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  Guías culturales

EL HOMBRE SE SUICIDA O NO SE SUICIDA*


Por Víctor Corcoba Herrero
corcoba@telefonica.net

 
LA MALA EDUCACIÓN Y EL FALSO PROGRESO

Esto de vivir soportando la persistente olla de grillos que nos asalta en doquier lugar, incluida la habitación íntima de nuestras soledades, saca de los nervios a cualquiera, poniendo en peligro la convivencia pacífica. A punta de bramido días y noches, noches y días, chacales del guirigay más horrendo, nos roban el silencio y encima nos mandan callar. Jamás comprendí porque uno tiene que aguantar y tragarse la cantinela estridente porque a un tipo (o tipos) le venga en gana. Lo más escandaloso del tronado escándalo es que, a veces, a uno le aconsejan que ha de acostumbrarse al capricho de los emisores para no meterse en problemas. Oiga, que el problema no soy yo, que son ellos, los voceros furibundos. Qué pena esquivar algo horrible y tan repelente, hasta el punto que es un serio problema de salud pública.

Ahora, no se si porque estamos en periodo electoral y la suma de desesperados pueden dar una buena ración de votos, resulta que la Ministra de Vivienda, Carme Chacón, está dispuesta a ser la primera legionaria en tomar filas contra los agresores; porque, va siendo el momento de que el ruido se considere una agresión en toda regla y una intromisión en el ámbito privado de la persona. Al parecer, según ella misma reconoce, son trece millones de ciudadanos y ciudadanas los que tienen problemas con el ruido en sus hogares. A esto, hay que sumarle los que tienen el problema de puertas afuera de sus casas. Pero, en fin, señora Ministra yo le reconozco su valor, pero el problema no es sólo de su Ministerio, no tome más carga de trabajo que con la política de vivienda ya tiene bastante para quitarle el sueño, entiendo que es un problema del Consejo de Ministros, un problema de Estado, si quiere un problema Europeo de los países industrializados o con cierto nivel de desarrollo, aunque bien es verdad que nuestro país es puntero en la contaminación acústica.

Aún así le hago palmas, en silencio claro está, por sumarse a los resignados (aunque sea en periodo electoral) que para dormir tienen que hacerlo cuando el convecino cae rendido a las sábanas. Lo suyo sería donarles un piso o rehabilitarles el suyo, de esos que según dice lo aísla todo, ellos no tienen culpa de tener bárbaros colindantes. Mire lo que le digo, pienso que tampoco es su responsabilidad en sentido estricto. Pero su solidaridad bien vale un brindis. La convivencia cívica es más cuestión educativa que de engordar muros. Es cierto, hemos aprendido a andar por la vida, a volar como los poetas, a nadar como el aire entre las olas; pero no hemos ejercitado todavía el sencillo arte de vivir como personas. A pesar de las buenas intenciones de la señora Ministra, que no seré yo quien las ponga en cuarentena, conviene recordar que en muchas ciudades españolas o pueblos, centenares de ciudadanos han tenido que recurrir a los tribunales de justicia denunciando a las autoridades locales por no hacer cumplir las leyes o recurriendo sus ordenanzas por excesivamente permisivas.

LA ACOGIDA, MISIÓN HUMANA

No puede darse una verdadera cultura de acogida, de la que tanto se habla y se presume, más bien de boquilla sólo, porque las mismas instituciones de países ricos hacen oídos sordos a los países pobres, y entre ricos y pobres dentro del mismo país, ni apenas se dirigen las miradas. Por cierto, ahora que tan a la ligera e injustamente se machaca a la Iglesia Católica, como si fuera la causa de todos los males, conviene recordar que la inmensa mayoría de sus miembros son personas que entregan su vida a los demás, desempeñando una labor discreta de acogida y muchas veces ignorada. La sociedad, sin embargo, y sobre todo casi siempre los inaccesibles pudientes, intratables y con cara de ajo, lo de tender una mano al afligido con verdadera hospitalidad de admisión y acogimiento, deben pensar que es cuestión de curas y de sus pastorales. Con unas migajas por Navidad suelen acallar las conciencias. Como si los demás días, los desamparados de este injusto mundo, no necesitasen refugio donde poder calentar su cuerpo de amabilidad.

Se han perdido tantos amores en batallas innecesarias, que uno de los actos propios de amor como es acoger, dormita en el letargo, aunque los inviernos de la vida sean menos duros. La dureza la lleva ahora el ser humano, que no entiende otra semántica, que la de servirse asimismo poder a todas horas y el desvelo de albergar un caudal de riquezas para sentirse grande entre los grandes. Cabeza de lobo, en definitiva. Por otra parte, lo distante es lo que se lleva. Los muros de hielo. Nadie escucha a los que piden auxilio, esa es la pura verdad. Se puede nacer más o menos acogedor, en parte también depende de las caricias recibidas, pero igualmente es un valor que se cultiva, que se educa. Tomen buena nota los promotores-autores de la sugerente educación para la ciudadanía, seducción de espíritu político e inútil formación propagandística. Piensen, rectifiquen y si encuentran motivo acojan a la acogida, una dama que nadie quiere porque compromete a tener las puertas siempre abiertas cuando llama el desespero. Si optan predicarlo, sepan que el ejemplo es la mejor educación. Hoy por hoy, la actitud o disponibilidad para acoger cotiza menos que la credibilidad política que ya es decir. Las diferencias vienen sentando cátedra. Y el poder suele hacer la vista larga o poner la guinda.

El seguro de acogida está de capa caída. Como la Santa Iglesia de Roma eche el candado, mejor los excluidos cambian de planeta y ya veremos qué hacen los que reparten las raciones como divertimento. Ni la social seguridad insegura puede salvarnos de la quema, por mucho que nos hagan doblar las cervicales en la edad octogenaria. Las lindes del aliento cuando pierden el corazón, todo se abandona al rey de la selva. No piensen en amparos. El futuro ya no nos pertenece como humanos, nadie acoge por nada, todo es puro comercio. Y, por ende, pura esclavitud. Espantosos espacios, vestidos de plácidos cebos, nos ofrecen por doquier. Será arrebatadora la cuestión que, hasta el mismísimo Ministerio de cultura, en su agenda cultural, difunde un curso, bajo el título: “Modelos de seducción. La definición social de la belleza, el glamour y el deseo”. Me repele que desde una casa de culto a la cultura o de cultivo al culto cultural, predique una estética que no es. El glamour y el éxito difícilmente casan con la belleza. Empezando porque la belleza es más una cualidad interior de salir al encuentro del otro que corporal.

La acogida eso si que es cultura, humanizadora y humanizante, una saludable hechura de servicio. Es el mejor traje en el rincón de las marcas. La marca del corazón dispuesta a socorrer. Cuidado con los devoradores de la auténtica belleza, aquella que como dijo Bécquer, levanta la mente a nobles aspiraciones. Cuando se pierde la nobleza también se pierde la admiración por lo bello.

