la vida por si mismo como un singular viviente. Haría falta que los espadas del poder bajasen de sus alturas para acercarse a los párpados de cada individuo. La vida no es cuestión de género, tampoco de multitud, sino de garantías y humanidad. Descubrir el privilegio de vivir, no como un dulce rebaño enjaulado de cosas, más bien como un corazón libre, genera cuando menos una profunda cascada de emociones; que, en realidad, son los años vividos y los que siempre se recuerdan.

Estoy seguro que muchos de nuestros problemas, la inmensa mayoría de ellos, por no decir todos, tienen su raíz en el olvido del ser humano, en la indiferencia hacia la persona, que apenas cuenta nada en la colectividad. Sin embargo: un grano, ya se sabe, sí que hace granero. Esa interesada omisión al ser, unas veces por rivalidad entre sexos y otras por celos entre altares, lo único que forja es una confusión antagonista. Hay hazañas que tenemos que combatir a nivel personal, cada ser con su propio ser: el bien sobre el mal, o lo que es lo mismo, el amor sobre el odio. Al ser hay que dejarlo ser él mismo, que tenga dominio sobre sí, con la libertad como primer paso y con vía libre al acceso a la justicia.

Nos pocas libertades hemos ido perdiendo, o mejor nos han ido robando descaradamente. El sometimiento a un poder económico, basado en un sistema productivo cien por cien inhumano, es la mayor de las esclavitudes de este siglo. Tampoco todos los seres humanos tienen la ventana de la justicia abierta. Se me ocurre pensar en los inmigrantes en situación irregular, que hasta que los regulariza una sociedad burocratizada al máximo, no pueden acceder a los tribunales para hacer valer sus derechos, porque la masa los considera ilegales en un mundo que es de todos y de nadie. O el mismo acceso a la justicia por parte de los menores que son víctimas y testigos de macabras conductas, condicionados a la edad y a la falta de capacidad legal. Todo esto lo que origina es una sociedad vengativa, en vez de ser una sociedad rehabilitadora. Ahí están, los delitos llevados a cabo por chavales que deberían verse y analizarse como lo que son, niños, antes que delincuentes.

Pienso que la masa social, y, por ende sus poderes soberanos, les corresponderían tomar como prioridad que a las víctimas, tanto si se encontrasen en una situación irregular como si fuesen menores, se les asegurase la mano protectora de la justicia. Una ayuda que a nadie ha de negársele y mucho menos a los más desprotegidos. De lo contrario, habrá seres humanos que seguirán torturados por partida doble, por una parte serán presa fácil de gentes sin escrúpulos y, por otra, vivirán atormentados por unos procedimientos judiciales y barreras administrativas que no entienden ni les entienden. La libertad y la justicia no pueden ser palabras vacías de contenido para ningún ser humano. Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: el tanto tienes tanto vales sigue aún vigente. Todavía la masa no ha derogado el articulado clasista.

Es cierto que necesitamos ser nosotros, cada uno consigo mismo, con el esfuerzo de la superación y el compromiso de la acción, aunque en muchas ocasiones tengamos que asumir la bestia negra del sufrimiento. A mi juicio, la prioridad por el ser antes que por la masa es vital. Bajo la atmósfera presente, donde la ética dormita en un laberinto y la desorientación moral oculta el peligro tanto de la pasividad que acarrea no pocos complejos, como de la ofuscación por falsear la espiritual naturaleza del ser humano, se precisa cuanto antes un reactivo de humanidad capaz de prevenir a la persona de riesgos provenientes de la ignorancia y de la degradación del propio ambiente humano.

Creo que la masa social se ha vuelto despreciativa y excluyente, le cuesta admitir la globalizada diversidad, y se mofa de la vulnerabilidad de las mujeres, los niños e inmigrantes, que, en muchos casos, además de ser discriminados por sus creencias, lo son por su etnia y sexo. Que el relator de las Naciones Unidas sobre racismo, Doudou Diene, haya condenado recientemente el aumento del racismo y la xenofobia en Europa es un dato preocupante. En un informe ante el Consejo de Derechos Humanos, en Ginebra, dijo que la “islamofobia” es en la actualidad la forma más grave de difamación religiosa, y contiene los ingredientes para desencadenar un conflicto entre civilizaciones.

