|
No había ruidos, una cálida y suave voz de
mujer envolvía la estancia, era música de
los años veinte, y sin tiempo te encontrabas en un
elegante club en blanco y negro, rodeado de pequeñas
mesas, habitadas por parejas, a lo sumo tríos, que
comentaban, conversaban, mientras la tenue luz los iluminaba.
El foco del escenario seguía las notas de la cantante
vestida de negro, sentada en un taburete sin movimiento,
para darle ese tono de sosiego necesario a las letras; todo
parecía un sueño, la imagen perfecta de vidas
pasadas.
El color cálido de las paredes, difuminado por la
luz, dulcemente tratada, se desvirtuaba como si de una extensa
playa se tratase, solitaria y bella, expectante a ser descubierta,
a ser pisada por los pies descalzos del paseante perdido,
a ser amada y deseada, reconfortante para el viajero, para
el aturdido desconsuelo, a fundirse con el agua, madre el
universo.
Las luces del exterior, como pequeños puntos de
vida, brillaban intermitente y constantemente, la luna vigilaba
el firmamento destelado, todas habían caído
a la tierra desprotegida, contemplada desde el café
paraíso.
Desde allí, desde el paraíso terrenal, se
contemplaban las estrellas, linternas de otras vidas, de
otros nombres desconocidos que vivirían paralelamente
a la existencia de los elegidos, sin nombre, sin reconocimiento,
con vidas elegidas, soñadas, asumidas o condenadas,
qué más daba, todos poseían una linterna
descolgada.
La voz aterciopelada insistía en notas acordes,
acompañada por un saxo en ocasiones; las palabras
se mezclaban entre las reales y las irreales, un sentimiento
de sosiego les invadía a los náufragos de
cada isla, de cada mesa estratégicamente colocada.
El mundo restaba fuera, a través de las ventanas
de aquel mirador, desde la altura el mundo parece otro,
tan diferente, tan distante que nos podemos permitir soñar
que somos alíenos a él, extraños en
un club, en un café paraíso donde reconducir
la vida, nuestra vida. Fuera del útero maternal,
fuera de la ventana, el mundo giraba con miles de seres
semejantes, desconocidos, ajenos al momento, pero nada importa
si con una voz pudiésemos ser náufragos elegidos.
El mundo quedaba fuera, la vida estaba allí delante
de los ojos, delante de las manos.
Todo empieza mientras esperas a la entrada de una puerta,
en ese mismo instante te das cuenta que existen una gran
cantidad de conceptos que entre tú (esa cara que
se miro al espejo horas antes) y la mirada de ellos siempre
habrá cosas que no serán valoradas por igual,
aunque algunos se aproximen a ello claro…
Unos buenos días para llamar a la ventana de cada
una de las miradas, y que despierten el sentimiento que
han ocultado tras la demanda de la indiferencia…. "y
es que…"ser adolescente se ha vuelto muy caro, tan
caro que se empeña el alma en ese proceso de socialización
del grupo, y en ese camino de iniciación individual
que todos hemos vivido... ¡y gracias por sobrevivir!
Ellos intentan ser ellos, adormecidos por las letras de
las canciones protesta que les evade de las que tú
dices… ¿quizá debiéramos hacer rap
con Bécquer?, pero descubres que también hay
otras alternativas, que con el rap no llegarías…intuyes
que dándoles la palabra descubrirán su voz,
pero entonces callan…que extraña época esta
que haces lo contrario de lo que piensas…en algún
momento escucharon que ser rebelde era ir en contra de las
pautas...porque "si hay que hacerlo se hace, pero hacerlo
pa na es tontería"…intuyes que debajo de su
impulsividad, en algún momento verán la luz
de la razón como los ilustrados, que eran unos locos
que estudiaban todos los libros que caían en sus
manos… "uff, es aburrido"… todo aquello que requiera
un silencio, que no tenga una imagen añadida que
delimita las metáforas y los colores, no cumple sus
expectativas; quieren acción, imagen….empiezas a
dudar de la realidad, porque solo desde el desorden se puede
mejorar; tienes la extraña sensación que te
encuentras en continentes diferentes, y que el puente solo
se construye en una dirección (sus miradas están
ahí, escuchan, aplicados…la percepción subjetiva,
es siempre eso… subjetiva)
Y decides continuar construyendo…buscas, hablas, discutes,
preguntas, miras en foros, en revistas de sabios que pisan
el aula, de los que no la pisan… ¿qué son
ellos?, ¿qué somos nosotros?, ¿y todos?...no
hay respuestas…siempre buscando respuestas…hacer lo mismo,
siendo diferente, ingenioso, innovador, atractivo, interactivo,
haciendo y deshaciendo los sintagmas nominales, las ecuaciones
de segundo grado, los sofistas de hace miles de año,
las historias de aquellos que vivieron en tierras furtivas,
de otras lenguas, de otras culturas tan lejanas, que las
aproximaciones nunca serán las vividas…leer a Bécquer
en rap aunque sea en la tele; si de alguna forma descubrimos
que al final, el objetivo está cumplido…que despierten
de su viaje y sobrevivan al trayecto…como cada día.
