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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS

Por Yolanda Campiñez García
spike09buffy@hotmail.com

EL VIENTO DE VERANO

Cierto día, el Viento de Verano llegó al pequeño pueblo de Summerfun. Había soplado, corrido y bailado por varios pueblos y ahora le tocaba a Summerfun.

Él llegó rápido, había corrido por muchos parajes despoblados, llenos de árboles y hierbas, matorrales y matojos, flores y plantas, pero ninguna alma humana que cerrara sus ojos, dejara que sus cabellos flotaran y abriera sus brazos para sentir que el Viento la abrazaba, la recorría, se alejaba de ella y volvía para refrescar su cara del calor del Verano.

Nada más entrar en Summerfun vio niños jugar en la orilla del río, perros correr alrededor de ellos, hombres sentados en sus sillas de enea fumando o arreglando sus cañas para pescar en el río, y mujeres amasando pan en sus cocinas con las ventanas abiertas de par en par o tendiendo las blancas sábanas en cuerdas que iban de palo a palo.

El Viento de Verano llegó rápido y empezó a soplar para refrescar al pueblo, pero lo hizo con tanta impaciencia que sopló demasiado fuerte. Los niños dejaron de jugar y comenzaron a correr hacia sus casas, los perros ladraron y corrieron detrás de los niños, los hombres recogieron sus sillas, sus pipas y sus cañas, y las mujeres, gritando asombradas por la repentina ventisca, cerraron sus ventanas y recogieron sus sábanas.

En unos minutos todos los habitantes de Summerfun se habían encerrado en sus casas. Los niños estaban con sus madres, los hombres comentaban con sus mujeres lo repentino de aquel viento y las mujeres intentaban colocar las sábanas lo mejor posible para que no se ensuciaran de nuevo.

El Viento de Verano se sorprendió de que la gente no agradeciera su llegada, de que corrieran a esconderse como si hubieran visto al demonio. Él, que había llegado para refrescar la tarde veraniega, ahora se encontraba sólo, soplando un viejo pueblo que parecía fantasma. Así que se enfadó y comenzó a soplar más fuerte, cada vez más y más fuerte. Los árboles se doblaban, las ramas se quejaban, algunas hojas salían volando. Los habitantes de Summerfun se asustaron y comenzaron a apuntalar puertas y ventanas, también fueron a sus despensas y contaron cuánta comida les quedaba por si el viento, que había aparecido de repente como un huracán, duraba mucho y traía con él lluvias y tormentas.

Él soplaba y soplaba, se llevaba por delante pelotas olvidadas y pinzas que se habían quedado sin recoger con las prisas. Estaba muy enfadado y no tenía intenciones de dejar de soplar para darles a los habitantes de ese pequeño pueblo una lección por no saber ser agradecidos.

De repente, oyó gritar a alguien, pero apenas podía escuchar sus palabras debido al ruido que formaba con sus grandes soplidos y, cuando paró un segundo a coger aliento para volver a soplar con fuerza, creyó escuchar:

  • ¡Viento de Verano! ¡Viento de Verano!

Era un pequeña florecilla que parecía no poder soportar más tiempo agarrada a la tierra y amenazaba con salir volando sin remedio.

  • ¡Viento de Verano! ¿Por qué soplas con tanta fuerza?
  • Por que estas personas desagradecidas han salido huyendo cuando yo he llegado. En lugar de agradecer el frescor que les traigo en una tarde tan calurosa, me dan la espalda y se esconden para que no les vea.
  • ¡No es eso! –gritaba la florecilla intentando hacerse oír- Es que les has asustado. Has llegado con tanto ímpetu y has soplado tan fuerte que han pensado que se trataba de un viento maligno y han corrido a guarecerse de sus desgracias. No saben que eres el Viento de Verano. No saben que eres la brisa que les refresca. Realmente tú no eres así, ¿Por qué no pruebas de calmarte y soplar como haces siempre?

El Viento de Verano pensó que quizás esa pequeña florecilla tenía razón y comenzó a soplar suave, con una brisa refrescante y agradable. Los habitantes de Summerfun oyeron desde sus casas que ya no hacía tanto viento y abrieron sus ventanas para asomar la cabeza. Cuando comprobaron que lo que quedaba era una pequeña y agradable brisa comenzaron a abrir sus puertas, a sacar sus sillas de enea, a tender sus sábanas blancas, los niños a buscar sus pelotas perdidas y los perros comenzaron a correr aquí y allá y hubo un momento en que todos pararon, cerraron sus ojos, dejaron que sus cabellos flotaran y abrieron sus brazos para agradecer que el Viento de Verano hubiera refrescado la tarde y les regalara los perfumes de las flores.

LAS AVENTURAS DE ESTELA

Allí estaba ella. Agachada tras un árbol mirando la enorme casa que se hallaba en la explanada del valle.

Era una casa enorme, parecía más bien un castillo, que se encontraba en medio del valle de Sunvalley rodeado por un bosque. Tenía tres puertas de entrada, una principal y otras dos más a cada lado. Hasta la puerta principal llegaba un largo camino que venía de la carretera de tierra y, desde donde ella estaba, se podían contar hasta dieciséis ventanas sólo en la parte de la fachada, aunque la niña todavía no sabía contar bien. Había también dos torres, una en cada punta del castillo, y otra justo en medio. Pero la del medio era diferente, parecía más bien un campanario de iglesia.

