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  Guías culturales

EL HOMBRE SE SUICIDA O NO SE SUICIDA*


Por Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net

 
¿QUÉ APORTA LA ACTUAL EDUCACIÓN OBRERA A LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA?

La pregunta, sobre ¿qué aporta la actual educación obrera a la democracia española?, me surge a raíz de tener constancia que, en la sede de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), se han reunido más de un centenar de representantes de sindicatos provenientes de menos de la mitad de un centenar de países, sitial que conviene recordar debe estar entregado, como un obrero más en el tajo de la vida, a la reducción de la pobreza, a lograr una globalización justa y a generar oportunidades de trabajo decente y productivo para hombres y mujeres, en condiciones de libertad, seguridad y dignidad humana. Trabajo, pues, no le falta por hacer a este organismo especializado de las Naciones Unidas, a tenor de que el crecimiento de unos significa desigualdad para otros.

Pero volviendo al cónclave, por cierto bastante raquítico en la era de la globalización aunque se reuniese en un trono de altos objetivos, para mí que debió entrarle cargo de conciencia y se han puesto manos a la obra sindical. Su afán y desvelo, que esperamos utilice de verdad un lenguaje colectivo obrero, en suma que sea una voz más sindicalizada que politizada, pasa por fortalecer su capacidad para influenciar las políticas socioeconómicas y las estrategias de desarrollo, cuando menos más redistributivas. ¡Albricias! Ya es hora de que pensemos, y sobre todo desde los subvencionados sindicatos, la manera de huir de un sistema de producción que amortaja la vida. Lo de quiero un trabajo para vivir y no vivir para trabajar, puede ser un buen reclamo reflexivo para todos.

El discurso de hacer un sólido frente obrero contra la sociedad de los privilegiados para que dejen de producir cada día más pobres, aunque sea por mero principio de educación bracera, es tan necesario como urgente. Apremia liberarnos de unas ataduras mezquinas, como puede ser el galopante consumo como ideal de felicidad y la inducción a un ocio evasivo como catarsis. En suma, si el mundo obrero existe, y existe en precario más de lo que se dice, el mundo sindical ha de existir con más fuerza que nunca, sin debilitamientos ni bajar la guardia en esa lucha por la justicia social que, al fin y al cabo, contribuye asimismo a fortalecer la democracia.

Lo que sucede es que los sindicatos, una vez que han perdido democracia en su estructura y funcionamiento interno, mal pueden dar lecciones de democracia a nadie; y, mucho menos a un mundo obrero al que se le castiga a traición y con la mentira por delante. Ya nos gustaría que no sólo los sindicatos obreros, también las asociaciones empresariales, promocionasen otros intereses más humanos y menos políticos. Sería bueno para todos, para esos representados que piensan que los sindicatos van a lo suyo y también para esos representantes que están convencidos que el problema son los trabajadores que se han vuelto egoístas e insolidarios.

Estoy de acuerdo que la lucha sindical parte de la educación obrera. Pienso que es el momento de avivar esa historia y hacerla presente. No se puede permanecer indiferente, con los brazos del espíritu sindical caídos, frente a un mundo que machaca al trabajador con faenas que rayan lo indecente y con salarios que se enquistan en la miseria. Creo que más allá de la mera representación obrera en el nuevo orden mundial, ha de exigirse a los sindicatos una renovación total para hacer valer su acción sindical a todos los efectos y que nadie ponga en duda sus hazañas, inclusive la de desempeñar un papel clave en esta sociedad en la que todos somos diferentes, pero efectivamente todos necesarios como se ha dicho.

Los sindicatos, que han de ser la expresión más legítima de la clase obrera organizada, la que gracias a su unidad, organización y constancia en la lucha ha conseguido derechos que, de otro modo, no hubiera sido posible, no pueden quedar como estáticas instituciones de un Estado social y democrático de Derecho. Precisamente, entiendo, que es la educación obrera, aquella que ha de poner en movimiento nuevas ideas de movilización, la que puede contrarrestar las graves injusticias que las democracias soportan. Dicho lo anterior, considero que las organizaciones sindicales han de apostar, mucho más de lo que lo vienen haciéndolo, por programas de formación, para que el obrero pueda reconsiderar los efectos de la globalización económica, la exigencia de trabajo decente, la lucha contra la discriminación de cualquier índole. A mi juicio, el papel de formador del propio movimiento sindical obrero es vital para que se regenere esa educación obrera solidaria, sensible a los cambios ambientales.

Un mundo obrero educado en el estudio profundo de los problemas, siempre dispuesto a colaborar en su resolución, lleva consigo dejar de lado los sectarismos sindicales, cualquier ambición de poder que no sea para mirar en la misma dirección del bien común. O sea, de sentir próximo al prójimo. Por el contrario, cuando el trabajo se torna incivil y los sindicatos permanecen mudos o pasivos, siendo su razón de ser la pro-actividad del diálogo social como un instrumento de democracia, estabilidad y desarrollo, aparte de ocasionar desgaste de valor sindical, cooperan a que los obreros duden del ejercicio de su actividad y de su razón de ser. Resulta deseable, por tanto, que estos agentes sociales promuevan la formación obrera y ofrezcan una atención mayor y más adecuada a los trabajadores. Quizás algunos dirigentes, suspensos por sus acciones en ética y moral, sean los primeros en necesitar esa formación previa. Es importante, en consecuencia, llevar a cabo una labor persuasiva de educación obrera en los valores solidarios para que el trabajador, el mundo productivo y todo este engranaje económico, no se vuelva contra el obrero por muy demócrata que quiera notarse; es decir, contra el propio ser humano que, en demasiadas ocasiones, aún no pasa de sentirse un NIF activo con categoría de esquirol, (sustituible por otra mano obrera más barata), en un supermercado de una invernal cadena de explotación, que paga por lo que te dejes explotar, mediante el mayor caudillaje: un injusto incentivo de una productividad subjetiva.