De un tiempo a esta parte, también proliferan las casas de acogida que intentan suplir el poco auxilio que prestamos a los que gimen en la angustia. Es cierto que, en un mundo depredador donde las alimañas son las estrellas, estos espacios de cobijo son más que necesarios, imprescindibles; pero, a mi juicio, son un mal remedio, puesto que la acogida encierra todo un movimiento espiritual interior más allá de lo que significan estos centros que suelen acoger por periodos de tiempo. Por mucho tratamiento social individualizado que se de a la víctima, por mucho fomento de desarrollo personal, formativo y autoayuda que se ofrezca, la realidad es la que es y el contacto con el entorno social es frío y frenético.

Si la sociedad tuviese enraizado el sentido de la universalidad como lo tiene la Iglesia Católica, no sólo en el sentido de su extensión territorial o de la multiplicidad étnica y cultural de sus miembros o de su vocación misionera, sino también de su apertura universal a todo, concretizada en la frase de Terencio: “Nada humano me es ajeno”; o en aquella otra de San Francisco de Asís: “Dios mío y todas las cosas”; seguramente entenderíamos con más nitidez el significado de acoger. Otra palabra que ha ido perdiendo su significado verdadero, suplantada por mentiras. La acogida, en suma, se cultiva y antes nos tienen que haber instruido para ello. Sin un sentido de acogida como Dios manda, y otras estéticas dieron, como las cultivadas por la generación del veintisiete, donde la literatura y el arte cumplían una función regeneradora de los desequilibrios sociales, desde un tono combativo pero también desde un timbre de acogida, tenemos viciada la hospitalidad y enviciado el recibimiento. O sea, el tanto tienes, tanto vales: pura realidad.

 

LA ESPERANZA DE BENEDICTO XVI

Donde una puerta se cierra, otra se abre; tras una bajada, se produce una subida. Sólo hay que observarse y observar la vida. Quizás tener paciencia y no perder la esperanza. Pero cómo, si los hechos son los que son, y son para echarse a temblar. El terrorismo nos siega la esperanza cada vez que se troncha una vida. La madre patria ya no es tan madre, es madrastra, coladero europeo de los abortos ilegales. La atmósfera de violencias y maltratos en hogares nos dejan en la mayor tristeza. Sin embargo, a pesar de la ristra de pesares, siempre hay una esperanza que nos pone en camino, en movimiento.

Quizás sea en diciembre, cuando la cosecha de ilusiones más se agranda. Para empezar, todos nos volvemos un poco más niños. Y ellos, si que son la expectativa del mundo. Lo dijo Lorca, sin titubeos al desaliento, que el más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida. En todo caso, a quien tiene nombre de dama, Esperanza –con mayúscula-, reina del verso y musa de los pintores, siempre el artista que, en el fondo es un clarividente, le ha tenido una complicidad inenarrable. Por algo será. Lo es, porque es el sueño del vivo ser humano.

Resulta que ahora, precisamente coincidiendo con el adviento para los creyentes y para los no creyentes cuando menos con un tiempo propicio para los buenos deseos, Benedicto XVI, igualmente se nos adelanta, presentando una encíclica al mundo para dar esperanza a la humanidad. La verdad es que siguiendo la estela natural, la desilusión no tiene sitio. Porque siempre detrás de los duros inviernos, germina una primavera gozosa; al igual que tras el anochecer viene el despertar del alba. Por ello, pienso que es una buena costumbre llenarse los pulmones de anhelos para no caer en el vacío y romperse el corazón con absurdos desesperos. Desde luego, quien tiene esperanza en algo o en alguien, vive de otra manera; aunque la espera del más acá suele ser bastante decepcionante porque hay progresos que no los puede asegurar la ciencia ni tampoco la política, el avance humano es más de corazón que de poder. Todos nosotros hemos sido testigos de cómo se siembran falsas esperanzas y el daño que hacen en la persona.

Cada criatura, al nacer, -decía Tagore- nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los hombres. Es cierto, detrás de una vida siempre hay aliento por muchas desesperanzas que nos viertan. El drama de a dónde vamos, qué será de nosotros y del planeta en este mundo dislocado, puede volvernos inseguros y ahí está, pero también es verdad que nunca será tarde para buscar un mundo habitable, si en el empeño ponemos coraje y convicción. El sentimiento que el poeta latino Ovidio tenía sobre la esperanza, poniendo en comparación a un náufrago que agita sus brazos en medio de las aguas aún cuando no vea tierra por ningún lado, puede ayudarnos a reflexionar y actuar de salvavidas. En cualquier caso, lo último es el abatimiento.

Las viejas ideologías, las políticas interesadas, las economías explotadoras, se han revelado no sólo ineficaces para dar respuesta a la realización humana, sino también como frutos amargos que dejan a la sociedad amargada. El virus de la amargura se propaga y de qué manera, hasta la razón se torna desencantada y no se atreve a mirar a la verdad frente a frente. En esta encrucijada histórica de desengaños y contrariedades, creo que sólo el estimulante vital de la ilusión, puede ayudarnos a cambiar de rumbo. Al fin y al cabo, ya se dice que somos hijos de la esperanza. Además, prefiero serlo. Sabemos que los problemas que agobian a la humanidad de hoy son múltiples, pero ahí están las organizaciones internacionales avivando el consuelo de la esperanza. A mi juicio, sería bueno otorgarles esa misión, la de ser foros de debate para la reconciliación y la paz.

Personalmente, me gusta que diciembre sea un mes de espera y de esperanza, algo más que unas calles y que unos escaparates luminosos que incitan al consumo o que unas palabras de buenos deseos que apenas cuestan nada. ¿Y si encarnamos nosotros la esperanza con la práctica de donarla, la poca o mucha que llevemos consigo? Por lo menos, no habremos vivido en vano y, seguramente, hagamos hecho realidad aquello que se dice que una esperanza reaviva otra esperanza, la que nos pasa del devenir al ser. Cuando parece que medio mundo nada en la desesperación y el otro medio en el engreimiento, desear que la esperanza se vuelva costumbre real, a sabiendas de que es un movimiento del apetito racional hacia el bien, y que sea Benedicto XVI el que ponga la primera tilde en el vocablo perdido, es de agradecer, y máxime cuando la enfermedad que late en el mundo es una situación de ansiedad y angustia.

Este íntimo desasosiego se acrecienta por la tremenda realidad actual, verdaderamente devoradora de existencias, de verbos que fueron poesía y de poesía que fueron vida. El zarpazo del pesimismo que producen estas circunstancias adversas, tantas veces nos dejan sin palabras, abandonados al sufrimiento, que sumarse a revalorizar hoy la esperanza, creo que es la mejor tarjeta navideña que podemos regalarnos.

 

DESUNIDOS Y ESPIADOS

Está visto que en cualquier sitio uno puede ser espiado, colgado de Internet y ahorcado en la intimidad. La videovigilancia irresponsable ha convertido los espacios, incluidos los que pudieran parecer íntimos, en pasarelas de morbo. El pudor ya no existe ni preserva lo íntimo de la persona, lo que debe permanecer velado. Cada cual filma cuando le viene en gana y a quien le plazca, donde quiera instala su mirilla y se sube al carro de la permisividad de grabar como si fuese costumbre nacional. A poco que nos fijemos en la manera de pensar y de actuar de la gente, vemos que los valores morales están bajo mínimos. En la frontera de un mundo desunido, con varios frentes en su haber, trastornado por conflictos de todo tipo, los derechos humanos se relativizan y el libro de la conciencia, que todos llevamos consigo como sombra, también se le arrancan las páginas.