Era una calurosa tarde de verano y la niña, desde detrás del árbol, miraba las puertas intentando adivinar si había alguien o no a la vista que pudiera descubrir su entrada al castillo. Llevaba un vestido blanco con un lazo detrás y tenía sus rizos recogidos con otro lazo blanco.

La niña fue pasando de árbol en árbol por la parte izquierda del bosque. Oía cantar algunos pájaros y a las chicharras mientras se movía sigilosamente. Tenía una gran curiosidad por adivinar cuántas habitaciones tenía el castillo y si la cocina estaría llena de ricos pasteles y dulces. Tenía hambre. Llegó al árbol más próximo a la fachada del castillo y miró a la puerta que tenía más cerca. Si quería llegar hasta ella tendría que salir de los árboles y quedaría al descubierto, y con ese vestido blanco llamaría mucho la atención. De lo que no se había dado cuenta era que al pasar por los árboles se había manchado el vestido de resina y los zapatos de tierra.

Visualizó la puerta y corrió hacia ella intentando hacer el menor ruido posible. Estaba abierta. Entró y vio que se trataba de una habitación con una mesa, una silla y poco más, pero no había nadie. Esa habitación tenía una puerta que daba al interior del castillo. Al pasar por ella vio un largo pasillo que tenía otra puerta. ¿Serían puertas mágicas que daban a un laberinto que nunca termina? pensó la niña. Pero no, la puerta simplemente daba a un gran patio interior que, a su vez, tenía más puertas por las que se entraba a las dependencias del castillo, aunque la niña pensó que quizás se trataba del centro del laberinto. Sólo le quedaba salir corriendo hacia una de las puertas atravesando el patio sin que la viera nadie e intentar que al menos alguna se abriera y, con suerte, encontrar pronto la cocina.

Miró hacia todos los lados y salió corriendo hacia una de las puertas, y en un momento que miró de reojo hacia arriba, le pareció ver una sombra en una de las ventanas. Ya había llegado a la puerta elegida, cogió el tirador y… se abrió. La cerró tras ella y se encontró en una enorme sala de estar. Tenía varios sillones, mesitas redondas con las patas talladas en forma de hojas, enormes cuadros colgaban de sus paredes con escenas de campo: unos perros persiguiendo a unas indefensas liebres, unos cazadores persiguiendo un jabalí, unas mujeres, a las que no se les veía la cara debido a los enormes sombreros que llevaban, sentadas al borde de un río. Y al final una puerta de dos hojas. Caminó despacio por el salón acariciando con sus deditos los sillones y cuando llegó a la puerta se asomó por la cerradura. No se veía gran cosa, tendría que salir para averiguar que había al otro lado. A lo mejor había una gran sala llena de cofres de oro, pensó la niña. O a lo mejor era una gran cocina con pasteles en todos sus estantes, siguió pensando. Pero desde la cerradura no podía olerse nada, así que se decepcionó un poco al pensar que quizás no había cocina en el castillo.

Cogió el tirador y la puerta se abrió. Asomó un poco el ojo y vio que era un amplio pasillo con varias puertas, pero nadie a la vista. ¡Vaya! ¡Debe ser el Castillo de las Cien Puertas! pensó. Eligió una puerta con el dedo, haciendo ver que contaba, y se encaminó hacia ella. Cogió el tirador pero esa puerta no se abría. Este debe ser el salón de los cofres de oro, dijo en voz alta. Fue a la puerta de al lado y esta sí se abrió.

Ahora entraba en una gran habitación. Todas las habitaciones en aquél castillo eran enormes. En medio tenía una cama muy alta con un dosel, todo blanco, a cada lado una mesilla, en su lado izquierdo había una cómoda de madera oscura con dibujos de flores, al lado derecho había un espejo y delante de la cama había una puerta abierta que parecía ser un armario. La niña fue hasta el armario pasando la mano por las mullidas sábanas y se quedó boquiabierta al ver que dentro, en su lado derecho, había estantes repletos de sombreros. Decenas de sombreros de todas las formas y tamaños. Entusiasmada cogió uno que quedaba a su alcance y se lo puso. Era un sombrero muy bonito, de ala ancha con un lazo azul rodeándolo y cayendo por detrás. Se lo puso y fue a mirarse al espejo, en ese momento le sonaron las tripas. Casi no se veía porque el sombrero le venía grande y le tapaba los ojos, pero ella pensó que era una de las damas del cuadro que vio en el salón, esas que estaban sentadas en la hierba al lado de un río.

Así, con el sombrero puesto, salió otra vez al pasillo para elegir otra puerta y eligió justo la del final. Se acercó, la abrió sigilosamente, miró con un ojo por la ranura y descubrió otro largo pasillo. La última puerta que se veía estaba abierta y dentro parecían oírse pasos. De todas formas ella entró en el pasillo resuelta a abrir otra de las puertas que estaban cerradas, cuando de pronto un grito la dejó petrificada en medio.

- ¡Donde se habrá metido! La señora ha dicho que la ha visto desde la ventana correr por el jardín interior. ¡Esta niña es una travesura! ¡Estela! –gritó asomándose por el pasillo.

Allí estaba Estela, en medio del pasillo con cara de circunstancias.

¡Oh, oh! pensó, me ha pillado la bruja mala.

- ¡Estela! ¿Cómo has podido manchar el vestido así? ¡Dios santo! ¿Y ese sombrero? ¿Ya has estado haciendo travesuras? Anda ven aquí que ya está la merienda, seguro que te gustará mucho. –dijo Madi, la cocinera.