ME PESAN LAS TARDES

Me pesan las tardes porque es cuando salgo a pasear por entre los periódicos y a respirar sus tintes. El mundo visto desde el papel es un cementerio de sombras en la proa de los días. Se traga toda mi esperanza. Todo camina desintegrado, desorbitado, despechado a más no poder. Hay corazones verdaderamente resquebrajados que necesitan cuidados intensivos, lo suyo sería abrir lugares donde se enseñase a vivir, donde se aprendiese a respetar las virtudes esenciales para la convivencia. La familia ya no sobrevive en la sociedad a la manera de las yedras sobre las paredes del aire. Hemos perdido nuestra verdad, la de ser humano, y no hay pedazo de sol que nos despierte el alma. Lo nuestro es crónico y crítico. La disociación entre lo que se dice creer y el modo concreto de vivir y comportarse es tan real que el tiempo de los atardeceres amarillos, de los besos frutales encendidos, se han secado. Sólo se encuentran presencias desbocadas, miradas ausentes, cretinos con mala uva, faroles en la calle de la soledad y un inmenso temporal de llanto anudado al silencio.

Las tardes me pesan pensando cómo huir de esta legión de víboras que me acorralan, de biotecnológicos sin conciencia dispuestos a torear mi dignidad, de buitres preparados para cortarme las raíces del ser a su antojo. Yo quiero ser quién soy, no lo que quieran que yo sea. No hay peor vida que vivir hambrientos de la libertad. Cuando el poder, en su afán intervencionista, se apropia de nuestro ser como si fuésemos figurines de su altar mesiánico, no hay cuerpo que se levante del naufragio. Pido: menos historias de poder y más historias de vida. Y en todo caso, jamás cortemos de raíz lo que ayer fuimos, pues ha de servirnos como eco de luz a tantas espirales de humo vertidas por intransigentes y rudos hasta en las cejas.

Me pesan las tardes, lo repito, porque advierto quedarme sin habla, parárseme el corazón en seco al ver la fragua de odio al rojo vivo, el asalto a las raíces más humanas, la furia del abucheo constante y creciente, el atropello de los violentos con su bocina fanática reventando las cámaras de seguridad. La humillación y el sufrimiento están a la orden del día. No pocas voces han alzado el vahó de sus sílabas a todos los poderes del mundo y es que, sin duda, urge “globalizar” la protección para miles y miles de personas que ya no saben ni dónde refugiarse. Esa es la pura verdad. Las riadas de olvidados enlutecen las aguas de la esperanza. Por doquier se pueden ver los frutos de la apatía. Convendría hacer autocrítica, puesto que como dijo García Márquez: “los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”. Y es que el mundo brota en nosotros como al atardecer despuntan los sueños. Será un alivio el día que la humanidad derrote sus propias guerras, mande a descansar el dolor y trabaje a destajo en el tajo de la justicia.

ESPAÑA HUELE A AZUFRE

Podemos tener un quintal de normas publicadas, toneladas de deseos para mejorar el medio ambiente, pero si luego ni cumplimos la ley ni los deseos se avivan a favor de un desarrollo sostenible, apaga y vámonos. La investigación científica demuestra cada vez con más claridad que el impacto de la actividad humana en cualquier lugar o región puede tener efectos sobre todo el mundo. Nadie se libra. Las consecuencias del descuido del medio ambiente acabarán pasando factura. Lo están pasando ya. Que la Comisión Europea haya abierto un expediente contra España y otros cuatro Estados miembros por superar los límites que marca la legislación comunitaria para las concentraciones en la atmósfera de dióxido de azufre, no es para tomárselo a la ligera.

Hay que apostar por las tecnologías limpias a pleno pulmón, por aquellas que no manchen la esponja de la vida que ya está bastante destrozada. El aire en vez de estar esponjado de versos está espumoso de humos. La normativa ha de cumplirse, para eso se dicta y promulga. Choca la contradicción entre la belleza que tanto nos entusiasma los sentidos y la manera de contaminarlo todo con una cara dura impresionante. El medio ambiente no es un juguete para que lo destroce nadie. Y mucho menos los poderosos, con sus planes productivos y sin ética alguna. Los ciudadanos tenemos derecho a estar protegidos de toda contaminación. Qué menos. Ya me dirán qué progreso es éste, si algo tan básico como tener seguridad a no ser contaminado tampoco se nos garantiza. Si nos roban el aire puro de la libertad cómo veremos las estrellas, cómo cultivaremos y nos cautivará la hermosura, cómo vivir sin vivir bajo la sombra de esta eutanasia ambiental.

La crisis ecológica contemporánea es fruto de nuestro degenerado comportamiento y de una viciosa concepción de poder que fomenta un desarrollo a su libre albedrío sin contar con el ambiente natural, ni con su ley de vida, que es lo que da armonía a la existencia. El mundo sufre baños de azufre a causa del egoísmo de gentes sin escrúpulos. No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que descompone el hábitat para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo, sin importarle para nada el destrozo envenenado que deja este tipo de conductas. Por esto, es necesario esforzarse por implantar un vivir distinto, que no corrompa la belleza nuestros andares.

Si en verdad a todos nos preocupa ver cómo avanza hoy el desierto y cubre tierras que hasta ayer eran prósperas y fértiles, no podemos quedar indiferentes y el peso de la ley ha de recaer contra aquellos causantes de contaminación. Si en verdad, también nos angustia ver cómo pueblos enteros, millones de seres humanos, están sumidos en la indigencia, padecen el hambre y enfermedades por falta de agua potable, debiéramos reconsiderar nuestra postura de sembrar escombros en lugar de pétalos. En suma, si en verdad, que es como decir con el corazón en la mano, todo esto nos afana y desvela, más que subirse a un globo de buenos propósitos que no pasa de ser un sueño, insisto, hay que ascender a otros modos de vida y a otras maneras de vivir, no vaya a reventarnos el globo en plena discusión y nos quedamos en nada.

LAS ARMAS NUCLEARES, UN DILUVIO SIN ALMA

Perdidas las buenas costumbres del respeto, o si quiere la buena fe del humano con corazón, se alista el declive y lo incivil toma fuerza. Los hechos violentos entran por la puerta grande y se colocan en el preámbulo de la orden del día de cualquier plaza y pueblo. Estoy convencido de que si tornáramos la vista, aunque sólo fuese de vez en cuando, a los principios de convivencia que rigen en todas las constituciones democráticas, los niveles de violencia descenderían en vez de ascender como volcanes en erupción sobre la estepa de la vida. Se ha perdido la hombría sincera, la llaneza de llamar a las cosas por su nombre y de nombrar el bien como oxígeno. El ambiente no puede ser más cruel. La humanidad cada día está un poco más derrotada. Qué pena.