El mundo necesita menos espías y más estima hacia la labor moral. O sea, más maestros de libertad. Pensamos que no puede ser ignorado o minusvalorado lo honesto y decente, porque denigrando la intimidad no ganamos más seguridad y corremos el riesgo de perder hasta nuestra propia razón humana. No se puede caer más bajo. Que a uno le conviertan en escaparate, en un figurín de una red morbosa, donde nadie está libre a ser captado como auténtico prisionero por una cámara sin escrúpulos, para luego ser chantajeado. Lo que tienen que hacer los poderes públicos, a mi juicio, es insistir en la necesidad no sólo de una continua adquisición de saber, sino también en la de un continuo desarrollo de la capacidad personal para poder discernir, analizar y evaluar hasta donde llega lo que puede considerarse normal en una convivencia humana, de lo que puede llegar a ser un trastorno grave para la armonía del ser humano, como puede ser el desenfrenado desvelo de entrometerse en la vida íntima de las personas a través de un vídeo.

Si aspiramos a integrar la promoción de la justicia con la proclamación de estar unidos en la diversidad, en nuestro interés por la protección de la vida y el ambiente, en nuestra defensa de los derechos individuales de hombres y mujeres, y de pueblos enteros, tendremos que activar el intelecto de lo moral, de lo ético y de lo estético. Las irrespetuosas videocámaras, que entran en el corazón de las gentes sin pedir permiso, poco o nada van a contribuir al entendimiento de las gentes y al diálogo intercultural. Creo que tenemos que ayudar, y también dejarnos ayudar, a respetar esa íntima autonomía personal que pasa por reconocer la libre especificidad de cada uno. Precisamente, el Año Europeo del Diálogo Intercultural (AEDI) 2008, reconoce que la gran diversidad cultural de Europa constituye una ventaja única. El próximo año, se va a invitar a todos aquellos que viven en Europa, a explorar los beneficios de nuestro rico patrimonio cultural y las oportunidades de aprender de las diferentes tradiciones culturales. Considero que puede ser una buena manera de ganar unidad en una Europa desunida.

Pero antes, hay que apostar por la dimensión intelectual de todo ser humano, por el crecimiento humano y de la humanidad, lo que supone además que la persona sabe permanecer en verdadera comunión con los demás, obviando la intromisión e intrusión en la vida del otro. Algo muy propio del momento actual. Así, los programas televisivos de más audiencia, resulta que son aquellos que se entrometen en la vida íntima de las personas. Si nuestra vida diaria tuviese otra altura de miras, más cautiva del intelecto, seguro que estos seriales deslenguados y bochornosos, dejarían de tener aceptación entre el público. Porque la vida cultivada, sin duda, huye de lo mediocre y retorna a la fuerza motriz del libre examen. No pierde el tiempo en dimes y diretes. Es la que más conoce de búsquedas y escarchas, de actitudes críticas y de experiencias vividas. Conducirse y conducirnos es su máxima.

Por ejemplo, la persona cultivada, ante la preocupación por el medio ambiente, tan en boga en este momento, expresa un deseo profundo de respetar el íntimo orden natural como lugar de una presencia inmanente. No se le ocurre poner videovigilancia en cada bosque. Sabe que no se consigue el respeto poniendo a un espía en cada esquina para que nos chive necedades humanas. Ya se sabe, todo necio suele confundir valor y precio. Para huir de la confusión, potenciará los centros del saber, hará populares las universidades que oferten más que contenidos, formación humana, social, espiritual y moral. Es cierto, sólo la persona instruida para que piense, puede cambiar de opinión. El necio nunca lo hará, aunque le graben sus mezquinas hazañas y las ofrezcan al mundo vía Internet.

Me parece, pues, una mala práctica de convivencia la videovigilancia, por mucha seguridad que pretendan vendernos ciertos poderes. No hacen falta cámaras ocultas, si tuviésemos suficientemente avivado el sentido moral. Que fuese hábito. Ortega y Gasset, nos dio la clave, para estar tranquilos cuando nos guía la conciencia: “con la moral corregimos los errores de nuestros instintos, y con el amor los errores de nuestra moral”. El ejemplo de artistas y actores es toda una lección. Se han beneficiado durante muchos años del diálogo creativo con otras culturas. La expresión cultural ha sido clave para el entendimiento mutuo. Aún más detestable, en mi opinión, es la grabación en los centros educativos, donde el conocimiento de los valores democráticos, la ciudadanía y los derechos cívicos, deben ser elementos esenciales a cultivar. Si algo tan básico, como formar en la virtud y en el deseo de convertirse en un buen ciudadano, no se consigue, difícilmente podemos ser promotores de una verdadera enseñanza que florezca en una auténtica cultura de acogida.

El león que se siente vigilado más se enfurece, quiere ser el protagonista de la película, sólo la unión en el rebaño obliga al león a acostarse con hambre. Un mundo, en consecuencia, más unido y menos espiado, es un mundo más libre. Luego, habrá que inyectarle moral para que sea responsable. Quizás, por eso, la mayor parte de los seres humanos le teman tanto a tomar, como bastón de vida, la responsabilidad.

QUE SEAN TODOS LOS PUEBLOS

Hace tiempo que el pueblo habla, aunque nadie le escuche. Sobre todo, lo hace desde la soledad y el silencio del terruño. Sólo hay que sentirlo y ascender por el linaje de su aire para descubrir el abandono de municipios, la exclusión de aldeas en las que ya sólo dormita el tiempo y cuatro viejos a los que les sostiene la añoranza del recuerdo. Por doquier se encuentran, caseríos perdidos, cortijos desmantelados, caminos vaciados de vida o viciados por la mano del hombre. Desde luego, el clan de la ciudad ha aplastado a la tribu del pueblo. Al pueblo, pueblo de campo o mar, lo han embadurnado de urbes, hasta robarle sus tradiciones. Otros pueblos han corrido peor suerte y han perdido la vida que, en otro tiempo, fue pletórica. Aquella memoria viva de conciencia colectiva, de pueblo unido jamás será vencido, se ha quedado despoblada también. El modo de pensar y de vivir en familia, haciendo familia, igualmente se ha desvirtuado. La ciudad ha domado al pueblo y el pueblo ha dejado de existir.

Ahora una ley quiere mantener al pueblo como tal, prometiendo mejoras en calidad de vida y renta para sus habitantes. La norma subraya la importancia actual del medio rural en España, que integra al veinte por ciento de la población, elevándolo hasta el treinta y cinco por ciento si se incluyen las zonas periurbanas, afectando al noventa por ciento del territorio, advirtiendo que en este inmenso territorio rural se encuentran la totalidad de nuestros recursos naturales y una parte significativa de nuestro patrimonio cultural, así como las nuevas tendencias observadas en la localización de la actividad económica y residencial, confiriendo a este medio, una relevancia mayor de la concedida en nuestra historia reciente. A buenas horas mangas verdes, que decía mi abuela.