- ¡Qué bien! Pensé que en este castillo no había cocina. –dijo Estela saltando hacia la cocina.

- ¡Cómo no va a haber cocina! Tienes una imaginación enorme. Mira, hoy hay pastel de mora, tu preferido. –dijo Madi acercándole un plato y una suculenta tarta. Rosi, una chica joven ayudante de la cocinera, la miraba sonriendo.

- ¡Qué bien, de mora!

Madi le quitó el sombrero para que no lo manchara, mientras Estela se comía un pedazo de tarta con las manos terminándose así de ensuciar el vestido.

- Madi, a que ¿en las habitaciones que están cerradas hay cofres llenos de oro?

Y Madi se echó a reír.

MIEDO

Hoy me ha pasado algo extraño, difícil de explicar. Hoy el miedo ha entrado en mi casa.

Después de salir del trabajo me he dirigido directamente a mi apartamento porque no me encontraba bien. Tengo que decir que, a mis 40 años, por fin he conseguido un trabajo a mi medida como ejecutivo en una de las grandes empresas nacionales que tiene su sede en Madrid. Llevo todo el día como atontado, los ojos se me empañan, me pica la nariz y me molestaba tanto la corbata que, después de comer en el enorme comedor para ejecutivos, al lado opuesto de donde se encuentra el comedor para empleados, tuve que quitármela.

Charlie, como llamamos a Carlos, el jefe de departamento de personal, me ha dicho que posiblemente sea algún tipo de alergia, que incluso podía ser por culpa de mi idolatrado aire acondicionado. Recuerdo que pensé: ¡Estupendo Fer! ¡Ahora que te han ascendido!

Más mal que bien, he conseguido aguantar todo el día en mi despacho y, con los ojos enrojecidos, he salido como siempre a las seis en dirección al garaje privado de la empresa, me he puesto manos al volante y, tras un par de frenazos bruscos por no ver bien el color de los semáforos, he conseguido llegar hasta la avenida donde vivo.

Después de ver que he dejado el coche aparcado casi dos palmos separado de la acera y encima con el morro salido, me he arrastrado como un zombi hasta el ascensor. El portero me ha saludado como siempre y ha añadido que tengo mala cara. El ascensor, uno enorme, antiguo como el edificio, con puertas de hierro y botones dorados, me ha subido sigilosamente al noveno piso. La puerta nueve me estaba esperando y yo, que he empezado a marearme, he tenido que hacer tres intentos para que entrara la llave de seguridad en su ranura. Vivo solo, así que nunca hay nadie esperándome, únicamente mi suelo de mármol, mis alfombras de pura lana virgen, mis muebles de diseño, minimalistas, en madera oscura y mi cocina americana con sus electrodomésticos de última generación.

Me he sentado en el sofá de piel negra, más bien me he dejado caer, con los brazos abiertos, desparramados a mi lado y con la cabeza apoyada en el respaldo mirando al techo. He intentado quitarme el zapato derecho haciendo fuerza en el talón con mi pie izquierdo, pero los cordones no han dejado que se soltara así que he tenido que agacharme, cosa que ha hecho que mi cerebro se desplazara hacia delante y la nariz me goteara en la alfombra blanca. Los zapatos italianos han salido torpemente rodando hacia un lado y yo he vuelto ha echarme hacia atrás como si la cabeza me pesara una tonelada.

Mi cuerpo no estaba siendo justo conmigo. Después de esforzarme por trepar en la empresa hasta conseguir el puesto de Jefe Ejecutivo de Ventas no puedo dejar que una simple alergia lo estropee todo la primera semana. La americana, que aún llevaba puesta, me molestaba, así que he decidido aprovechar el esfuerzo de quitármela para levantarme hasta la cocina y coger una aspirina para solucionar al menos el dolor de cabeza.

En la caja sólo quedaba una, tengo que comprar más. Giro con el vaso de agua en la mano hacia la ventana, apoyando mi cuerpo en el mármol negro de la cocina y cuando lo vacío me dejo resbalar hasta quedar sentado en el suelo.

No sé cuanto tiempo he pasado compadeciéndome, sentado en el suelo de mármol que ahora me parece tremendamente frío. Con dolor de cabeza, mareado, moqueando, con una sensación helada que llega del culo hasta mis huesos y los ojos humedecidos, alzo la cabeza y ya estaba oscureciendo. Levanto mis ochenta kilos, que en ese momento me han parecido doscientos, para ir al dormitorio y ponerme algo más cómodo, y he vuelto a sentarme al sofá. Me he resistido a irme a la cama, he querido que se me pasara el dolor de cabeza antes de acostarme y creo que ha sido una mala decisión.

Cuando la noche ha terminado de caer, han llamado a la puerta, con la mano, tres veces, tres toques. Miro el reloj. Las nueve. Levanto mi cuerpo, ahora parece que la cabeza pesa menos. No suelo tener visitas, a veces el portero me sube el correo, y las veces que ha habido alguna mujer en mi apartamento ha entrado conmigo. Abro la puerta. Nadie. Empiezo a pensar que lo he imaginado, no me encuentro nada bien y estoy empezando a dormirme. Cierro la puerta y vuelvo al sofá. La única luz que hay ahora en el salón es la del moderno reloj digital que me anuncia la hora con sus números de medio palmo color rojo.