En el centro del salón se ubicaba con los ojos cerrados.
Su cuerpo estaba cubierto por una gaseosa tela negra, de
múltiples formas, según se acoplase a su cuerpo;
dibujándolo de forma sensual, mostrando intuitivamente
todo aquello, que mostraría solo a los ojos elegidos.
Desde el suelo, como florecientes enredaderas engarzándose
en sus talones primero, en sus piernas después; subían
los cordones que enlazarían sus tacones de aguja,
convirtiéndose en zapatos negros de belleza extrema.
Sus pechos quedaban perfilados detrás de un corsé
entallado, mostrando un escoque discreto y elegante, como
toda ella. Era misteriosa y radiante, de melena morena,
con agradecidos rizos, que le otorgaban un aire de edad
indeterminada. Detrás de esos parpados, se descubrirían
unos ojos cálidos y suaves, embrujadores para los
mortales que se acercaban a ellos con cierto temor. Ocultaban
más de lo que mostraban, invitaban al viajante elegido,
a comenzar el viaje de los secretos, revelados en instantes
eternos…allí permanecía todavía sin
movimiento, con los parpados cerrados, repasando mentalmente
cada gesto que mostraría a los otros ojos en instantes
posteriores.
Cogió a su pareja, el tango es un baile de dos,
que por obra de magia, se transforman en uno sólo.
El baile más perfecto y sensual del mundo, un arte
misterioso, como se convierte el arte amatorio en determinados
momentos. Allí estaba ella, cogida a su pareja, pasando
la mano por la espalda, con leves caricias marcaría
los giros precisos, en el momento adecuado. Comenzaban los
acordes del tango, letras rasgadas que cuentan amores imposibles,
ausencias repletas de añoranza, amores correspondidos,
deseados, adormecidos por el propio tiempo, que como un
bucle rizado, se alargaba eternamente…todas las letras en
una sola palabra, miles de historias contadas, por una voz
aterciopelada, por voces rasgadas, elegidas con la misma
finalidad: conmover a los expectantes observadores, alentar
a los desconsolados soñadores.
Con las primera palabras, la bailadora de tangos, deslizaba
sus piernas con pausados movimientos, con gestos que transcendían
más allá de la música, más allá
de las palabras citadas, recitadas de otros…era palabra
en movimiento, amor deseante que se fundirá en la
mirada, de esos ojos que la observaban, pensando que era
única, que era el sol que iluminaba los días
desde la distancia.
Giraban a la derecha, giraban a la izquierda, con movimientos
geométricos, mientras la voz aterciopelada decía
lo lejos de su ausencia, con el tono rasgado cuando el nombre
resonaba en la sala, y las notas del arcodeón, se
clavaban en el corazón cuales palabras engarzadas
en la memoria, y es que todos amamos en los sueños
de los demás, en los nuestro mismos, buscamos incansablemente,
esa mirada que nos otorgue el ser únicos en un instante
sin tiempo.
Enlazaban sus piernas de forma rítmica y geométrica,
la perfección del movimiento, se acercaba en instante
sublime, la finalización del juego, de las miradas,
de los sentimientos aflorados, entregados a la vista de
esos ojos que sabia que la observaban, que la amaban desde
la distancia, en ese instante cerrando los ojos encontraba
la mirada deseada, la amada, quién descubriría
los secretos de las palabras en movimiento…Y allí
estaba, en el centro del salón, con los ojos cerrados,
vestida de negro, con la sonrisa iluminando su rostro. Ella
era la bailadora de tangos, de palabras en movimiento.