Pienso que las instituciones deberían intervenir para achicar bravuras, y también como prevención y freno a posibles contingencias. Por ejemplo, visto que el uso del poder nuclear se extiende en diversas partes del mundo, el Organismo Internacional de Energía Atómica debería hacer valer algún tipo de declaración contundente bajo el incondicional apoyo de toda la comunidad internacional. Más que nunca se precisa poner barreras a la proliferación de armas nucleares, a cambio del uso de una tecnología segura y pacífica para un desarrollo respetuoso del medio ambiente. Está visto que las armas nucleares son un diluvio sin alma que vienen pisando fuerte y con una chulería impresionante. Hay que bajarle los humos con el destierro total.

En este momento de permanente tensión en las relaciones internacionales, el mundo necesita poder confiar en estos organismos internacionales. Son una necesidad para estos tiempos de absoluta incertidumbre. En este sentido, todos los instrumentos de la diplomacia que se puedan utilizar para disuadir son fundamentales para resolver la cascada de violencia que nos inunda por doquier. El caso de las armas nucleares contravienen todos los derechos naturales y humanos, porque pueden destruir la vida del planeta y al mismo planeta. Desde luego, las armas nucleares son incompatibles con la paz que auspiciamos para este siglo de ciencia y pensamiento. Por un lado tenemos que defender la seguridad y la paz, lejos de una psicosis bélica; por otro, hay que promover el desarrollo de los pueblos, sin tantas crispaciones y violencias. En síntesis, se requiere una verdadera conversión humana en el mundo, pero ésta ha de ser libre como el aire y limpia como los rayos en el amanecer del agua.

Considero que es preciso eliminar o al menos limitar al máximo, el riesgo de que organizaciones criminales y terroristas se rearmen, se doten de armas nucleares, como también es igualmente urgente que los propios Estados concuerden programas de desarme general. Para empezar, la carrera armamentística es una carrera a la desconfianza, a la locura más irracional. Con las operaciones militares poco o nada se puede resolver. Sin lugar a dudas, sería mucho más efectivo sustituir la inútil y costosa carrera de armamentos por un esfuerzo común para movilizar estos recursos hacia objetivos de desarrollo moral, cultural y económico, redefiniendo las prioridades y las escalas de valores, en busca de otro mundo más habitable por todos y para todos. Las cuestiones de inseguridad que padece el mundo, agravadas por el terrorismo que es necesario condenar firmemente, unido a la carrera de armamentos con efectos masivos, creo que deben tratarse con un enfoque global y clarividente a través de las organizaciones internacionales.

Los ensayos nucleares sirven para desarrollar armas cada vez más sofisticadas y peligrosas, que lo único que hacen es acrecentar la cultura de la guerra, siempre contraria a la paz. Ya es hora que la guerra deje de ser sombra humana y estado preventivo del ser humano. ¿Dónde están los avances de la humanidad? No tiene justificación alguna, pues, armarse hasta los dientes con la farsa de la seguridad y de la protección de los pueblos. Frente a la actual situación de inseguridad mundial sólo cabe un retorno a la buena fe de la persona y un ajuste de mentalidades a los valores de vida. Las instituciones y los líderes del mundo deben empeñarse y comprometerse hacia un mundo libre de escudos, defensas, armaduras, ingenios atómicos y otros artefactos que golpean sin discriminación y debilitan cualquier derecho humanitario internacional.

En este momento de guerras mundiales persistentes y continuas, en esta era nuclear de una ciencia temible para los huéspedes de esta vida, necesitamos sentirnos seguros. Parece un amor imposible. Hay quien dice que primero debemos descubrir la seguridad dentro de nosotros mismos. En cualquier caso, la seguridad de sentirnos vivos sigue siendo sobre la faz de la tierra la principal preocupación de sus moradores. Para unos la seguridad conlleva tener alimentos, agua, salud. Para otros es tener la garantía de que sus derechos humanos se van a respetar. En nuestro mundo globalizado, cada una de estas inseguridades nos afecta a todos. No tiene sentido armarse unos contra otros, porque los otros contra los unos somos todos. Mejor amarse, que la guerra vuelve estúpido al vencedor –como dijo Nietzsche- y rencoroso al vencido.

El bienestar de los moradores, la seguridad humana y su derecho a vivir en libertad y dignidad, creo que debe ser el verso primero, el poema que todos puedan llevarse a los labios. Por desgracia, la contradicción de los poderosos suele saltar a la vista: “Haced lo que yo digo, no lo que yo hago”. Los países más boyantes siguen en sus trece de desarrollar programas nucleares clandestinos, sin embargo se desentienden de esa otra población que muere de hambre. A mi manera de ver, para que la no proliferación nuclear se cumpla de manera efectiva, necesitamos otorgarles a los organismos internacionales que a todos nos representan nuevas potestades de diálogo, incentivos a ese diálogo y sanciones, sin miramientos, en casos extremos de seguir con el tifus nuclear.

LAS IRRESPONSABILIDADES AMBIENTALES

El derecho a que le dejen a uno recrearse y crecerse mientras toma sorbos de aire limpio, traspasando el medio ambiente, es ya una vieja canción que todos sabemos. Pues nada, de nada sirve. Más que nunca, a pesar de estar todo atado con leyes y más leyes, hace falta reivindicarlo. La irresponsabilidad es manifiesta. Ahora se publica otra nueva normativa encaminada a reparar el daño causado, claro está con independencia de las sanciones administrativas o penales que también correspondan, y la incredulidad reconozco que me embarga. No se ha hecho otra cosa que legislar y esto no ha frenado los agentes contaminantes. Lo de quien contamina, paga; también es otra cantinela que ya nos conocemos. Pues venga, que sea verdad. Aquí lo que hay que hacer es actuar más y legislar menos. O sea, aplicar la ley sin titubeos contra aquellos (entre los que está a veces incluida la propia administración) que intoxican fuentes, ríos y mares; contra los que dañan la flora y la fauna injertando colmenas de hormigón; en definitiva, contra los violadores de la belleza natural. Infractores que campean a sus anchas, a pesar de sus persistentes desobediencias.