Tras varios segundos, tres toques más. Tengo timbre, no sé por qué, quien sea no lo pulsa. Me acerco a la puerta, la abro, nadie. Vuelvo a cerrarla y me quedo de pie, como un pasmarote delante de ella. En su lado derecho está el interfono que comunica con el portero, él está hasta las diez así que descuelgo, aprieto el botón y espero. Manuel me contesta enseguida ¿Qué quiere señor Gómez? Llámame Fernando, le digo. Se lo he dicho mil veces, pero él sigue con su protocolo de llamar a los propietarios por el apellido. Lo dejo por imposible. Manuel, le pregunto ahora, ¿has venido a mi apartamento a tocar a la puerta? La pregunta en sí ya me parece tonta, no creo que, ni aún subiendo en el ascensor, le hubiera dado tiempo a tocar mi puerta y llegar abajo a contestar el interfono.

No, señor, (me contesta Manuel) no me he movido de la portería.

Gracias Manuel, le digo y cuelgo. Quizá algún graciosillo, aunque me parece extraño ya que en este bloque vive gente respetable y, los que tienen niños ya son demasiado grandecitos para andar haciendo payasadas. Vuelvo al sofá. Las diez.

Me parece imposible que haya pasado una hora. ¡Sólo me he levantado hasta la puerta! Sacudo la cabeza y me digo que va siendo hora de meterme en la cama porque no termino de respirar por la nariz. Al incorporarme para levantarme suenan tres toques en la puerta. Entre enfadado y asustado voy hacia ella, la abro de golpe y no hay nadie. Asomo la cabeza por el pasillo y está desierto. El gran rellano con sus diez puertas descansa tranquilo iluminado por las luces en forma de candelabros que cuelgan de las paredes. En ese momento se apagan y el susto hace que me dé un vuelco el corazón, pero enseguida recuerdo que Manuel, cuando se va a las diez, apaga las luces del edificio y tan sólo quedan las de emergencia. A mi izquierda, al final del pasillo, en la pared de enfrente, veo el ascensor con su rótulo parado en el cero, a mi derecha una puerta más y el hueco de la escalera. Allí, sobre la moqueta, en el tramo que coincide con la escalera, una sombra.
Me asusto y cierro la puerta. Me quedo pegado de espaldas a ella. Es increíble el miedo que estaba comenzando a sentir. Aún algo mareado por el resfriado o la alergia y con la cabeza algo pesada, empieza a despejarse mi nariz y descubro que respiro muy rápido. Será mejor que eche la cadena y me vaya a dormir. Pero, antes de despegarme, giro sobre mí mismo y echo un ojo por la mirilla con el cuerpo pegado a la puerta. No se ve a nadie y aún así, de repente, tres toques más que hacen vibrar mi pecho y justo antes de despegar el ojo veo una sombra desplazarse hacia la derecha.

¡No puede ser! ¡No he visto a nadie! ¡Es imposible! El mareo se hace mayor y me dirijo temblando hacia la encimera de la cocina, a mitad de trayecto echo un ojo al reloj. ¡Las once! Debo de estar delirando, pero no me noto fiebre, estoy helado y comienzo a sudar. Ya en la encimera de la cocina cojo el cuchillo más grande de los que tengo y antes de volverme hacia la puerta veo, en la ventana que hay justo frente a mí, una sombra cruzar.

¡Eso es lo último! Nadie puede estar paseándose por delante de la ventana de un noveno piso. Con el pulso tembloroso y la mente espesa, comienzo a pensar: un noveno piso….., vivo en la puerta nueve…, los primeros golpes han sido a las nueve en punto… mi ascenso se produjo el nueve de septiembre… No puede ser. Me estoy volviendo loco. Todo esto no puede tener conexión ninguna. Aterrorizado miro fijamente la ventana con el cuchillo en alto y la sombra vuelve a pasar. Esta vez más lentamente y en lugar de desaparecer tras la pared de la fachada, parece entrar por la poca luz de la luna que se cuela por la ventana.

Ahí la tengo, en el suelo frente a mí. Comienzo a temblar cada vez más, el sudor se hace mucho más visible, la respiración se hace cada vez más pesada. La sombra comienza a balancearse frente a mi y yo suelto el cuchillo y caigo inconsciente al suelo.

MIEDO (2ª PARTE)

Empiezo a recuperar la consciencia. Empiezo a despertarme y, con los ojos aún cerrados, noto que la cabeza me da vueltas. Espero un poco antes de abrirlos para no marearme aún más y comienzo a tener varias sensaciones. Una de ellas es que estoy cómodo, parece que en la cama. Otra de ellas es que hace una temperatura muy agradable, rozando el calor, pero se está bien. Comienzo a pensar vagamente qué me ha pasado y me recuerdo a mí mismo con un cuchillo en la mano mirando una sombra frente a mí. Eso me asusta y rápidamente abro los ojos e intento incorporarme al tiempo que noto un dolor en la cabeza, por encima de la nuca.

Una voz conocida me habla y me pone la mano en el hombro diciéndome que no me levante. Es mi hermana. Al verla digo su nombre y rodeo con los ojos la estancia. Estoy en un hospital o al menos eso parece. Me tumbo otra vez en la cama y entonces oigo el ruido del plástico bajo las sábanas. Me doy cuenta de que de mi brazo derecho salen unos tubos, uno llega hasta el suero y la etiqueta de la otra bolsa no puedo leerla bien. Le pregunto a Martina qué ha pasado y me asombra mi voz ronca.

