Estaba parada frente a la barda del balcón, sus manos estaban apoyadas en ésta mientras su mirada se perdía en el inmenso verdor del campo que la rodeaba. Allí estaba, sola, pero al fin saboreaba la libertad como una mariposa en días deprimavera.
Los rayos agonizantes del sol poniente bañaban de luz el horizonte haciéndolo parecer como una imagen sacada de un sueño místico. En su cara había una sonrisa, aquella sonrisa que él le había descrito como “apenas perceptible”, ¿él? ¿Acaso él existía?, él tan lejano y cercano a la vez... ella cerro los ojos y optó por creer que si, que aunque estaba condenada a no escucharlo, olerlo, mirarlo y sentirlo realmente, si podía hacerlo a través de su imaginación poblada de delirios y fantasías. De repente con sus ojos aun cerrados sintió en su espalda el abrazo calido de aquel hombre lejano, intangible y prohibido y aquellas manos asiéndola por la cintura al tiempo que le susurraba un “te quiero” al oído. El aliento de aquel hombre inexistente le golpeaba la piel del cuello con deliciosa malicia, se sentía ebria ante aquella vorágine de sentimientos y sensaciones exquisitas…él sabía como nadie hacerla rozar el cielo con las manos, sabía con increíble exactitud donde estaba su “punto de explosión”, se lo dejo saber un día en que juntos abordaron la invisible nave de la pasión y el deseo.
De repente abrió los ojos para descubrir que la noche había envuelto todo con su manto de tinieblas, dedujo que ese momento había durado mas de lo que ella había podido percibir, y era que el tiempo junto a el corría tan de prisa…
Se sentó en la vieja mecedora que estaba a su lado, ahí quedo ella con su soledad, y descubriendo que tenía por delante un pequeño problema: lo necesitaba ahí con ella, no le bastaba imaginarlo.
|