Quizás habría que utilizar los resortes de prevención ambiental con mayor eficacia y tesón. Ya me dirán cómo se pueden devolver recursos naturales cuando el daño es tan extremo que ya no existen como tales. Con una mera indemnización dineraria no es posible devolver paraísos perdidos, especies silvestres innatas a un hábitat que se ha destruido, riberas de un mar o de rías cuajadas de mezclas nocivas por actividades económicas o profesionales. En consecuencia, la nueva ley de responsabilidad medioambiental que entra en vigor el 25 de octubre, aunque sus efectos se retrotraen al 30 de abril de este año, salvo lo dispuesto en los capítulos garantías financieras e infracciones y sanciones, poco o nada va a aportar a lo que ya reconoce el artículo 45 de la Constitución de “derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo”; articulado complementado por otras normas expansivas.

Las irresponsabilidades ambientales es más un tema de educación que un tema que exige normas y más normas. Téngase en cuenta que ya estaba previsto por el legislador establecer sanciones penales o, en su caso, administrativas, así como la obligación de reparar el daño causado. ¿Qué se ha hecho al respecto? Hasta ahora muy poco, por no decir nada, para salvaguardar el entorno natural y la utilización racional de todos los recursos naturales. La solidaridad colectiva tiene otros rumbos más estéticos, exige cambio en los modos de vida y en la manera de vivir. En todos, ciertamente, está invertir cuidados que pasan por la ética y la conciencia, tanto en el modo de producción como en el de consumo. Por ejemplo, que España sea el tercer país del mundo con mayor número de Reservas de Biosfera es una buena noticia educadora y educativa para reducir la pérdida de biodiversidad, mejorar la calidad de vida y elevar las condiciones sociales, económicas y culturales, necesarias para un medio ambiente sostenible. Uno es para siempre responsable de lo que le han concienciado. Al final, la persona instruida y sensata puede arrimarse al fuego, pero sólo el irresponsable se queda viendo la llama y no haciendo nada por remediar la quema. Las leyes por sí mismas pueden cortarnos las alas, pero jamás pensaremos por nosotros mismos que el total es lo que importa. Y a la primera de cambio, seguiremos con los hábitos de la negligencia y abandono.

 

¿NACE UNA NUEVA UNIVERSIDAD?

Desde que la comunidad internacional reconoce que los recursos del mundo son limitados y que cada país tiene el deber de aplicar políticas educativas orientadas a la mejora de la convivencia y a la protección del ambiente, he pensado que los centros universitarios son fundamentales para afrontar este desafío. Desde luego, ha de nacer una nueva universidad, lejos de ser un mercado de títulos, puesto que su espacio debe ser el medio por excelencia de la búsqueda y del análisis. En consecuencia, la modernización debe ir más allá de una mera ordenación de enseñanzas, por muchas puertas que nos abran al mercado laboral. A mi juicio, de lo que se trata es de apuntalar a la sapiencia, lo humanístico. Este saber, sin duda, sería el mejor rendimiento académico puesto que ganaríamos humanidad. Poco interesan los niveles de Grado, Master y Doctorado, si luego nos importa un bledo el deterioro ecológico por ejemplo.

Me parece decisivo para las relaciones recíprocas en un mundo globalizado el respeto a todo ser humano, provenga de donde provenga y habite donde la plazca, pues si los ciudadanos no son vistos como personas, será muy complicado alcanzar una plena justicia en el mundo por mucha sabiduría que cosechemos. Puede que sea necesario que las universidades sean las responsables de diseñar y proponer los planes de estudios que consideren más atractivos y acordes con sus recursos e intereses, pero considero que debe haber un denominador común en esa enseñanza, que para nada resta autonomía universitaria, en el sentido de que una cultura de mínimos debe ser a medida de la persona, humanística, superando las tentaciones de un saber plegado al pragmatismo o disperso en las infinitas expresiones de la erudición y, por tanto, incapaz de dar sentido a la vida y mucho menos de ayudar a vivir en comunidad.

La universidad (con minúscula pero con saber mayúsculo) que el mundo desea, y que el mundo precisa, ha de promover una visión de la sociedad centrada en la persona humana y en sus derechos inalienables, en los valores de la justicia y de la paz, en una correcta relación entre personas, sociedad y Estado, y en la lógica de la solidaridad y de la subsidiariedad. Más que facilitar el camino hacia la especialización de las universidades y su plena adaptación a las necesidades de la economía de mercado, hay que conseguir que las universidades se transformen en universos culturales, donde el diálogo sea lenguaje de máximos y la ética una exigencia intrínseca. No se debiera tratar tanto de instruir de manera productiva a los mejores profesionales como de formar ciudadanos de corazón, con un altísimo sentido de misión cívica, que consideren su profesión como servicio al mundo en su globalidad. Que la sociedad tecnológica destierre los valores del espíritu es la peor de las enseñanzas para entender las diferentes tradiciones y optimizar la consideración de unos para con otros ante la interdependencia de los pueblos.

Se podrán establecer los mejores mecanismos de garantía de calidad, pero si se olvidan o destierran valores humanos, poco habremos avanzado. Tendremos una universidad fragmentada por saberes y poco más. Habremos parcelado la universidad como un mercado, pero no habremos conseguido relanzar el valor de la persona humana para construir un futuro más seguro y menos injusto, despojado de ese cáncer angustioso que caracteriza al hombre contemporáneo. A los jóvenes hay que formarlos, en un entorno universitario cultivado y floreciente, haciéndoles ver que su formación en valores es necesaria para sentirse partícipes de la construcción de la comunidad europea.