Martina comienza a explicarme que, cómo no llegaba al trabajo, Charlie me llamó al móvil y a mi casa y, cómo no contestaba, se acercó extrañado de que, después de mi tan ansiado ascenso, faltara un día sin dar explicaciones. “Mi ascenso…” pienso. Allí Manuel le dice que no me ha visto salir y llaman al interfono, como tampoco contesto Charlie empieza a preocuparse seriamente y llama a la empresa para que busquen algún otro teléfono de contacto. Y así es como llaman a Martina. Martina se enrolla como una persiana, como ha hecho siempre, pero en ese momento no me molesta, quiero saber cómo he llegado hasta aquí y qué ha pasado.

Ella sigue explicándome que menos mal que tiene una llave de mi apartamento, que fue buena idea convencerme para que le hiciera una copia o los bomberos tendrían que haber echado la puerta abajo y, ¡claro!, que pena de puerta con lo bonitas que son. Lo malo es que yo había echado la cadena por dentro y tuvieron que ir a por unos alicates para cortarla. Allí me encontraron inconsciente en el suelo y como a mi lado había un cuchillo pues llamaron enseguida a una ambulancia. Los sanitarios, después de una revisión allí mismo en el suelo, dijeron que no parecía grave y me llevaron a urgencias para verificar el alcance de mi golpe en la cabeza y la herida del pie. Hasta ahí bien. ¿Eh? ¿Herida en el pie?

Entonces Martina me pregunta si me había peleado con alguien. Yo le digo que no, mientras pienso en la sombra y en lo estúpida que resulta la situación vista desde fuera, además, le digo: ¿quién puede haberse ido y echar la cadena por dentro? Ella ve la lógica de la explicación y me pregunta qué hacía un cuchillo. Me quedo un rato pensando en si le cuento lo de los golpes en la puerta y la sombra que me acechaba y de repente recuerdo a mis sobrinas. Le pregunto por ellas, dos niñas de las que no recuerdo muy bien la edad, y me dice que están con su suegra y que no le cambie de tema. Decido contarle la historia omitiendo los detalles de cómo pasaban las horas tan rápidamente. Antes de que ella conteste nada le pregunto que qué me pasa, porqué sigo en el hospital.

Me cuenta que tengo neumonía, pero que no es grave. También que tengo un golpe en la cabeza sin importancia que ha quedado simplemente en un chichón, y que tengo el dedo meñique del pie derecho vendado. ¿Qué pasa con mi pie? creo gritar, aunque ha quedado sólo en una pregunta ronca a media voz. Me dice que no me preocupe, que por lo visto el cuchillo impactó de punta con mi pie y llegó a atravesar la felpa de la zapatilla pero, como fue por el lado exterior, no ha llegado a cortar ninguna parte importante, que simplemente lo llevo vendado porque el corte sangraba. En ese momento se levanta y me dice que va a llamar a la enfermera para decirle que he recuperado la consciencia. Antes de que salga por la cortinilla le pregunto cuanto tiempo llevo aquí y me dice con una sonrisa que aún no me he perdido fin de año. Abro los ojos como platos pensando en haber perdido meses en esta cama y ella riendo me dice que soy un tonto y que llevo apenas veinticuatro horas. Graciosilla.

Al rato, una enfermera asoma la cabeza por la cortina sonriente. Es una chica rubia, de pelo largo, muy guapa que, con su bata blanca, me hace tener pensamientos impuros. Me pregunta cómo me encuentro y le digo que bastante bien, a ver si me dan el alta pronto. Ella se acerca a ponerme el termómetro bajo el sobaco y me toma con sus finas manos el pulso, entonces veo su nombre colgando de la tarjeta de su bolsillo. Claudia.

Muy bien, me dice Claudia poniendo sonrisa pícara. Ahora vendrá el doctor.

El doctor ya no me gusta tanto. Ha venido bastante rápido para estar en urgencias. Pese a todo es muy amable. Coge el termómetro y se apunta en una carpeta la temperatura. Levanta un poco la sábana por la parte de abajo para examinarme el pie y descubro que sólo llevo unos calzoncillos. Miro con cara suplicante a mi hermana que está pendiente de lo que hace el doctor. Me retira un poco la venda y, después de examinar mi dedo, dice que está muy bien. Ahora viene a por la cabeza. Al tocar el chichón suelto un quejido pero el doctor da buenas expectativas, a partir de mañana comenzará a bajar. Puedo ver su nombre en una tarjeta idéntica a la de la enfermera Claudia, se llama Fernando como yo.

El doctor Fernando se coloca el estetoscopio en los oídos y me ausculta. Después de un rato escuchando me dice que mi neumonía es lo que está peor pero que no le preocupa porque no es grave. Me pregunta si recuerdo cómo me desmayé pero yo lo último que recuerdo es un sombra atravesar la ventana hasta mí. Como no creo que esa explicación suene muy cuerda, le digo que no recuerdo nada, sólo que me dolía mucho la cabeza y que tomé una aspirina. El doctor me dice que me van a trasladar a planta y que tendré que pasar algún día más para ver si mejora mi neumonía, que luego, si estoy mejor, podré ir a casa y seguir con mis cuidados allí. Con una sonrisa sale por la cortinilla al pasillo.