Los soñadores viajantes de ilusiones perfiladas,
alzan las copas rellenadas, una y otra vez, con las burbujas
de las sonrisas amigas, con los deseantes labios que pronuncian
las palabras como las caricias. Gestos repetidos, siempre
semejantes, pero nunca iguales…rostros que comparten esos
segundos, esas mirada que reconocidas son viajeras también.
Son el espejo que te mira cada mañana, cada cotidianidad
ininterrumpida.
Sonrisas, besos en mejillas conocidas, abrazos, risas,
voces alegres que encubren a las tristezas narradas, efímeros
segundos que despiertan la ansiedad de las horas previas,
pensamientos que repetimos incansablemente cada una de las
horas siguiente…suerte, cumplir la cotidianidad que será
la seguridad de todos aquellos que nos rodean, descubrir
otras miradas, volver a escuchar esas voces que fueron adormecidas
por el tiempo, la distancia, por la propia vida…pensamientos
que se unen en la distancia, todos somos el reloj que marca
esos segundos de un día.
Unos vigilan, atentos a los deseos, observan desde la proximidad
las diferentes combinaciones de las mesas, las familias
bienvenidas que conversan, las parejas que con las miradas
escuchan más que las palabras, mientras preparan
las doce grageas mágicas…son el tiempo que ha de
llegar a nuestras puertas…los segundos que cantaremos. Los
otros miran de reojo a aquellos que a sus espaldas se apostaban
para delicadamente otorgarles el festín de sensaciones
que les esperaban…en esos mismos instantes familias entre
fogones cocinan los manjares, amorosamente creados, para
los suyos…la intención es lo que cuenta, estar juntos
es lo bueno, entre la sal y el azúcar del café
amargo…entre ellos nadie es uno, sino todos…y ellos que
miran también sienten las ausencias, serán
los otros en otros días, seremos ellos en algún
momento, cuando por extrañas circunstancias, nos
convirtamos en ausencia, añoranza de los cálidos
corazones.
Repasamos los actos, las palabras, los sentimientos que
cortaron el alma en dos, que la unieron después con
hilos invisibles; las miradas que nos salvaron de la invisibilidad
en el parque al atardecer, en ese mismo parque que descubrimos
a través de la mirada de otros que nos brindaron
su paraíso…las letras que llegaron a la puerta oscura
dando la luz que intuíamos detrás del bosque
soñado…eran las hadas quienes nos mostraron los caminos,
quienes nos ofrecen los segundos para sentir que todo será
posible, aunque sea mañana, pero siempre posible…mañana
Y en ese mismo mañana, todos paseamos a la vez entre
calles estrechas, ilógicamente trazadas, son la propia
vida vivida. Cada paso mantiene la historia aguda, de aquellos
que recuerdan guerras, batallas y bandos hermanados… memoria
de vencidos, esos que no debieran de ser olvidados… Y recordamos
los silencios posteriores, las andazas que dejamos atrás,
mirando hacia el horizonte, hacia el futuro siempre, con
el mar enfrente, que nos acoge adormeciendo los sentimientos
que los duendes acrecientan.
Y todos por los segundos elegidos, deseamos que las diosas
propias no nos abandonen, que la posibilidad de mañana
sea cierta para conseguir desvirtuar la cotidianidad, naciendo
la sorpresa inesperada: La luz que los ojos nos descubre,
los propios ojos que miran, la mirada del inocente sabio
que rejuvenece al no ser engullido por el tiempo, el tiempo
que se detiene frente a ti…y te sonríe…siendo el
brillo de esa mirada que la posibilidad te pueda traer mañana…más
allá del treinta y uno.