La creación de una Europa basada en el conocimiento puede ser uno de los objetivos fundamentales de la Unión Europea, pero no pasa de estar ahí, porque el saber precisa algo más que una relación de disciplinas injertadas y casi siempre desunidas. La crisis de la modernidad y del cambio, la desorientación del ser humano es bien patente. Sin embargo, actualmente el número de jóvenes europeos titulares de un diploma de enseñanza superior supera con creces al de las generaciones anteriores. La dejadez de toda ética en los planes universitarios actuales, y me temo que futuros, ha conducido y seguirá conduciendo si esto no se ataja, a una situación deshumanizadora por muchos progresos económicos y técnicos que coleccionemos en la hoja de vivos. Hoy, por el contrario, la humanidad se siente profundamente atemorizada. Está visto que, en el contesto de este conocimiento universitario, el ser humano no siempre se humaniza ni se hace de veras más persona, o sea, más maduro en cuanto a la estética de la vida, de vivir y dejar vivir, más responsable, más abierto a los demás.

Pienso que el mundo de la universidad debe salir al encuentro y convertirse aún más en un centro de reflexión sobre el saber humanizador, así como en un foro de debate y de diálogo entre científicos y ciudadanos, entre docentes y discentes. A no pocos estudiantes les decepciona una universidad en la que no encuentran la formación que realmente necesitan para orientar su vida y sentirse realizado como persona. En consecuencia, que nazca una nueva universidad para esta Europa dividida, pienso que es una buena noticia porque se precisa más que nunca. Y creo que será gozosa novedad en la medida que alcance a permanecer fiel a su vocación de cuna del humanismo, como lugar privilegiado de creación de cultura humanizadora y de forja de pensamiento. En suma, que germine una nueva universidad distinta, capaz de formar por encima de informar, que ayude a tener autonomía a la persona y a ser mejores, que ofrezca no sólo disciplinas, sino también éticas de sabiduría, libres de la esclavitud de las ideologías políticas o de la economía de mercado, capaz de abrirse al ser humano desde el humano ser, será para celebrarlo. Loar que las universidades formen seres con actitudes humanas, aptos para gobernarse a sí mismos y no para se gobernados por los demás, sería un avance sin precedentes, donde el vencedor sería la educación y el vencido la distinción de clases. ¡Qué justicia más grande!

 

ALGÚN DÍA SEREMOS NOSOTROS LOS QUE MORIMOS

Los cementerios están cuajados de flores y de gentes en noviembre. Morir, en realidad, es el vestido que viste la vida en su noria existencial. A pesar de todas las distracciones que nos pueden tener entretenidos, cuando se pierde a un ser querido nos hace despertar, haciéndonos sentir la muerte como una presencia que ahí está. Creo que es la ocasión propicia para hacer un alto en el diario de la vida, mirar al horizonte como peregrinos de sueños y contemplar los colores de la eternidad con los ojos de la esperanza. Seguro que, para ello, tenemos que desnudarnos de todo materialismo y dejar que la rosa del alma nos clarifique los caminos. Las sendas no se trazan poniendo el dinero por delante. Lo trascendente es más del verso y la palabra, de los recuerdos y preguntas, de las emociones y vivencias, de los sentimientos y sabidurías. Las puertas perecederas de la tierra pueden abrirse por caudales, pero uno puede abrir las puertas del cielo sin poner peculio alguno injertando poemas en el alma.

La estampa en noviembre es el más hondo poema a la vida. Gentes y flores conviven en los cementerios bajo el lenguaje de la meditación. Y esto ya es vivir. Llegado el tiempo, también a nosotros, aunque a veces pensemos que somos imprescindibles aquí abajo, nos visitará la muerte y la inmortalidad nos asistirá para siempre. Cada sorbo de vida es un trago hacia la expiración. Alguien dijo, precisamente, que esta existencia es una muerte que viene. La solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos suscitan cada año, como por arte de magia, un intenso y extenso clima reflexivo, a pesar de otras manifestaciones consumistas que se van imponiendo. En cualquier caso, festejar a los muertos y los santos, en modo positivo e incluso simpático, también puede llevarnos a una visión de la muerte como un acontecimiento humano, natural, del que no hay que tener miedo. Sin embargo, a pesar de tanto festín, por este tiempo de pálido noviembre, suele habitar en nosotros, un aire triste pero sereno. Solemos tener subida la melancolía a flor de piel. Envueltos en esta particular atmósfera poética, nos hallamos en torno al recuerdo de los que nos precedieron, unidos como ramas al árbol de la vida. Nuestra naturaleza está en movimiento. Todo es un ir y venir y un volver y un llegar. La cuestión es alcanzar el cielo y tomar la herencia incorruptible del caminante.

Ciertamente, el máximo enigma de la vida humana es la muerte; una misteriosa escena plagada de literatura. Igual que el suspiro del aire cuando besa la tierra es una música que nos estremece, también el tránsito es un eterno sollozo que nos agita. En medio del asombro, siempre vive la cruz como signo humano de refugio y como signo divino de toda persona inquieta que busca. Evidentemente, algún día seremos nosotros los que morimos. Cuidado con pensar que siempre son los demás los que se mueren. Mientras tanto no es mala compañía dejarse llevar por los santos de carne y hueso, que –a mi pobre juicio- no son otros que aquellos que saben levantarse y volver a caminar.

Meses antes de fallecer, en junio de 1990, ya muy visitado por la hermana enfermedad, el periodista, sacerdote, escritor y poeta José Luis Martín Descalzo, escribió, con jirones de su propio cuerpo y de su propia alma, versos bellísimos y tan cristianos sobre la muerte. Dicen así: “Morir sólo es morir. Morir se acaba. /Morir es una hoguera fugitiva. /Es cruzar una puerta a la deriva/y encontrar lo que tanto se buscaba. /Acabar de llorar y hacer preguntas, /ver al Amor sin enigmas ni espejos; /descansar de vivir en la ternura; /tener la paz, la luz, la casa juntas/y hallar, dejando los dolores lejos, /la Noche-luz tras tanta noche oscura”. En este pasar las hojas del calendario, el clamor más profundo y definitivo del hombre de todas las épocas sigue siendo el mismo: el anhelo de la inmortalidad.