Quiero quejarme pero sé que con Martina no voy a conseguir nada. Mi hermana, dos años menor que yo, siempre se ha salido con la suya, aún así le digo que quiero salir ya de allí, a lo que me responde negando con la cabeza. Le pregunto que quién me ha quitado la ropa y me quedo algo más tranquilo cuando me explica que ha sido ella misma con la ayuda de uno de los sanitarios que pululan por urgencias. Al cabo de un rato llegan dos enfermeros y abren la cortina del todo. Cogen mi camilla, cada uno por un lado y la empujan sacándola fuera mientras le dicen a Martina que puede acompañarme hasta la habitación.

En planta he tenido otro doctor y otra enfermera diferente. Paso tres días más en el hospital, mi neumonía ha mejorado bastante pero aún necesito cuidarme mucho, aún así me dan el alta. Supongo que están faltos de habitaciones. Todos esos días he estado acompañado por mi hermana que es el único familiar que me queda. Ella ha conseguido apañar a las niñas entre su marido y su suegra, con la que se lleva bien, y se ha encargado de hacerme compañía y de comprobar que comía algo. El último día se ha acercado a mi casa a cogerme ropa y mi cuñado ha venido en su monovolumen a recogerme.

Los días que he estado en el hospital no he sentido miedo por ninguna sombra, aunque no dejaba de mirar por la noche hacia la ventana, hasta que mi hermana se dio cuenta y se encargó de cerrar las cortinas cada noche. Ya de vuelta a casa me asaltan los miedos. ¿Estará esperándome la sombra? Sacudo la cabeza intentando quitar esa absurda idea de mi mente. Ya eres mayorcito, me digo, no te persiguen las sombras. Los fantasmas no existen. Creo convencerme y me siento mejor.

Llego a mi apartamento a las cuatro de la tarde y mi hermana me informa de que no podrá estar las veinticuatro horas del día haciendo de enfermera para mí, cosa que me alegra, pero que me hará la comida todos los días que lo necesite y me llamará hasta agobiarme. ¡Ah! y sobretodo, que no se me ocurra apagar el móvil. En ese momento, como un resorte, pega un pequeño saltito y me pregunta donde está el cargador. Mientras le digo a Roberto, mi cuñado, que me acerque el teléfono fijo. Voy a llamar a la empresa para explicarles la situación. Lo coge la recepcionista que me pasa con Charlie. Tras una pequeña conversación en la que Charlie sólo repite que no me preocupe por nada, queda en pasar por casa sobre las cinco, saldrá antes para verme. Puede permitírselo, pienso, es el jefe de personal.

Mi hermana espera a que se hagan las cinco para que yo no me tenga que levantar de la cama cuando Charlie llame a la puerta y luego se va dejándome la cena preparada y prometiéndome que estará aquí a las siete de la mañana para ver como estoy y hacerme el desayuno. Mi cuñado Roberto dice que él también me irá llamando.

Charlie me informa de las novedades de los últimos días y de que mi trabajo lo está supervisando el vicepresidente ejecutivo, cargo que nunca he sabido para qué sirve. Que todo está bien y, también, que el día que me encontraron en casa vio que mi coche estaba muy mal aparcado y se permitió coger las llaves aparcarlo mejor. A él sí le cuento lo de las sombras. Charlie es uno de mis mejores amigos y sé que él va a intentar entenderme sin creer que soy un perturbado. Él me dice que quizás estaba delirando debido a la enfermedad, y la noche y el dolor de cabeza hicieron el resto, de todos modos, me aconseja que no me deje atrapar por el miedo que puede convertirse en algo peor. Tampoco se sorprende cuando le explico cómo pasaban las horas en un suspiro, me explica que seguro que estaba en un estado de duermevela y que posiblemente sólo miraba la hora cuando despertaba. Aún así no quedo conforme con la explicación.

Antes de despedirse se ofrece a calentarme la cena en el microondas y la trae en una bandeja hasta mi mesita, cosa que en mi interior le agradezco infinitamente aunque, haciéndome el fuerte, le digo que no hacía falta molestarse.

Y así llega la noche. La temida noche. Todo el tiempo he estado intentando no pensar en el asunto, en creer que son chiquilladas, pero la noche igualmente me pilla por sorpresa hasta el punto de hacerme mirar a la ventana sin parpadear esperando ver algo que no existe.

No veo sombras. Tampoco veo luces porque no hay ninguna farola que llegue a un noveno. Sólo veo mi miedo. Gracias a un delirio que hizo incluso que me desmayara, ahora tengo nictofobia. En ese momento oigo un ruido y cierro muy fuerte los ojos intentando dormirme, cosa que, increíblemente, consigo. Paso la noche entre pesadillas. Sombras que me persiguen mientras yo intento correr huyendo de ellas sin éxito.

Cuando despierto ya se cuela la luz por mi ventana. Llaman al timbre de la puerta mientras oigo cómo una llave gira la cerradura, con el corazón desbocado oigo la voz de mi hermana decir muy suave mi nombre. Sólo es Martina.

Me insulto mentalmente mientas espero a que llegue a mi habitación. Pero en ese momento descubro que la bandeja con la cena está en el suelo, el plato lleno aún con la comida, los cubiertos correctamente colocados sobre él, el vaso vacío en el suelo y, junto a ellos, el cuchillo de cocina.

¿Es sólo miedo, o es algo más?

MIEDO (3ª PARTE)

Hace algo más de dos semanas del incidente que me llevó al hospital con neumonía.

Ahora todas las noches veo sombras.