El atraso económico y social de nuestros pueblos ha llegado a unos límites insostenibles. Soy de los que pienso que no hay política rural que la levante a corto plazo. Nos han “vendido”, cuando no obligado, a integrarnos en los rascacielos de las colmenas, si queríamos mejorar de vida. Por desgracia, estamos confinados a vivir en ciudades ruidosas, crecientes de contaminación e inhumanas a más no poder. Hasta ahora no hemos sido libres de vivir como queremos, donde queramos. Eso de buscar entre las ramas de la vida el aposento deseado, o sea la felicidad a la que todos tenemos derecho, lo hemos tenido que supeditar a un esclavo sistema productivo, que conlleva hasta la fijación de residencia.

León Felipe aconsejaba a los poetas que nunca cantasen la vida de un mismo pueblo, ni la flor de un solo huerto, que fuesen todos los pueblos y todos los huertos nuestros. Siguiendo esta misma estela, si todas las personas que tienen una función en la vida social, todas las que participan en el gobierno de las comunidades y regiones, hiciesen lo posible para que todos los pueblos sin distinción alguna, pudiesen beneficiarse de las riquezas del país, viviesen donde viviesen, según los principios de justicia y equidad, seguramente se volverían a repoblar nuestros pueblos.

En cualquier caso, nos llena de esperanza que una nueva norma persiga la mejora de la situación socioeconómica de la población de las zonas rurales y el acceso a unos servicios públicos suficientes y de calidad. Y que, en particular, se conceda una atención preferente a las mujeres y a los jóvenes, de los cuales depende en gran medida el futuro de nuestros pueblos. Para lograr este objetivo, seguramente tendremos que ir más allá del espíritu de la ley, y tengamos que privilegiar una educación en los valores humanos y morales que permita a cada joven tomar confianza en sí mismo, esperar en el futuro, y asumir su papel en el crecimiento de la nación, formada por pueblos y ciudades que han de saberse integrarse y ayudarse, con un sentimiento cada vez más agudo de preocupación por el prójimo. Habla pueblo habla. Sigue hablándonos. Haber, si por fin, te escuchamos.

LA NAVIDAD QUE YO DESEO

Frente a un mundo que arde en la hipocresía de los deseos, mientras una legión de seres humanos se desespera en el vacío más profundo, se me ocurre proponer el recogimiento interior para estas fiestas, en el que la apariencia suele mandar y el ruido impera como el falso color de los abrazos. Por desgracia, suele quedar atrás la auténtica tradición que unía a las familias, bajo los signos verdaderos de la Navidad. La razón de ser de estas fiestas, salvo excepciones, son más bien un sucedáneo. Las hemos convertido en un desorbitado festín, donde el consumo no tiene límites mientras la tarjeta de crédito resista nuestro derroche. Todo lo contrario al anuncio de ese humilde portal de Belén que celebramos, donde en el silencio y en la oscuridad de la noche, se crece una misteriosa luz que envuelve a los pueblos de gozo. Y es que Dios vino a habitar entre nosotros, de manera sencilla y sentida.

Pues sí, se acercó a nosotros y resulta que los suyos no le quisieron recibir. Han pasado los siglos, seguimos celebrando la Navidad aunque sea descafeinada, y, la voz de los sin voz, tampoco suele ser acogida. Ahí está el llamamiento moral de los que todavía no tienen techo y viven en la marginalidad. La soberbia humana impide que se enraíce el amor a los cimientos de la vida, porque siempre pone en lo alto el interés y en los caminos la teja de la mentira. ¿Cómo podemos, entonces, celebrar estas fiestas cristianas bajo la sombra de tantas amenazas a la concordia, cuando además se ha perdido la autenticidad de los valores? Pienso que, quizás por ello, nuestra felicitación navideña se hace más inevitable e indispensable. Hay que plantearse, desde luego, que la Navidad vuelva a ser lo que fue y, si es posible, que lo sea durante todo el año.

La Navidad que yo deseo se escribe con mayúsculas, como ese Niño grande que nos nace por dentro y nos hace pequeños, porque diminuto es el corazón humano ante la inmensidad del orbe. A veces cuesta interrogarse y hallar respuesta. ¿Por qué la familia humana da la espalda a ese Niño, que es puro corazón, y entra en guerra con él? La unión de los corazones es la gran necesidad del hombre actual. No es posible, porque reina la inhumana cultura como doctrina transmitida por injustos poderes y gobiernan falsos y farsantes cultivos, acosando y ahogando libres pensamientos. Divide y vencerás. Nunca mejor dicho para ignorarse, odiarse y combatir. A la especie humana le falta unidad en los principios, verdad en las ideas, en las concepciones de la existencia y de la vida, y le sobra arrogantes que se creen dioses. En el portal de Belén, también el Niño se deja conquistar por el humilde y rechaza la arrogancia del orgulloso.

Yo deseo que esta Navidad sea la del amor sin condiciones ni condicionantes, ocasión propicia para renovar tantas poéticas olvidadas, para adquirir el compromiso de fortalecer los lazos fraternales, para superar los conflictos familiares, para perdonar de corazón a quienes nos han ofendido y reconciliarnos, para volver al Amor primero que tan gozosamente han injertado los poetas de todos los tiempos al mundo. “Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal” –dijo Teresa de Calcuta, misionera del verso y santa en el cultivo-. Téngase en cuenta que amar es sobre todo comprender. Entendernos y entender que el Niño nació, dice San Agustín, en la época del año en que los días comienzan ya a crecer de inmediato, porque venía a iluminarnos; nació en el invierno, símbolo de la frialdad de las almas, porque venía a calentarnos. Nació en Belén, que significa “Casa del Pan”, porque venía a alimentarnos. Todo un acontecimiento de tierna luz y de vida eterna. Nos sobrecoge asimismo, saber cómo María es la que más espera la Navidad, el Nacimiento de Cristo Jesús. Qué grandeza más grande.

En suma, la Navidad que yo deseo, es que junto al árbol y el belén, signos que forman parte de nuestro patrimonio espiritual, prevalezca el amor sobre todo lo demás. Sin duda, creo que los más duros grilletes son los de un corazón cerrado a los sentimientos que se atreve a poner valor y medida al amor. Misteriosamente, a pesar de los pesares, como por arte de magia, las fiestas navideñas evocan sentimientos de solidaridad y atención al prójimo. Un año más el espíritu navideño nos atrapa, aunque nos ciegue el consumo. Hoy la fraternidad se impone. La propuesta es fuerte. Navidad es amor. Es necesario que caigan las barreras del egoísmo y que lo confirmen los vates, que son los únicos que han conservado los ojos de niño en este mundo de adúlteros adultos, para que quede registrado en la palabra. Porque la palabra se hizo verso que habla en lenguas fraternas. El futuro es de la poesía que hermana por los caminos de la verdad. Navidad puede ser el primer verso de felicidad que nos llevemos a los labios. Deseo que así sea. Dejemos, por consiguiente, que nuestra mirada se torne poeta y así podamos ver. Y así podremos vivir soñando lo que puede ser real: Esta noche es noche buena… buena noche de paz. ¡Felicidades!