Esto pasa, sin duda, por devaluar a la persona como tal y no considerarla por si misma el centro de todo el orden social. Por tanto, ha de ser apremiante, a mi modo de ver, el esfuerzo por abrir camino a una humanidad humanizadora de todo ser humano. Para acometer una empresa como ésta, es preciso dejarse guiar por una visión de la persona no viciada por prejuicios ideológicos y culturales, o enviciada por intereses políticos y económicos, que inciten al odio y a la violencia. De igual modo, cuando una cierta concepción de Dios da origen a hechos criminales, evidencia que dicha concepción se ha transformado ya en doctrina ideológica. Fijándonos, en consecuencia, en el actual contexto cultural que vivimos, divinizado por el consumo de una masa social que lo único que innova es incertidumbres y dudas, sólo al ser que le dejan ser con sus valores innatos, puede dar una respuesta solidaria a la propia sed de valores y hambre de vida humana que soportamos. Algo que siente el alma de toda persona interesada en hacerse valer como valor primero y en hacer valer su propio destino como valor paralelo.

EL CHEQUE-VOTO O VOTO-CHEQUE

Resulta que ahora la política se ventila con un título de crédito, en virtud del cual el papá Estado que actúa como librador ciudadano, libra unas migajas a favor del gentío que considera posibles votantes. Así surgen, a dos pasos de las elecciones, el invento de la ratonera de cheques, donde el cebo es, ni más ni menos que ponernos la miel en los labios, tenernos contentos hasta los comicios, que los defraudados sean cuatro gatos, y después si te vi ni me acuerdo. La guinda del cheque-regalo es una embriaguez que ciega como a Eva le cegó la manzana. Hasta ahora sabíamos de las comisiones que son tácitos cheques de gratitud al político en el poder, de la emisión de algunos cheques en blanco como se ha puesto de manifiesto con los más escandalosos actos de corrupción ladrillera, de cheques de viajero a lugares exóticos para políticos necesitados de cariños, pero lo que no podíamos imaginar es que los tipos de cheques se disparasen con esa alegría, como si fuese darle a un programa de impresión. Hay que ver lo que hace la inminente convocatoria a las urnas: cebarnos de cheques.

No seré yo el que diga que no está bien que el pueblo salte de alegría, ya me gustaría que fuese todo morador, aunque a propósito me viene a la memoria una célebre frase de un escritor polaco de origen judío, Stanislaw Jerzy Lec, al advertirnos de que cuando saltásemos, también cuidáramos de que nadie nos quitara la tierra debajo de los pies. De momento, ahí está el gran salto de los cheques: el cheque-bebé, cheque-vivienda, cheque-libros, y otros que irán surgiendo hasta las urnas, como si Moncloa fuese una tómbola. ¿Qué pasará cuando las elecciones ya se hayan celebrado y no sea necesario el cheque-voto o cheque electoralista? ¿Tendremos otros cuatro años de resaca social? En cualquier caso, pienso que los planes para la inclusión social son algo más complejos. Por desgracia, no pueden resolverse con un puntual y oportunista cheque al marginal.

A golpe de cheque, la pobreza y exclusión social, no merma. Bien es verdad que buena parte de los sectores que integran la política social han sido transferidos a las Comunidades Autónomas, lo que también ha agravado el desequilibrio entre regiones. La solidaridad, como también lo social, suele quedar en la letra y en el espíritu de la ley. Lo cierto es que las empresas, en menos que canta un gallo, se trasladan de una parte a otra del planeta en busca de la reducción de costes, de mano de obra barata, y obtención de mayores beneficios, dejando en el desempleo a miles de trabajadores. ¿Qué tipo de desarrollo es éste que no respeta a las personas, que las selecciona a su antojo discriminatorio y sin humanidad alguna?

Más que cheques cebo habría que articular mecanismos de transparencia redistribuidores de la riqueza, a través de los cuales se buscasen salidas para disminuir las galopantes desigualdades. Protección social sí, es de justicia, frente al estado personal de empobrecimiento que viven algunos ciudadanos españoles, a los que los opulentos suelen hacerles asco, y, asimismo, frente a la exclusión social que atañe a grupos sociales y que encierran carencias económicas, sociales, culturales…Por ello, pienso que las Comunidades y el propio Estado tienen el deber moral, no de extender la moda del cheque-voto, y si de aumentar las inversiones públicas y privadas, de fomentar el acceso al pleno empleo y a todos los servicios, derechos y bienes a las personas en previsible riesgo de marginalidad; y a movilizar con sus políticas, a todos los agentes sociales, actuando a favor de las personas y grupos más vulnerables. Eso si que sería una buena libranza integradora y de seguridad, porque lo del cheque-para todo; es pan para hoy, hambre para mañana. Que no nos engañen. Un respeto.