El cuchillo de cocina se ha transformado en mi amigo nocturno.

Lo peor de todo es que ya no son sólo sombras. Se han sumado ruidos, golpes, susurros indescifrables… bueno, indescifrables del todo no, una noche creí entender: “…ventana…nueve…” entre otras palabras que parecen pronunciadas en un idioma extraño. Aunque sólo creí entender. Realmente no tengo nada seguro.

No sé si esto es real o me estoy volviendo loco. Llamé a la oficina para decir que mi neumonía no había mejorado. Charlie quiere venir a verme casi todos los días pero yo siempre pongo una excusa diferente para que no venga. Aún así se ha presentado en casa un par de veces. Por suerte o por desgracia, no sé qué pensar, ha venido de día. De día no me encuentro tan paranoico, será porque no veo sombras. Lo malo es que no sean alucinaciones. Lo malo es que todo esto sea real.

He pasado los días rebuscando por todo el apartamento, en los armarios, detrás de los muebles, debajo de la cama,… no sé exactamente que buscaba y no he encontrado nada en especial, al final lo he dejado estar.

Cuando oscurece empieza la pesadilla, pero yo sigo empeñado en no abandonar mi casa. Todo esto lo he pagado yo.
Mi ascenso…
No. Ahora es más importante solucionar el tema de las sombras.

Ha llegado la oscuridad, acaban de dar las nueve. Ya tengo el cuchillo de cocina en la mano pero no creo que sea muy útil clavarle un cuchillo a una sombra.

Tengo que pensar algo mejor.

Creo oír una respiración. Siempre comienza así. Tengo la sensación de que se oye respirar a alguien y luego siento un frío estremecedor. Antes, cuando comenzaba a sentir el frío, se apoderaba de mí un miedo atroz. Ahora ya no. Ahora sé que el frío no hace daño. Simplemente es el comienzo de la noche.

Tengo las luces apagadas, como siempre. No vale la pena encenderlas. No sirve de nada. En menos de una hora comienzan a parpadear y se apagan. Alguna vez ha llegado a estallar alguna bombilla.

Solo, a oscuras en mi habitación, con el cuchillo en la mano derecha, oigo crujir una puerta. Parece que la están abriendo. Es la puerta de mi habitación abriéndose lentamente hasta el final cuando, de repente, se cierra de golpe dando un portazo tan grande que hace que ondee mi camisa abierta y que las cortinas se muevan. Antes de volver a su posición original, las cortinas revelan una forma tras ellas. Una cara pegada a la tela y una mano alargándose hacia mí. En esos momentos se me ocurre que, quizás si ataco ahora, podré acabar con las sombras. Ahora que tiene forma.

Me lanzo rápida y desesperadamente hacia ella, rasgando la tela hasta abajo. Y eso es lo único que consigo. Romper unas cortinas de cien euros el metro mientras la sombra se desplaza lentamente hacia mi derecha emitiendo un sonido bajo entre un gruñido y risa aterradora.

¿Qué quieres? Le grito. ¡Basta!

Un suspiro helado enfría mi brazo derecho.

Tú… oigo en mi oído.

Tú me llamaste…

¿Yo? ¡Vete!

Es la primera vez que oigo una frase completa que parece venir de la nada y que me susurra al oído. No sé por qué en ese momento se me aclara la mente, debería sentir mucho más miedo, pero la mente encierra muchos enigmas y en ese momento saca de mi memoria el recuerdo de una tienda cercana a esta calle.

Una vez, cuando hacía poco que me había mudado a mi nuevo apartamento, decidí dar un paseo por sus calles y callejones cercanos para conocer mejor la zona y localizar tiendas que fueran interesantes o útiles. Recuerdo haber pasado por el callejón contiguo a esta calle y haber visto una tienda esotérica. Me paré en el escaparate a ver las extrenticidades mientras me sonreía a mí mismo: amuletos de la suerte, piedras mágicas, patas de conejo, cartas que adivinaban el futuro, y también un cartel que rezaba “Tenemos cenizas de gallo para ahuyentar a los malos espíritus” Me hizo mucha gracia. ¡Cenizas de gallo!

Ahora ya no tiene tanta gracia. Podría bajar a la tienda y comprar algún amuleto. Corro hacia la puerta de mi habitación y cuando estoy en salón una ráfaga de aire repentina me lanza hacia atrás, al suelo, dejándome el pecho dolorido. No me estoy volviendo loco, esto es real. Me levanto indeciso y veo que el cuchillo ha salido volando hacia atrás, cerca de la ventana, pero no me acerco a cogerlo. Vuelo hacia la puerta de salida y el tirador no se mueve, no está echada la llave y la cadena sigue rota, pero la puerta no se mueve. Empiezo a volverme loco, de repente quiero salir de allí a toda prisa y creo ahogarme de desesperación. Grito mientras tiro de la puerta con todas mis fuerzas y ella se resiste a moverse. Tras unos minutos tirando, se oye ruido en el rellano y en ese momento la puerta cede y se abre de golpe. Es un vecino.

Buenas noches. ¿Está bien?

Sí…sí. La puerta estaba atrancada. Me excuso torpemente.