BAJO ESTA OSCURIDAD MENTAL

Miren y vean. El drama de la oscuridad mental se sirve a diario desde los pedestales más cínicos, vociferando mañanas que no son, porque no tienen salida a ningún paraíso edénico, donde uno se encuentre a salvo con los ojos cerrados. Vean y miren. Tantas veces la justicia se viste de injusticias y el odio se enquista en el alma, que las puertas de la luz se cierran y, lo cruel, es que nos encierran en una jaula de números, con distintivo: productivos y no productivos. Los más débiles son carne de cañón para el invierno. No hay Navidad que valga. El traqueteo del engaño tampoco descansa, lo nefasto es que nos ha dislocado la conciencia hasta dejarnos ciegos y no ver más allá de la superficie de las cosas. Nos deslumbran los dioses de la tierra que, a codazos, han subido al pedestal de Pilatos. La sencillez y la pureza son agua pasada y voz de los poetas. La educación, que podría abrir cierta esperanza, también es un corral de confusiones y un gallinero de vientos contra natura. Las campañas de educación sexual y afectiva dirigidas a los menores de edad, sin que los padres muchas veces tengan voz ni hayan prestado consentimiento, son más crueles que una tormenta de piedras en el desierto. El adoctrinamiento de una formación moral, en franca contradicción con los principios éticos, ha entrado triunfal en cientos de centros educativos.

Ante el aluvión de espadas en ristre y el consiguiente olvido del sentido común, los obispos españoles, quizás pensando en que estamos inmersos en una sociedad pasiva y acomodaticia, piden que la identidad de la familia cristiana no se desvirtúe. Desde luego, aquella familia transmisora de valores cívicos y humanos, donde se aprendía a amar, a compartir, a dialogar, a perdonar, a colaborar y a sacrificarse por los demás, renunciando a los propios gustos y caprichos, parece que vive también en la oscuridad mental. Sólo hay que mirar y ver los divorcios que a diario se producen, o escuchar el testimonio de mujeres y niños que han sufrido maltratos físicos o psicológicos. Está visto que las políticas de familia tampoco funcionan. No pocos matrimonios malviven en otra oscuridad, en la de infraviviendas y con unos salarios irrisorios, que te ponen el alma en pena. Todo, todo se trivializa. El caos va enterrando nuestras vidas con frías luces de candelabro y cemento. Lo malo es que esta inhumana realidad de escándalos se ha vuelto costumbre, a pesar de su irracionalidad, y muy pocos son los que llenan el vacío circundante de éticas, cuando la ignorancia, que es la noche de la mente, ha tomado poder y posiciones de privilegio.

Los efectos de esta oscuridad mental ahí están, nadie conoce a nadie, los niños no pueden ser niños en un mundo de víboras, a los ancianos se les aísla como si fuesen trastos viejos, a la juventud se le llena los oídos de caracolas. En una sociedad que, por diversas razones, cultiva la duda y el cinismo, el miedo y la impotencia, la inmadurez y el infantilismo, el vicio al por mayor, los jóvenes tienen dificultad en madurar, los mayores pasan aprietos por quitarse la soledad de encima, y las personas decentes viven en la estrechez de una isla para que no se les oiga. Mal que nos pese, se van limitando libertades y reduciendo al ser humano a la esclavitud. El raso negro tiene presencia real. Los métodos de bravura son monstruosos y sibaritas a la vez. Casi parece tener razón el escritor George Orwell cuando prevenía, en 1948, en su libro “1984” contra el espectro del totalitarismo y del avasallamiento absoluto del individuo y hasta de su conciencia. Ciertamente, por mucho resplandor que se nos ofrezca, cuando no tiene alma y vida propia, verbo y conjugación en la persona, que ella y yo por fin podamos ser, es difícil que amanezca.

EL BALANCE DE LOS DÍAS Y LA BALANZA DEMOCRÁTICA

En el 2007, el balance de los días, refleja una situación de alta tensión in extremis, hastael punto de que la tirantez ha generado, en bastantes ocasiones, un nerviosismo ciudadano e institucional sin precedentes. El causante del desaguisado ha sido, la crispación política; un activo virus persistente, con naciente en los que concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular (vaya ejemplo), dilatado en el tiempo su contagio, que distorsiona libertades alcanzadas, toxina dispuesta a romper la indisoluble unidad de nación, veneno ensordecedor a más no poder por la mediocridad de sus agentes, con el efecto agravante deportar un germen adormecedor que impide ser algo más que una opción partidista, y, por ende, incapaz de dejar que despierte la armonía. No tiene sentido crispar políticamente a la ciudadanía. El próximo 2008, podría ser un buen año para rehabilitar la cuestión política, que hoy es vista bajo sospecha, porque la losa de la corrupción ahí está, desacreditando lo que es un noble servicio, cuando se deja de actuar desde la ética democrática tapados por las sábanas farsantes de la mentira. Sólo bajo el hilo moral de la actuación política puede llegarse al punto del ansiado consenso que exige un Estado social y democrático de Derecho.

También fueron activos en el 2007, el juicio del 11- M, cuya resolución acrecentó la insatisfacción ciudadana. Prosiguieron las hazañas de los sembradores del terror. Las amenazas de los violentos y la violencia de género tampoco cesaron. La inseguridad en cualquier lugar y a cualquier hora está servida. Cruel balance que deja fuera los derechos humanos. Habría que globalizar estos derechos inherentes de la persona, donde la dignidad humana está más allá de cualquier diferencia y une a todos los seres humanos en una familia. Lo que sucede es que el pasivo, o sea nuestras obligaciones ciudadanas, dejan mucho que desear y trabajamos poco, por no decir apenas nada, por la libertad, la igualdad y la justicia social de todos los seres humanos, respetando el arcoris de la cultura y la religión de cada uno.

El caos de las infraestructuras; los desastres naturales; la escasa protección a la familia y a la infancia; el injusto progreso social y económico de una sociedad fría; la desorganización de la salud pública; las barreras a la cultura, a la ciencia y a la investigación;el galimatías de la educación y la intromisión del Estado en el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones, también estuvieron presentes como activo en el 2007.Esto nos lleva a una reflexión patrimonial, puesto que todo Estado de Derecho ha de garantizar los derechos fundamentales y las libertades públicas de la persona. Por desgracia, el incumplimiento suele estar a la orden del día. El efecto multiplicador de sucesos, en los que nadie respeta a nadie, que llega a sobrepasar la ficción, suele ser debido a que falla la garantía jurisdiccional unas veces y, otras, a la existencia de una serie de condiciones económicas incongruentes con la finalidad perseguida por los principios rectores de la política social.

La balanza democrática, pues, que también es una palanca de primer corazón, de brazos iguales, o sea, de españoles iguales en la ley y ante la ley, que mediante el establecimiento de una situación de equilibrio consensuado, permite avanzar democráticamente, resulta que es inestable, que oscila según el político de turno, que tiene sus manías de gobierno a base de decreto, su paranoia de politizar lo que no es politizable, su delirio de hacer y deshacer por capricho, llegando a violentar igualdades sin una justificación objetiva y razonable. Que Manuel Marín, el hombre que ha sido todo en política, diga en una entrevista del País (23/12/2007) que “ni a quien gobierna ni a la oposición les preocupa la debilidad de las instituciones”, nos indica la falta de ponderación, la pérdida de medida y juicio democrático, que tenemos en el haber de los días.