ALGO MÁS QUE PALABRAS: QUIERO OTROS CULTIVOS PARA MI TIERRA

Desde las arcas del poder político, un puchero que echa humo electoral como nunca, creo que se cultiva una política de ojos cerrados en lugar de una mirada abierta, capaz de acercarnos y de ver la auténtica necesidad de sus ciudadanos. No hace falta ser ningún lucero ni lumbrera, para advertir el gran caudal de desheredados que se suman a diario a la nómina de mendigos, porque la mendicidad de acogida y asistencia es el mayor de los reclamos y el mayor de los desprecios, en un mundo de ricos que ha reducido su existencia a tres cosas: la riqueza como signo de distinción, el honor jerárquico y el placer, aunque sea aplastando al indigente. Todo lo contrario a la vida que Salinas alabó a los altares: “Para vivir no quiero/islas, palacios, torres…Te quiero pura, libre/ irreductible: tú”.

De la cuna al ataúd se producen crecientes injusticias que no cesan. Al necesitado nadie quiere verle, cruzamos de acera y adelantamos el paso. Lo que pasa es que se ha perdido el amor por el ser humano como cultivo primario y primero. Por eso, su llamada es inoportuna y nadie quiere escucharle en el enjambre de idas y venidas. En efecto, no se trata solamente de dar lo que nos sobra, aquello superfluo o unos céntimos para acallar el campanario de nuestra conciencia, sino de ayudar a que entren en la colmena del desarrollo económico y humano. Esto será posible, claro que será viable, con otros cultivos que nos cambien el estilo de vida, que expandan la alegría de vivir, bajo otras políticas que sean en verdad solidariamente sociales al bien común.

Bien podrían los presupuestos de todas las administraciones avivar otros cultivos que no sea la mera subvención, por ejemplo, el entusiasmo por salir adelante ofreciendo trabajo, haciéndolo valer como derecho y deber. Es cierto que las partidas presupuestarias suelen distanciarse de la economía solidaria años luz, entre otras cosas, porque sentir la pobreza ajena como propia no es un valor que cotice. Hay que ir más allá de las buenas intenciones de las migajas, no quiero un Estado limosnero, sino un Estado que priorice los gastos siempre a favor de la persona. Las infraestructuras pueden esperar, los marginados no. El trabajo estable y justamente remunerado posee, más que ningún otro auxilio, poder respirar por si mismo, realizarse, que es a lo que aspira toda persona.

Ya me gustaría que los cultivos de mi tierra, estimularan el camino de integración de los marginados al cien por cien. Es posible. Sólo hace falta concentrar esfuerzos en una constelación de perseverancias, de honestidad y laboriosidad. Que en ese incentivar la productividad y el crecimiento, por ejemplo, entren los excluidos del sistema por la puerta grande. En cualquier caso, si puede ser que todos los ciudadanos, sin distinción territorial, aspiren a mejores prestaciones y servicios, a más calidad de vida, es una simple cuestión de reparto equitativo universal. Se tiene lo que se tiene y se reparte porque la riqueza existe para ser compartida por todos, sin exclusiones. España puede esforzarse aún más en llevar a buen término proyectos económico-sociales, con presupuestos menos politizados, más debatidos y consensuados. Vale la pena el esfuerzo, ganaremos una sociedad más justa y perderemos censo de pobres.