Estaba sentada en una mesa redonda escorada hacia la izquierda
de la sala. Una sala amplia la del club social de la ciudad,
adornada con guirnaldas de colores, y farolillos de fiesta,
en las mesas una vela perfumada que localizaba los lugares
como si fueran estrellas de una playa desierta. La música
de la orquesta amenizaba la noche, mientras que ella seguía
esperando que el camarero le trajera algo refrescante; hacía
demasiado calor, como para intentar aceptar la invitación
de cualquier joven a bailar. Con la mirada y una misteriosa
sonrisa, rechazaba amablemente el baile. Miraba hacia otro
tiempo, hacia otra vida quizá paralela, donde solo
fuera una joven de diecisiete años, con una aire
de misterio insoldable, una sonrisa perfilada que iluminara
su rostro, adornado todo con un elegante cuerpo que se dejaba
intuir tras el traje de fiesta que tan minuciosamente, las
manos expertas habían entallado a su pequeño
cuerpo.
En esa mesa que quedaba vacía instantes previos,
decidió sentarse para fumarse un cigarrillo que apenas
degustaría, estaba cansada para apreciar ese sabor
que había descubierto tiempo atrás. Incluso
siendo una niña aún, y no era que ya fuera
mayor, aunque ella sí se sentía así,
y eso era lo que importaba. Miraba hacia el horizonte, sin
concretar la vista en ninguna de las personas que esa mañana
estaban en el club social, andaban de acá para allá,
mientras tomaban un desayuno rápido, mientras tomaban
algo que quitara el sabor amargo de los excesos de la noche
anterior, intentando organizar los siguientes actos del
día, eran las fiestas grandes y no existía
el cansancio de uno; el momento era lo importante. Ahí
seguía ella, apresada por una cámara en un
instante… la vida le daría la oportunidad de encontrar
su propio camino después de difíciles senderos.
Todo sería imaginado con esa instantánea,
tras la mirada del imaginario.
Sonaba la orquesta con música cálida y tranquila,
algunas parejas bailaban, otras conversaban de forma animada,
era el ambiente conocido, el vivido en las noches de verano.
Se acercó un joven quien también sabía
que algún día volvería al continente,
en algún momento, en algún instante sabía
que dejaría todo lo conocido, todo lo que le iba
empequeñeciendo para encontrar el aire que le costaba
tomar cada día más. En otras ocasiones la
hubiera invitado a bailar, tan solo se sentó a su
lado y le pidió un cigarrillo para fumar con ella,
le había traído una bebida fría. Ella
se lo agradeció con una amplia sonrisa y unas sinceras
gracias.
Y en ese otro instante, en otro tiempo posible, en esas
vidas paralelas que todos tenemos, estaba ella mirando la
vida sin ser conciente del segundo consumido, a través
de esos ojos de color mar, que siempre se presentaban vivaces,
inquietos, ávidos de conocer, saber, aprender, como
si fuera a través de ellos que dominara el arte de
la escena, la palabra que aprendería a acompañar
con gestos de confianza, de pleno convencimiento en aquello
que realizaría.
Y era África en el lugar donde se encontraba tras
cerrar los ojos de color mar, esos que puede llegar a ser
verdes o azules, siendo un descubrimiento el reflejarse
en ellos. Y en aquel club perdido en la imaginación
se encontraba África, siendo un sueño; en
el que ella era una joven mujer que fumaba un cigarrillo,
esperando algo inesperado que la rescatase de aquel mirar
perdido, necesitaba encontrar el objetivo que en otro momento,
congelaba una mirada, un gesto, una sonrisa atemporal, una
vida en un instante preciso, vida que seria mostrada entre
sonrisas, presentada entre miradas infinitas, como alados
dardos que se convierten en puentes… de ahí que las
vidas fueran paralelas, de ahí que la mirada de los
otros, de los expectantes invitados pudieran soñar
con África, con ese sueño donde el tiempo
solo fuera un bucle rizado siendo el instante eterno.
Cuenta la leyenda, que en el bosque solitario habitaba
una amazona de coraje extremo, instruida en las artes de
la batalla, en las tradicionales y en las que el alma se
empeña en librar ella sola. De pelo negro, que de
las ramas vencidas por el juego parecía tomar su
fuerza, de cuerpo robusto, como si de la propia tierra tomara
el alimento que los árboles custodiaban centenariamente;
de mirada penetrante y cálida, como si de la noche
tomara el filo, y de la luz el calor.