La balanza, que se ha utilizado desde la antigüedad como símbolo de la justicia y del derecho, dado que representaba la medición a través de la cual se podía dar a cada uno lo que es justo, puede ser una buena herramienta para que la libertad sea libertada, para que la justicia sea ajusticiada, para que la vida sea bebida en su digna medida y vivida en plural. Tampoco el miedo puede suplantarnos la esperanza, el sueño del ciudadano despierto. Conciliar la justicia y la libertad ha de ser el espíritu del pueblo que quiere asegurar a todos una digna calidad de vida. Como acertadamente dijo el filósofo chino, Confucio: “Mejor que el hombre que sabe lo que es justo es el hombre que ama lo justo”. Buen imperio el del amor para garantizar la convivencia democrática, mucho mejor que el imperio de la ley por mucha expresión de voluntad popular que lleve consigo. En cualquier caso, todos los males del balance que he citado, pueden curarse con más mano democrática y mejor tino en el uso de las libertades, con más virtuoso freno estético y menos vicio desenfrenado. En suma, que cada persona debe ser respetada como tal y nadie debe ser endiosada por mucha democracia que cultive en el balance de su vida, porque la balanza democrática es cuestión de familia globalizada, jamás de divinidades en el reino de los pronombres.

 

CADA NÚMERO CON SU PERSONA

De pronto, todo suena en plural y a pluralidad. Está bien visto además, cultivarlo. Ahora habrá que darle el uso debido. O sea, el justo y necesario. Se habla de pluralidad en los partidos políticos, de pluralidad de confesiones religiosas, de pluralidad de culturas. Sin embargo, miren por donde, hay quien dice que la libertad es singular, aunque después se añada, siempre que exista antes la libertad plural. Lo mismo pasa con la justicia, ha de ser efectiva en el derecho que tienen todas las personas (en plural). Bien. Pero cuidado con las pluralidades que se contradicen y no caminan en la misma dirección moral. En el caso de las políticas, han de hacerlo hacia el bien común y hacia la unidad en cuestiones de Estado –lo recordaba hace unos días el Rey-. De igual modo, la fe en Cristo, corre el riesgo de descafeinarse cuando las numerosas Iglesias o Movimientos eclesiales se contrarían. Si todas son Iglesias a su propia manera, por mucha pluralidad que evoquen, quizás todo se quede en un conjunto de porfías, en vez de ofrecer orientaciones claras. Son tan sólo unos ejemplos de un mal entendido pluralismo, como aquel pensador endiosado que alardeaba de su plural conocimiento y, por ello, se creía siempre con derecho a la verdad.
Hay cuestiones que son para cultivarlas en singular con la singularidad debida. Ser persona. Nadie puede serlo por otro. El concepto de persona sigue contribuyendo a una profunda comprensión del carácter único (singular) y de la dimensión social de todo ser humano (plural). Estoy convencido de que respetando a la persona como tal se promueve la armonía, y que construyendo lo armónico se ponen las bases para un auténtico humanismo integral, uno y único, estético y ético. Así es como se prepara un futuro plural, donde puedan convivir todas las pluralidades, para las nuevas generaciones. El deber de respetar la dignidad de cada ser humano, comporta como consecuencia que no se puede disponer libremente de la persona, por muchas pluralidades de ordeno y mando que la sociedad plural nos haya extendido y avalado.

La pluralidad social puede ver con buenos ojos, e incluso legislar al respecto para toda la ciudadanía, sobre el aborto, la experimentación sobre los embriones o la eutanasia, cuando es un patrimonio de valores que no es disponible en plural. El bien es uno (singular) y la verdad no se contradice a sí misma. Yo, desde luego, siempre temeré a esos altaneros pluralistas de la religión o de la política, puesto que suelen actuar partiendo del sentimiento de superioridad. Primero hay que servir a la unidad, si es conservando y desarrollando esa pluralidad, mejor que mejor. Pero que nadie se suba al pedestal de lo plural sin respetar la singularidad del ser humano. Es cierto que la sociedad está haciéndose cada vez más pluralista (más de todos) desde el punto de vista cultural y religioso, pero que tampoco lo sea de nadie. Porque cuando es de alguien, corre el peligro de corromperse por puro egoísmo humano. Lo plural es un hecho. Ahora la gente debe aprender semántica, lo mejor es escuchar la conciencia, para que la confusión no nos vuelva intolerantes. La cuerda de la unidad en la pluralidad y de la pluralidad en la unidad no debe romperse. Aplicar y aplicarse la ley natural, antes que la ley humana, por ser el único baluarte válido contra la arbitrariedad del poder o los engaños de la manipulación ideológica, es la verdadera garantía ofrecida a cada uno (persona singular) para poder vivir libre y respetado en su dignidad. La historia misma nos dice que no siempre la pluralidad tiene razón. Antes, cada número con su persona y, después, cada persona con cada uno. Y uno a uno (singular), en unidad con la familia humana (en plural).


LA UTOPÍA DE HABITAR LA TIERRA

Yo creo que nunca es demasiado tarde para edificar una utopía que nos permita vivir unidos, compartir la tierra y restar contiendas. La declaración del año 2008 como el Año Internacional del Planeta Tierra, puede ser un buen momento para crear conciencia de que todos dependemos de todos para reducir contaminaciones, para
descubrir nuevos recursos naturales y hacerlos accesibles de manera sostenible. Ya lo dijo Quevedo: “El amor es la última filosofía de la tierra y del cielo”. Sin duda, es una saludable proclama de esperanza, la del amor; sobre todo para vencer el horror que se respira y reaccionar ante el oscuro caminar que, a veces, se cierne sobre nuestra sociedad. De un tiempo a esta parte, se vienen multiplicando los diagnósticos desesperados sobre el estado de la tierra, como si el planeta agonizase y la vida estuviese a punto de írsenos de las manos. Pienso que ni lo uno ni lo otro. En el equilibrio está la virtud. O sea, la libertad responsable de cuidarse y de cuidar el medio ambiente.

Que el 2008, sea el Año Internacional del Planeta Tierra, nos viene a pedir de boca. Es vital sentirnos oriundos de un globo terráqueo que es nuestra casa común, un astro en el que toda la familia humana es creación en creación, lugar en el que todos hemos de tener voz y cabida. Tantas veces falla el entendimiento en las habitaciones de la existencia, donde en vez del corazón se levantan muros de hielo, que nos alcanza el tedio antes que el sentido común; obviando la sabiduría innata que respira la misma tierra y que apenas le hacemos caso. No es de recibo quedar en la otra orilla viéndolas venir. Hay que hacer algo para que los desequilibrios ecológicos que hacen inhabitables y enemigas del ser humano vastas áreas del planeta, vuelvan a ser zonas de vida habitable. Cada palmo de tierra cultivado por y para la familia humana, desde luego, es un signo de solidaridad encaminado a lograr que el planeta cumpla su misión de ser posada de vida y camino de encuentros.