LA CULTIVADA ESPAÑA O LA ESPAÑA CULTIVADA

Decía el novelista y político francés André Malraux, en el siglo pasado, que la cultura es lo que, en la muerte, continúa siendo la vida. Una existencia vital que, por cierto, necesitamos vivirla humanamente y beberla sorbo a sorbo en sociedad para que el árbol humano no se seque. Todo esto lo único que hace es subrayarnos la necesidad de avivar el culto a la cultura, sin obviar lo que hemos sido, puesto que contribuirá a renovar nuestras habitaciones interiores, aquellas que conforman las culturas, la comprensión del hombre y de la mujer, de la familia y de la educación, de la escuela y de la universidad, de la libertad y de la verdad, del trabajo y del descanso, de la economía y de la sociedad, de las ciencias y de las artes. Se trata, pues, no sólo de injertar la cultivada España en las culturas actuales que aspiran a una España cultivada, sino también de devolver generosamente las ganas de vivir, los deseos por crecer hacia adentro, a un territorio y a unas gentes desorientadas, que se avergüenzan hasta de sus raíces cristianas. Ya me dirán cómo se sostiene un árbol sin raíces. Sin duda, juega un vital papel, la toma de conciencia de la dimensión cultural, inherente a toda existencia humana, ya que es indispensable para que espiguen diálogos respetuosos, fruto de una conciencia ética y de un sentido cívico.

Creo que el futuro del ser humano va a depender muy mucho de la semilla cultural, de sus hábitos y prácticas culturales, de sus modos y maneras de cultivar la cultura. En este sentido, a tenor de las últimas encuestas realizadas sobre este tema en España por parte de las administraciones con etiqueta cultural, todo parece indicarnos que los ámbitos culturales de mayor interés para la población española, radican en la música, sorprendentemente en la lectura y el cine. Nos alegra, además, que sean los jóvenes los que manifiestan una participación cultural más alta, prácticamente en todas las esferas culturales.

En efecto, desde siempre las diversas culturas y máxime la cristiana, han expresado el gozo por la vida, su acción de gracias y su alabanza con músicas, cánticos e himnos. La raíces bíblicas, por ejemplo, mediante las palabras del salmista, exhorta a los peregrinos llegados a Jerusalén a cruzar las puertas del templo alabando al Señor “tocando trompetas, con arpas y cítaras, con tambores y danzas, con trompas y flautas, con platillos sonoros”. Precisamente, aquí en España, el mayor corpus musical es el dejado por los monjes de los monasterios, catedrales, colegiatas. Festivales como el de Música Contemporánea de Alicante, que muestra y promueve la creación musical contemporánea; la semana de música religiosa de Cuenca, con una marcada personalidad de buen gusto como consecuencia de su alta especialización musical y la enorme riqueza patrimonial que la envuelve; el festival internacional de música y danza de Granada, siempre sorprendente en un marco incomparable; El Festival Internacional de Santander que nació de la necesidad de dar una oferta cultural a los estudiantes extranjeros…; y tantos otros festivales repartidos por toda la geografía nacional, nos acercan a ese universo invisible de los sonidos en su estado más armónico. Aparte de que la vida, sin notas musicales, sería un fastidio; resulta que cultivarla es una buena manera de llegar directamente al corazón de las gentes. Nos alegra, en consecuencia, que las raíces melódicas, lejos de secarse entre los españoles, tomen vida en lo que es la vida diaria.

Sobre la lectura, también nuestras raíces cristianas recomiendan acompañar las oraciones con la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque “a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas”. Ojalá seamos personas leídas de la cultivada España, para que la España cultivada, se acreciente y no quepan exclusiones. Desde luego, la lectura –como apunta el actual plan estatal- es una herramienta fundamental en el desarrollo de la personalidad, pero también lo es de socialización como elemento esencial para convivir en democracia y desenvolverse en la sociedad de la información. El ejercicio de la lectura, en suma, es tan saludable como el ejercicio físico para el cuerpo, dialogamos con el tiempo, con todas las edades y todos los espacios, convivimos con las ideas y vivimos con la reflexión. La clave nos la dejó santa Teresa: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”.

Por lo que se refiere al cine, también facilita la capacidad de promover el cultivo del crecimiento personal, cuando los ingredientes del guión llevan al hombre a la elevación estética. Soñar es la tarea ornamentalmente cinéfila más deseada. Así, el arte cinematográfico cuando lo es en verdad, se convierte en una semilla ejemplarizadora, lo que hace crecer aquello que él mismo cultiva a través de las diversas escenas, el respeto a los valores que enriquecen el espíritu humano. Por ello, es otro signo saludable para el cultivo cultural que el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, así como otras instituciones, trabajen duro por fomentar, promocionar y ordenar las actividades cinematográficas y audiovisuales españolas en sus variados aspectos de producción, distribución y exhibición; de recuperar, restaurar, conservar, investigar y difundir el patrimonio cinematográfico.