De ese bosque emergía su tesón, su constancia
que acrecentaba en las batallas asumidas, en las ganadas
y en las silenciadas cándidamente. De todas aprendía
que aún había un paso más, un lugar
más allá del horizonte que mostraba sus ojos,
los que intuía al cerrarlos, el corazón que
ardía sin encontrar sosiego. Su viaje había
emprendido vagando por caminos, intentando encontrar la
respuesta jamás formula, la respuesta que no existe,
la acallada en las noches oscuras, en las noches sin soles
ni lunas. Era una guerrera que podía adormecerse
por el viento de los árboles, por la música
del agua que cae liberando al olor de la propia tierra,
liberando la magia de los viajeros eternos, la lluvia que
nos hace menos humanos y más inmortales viajando
en sueños, viajando en recuerdos.
Habitando años tras años, redescubriendo
parajes insólitos, conquistando nuevos cielos donde
mirarse, encontró unas aguas ausentes de mentiras,
unas aguas puras de luciente azul cristalino, invitaban
a la amazona a sentarse tan solo un instante, y contemplarse
como si del mito de Narciso se tratase. Pero no siendo observada,
halagada por su extrema belleza, sino tan solo convocada
por una voz que desconocía, una voz tierna y suave,
dulce que redescubría.
Allí, sentada cerca del río permanecía,
mirando y admirando, un rostro que no era el suyo, una mujer
que no era ella. Deseaba saber si era de ella esa voz que
contaba historias narradas, que imitaba la vida congelada…era
la primera vez que no deseaba volver su torso para descubrir
al adversario, la primera vez que detenía su paso
para reposar el alma de guerrera, ese alma que había
emergido en ella desde tiempos inmemorables. Y tan solo
miraba, admiraba esa voz, ese rostro que llegaba a pensar
que era suyo, que llegaba a creer que eran uno.
Nuestra guerrera temía girarse pero sabía
que tenía que hacerlo, sabía que tenia que
luchar posiblemente contra aquello que desconocía,
aunque solo fuera por instinto, seria otra guerrera. La
voz se hizo cuerpo, cuando intento tocar el reflejo en el
agua. Situada detrás de ella, le susurro que no tenía
armas, que se girase y que quería mirarla. Así
lo hizo la amazona blandiendo su espada en la mano, defensiva
y atacante como siempre había hecho, como siempre
había aprendido desde que la eternidad existía.
Yo no sé quien eres, y sé que extraño
conjuro ejerces, que de mi reflejo en el agua, tú
emerges. Y la voz que se había echo cuerpo, sencillo
y tranquilo; mostró sus manos para que se diera cuenta
que no tenia más armas que la voz y la palabra, nada
más que ella en el reflejo del agua. ¿Qué
daño le podía hacer si solo era el reflejo
de su ser? No me reconoces aún, tus armas puedes
dejar, yo he ido creciendo en tu ser, callada y distante,
mientras que encontraras tu verdad, tu fuerza y tranquilidad,
soy parte de ti…tú me creas y me liberas con las
aguas cristalinas, con la magia que ejerces en este tu bosque,
en este universo que agrandas y proteges. Yo también
soy parte de esa guerrera, que alientas con la guerra, con
los días negros, y los buenos, tan solo mis armas
difieren de las tuyas, es la palabra que nos libera de lo
que sentimos, pensamos, creemos, y soñamos, con ella
vivimos, en los sueños, en los paisajes que recordamos,
allí donde quieras estar, estaré con las palabras
que aprendiste de mi, mientras reposada permanecías,
ahí, dentro de ti estoy porque soy tú.
La guerrera desarmada sentándose en la tierra que
amaba, permaneció callada, mientras esa parte de
ella se aproximaba, era otro rostro, otra voz, tan semejante,
tan diferente, que entendía que era cierto lo que
le había contado. Se acercaba cada vez más
hasta que la luz de la luna dibujo un solo cuerpo, una sola
guerrera, más fuerte, más sabia, más
reina de ese bosque, por el cual aún corre, viaja,
vigila, siente, vive…siendo todo lo que tus ojos contemplan.