Conservar de los pueblos sabores ancestrales, como el de la acogida, implica que todavía el corazón vive. Construir estructuras más abiertas y expandir áreas urbanas, usando las condiciones naturales del subsuelo, aumentar el interés de la sociedad por las ciencias de la tierra, incrementar los conocimientos sobre el planeta en el que vivimos, son algunas de las perlas que germinarán a lo largo de este año, en el que el planeta terrícola va a tener todos los honores de cumpleaños feliz, a poco que mermemos los escándalos. El hambre es uno de ellos. Y lo es, porque la tierra puede proporcionar a cada cual la ración de alimentos que necesita. Ahí están los fenómenos de fuga de capitales, despilfarro o apropiación de los recursos en beneficio de una minoría familiar, social, étnica o política, generalizados a más no poder y que, a pesar de ser públicamente conocidos, se hace bien poco por frenarlos. Lo cierto es que medio mundo lo tiene todo, mientras el otro medio no tiene ni espacio adecuado para vivir.

Todos estos desarreglos terrícolas causados por el ser humano deben cesar. Pienso que los habitantes de la tierra han de reformar estilos de vida, modos y maneras de vivir. 2008 es el instante preciso, lo ha de ser, con menos tensiones políticas y más diálogos, para que la alianza entre el ser humano y el medio ambiente fructifique. El problema es global y, por ende, la acción debe ser colectiva. Ningún país puede resolver por sí mismo los problemas relacionados con los moradores del planeta. A mi manera de ver, aún no se presta la atención adecuada a la educación de nuestros escolares, algo básico para cambiar actitudes innatas y egoístas de consumo y abuso de los recursos naturales. Al mismo tiempo, habría que seguir incentivando económicamente a tecnologías empresariales más adaptadas al ambiente, que no sólo lo respetan, también lo preservan y protegen.

Poder habitar la tierra, pues, exige responsabilidad y compromiso general. Nadie se queda a salvo. Si hay que humanizar el medio ambiente natural como se dice, y yo también así lo creo, también es de justicia que el medio ambiente humano haya que ponerlo en salvaguardia. El horizonte, a cultivar, no puede ser más claro: Un desarrollo sostenible que preserve el medio natural de todos los habitantes del planeta tierra, el respeto de la dignidad de las personas por encima de fronteras y frentes, y la protección total a los valores interiores de los moradores. La destrucción de la morada terrícola, en parte potenciado por el virus del egoísmo y del acaparamiento violento de los recursos de la tierra, además de generar roces, luchas y batallas, precisamente porque son fruto de un concepto inhumano de desarrollo, forja desigualdades e injusticias. En todo caso, la inteligencia humana tiene muchas viabilidades para corregir y estimular un nuevo florecimiento. Sólo hay que despertar a la moral y adormecer el egocentrismo. El Año Internacional del Planeta Tierra es la llama que necesitamos. Nuestra obligación de sobrevivir no es sólo para nosotros mismos sino también para ese universo que nos cobija y para esos caminos de aire en busca de caminantes.

PARA QUE YO ME LLAME ÁNGEL GONZÁLEZ

Muere el hombre, una crisis respiratoria dicen que fue la causante. Vive el poeta, una permanencia en la poesía como actitud de vida y un equilibrio en el dominio de si como manera de vivir, le hicieron grande y eterno, aunque él no creía en perpetuidades. “No creo en la Eternidad. /Mas si algo ha de quedar de lo que fuimos /es el amor que pasa”- dice uno de sus poemas. En ese ancho espacio y en ese largo tiempo, cultivado para llegar a la esencia de las cosas, entregó la vida al verso y pudo abrazar al mundo con los acordes de la poesía. Quiso refrendar su nombre con el poema de la vida, para que todos le llamásemos Ángel González, incluido él mismo, y procuró estar por encima del ocaso, en la autenticidad de la luz, luchando contra viento y marea, huyendo de la enloquecida fuerza del desaliento.

Consiguió Ángel González, en este caminar por la existencia de los muertos porque la vida es lo que nos queda por vivir, ser lo que quiso ser, en este trajinar donde nada es igual. He aquí la lucidez de su receta poética que nos lega para los que seguimos la ruta de la navegación terrícola, y aún no hemos alcanzado cielo: “Olvidemos/ el llanto/ y empecemos de nuevo, / con paciencia, / observando las cosas…” Sin duda, observar alrededor y observarse, –como dice el poeta en las citadas estrofas-, lejos de las rabietas del presente, injerta otros puntos de vista que iluminan el muro de las sombras.

Para que el poeta se llamase Ángel González, y no admitiese confusión la poética desnuda que albergó el verbo conjugado para todas las edades y mundos, se vistió de palabras nuevas en sus andares, viajó por la tierra a pecho descubierto, puso el acento en resucitar la palabra con viva paciencia, y se sirvió un destello de amor en cada paso. Logró un lenguaje claro y clarividente, poniendo voz a sus transparentes latidos, y, así, hasta pudo hacer inventario de lugares propicios para el amor. Denunció que eran pocos los espacios para hacer el corazón, sobre todo para lo grandioso que es el ser humano, y se halló que precisaba huir de la realidad, siendo necesario, aunque injusto sea, vaciar el alma de ternura, porque el odio se sirve a diario y la amenaza se desenfunda a la primera contradicción del pensamiento único.

Llamarse Ángel González es una brillante ironía de un poeta con ángel, comprometido con lo humano, que no puede llorar “frente al áspero mundo” (frase que da título al libro que obtiene el Accésit Adonais en 1956) y que sonríe a pesar de las inciviles contiendas; porque sonreír, es un saludable “tratado de urbanismo”, haciéndome eco de otro de sus volúmenes. En cualquier caso, tomar como bandera lo irónico, vestimenta que formó parte de sus raíces parnasianas, aparte de que jamás sea inmoral, también ayuda a sobrellevar los tragos de la vida. En su poética, pues, germina el dolor que el poeta lleva muy dentro, exteriorizándolo en verso, a causa de horrendas estampas vividas de niño, con una guerra civil, luego la posguerra y más tarde la dictadura. La poesía le sirvió para alcanzar horizontes y explicar el mundo, para responder y responderse a esa necesidad inherente al hombre de entender la vida.

Ahora, ya ausente su cuerpo, nos queda el legado de una obra literaria creciente en sabiduría que, con su lectura, cuando menos nos hará despertar del letargo, mirar a los extrarradios marginales ubicados en las lujosas aldeas globales, y pensar que el verso aún es necesario para transformar el mundo y hacerlo más habitable a la poesía. El haz de poemas que Ángel González nos ha donado, en un abrazo inmenso al mundo, puede servirnos para tomar ese primer impulso, para romper frialdades, ya que nos evoca a esa viva estrella que nos revive por dentro, a pesar de los amargos zumos de la existencia.

SOBRE EL ACCESO GLOBAL A LA CULTURA

Está visto que el más difícil aprendizaje es aprender a ver. Lástima que cuando uno empieza a soltarse por la vida, dicho sea de aviso, ya tengamos que morir. Ahora resulta que el Instituto Español de Comercio Exterior nos quiere poner a tino lo de exportar cultura. A mi esto me parece de perlas. Y, para ello, nos quiere llamar al orden visual. Ver y compare, nunca mejor dicho. Es cierto que la posición española tiene todos los números para cantar bingo. Los avales saltan a la vista: el castellano, el lenguaje de las musas y por si alguien no se acuerda la lengua española oficial del Estado, y los genes históricos creativos. La creatividad hispana es pura raza, revela la original contribución que ofrece a la historia de la cultura.