Mi vecino me mira con cara de extrañeza mientras me lanzo a las escaleras y creo oír que dice algo sobre el frío. Salto los escalones de cuatro en cuatro y en la calle comienzo a correr. Ahora entiendo, hace mucho frío y yo sólo llevo un pantalón de deporte con las zapatillas de estar por casa y la camisa abierta. Pero no hay tiempo de pararse, mientras corro me abotono alguno de los botones cerca del cuello y tuerzo por el callejón, me cruzo con una mujer de mi edad que lleva una falda larga hasta el suelo de color violeta y un chaquetón de lana de varios colores. Es la única persona que pasa por la calle cuando recuerdo que ya debe ser tardísimo y las tiendas deben estar cerradas. Apretando los dientes de rabia llego a la tienda que tiene la persiana echada y las luces apagadas, sólo un par de bombillas rojas en el escaparate dejan ver algunas de las cosas expuestas. Porraceo la persiana mientras blasfemo cuando noto una presencia mi lado. ¡Esto es el colmo! ¡hasta en la calle me persigue!

Perdone. Es la mujer de la falda violeta. Acabo de cerrar.

Es urgente. Le digo casi implorando misericordia.

Lo sé. Me contesta tranquila.

Necesito algo, la sombra se ha apoderado de mi casa y me atormenta. Me asombro por mis palabras que hacen ver una gran desesperación.

¿Ha invocado a algún espíritu? Me pregunta con los ojos muy abiertos.

¿Yo? ¿Cómo? Cómo voy yo a invocar nada, si hasta ahora ni creía que existieran sombras que hablan. No sé quien está peor de la cabeza en este momento, si yo o la mujer de la falda violeta.

Venga, tengo algo. Sigue hablándome muy tranquila y, mientras, ya ha sacado la llave de la persiana y la está subiendo. Luego cambia de llave y abre la puerta de cristal con el letrero de Cerrado colgando desde dentro. Tome, este amuleto absorberá las malas energías, dentro de unos días quémelo. Esto otro son cenizas de gallo. Échelas alrededor suyo formando un círculo mientras dice: Espíritu del mal aléjate de mi vida, espíritu del mal abandona mi casa. Si aún así no logra que se vaya, préndale fuego al círculo de cenizas.

Mientras intento memorizar lo que yo creo en esos momentos la frase más importante del mundo, caigo en la cuenta de que no llevo dinero.

No se preocupe, me pagará cuando pueda. Me dice con su voz melodiosa. La mujer se me antoja muy agradable mientras reparo en que tiene los ojos verdes.

Dándole gracias de todo corazón, me cuelgo el amuleto al cuello y con el tarro de cenizas en la mano, corro hacia mi apartamento. Cuando llego la puerta está entreabierta pero no hay nadie dentro. Bueno, sí. Está la sombra, aunque no la veo hasta que cierro de un portazo y noto que dentro reina un aire más helado que el de la calle. Busco un mechero en la cocina y luego me pongo en medio del salón. El reloj de números rojos marca las diez treinta y uno. Cuando abro el tarro, una forma casi humana hecha de neblina negra aparece delante de mí.

¡No! Grita con una voz ronca, profunda, heladora. ¡Tú me llamaste!

¡No! Le grito yo muerto de miedo.

Soy el Espíritu del Dominio. Tú me invocaste. Primero viniste a vivir a esta casa llena de arrogancia, el noveno piso, en la puerta nueve. Eso fue sólo el comienzo, yo hice que te ascendieran, el día nueve del mes nueve, tú terminaste de arreglarlo todo entrando ese día por la puerta a las nueve de la noche. La voz infernal llegaba de todas partes y una especie de viento me zarandeaba.

Si era real todo eso de la invocación, ha sido totalmente involuntaria. Comienzo a echar las cenizas de gallo alrededor mío mientras repito a gritos la frase.

Espíritu del mal aléjate de mi vida…

¡NOOOOOOO! Grita casi haciendo estallar mis oídos.

Espíritu del…

¡Desaparece! Me grita mientras hace temblar los muebles.

Espíritu del mal abandona mi casa. Grito mientras voy trazando el círculo de cenizas.

¡NOOOOOOO! La vibración de su voz me tira de culo al suelo.

Espíritu del mal… En ese momento se levanta un viento enorme dentro del apartamento pero, increíblemente, las cenizas no se mueven.

…aléjate… la neblina negra que es ahora la sombra, se ilumina dejándome ver manos como garras y dientes largos, cosa que me asusta terriblemente haciéndome tiritar no sólo de frío.

…de mi vida. Sigo gritando mientras acabo el círculo de rodillas.

En ese momento se oye un gruñido aterrador y comienza a temblar todo. Yo miro como se estremece delante de mí mientras parece iluminarse cada vez más. Me doy cuenta de que en el tarro aún quedan cenizas y mirándolas se me ocurre algo. Protegido dentro del círculo, mientras grito la última frase, le tiro las cenizas que quedan.

Espíritu del mal abandona mi casa.

La sombra de repente parece envolverse en llamas y yo recuerdo el mechero y lo enciendo para quemar el círculo. Cuando comienza a arder otro gruñido me deja sordo y una vibración sacude toda la estancia.
El fuego termina de completar el círculo.
Un último grito aterrador y la sombra parece absorbida por él.
Todo deja de temblar.
El frío y el viento desaparecen.
Todo ha acabado.

Me levanto del suelo y sonrío triunfante, parece mentira pero ha surtido efecto, todo está tranquilo ahora. Recuerdo a la mujer de la falda violeta, no le he preguntado el nombre, mañana pasaré a pagarle y quizás, con suerte, también consiga su número de teléfono.

 


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