 

LOS DEBERES, EN SERIO

Si hay derecho a la vida, y debe haberla en abundancia y en destierro de toda pena de muerte, también ha de existir en serio el deber de protegerla; si hay derecho a la paz, también ha de existir en serio el deber de avivarla; si hay derecho a la libertad, también ha de existir en serio el deber de formar personas libres; si hay derecho a la justicia, también ha de existir en serio el deber de reparto solidario. Quizás para tomarse los deberes en serio haya que ganarse una exigencia nueva en el mundo, un cultivo ético y responsable que hoy no se da, aunque una parte del mundo lo pida a gritos y la otra parte hable de derechos. Sería bueno fomentar una cultura pública globalizada y globalizante, donde lo fundamental no son las migajas, ni elevar a todos los pueblos al nivel que hoy gozan los países más ricos, sino más bien sumarse a la labor de hacer camino, cuanto más unidos mejor, bajo el empeño de un trabajo solidario con una vida digna. El prójimo es el próximo, pero también el mundo entero. No se precisan maestros de nada, más bien lo que se necesitan son sembradores que nos orienten la vida y nos den pautas e indicadores de satisfacción de necesidades básicas.

Considero que el primer deber de todo ser humano, por básico que parezca, pasa por desarrollarse y que a uno le dejen hacerlo. No piensen, en nuestro espacio europeísta a veces es bastante difícil superar las patologías de una loca modernidad que nos ata a las cosas y al consumo. Si tuviésemos (todo el mundo) una cultura pública de exigencias de deberes como de derechos, mejor nos iría. Para empezar, la solidaridad es un compromiso permanente, un deber de estar ahí siempre. Lo que ocurre actualmente, con la falta de incumplimientos de deberes y derechos, es que la sociedad y, por ende, el mundo, está bajo mínimos morales. Una civilización sin moral alguna se mueve por instintos y no entiende que la paz en el mundo sea un serio deber que todos hemos de poner en práctica. Hay que volver a la razón como público cultivo y al sentido natural como fuente de deberes y derechos, reconstruir una ética en verdad ética, una cultura en verdad cultura, una política y una economía coherente con los valores de igualdad, libertad y solidaridad. Con estos deberes tomados en serio, se produce la paz, porque es una cuenta moral de resultados, de espíritus libres y generosos. Desprenderse de la libertad innata es desprenderse de nosotros mismos, desertar de los deberes de la humanidad. Nunca se han conocido tantos desertores de las obligaciones como el momento actual.

Ciertamente es deber absolutamente personal de cada ser humano seguir un camino u otro, pero esa cultura pública global (la lógica natural de la libertad) debe servirnos para tutelar el campo intangible de los derechos y hacer más llevaderos el cumplimiento de sus deberes. ¿Qué es sino el bien común, que la solidaridad de los deberes? Desde hace tiempo, por ejemplo, la comunidad internacional viene diciendo que los recursos del planeta son limitados y que todo el mundo tiene el deber de poner en práctica políticas encaminadas a la protección del medio ambiente, con el fin de prevenir la destrucción del patrimonio natural cuyos frutos son necesarios para el bienestar de la humanidad. Para afrontar este desafío, se requiere sin duda una nueva cultura pública globalizadora, puesto que los países ricos han de prestar mayor atención a los países más pobres que suelen ser los que pagan el precio más alto de nuestra demencia destructora. Y en esta guerra demoledora, salvaje y dañina a más no poder, tan responsable es el que dice desconocer un deber, que siempre es de obligado cumplimiento, como el que lo acepta pero no lo toma en serio y lo pisa.

Los deberes del bien común, la clarificación y opción por valores como la vida, la familia, la inclusión de razas y culturas, son sólo unos meros ejemplos de materias que suelen estar prácticamente ausentes o arrinconadas en los programas políticos. A pesar de ser necesidades y que a todos nos incumbe. Roto ese vínculo moral que precisamos para vivir, el ser humano se abandona a los poderes, a sus caprichos, a la desidia, y deja de lado el deber de respetar los derechos ajenos. La siniestra moda de grabar con móviles las brutales palizas es otro signo más de pérdida de papeles. Cuando, en realidad, una convivencia humana rectamente ordenada exige sobre todo respeto y actuar con sentido de responsabilidad.

Estoy convencido de que para conseguir una cultura pública globalizada, pienso que no es suficiente que a cada derecho le corresponda un deber. Hace unos días leía unas puntualizaciones del director del Observatorio Van Thuan, Stefano Fontana, que no me resisto a transcribirlas: “es fácil inventarse artificialmente un deber como motivación de un nuevo derecho. En Italia el derecho al aborto es contemplado en una ley que parte del deber de acoger la vida. El derecho a la eutanasia se motiva en el deber de no hacer sufrir. La complementariedad entre derechos y deberes es verdad, pero se presta a la manipulación ideológica. Verdaderamente es necesario volver a la prioridad del deber”. El derecho, sin duda, es un poder hacer, tener a disposición. Los límites los imponen los deberes, ¿hasta dónde realmente llega el poder hacer o el tener la disposición? En consecuencia, creo que habría que potenciar mucho más una política de los deberes, de disponibilidad unos con otros y de sentido del deber.

 

EL VINO EN VERSO Y EL VERSO EN VINO

Desde los más remotos tiempos, se ha dicho que el pan encarna todo lo que el ser humano precisa para el diario de su vida, mientras que el agua es el germen que hace posible la existencia, bajo el festín del vino que nos alegra el corazón. Nos lo recuerda el refranero: con pan y vino se anda el camino. Convertido el vino, pues, en la exquisitez gozosa de la creación, es natural que el paladar del arte y de la literatura lo eleve a las alturas del amor. Y como en todas las pasiones, se requiere para que las cumbres no se tornen borrascosas, hacerlo en distanciados sorbos y en pequeñas dosis para disfrutar más, siendo uno mismo, de la optimista fiesta de los sentidos. Un proverbio japonés, pone la tilde en la actitud a tomar: “con la primera copa el hombre bebe vino; con la segunda el vino bebe vino, y con la tercera, el vino bebe al hombre”.