Internacionalizar las industrias culturales españolas, con capacidad para ofertar recursos singulares e irrepetibles, es algo que lo piden los nuevos tiempos de la globalización. La industria cultural ha de saber “vender”, más allá de nuestro provincianismo, la universalidad de nuestro arte y tradiciones, prendido a veces en la soledad y en el silencio más absurdo, cuando no en la dejadez y el abandono. Frente a un valor social que tiene el cultivo de la cultura, ha de germinar también un valor “económico”, generado por la propia industria cultural.

Para ello, si queremos que el consumo cultural rompa techo y se internacionalice como nos merecemos por nuestras garantías creativas y de lenguaje, pienso que hace falta desde una mayor inversión en cultura hasta una remuneración digna a los propios creadores. En consecuencia, es imprescindible que los autores y sus editores se manifiesten públicamente e informen de su derecho a recibir una compensación adecuada por el uso de sus obras, instando a que se deje de cuestionar reiteradamente el sistema de derechos de autor. Tenemos noticias de que la compensación por copia privada, puesta absurdamente en entredicho en los últimos tiempos, dependen más del 90 % de las cantidades que CEDRO, por ejemplo, distribuye cada año en los repartos individuales a los titulares de derechos, así como las actividades de promoción del libro y las ayudas y prestaciones a los autores para gastos sanitarios no cubiertos por la seguridad social, como gafas o tratamientos dentales, y que redundan en beneficio de todo el sector del libro.

Asimismo, estimo, que si es fundamental garantizar y proteger las condiciones para que se produzca la creación cultural, también debemos favorecer la ayuda necesaria para adaptarse a las nuevas necesidades de la globalización y, por ello, echar un capote al fomento de la exportación de nuestra industria cultural es tan justo como necesario. Dicho lo anterior, creo que también hay que concienciar a la ciudadanía del valor de los creadores, de la necesidad de respetar sus obras. Acceso global a la cultura sí, siempre, pero no a cualquier precio ni de cualquier manera.

LA ALARMANTE ADICCIÓN AL ALCOHOL

En los últimos tiempos, lejos de decrecer la adicción al alcohol, se ha disparado. Sobre todo, además, entre los más jóvenes, casi niños. Violencias, accidentes, muertes prematuras y lesiones causadas por el masivo consumo, son fiel reflejo de la alarmante situación. Pienso que las diversas administraciones deberían pasar a la acción, con personal suficientemente capacitado, para proteger a los adolescentes de sus baños alcohólicos. Desde luego, creo que urge informar, educar y concienciar, sobre el impacto de riesgo que supone ser un gran consumidor, incrementándose el peligro, aún más si cabe, en las edades más tempranas. Me parece que deberíamos pasar de la ética de los cinco principios éticos de la Carta Europea sobre alcohol, a la ética de las responsabilidades. Tiene pocas luces quedarnos solamente en las grafías de las buenas intenciones, en un mero documento de propósitos que nadie hace cumplir.

Si todas las personas tienen derecho a que su familia, comunidad y vida laboral estén protegidas de accidentes, violencia u otras consecuencias negativas asociadas al consumo de alcohol, pongámonos manos a la obra y que el peso de la ley recaiga sobre los infractores. Intensifiquemos todas las medidas protectoras habidas y por haber, como puede ser la esponsorización del alcohol en determinados medios de comunicación durante programas en los que se tiene constancia que los ven jóvenes; asegurémonos también que los fabricantes no dirigen sus productos a la juventud; controlemos más eficazmente que los menores no tienen acceso al alcohol; proporcionemos el apoyo necesario y la vigilancia debida.

Si todas las personas tienen derecho a recibir una educación e información válida e imparcial desde la infancia acerca de las consecuencias del consumo de alcohol sobre la salud, la familia y la sociedad, hagámoslo sin miramientos. Tan solo por la vía educativa puede el ser humano, humanizarse. La mejor manera de concienciar sobre los efectos del alcohol pasa por el testimonio y la observancia de hechos reales. Los centros educativos, organizaciones juveniles y asociaciones de barrios, son lugares propicios para desarrollar programas de educación sanitaria. El entrenamiento en habilidades de una vida sana, dirigido a resistir la presión social y la gestión del riesgo que a diario se nos mete por los ojos, es una sensata forma de instruir. Además, la juventud debería tomar las riendas de las responsabilidades y obligaciones, amén de los derechos, como esperanza de futuro que son de la sociedad.

Si todos los niños y adolescentes tienen derecho a crecer en un medio ambiente protegido de las consecuencias negativas asociadas al consumo de alcohol y, en la medida de lo posible, de la promoción de bebidas alcohólicas, asentemos el espíritu de la letra en el orbe humano. Está comprobado que toda existencia individual está determinada por innumerables influencias del ambiente vivido. Para empezar, considero, que hay que desterrar la cultura del beber por el beber del mapa del ocio, fomentar y favorecer otras alternativas. Avivar el papel de la familia en promover la salud y el bienestar de los jóvenes, es la mejor educación. Para ello, hay que predicar con el ejemplo, asegurando que los mismos centros educativos sean ambientes libres de alcohol.

Si todas las personas que consuman alcohol de forma peligrosa o dañina y los miembros de sus familias tienen derecho a tratamiento y asistencia, libremos recursos sociales para atajar la enfermedad que reconoce la Organización Mundial de la Salud como tal. Basta ya de que el Alcohol no se considere una de las drogas más duras, se publicite por doquier ventana, saltándose en ocasiones la legalidad. Las personas que no quieren beber alcohol o que no pueden hacerlo por motivos de salud o de otro tipo, tienen derecho a ser protegidos frente a las presiones para consumirlo, así como a recibir apoyo en su decisión de no beber. Una de las prioritarias medidas pasa, sin duda, porque el alcohol deje de estar bien visto socialmente, transciendo con claridad las consecuencias negativas de la bebida para las personas, la familia y, por ende, la misma sociedad.

La alarmante adicción al alcohol que soportamos cada uno como puede, porque todos podemos llegar a ser víctimas de la bebida o del reo que bebe, es un problema social, que requiere una solución de colaboración por parte de todos. Así, en el medio en el que se consume alcohol, debe asegurarse ética a los responsables que lo sirven, negándoselo a menores y personas adictas. Por ejemplo, haber reforzado los reglamentos y multas por conducir bajo los efectos del alcohol está siendo una buena medida, que ya está dando sus evidentes frutos.

En un mundo cada día más globalizado, los compartimientos y actitudes se diversifican. Es cierto que los jóvenes hoy en día tienen mayores oportunidades y disponen de más recursos, pero también son más vulnerables y receptores de una publicidad rabiosamente consumista, incluso de bebidas alcohólicas potencialmente peligrosas. Sinceramente creo que sería conveniente un mayor control al respecto, donde las redes de seguridad de la salud pública deben jugar un papel fundamental, lejos de cualquier interés comercial. Controlar el consumo de alcohol es todavía una asignatura pendiente en las políticas españolas. En cualquier caso, cuánto menos alcohol, mejor. Es verdad que muchas personas consumen alcohol de una manera moderada y no llegarán nunca a tener problemas de adicción. Sin embargo, en otras situaciones el perseverado consumo conducirá a la persona, y en mayor medida si es joven, a sufrir problemas de alcoholismo. Lo que no debemos hacer jamás, es mirar hacia otro lado.

 

 

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