Que la juventud apueste por la cultura es también una buena noticia. Lo es, porque el futuro les pertenece y es el momento de cultivar la sabiduría. Sería torpe no reconocer que existen cultivos actuales que son verdadera plaga de desequilibrios humanos, que militan con fuerza descubrimientos científicos no plenamente controlados, que imperan actitudes que nos recuerdan barbaries pasadas. Hace falta una cultura que imprima valor a la aventura humana, que nos haga valer el espíritu humano sobre todo lo demás. Ni las adicciones, ni volver a la selva, pueden llenarnos el vacío de cultura estética que sufrimos. La cultivada España para unos o la España cultivada para otros, en conclusión, ha de coincidir en que sólo la fascinación por la belleza, nos hará ver una existencia hermosa y digna de ser vivida. La locura de la cruz, de la que habla san Pablo (cf. 1 Col 1, 18), es una sabiduría y una fuerza que superan todos las barreras culturales, puesto que puede enseñarse a todas las naciones y a todas las culturas.

EL SECRETO DE LA BUENA VIDA

El universo que da vida a los secretos siempre me ha fascinado. De entre todos, me quedo con el secreto de la felicidad, avivado por el escritor ruso Tolstoi, consistente no en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace. Algo semejante debió pensar Sanidad y Consumo que decidió poner en marcha un divertimento estético, entre lo ético y lo moral si se quiere, un concurso escolar para prevenir el consumo de drogas entre niñas y niños de 10 a 12 años. El título no puede ser más sugestivo: “El secreto de la buena vida”; un juego multimedia en el que participan más de 1.000 colegios, 86.500 escolares y 7.500 maestras y maestros que, en su segunda edición, incorpora como novedad recomendaciones para los padres sobre la forma de abordar el fenómeno de las drogas con sus hijos.

Sin duda, el secreto de la buena vida lleva inherente la buena salud, o lo que es lo mismo, ausencia de enfermedad y presencia de realizaciones de la persona. Podríamos manifestar que todo se resuelve en una palabra: armonía. Cuando en la persona vive lo armónico, resuelve para sí y para los que viven con él, el secreto de la buena vida. Quizás lo más fundamental sea vencer el encerramiento individualista y vivir para los demás. Seguro que ahí radica el secreto de la sabiduría, del conocimiento, en la humildad de hacer humanidad. No olvidemos que el ser humano es un todo en una parte del universo, con sus venas físicas, psíquicas, emocionales. La honestidad y el juego limpio, está comprobado que nos mejora y que mejora la vida.

Volviendo al programa de Sanidad y Consumo, refrendo la necesidad de implicar a los padres en todo. Cuestión bastante difícil de llevar a buen término si nos guiamos de informes que colean sobre la infancia y la adolescencia en España, que revela la alarmante falta de comunicación entre progenitores y descendientes. Los menores delatan ausencia de confianza en su ambiente familiar y carencia de figuras de apoyo. Y demuestran que uno de los problemas más frecuentes a los que se enfrentan deriva de la mala relación entre sus padres. Cuando la discordia se traga la concordia, la saludable vida también se va al traste, si además frente a una nueva vida suscitada se actúa con irresponsabilidad, complicado lo tenemos para llegar al estético equilibrio. El número de jóvenes que crecen sin familia se ha multiplicado y sus efectos nocivos, por tal abandono, causa dolores interminables. Por desgracia, el mundo de las adicciones, al que acuden como catarsis adolescentes en batallón, se traga todas las sonrisas de la buena vida.

En todo caso, es de justicia que este Ministerio, y cualquier otro poder del Estado, intervengan para que la armonía sea un valor en alza, sobre todo en esa creciente multitud de niños huérfanos de padres vivos. No menos entusiasmo hace falta inyectar a esas riadas de pasivos padres para con sus hijos, que sólo piensan en producir y disfrutar. A mi juicio, el secreto de la buena vida nos lo hemos cargado, a pesar de tanto vocerío de aparente bienestar. La mujer sigue siendo un objeto para el hombre como lo demuestra la violencia de género que soportamos actualmente. Con demasiada frecuencia, también los hijos son un obstáculo para los padres. Nos hace falta, desde luego, saborear el secreto de la auténtica buena vida, que pasa por acudir al secreto de la genialidad (conservar el espíritu del niño hasta la vejez), por no sentirse perdido, sino acompañado; por no hallarse con el veneno del egoísmo, sino con la solidaridad.