El vino siembra poesía en los corazones. El vino en verso y el verso en vino, ayuda a romper murallas. Celebrarlo es lo propio. Esto viene a cuento, porque estamos conmemorando el setenta y cinco aniversario de las Denominaciones de Origen de nuestros ricos caldos, que por entonces era veintiuna, así como ocho Estaciones Enológicas, y que actualmente son ciento treinta y uno, correspondiendo dieciséis a bebidas espirituosas con Denominación Geográfica, cuarenta y dos a Vinos de la Tierra, y setenta y tres a vinos de calidad producidos en región determinada.

El arte y la literatura en el vino han ido creciendo como también nuestra posición privilegiada, ya que somos líderes en superficie vitivinícola, según el Informe de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), del pasado marzo. Además somos el tercer exportador de vino del mundo, con unos catorce millones de hectolitros. Este volumen representa un diecisiete por ciento del total en el mundo, por detrás de Italia y de Francia. Ya en su época el ilustre Quevedo, hizo la mejor publicidad cuando escribió: “(...), para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más eficaz medicina (...)” De igual modo, en la Antigua Alianza, tanto el pan como el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Hoy, al igual que los artistas y literatos clásicos también se vive una relación peculiar con la belleza, y, con el mismo don del talento artístico, surgen alrededor de las vides de la vida, que son las del vino, horizontes que plasman amistades y abecedarios que despiertan el amor.

Allá por los años en los que la poesía gobernaba sobre la prosa, un tal Hipócrates insistía en el buen tono y mejor timbre que se conseguía llevándose a los labios con mesura un trago de este manjar de los dioses. Así lo convidaba al gentío: “El vino es una cosa maravillosamente apropiada para el hombre si, en tanto en la salud como en la enfermedad, se administra con tino y justa medida”. Al respecto tenemos que decir que, en cuanto al consumo actual y según datos del panel de Consumo Alimentario del MAPA, la propia Ministra del ramo Elena Espinosa, ha señalado que si bien se ha producido un descenso del consumo del vino en España, no ha ocurrido lo mismo con los vinos de calidad, que ha crecido de manera continua en los últimos veinte años. Y es que un vino bien cuidado y mejor servido, ingerido en el momento oportuno, aparte de sentar bien, fomenta el diálogo, es cultura y diversidad, da brillantez a las campiñas, -como dijo Ortega y Gasset-, exalta los corazones, enciende las pupilas y enseña a los pies la danza.

Pienso que el gobierno español hace bien en diseñar la denominada “Estrategia 2010”, para situar a España como líder del sector del vino a nivel mundial. Cuando menos, a mi juicio, es un peldaño más para la acción de todos los agentes que operan en el sector para ser competitivos y así vender más y mejor. Que no se quede sólo en deseos y palabras. De todas maneras, un buen vino siempre vende, es como una buena película –diría Fellini-: “dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, nace y renace en cada saboreador”.

En la oda al vino de Pablo Neruda (“El vino mueve la primavera, / crece como una planta la alegría. Caen muros, peñascos, / se cierran los abismos, / nace el canto.”), se describen todos los encantos al servicio del ser humano, el único ser que se refresca sin tener calor y que consume sin tener sed ni hambre. Algunos como Federico han soñado ser todo de vino para beberse asimismo. En todo caso, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación, frente a otras producciones avinagradas como la autosuficiencia, a sabiendas que la humanidad humilde y tolerante es la única inversión que nunca quiebra.

Pitágoras de Samos nos extendió la receta de un justo beber y de un justo vivir: “Si quieres vivir mucho, guarda un poco de vino rancio y un amigo viejo.” Que se rememore, pues, el aniversario de las Denominaciones de Origen de nuestros vinos; es decir, los nombres geográficos conocidos en el mercado nacional o extranjero, y que sean empleados para la designación de vinos típicos que respondan a unas características especiales de producción y a unos procedimientos de elaboración y crianza utilizados en la comarca o región de la que toman el nombre geográfico, y teniendo presente que lo mejor es salir de la vida como de una fiesta, ni sediento ni bebido, me parece un acto de justicia a quien es In vino veritas (el vino, de la verdad es amigo). Al pan, pan; y al vino, vino –que se dice.

 

EL CULTIVO DEMÓCRATA EN BARBECHO

Yo también soy de los que piensan que una democracia sin un cultivo demócrata que la sostenga, se tambalea. Sencillamente, porque la democracia precisa labranza ética, sino se debilita y acaba entregándose a poderes dictatoriales. Siempre es saludable avivar la cultura democrática, sobre todo para que las libertades coexistan y para que la justicia como servicio público, haga justicia. Nos hace falta. Esto conlleva modos democráticos de vida. El tejido demócrata no admite puntadas sin hilo moral. Son los llamados valores de la democracia, tan necesarios como vitales, los que han de regir de manera transparente para convencer.

Yo también soy de los que quiero reclamar más democracia y mejor democracia para mi país, para que el ciudadano pueda tener opinión personal propia sin trabas, y pueda manifestarla y hacerla valer desde el respeto a todo ser humano. Una democracia auténtica es más que un acatamiento formal de las reglas, es el horizonte de la apertura y de la aceptación, de la pasión por el bien común como abecedario del entendimiento. Por tanto, el ordenamiento para ser verdaderamente democrático, necesita poner en valor los valores; y, el cultivo democrático cuando germina de la ética, es capaz de inspirar consensos de diálogo tan precisos para la convivencia. No pocas veces habría que elevar la voz, en estos tiempos de abundancia para unos y de marginalidad para otros, allí donde se violan o manipulan los derechos inalienables de la persona.

Yo también soy de los que desearía que dentro de un clima más poético que político, se pudiese participar limpiamente en la vida democrática sin otra limitación que el diálogo, sin privilegios ni discriminaciones, sin renunciar a proponer algo en doquier foro y en doquier lugar. ¿Para qué sirve la política partidista que no busca entenderse y atender a todos los ciudadanos? En cualquier caso, creo que no podemos resignarnos a aceptar la inequidad y la injusticia social como algo que ahí está y que no se puede hacer nada para remediarla.