SÓLO EN UNA NACIÓN DE CIUDADANOS SINCEROS ES POSIBLE LA UNIÓN

La unidad frente al terrorismo se ha convertido en palabra que suelen pronunciar todos los dirigentes democráticos, unos por verdadera creencia y otros por necesidad de lo que representan y han jurado. Lo nefasto es que esa voz hoy en España, más tímida que animosa, también tiene diversas tonalidades y timbres. Algunas no pasan de ser un mero murmullo, cuando las circunstancias exigen un verbo claro y hondo. Ya se sabe, por los años vividos haciendo historia humana, que una nación sumisa, atrapada por el miedo, sin habla, es una nación entregada a la ciega locura, que camina sin ojos y sin brazos. Conviene recordar que sólo en una nación de ciudadanos sinceros es posible la unión. Tomen lección aquellos que concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular, y aplíquenla en su diario de vida ciudadana.

Ya me dirán qué libertad es esa, qué para hacer política en una parte de España haya que llevar escolta. Fruto de este desbarajuste de transmisiones, tan desconcertante como disgregante, de dicciones a media voz, de decir y desdecirse, de ahora hacer cumplir la ley y mañana no, las instituciones del Estado español se han debilitado como nunca, en parte, porque la ley de leyes ha dejado de ser gramática de uso común en las diversas nacionalidades y regiones, además de ser de obligado cumplimiento.

La desunión nacional es tan evidente que el doce de octubre puede ser un buen día, ha de serlo por encima de todas las discrepancias políticas, para que la voz del pueblo tome nuevamente el valor democrático que le pertenece, pues de él emanan todos sus poderes, y lo haga con las más jubilosas fonéticas castellanas que todos los españoles tienen el deber de conocer y usar, bajo la gozosa fiesta de la palabra, que no es otra, que el gozo de celebrar todos a una que somos nación y que nos alegremos de serlo, bajo ese carácter hispano que nos identifica y universaliza, abiertos a todas las razas y culturas.

El terrorismo impone su agenda cuando sabe que las instituciones del Estado están fragmentadas como acontece actualmente. Por eso, pienso, que a la sombra de la fiesta nacional, se puede alzar una voz más auténtica de unidad. En realidad, conmemoramos el carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura españolas unidos. Un buen espejo para ver otros horizontes. Téngase en cuenta, que la unidad es motor de diversidad, y la diversidad en la unidad ley natural. Sin duda, una acertada ocasión para propiciar encuentros de reflexión, cooperación y diálogo entre demócratas, con el fin de superar el miedo que incriminan los sembradores del terror y construir una coexistencia española más libre y menos violenta. Como dijo una voz agustiniana en otro tiempo: “En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad”. Bajo idéntica estela, yo también proclamo en voz alta la hispana libertad de pensamiento en la cuota ciudadana que me corresponde, y no diré que muera el que no piense como yo porque no es mi estilo; pero, por favor, que al menos nadie embista sin pensar.

HACIA LAS SOCIEDADES ADOCTRINADAS POR EL MIEDO

Esta es la realidad que yo veo: Impera más el veneno del miedo que el bálsamo del conocimiento en el mundo. Lo irracional pierde toda conciencia como está pasando actualmente. Aunque el saber se considere un bien público a universalizar, todavía es accesible a una minoría en la territorialidad globalizada. Creo que lo será siempre, pero nunca ha levantado tantos muros. Los que amasan poder, que son los que tienen la llave de la instrucción, saben que la mejor manera de llevar a sus súbditos, de mentira en mentira, pasa por negarles la enseñanza que les capacite para el discernimiento. Es cierto que cuánta más ignorancia, más cobardía; y, por ende, mayor facilidad para inyectar fanáticas doctrinas. Olvidan estos avaros poderes que también crece el odio y que una venganza propia de un gallina intimidado es temible. Los efectos ahí están, golpeándonos la vista a diario. Las contiendas, fruto de la insensatez e inconsciencia, rayan el salvajismo como única manera de resolución a las dificultades de la paz.

Una sociedad golpeada por el pavor al terrorismo, al chantaje, a las guerras psicológicas que tanto abundan en la actualidad, acrecienta la incertidumbre, divide y adoctrina en el espanto. Si en verdad caminásemos hacia la sociedad del conocimiento, con lo que eso conlleva de libertad, seríamos más respetuosos los unos para con los otros. El diálogo sincero es la única doctrina que nos puede ayudar a salir de este laberinto de inseguridades. Y la mejor ley para quitarnos temores, sin duda, es la ley natural; porque es aquella que no aparece contaminada, o sea, adoctrinada por la arbitrariedad de un poder usurero o por unos engaños intencionados y partidistas. En consecuencia, el máximo afán y desvelo de toda la familia humana, que ha de ser inmenso en los que tienen responsabilidades públicas, ha de gravitar en promover la audacia, el valor, el temple necesario, para instruir en la maduración de la conciencia moral. Sin esa moralidad injertada en la vida, que es raíz de la propia vida, todos los demás progresos serán como un barco a la deriva; se tiene el barco del conocimiento, pero para nada sirve, porque no es ni extensivo como el mar ni libre como las olas.

No cabe duda de que vivimos un momento de recelo continuo, por mucho que nos quieran adoctrinar con otros goces de dominio y progreso que, por otra parte, no son tales y, en el caso de que lo fueran, permanecen en la boca de algunos privilegiados. Para empezar, lo de hacer el bien y evitar el mal, suele estar ausente en los guías del caminante. Lo que si suele aparecer en los caminos de la vida, son guindas deslumbrantes, castillos que nos seducen, sobre todo a mentes poco pensantes, que nos engañan y enganchan a disfrutar a tope. Muchas veces llega a costarnos la propia vida este loco hechizo. Los divertimentos actuales de jóvenes y menos jóvenes, de niños con padres irresponsables, bajo la escena de los baños de alcohol y drogas, saltándose la ley y al ordenamiento jurídico en pleno si fuese necesario, son un claro ejemplo de la mezcla perfecta para que lo real del drama supere a la ficción una semana y otra también. Con la doctrina de la ley natural, a la que no hace falta inyectarle el miedo sancionador de la norma positivista, la misma naturaleza humana pondría techo a lo que no es estético, perder el sentido del ser y no saber estar. Cuestión de conciencia o de vergüenza si quieren.

Los malignos adoctrinadores del miedo campean a sus anchas por el hábitat, desprecian la vida humana y si alguno implora la objeción de conciencia, para no seguir el juego, le ponen un candado en la boca; también queman signos y símbolos, que son valores de unidad y cultivos de un pueblo, ahorcando si es preciso a la verdad que los sustenta. Desde luego, un pueblo que camina con otro pueblo, y éste con otro, y el otro con éste como es propio en un mundo globalizado, requiere mentores investidos de legítima autoridad y de genuina ética, capaces de atajar el mal con medidas ejemplarizadoras que no tienen porque ser sólo represivas, han de ser asimismo rehabilitadoras y habilitadoras de revitalización moral, carácter que se imprime a la sombra del árbol de la vida.

Bajo un perpetuo temor viven las sociedades adoctrinadas por el miedo, que cada día son más. Los incendios bélicos, al igual que todo tipo de violencias, se contagian y máxime en un mundo crecido en armas y en experimentos atómicos que ponen en grave peligro toda clase de vida en nuestro planeta, también la artificial que propugna el controvertido investigador Craig Venter, involucrado en la carrera por descifrar el código genético humano. Lo que sí habría que desentrañar son los negocios sucios que generan este tipo de ensayos que germinan sin concierto, orden ni ética alguna, puesto que, en vez de ayudarnos a redescubrir la ley de la naturaleza que todos llevamos consigo por el hecho de ser persona en este mundo, nos la ocultan, encumbren y tapan, lo que en justicia si son fundamentos de una moral universal, perteneciente al gran capital estético de la sabiduría humana. Porque, además, la paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en los adoctrinadores, sean gobernantes o vasallos. Bajo esa desesperación muda que es el miedo, no cabe otro pensamiento que vacunarse contra esa cruel angustia que produce estar a la expectativa de un mal que nos puede asaltar en cualquier esquina, a pesar de tantos agentes de orden para este descomunal desorden de rompe y raja. Por lo menos, aquí en España, por aquello de refrendar nuestra hispanidad de raza, pónganos a salvo Sr. Zapatero, usted que es el inventor de la alianza de civilizaciones, y que entre el miedo en el seguro como prestación social. Presupuéstelo, que se le adelantan. Esta ayudita en el votante, fijo que hace caja de votos.

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