Yo también soy de los que digo que la democracia necesita de la natural ley, si no quiere ir contra todo lo que pretende amparar y estimular. Cuidado con esas democracias que divinizan a las personas. El ético cultivo demócrata huye del egoísmo, de todo afán por dominar al prójimo. A juzgar por la realidad, creo que se hace necesario un discernimiento democratizador, donde cada uno, los de sin voz también, puedan dar rienda suelta a sus energías y proyectar sus ideas. Redescubrir cultivos democráticos en la ley natural, según la visión de cada cultura, entiendo que es la clave para el éxito de la convivencia democrática. Dejar que las mayorías o los más fuertes nos impongan sus criterios del bien y del mal, es la estupidez antidemocrática más grande. Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia. Palabra de Sócrates. Ha llovido desde entonces, pero su lección sigue viva, a pesar del temporal del tiempo.

 

LA DIMENSIÓN MATERNA EN LA SOCIEDAD DE HOY

Si amparar la libertad religiosa no es amparar unos meros intereses institucionales, sino reafirmar el espacio interior que a cada ser humano le pertenece por si mismo y que ningún gobierno puede invadir; en la misma línea, reconocer el valor de la maternidad es también algo más que una mera ración de migajas sociales impartidas por el político de turno, realmente pura calderilla para lo mucho que representa ser origen de vida, por cierto casi siempre emitidas pensando en la rentabilidad de los votantes, en vez de poner en valor el gran papel que tienen todas las madres en la historia de cada uno de nosotros, de la propia humanidad y, por ende, en la historia de los pueblos. Sin embargo, la devaluación de la maternidad es un hecho palpable, un elemento de discriminación evidente en el acceso de la mujer al mercado laboral que todavía no se ha corregido, por mucha seguridad jurídica que quieran vendernos las organizaciones políticas. Sin duda, el actual modelo de éxito profesional obliga a sacrificar la dimensión materna. También es verdad que, aunque a la mujer se le abran espacios de trabajo profesional en la sociedad, nada podrá equipararse nunca con la eminente dignidad que le corresponde por su maternidad, cuando la vive en todas sus dimensiones.

Ya Gregorio Marañón, en su tiempo dijo, que: “la verdadera sexualidad no es el simple acercamiento de los sexos, sino el trabajo creador del hombre y la maternidad de la mujer”; ciertamente la madre, la más bella voz puesta en los labios del ser humano, siempre está ahí, olvidándose de sí misma, no piensa para sí, porque vive totalmente entregada a su prole. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos géneros, hembra y varón, científicamente está demostrado que es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal en el que lleva consigo el germen de la futura vida, poniendo a disposición las energías de su cuerpo y alma; pero, por ello, es también necesario y preciso que el hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una responsabilidad y un compromiso en la misma horizontalidad que la madre. Tal vez hoy, más que nunca, haga falta revalorizar la idea de la maternidad, puesto que no es una concepción arcaica, desempeña un papel insustituible en el comienzo de la vida de todo ser humano. No hay dinero que pague su incondicional labor. Bien podrían los gobiernos estatales, autonómicos y locales, incluir en sus programas electorales extensivas y continuadas ayudas a las madres; y, sobre todo, perseguir toda exclusión profesional por serlo.

Lo cierto es que muchas mujeres hoy en día se sienten impulsadas a renunciar a la maternidad para poder dedicarse a un trabajo profesional. Muchas, incluso, reivindican el derecho a suprimir en sí mismas la vida de un hijo mediante el aborto, como si el derecho que tienen sobre su cuerpo implicara un derecho de propiedad sobre su hijo concebido. En alguna ocasión, a una madre que ha preferido afrontar el riesgo de perder la vida a favor de su hijo, también se la ha acusado de locura. Como reflejo de todas estas dificultades, el envejecimiento de la población en nuestro país es una realidad que no la levantan los vociferados y partidistas cheques bebé. Oiga, que un pago único no solventa nada. Es un engaña bobos. Si en verdad los gobiernos considerasen la maternidad como una protección prioritaria de sus políticas, estoy seguro que no habría tantas interrupciones de embarazo. Habría que comenzar por educar en el sexo responsable, al igual que pedimos a los jóvenes responsabilidad en la bebida, en lugar del aluvión de propagandas engañosas como la del sexo libre y seguro o la reducción de la feminidad a objeto de consumo.

Un gran estadista, como Clémenceau, dijo que los pueblos son educados en las rodillas de la madre. Si falta la madre, y hoy estamos en una crisis de la maternidad, debemos darnos cuenta y comprender el riesgo que supone volverle la espalda a la semántica de la existencia humana. Tanto la maternidad como la infancia, se dice que tienen derecho a cuidados y asistencias especiales, pero luego en la práctica las deficiencias y abandonos están a la orden del día. En nuestro país, mal que nos pese, todavía faltan políticas verdaderamente proteccionistas hacia las mujeres que desempeñan una función decisiva, tanto en la familia como en el desarrollo de la sociedad, cuya importancia todavía no se reconoce ni se considera plenamente. Obviamente, un derecho básico que se relaciona con la maternidad es la libertad de tener hijos. Esta libertad se pone en entredicho en la medida que uno no tiene medios económicos para salir adelante con esa nueva vida ¡Cuántos abortos forzados se producen a diario; abortos que luego se lamentan para toda la vida! Esto significa que aún los poderes públicos no prestan la atención social suficiente a mujeres que se encuentran en situaciones difíciles. Así de claro.

Desde luego, para poder desempeñar el deber de formar a sus hijos, las madres necesitan algo más que unos cheques regalo, precisan que las instituciones del Estado apoyen y protejan la institución de la familia. Para empezar, pienso que debe reconocerse, por parte de los poderes públicos, el valor de la labor de las madres que han elegido permanecer en sus hogares, para educar a sus hijos como su trabajo a tiempo completo. Es más, creo que se debe asegurar la opción libre de la madre entre trabajar en el hogar o fuera, pero que no sea por dificultades económicas en la familia. En cualquier caso, fortalecer la familia y la defensa de los derechos de miles de mujeres que son madres, es de justicia, y no porque la maternidad sea un trabajo, es mucho más, una vida entregada al servicio de una tarea vocacional que no se paga con cheque alguno el beneficio que hace a la sociedad entera.

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