Parecía extraño, una extraña casualidad
que les acompañase cada vez que el destino les daba
una tregua, cada vez que la vida era decididamente suya;
ella les acompañaba como la eterna viajera. Resultaba
divertido pasear por la ciudad; como si de un niño
pequeño se tratase, sorteando charcos, pisándolos
ávidamente, limando las asperezas de las manos trabajadoras
que se dibujaban como propias.
La lluvia era la cicerone perfecta, anfitriona de miradas
que levantan caricias; de caricias que son rosas inesperadas,
pétalos de labios rendidos a los ojos del otro. Les
conducía a través de cristales mojados, de
limpiaparabrisas de velocidades lentas, de gorros paseantes
sin miradas, de paraguas compartidos, mano con mano, evitando
las gotas de agua que son bendecidas por algunas sonrisas.
Encontrar, buscar, objetos que se perfilan como mágicos,
como únicos, asignados como tales por propietarios
compartidos, regalados, entregados, como presentes de mares
privados. Objetos que fueron elegidos como los alentadores
de las mañanas de ausencias.
Por aquellas ajenas calles, reconociéndose: miraban,
paseaban, admiraban, devoraban con los ojos las situaciones
de los otros…ojalá se tuviera la llave del tiempo,
para vivirlo todo en el instante preciso, dejando a tras
esperas, segundos eternos, días sin sol.
Para todos terminan los días, como guerreros, nos
devuelven las ilusiones a las despedidas en andenes compartidos,
a gestos reconocidos, a las sonrisas que nos provocan el
latido del miedo, de la ausencia, a los brazos que nos reconfortan
de ese propio miedo…diferentes nombres, diferentes personas,
ciudades, tiempos, historias…pero solo unas pocas palabras
salvan del abismo en la añoranza…las pronunciadas
por la voz esperada, las expectantes vertidas cual redes,
que salvan al alma, y secan lagrimas desconsoladas.
Viajeros que sueñan con el reencuentro antes de
la partida, viajeros que son viajantes en el tiempo, rememorando
cada instante de ese segundo, que como las viajas películas,
se pasa una y otra vez; incorporando nuevos gestos, nuevas
palabras, que llegaremos a creer como ciertas, tan solo
por la necesidad de creer. Todos viajaremos un día
en el tiempo, como hacen los deseos llegando más
allá del horizonte, más allá del otro
ser.
Paisajes deseantes de ser cotidianos, perfumes y sabores
que serán recordados, renombrados nada más
que la ausencia sea asumida como tal, a la mañana
siguiente, al instante siguiente a la partida, en ese anden
compartido. Lo grabarás en tu mente con la banda
sonora de canciones que sientes como tuyas, de historias
de otros, que semejas a la tuya…en ellas vivirás
adormecido en la ausencia, mientras la lluvia no vuelva,
mientras los paraguas no te den la oportunidad de sentir,
de vivir, de volver al agua como elemento eterno.
Y estarás en tierra, esperando la llegada del pasaje
que nos convierta en viajantes…todo seremos viajeros…anónimas
voces narradas en off; mientras la lluvia moja los cristales,
las calles empedradas, las manos trabajadoras que alientan
al corazón del niño perdido en capas de seguridad,
en mañanas amargas de adulto que te alejan de la
posibilidad…y la lluvia cae en tu mano, el tiempo se detiene…vuelves
a pasear en su compañía, por esas calles ajenas,
por esa ciudad que descubres con ella.
Como cada día que la rutina semanal le concedía,
se sentaba en la terraza de aquel jardín urbanita,
abismo de cemento engullido por la naturaleza, bullicio
parapetado de motores incansables, de vidas aceleradas por
un reloj de pulsera ceñido al corazón, el
tirano placidamente elegido, asumido sin más.
Allí, en ese paraíso entre lo urbano, se
sentaba para comenzar a leer el periódico, como si
su lectura le fuera a concede una calma más extrema…el
silencio de los indefensos, la sirena de los poderosos,
la mirada perdida, de quienes miran más allá
del mar que los aparta de la ilusión de muerte, la
justificación de los que creen en la sin razón,
en la fe justificada…el silencio interior, al final era
la solución de aquellas mañanas.
Miraba a su alrededor, a través de las gafas de
sol, que le daban esa cierta impunidad de quien mira sin
querer ser observado, creyéndose que la seguridad
de su mirada no era entendida. Jóvenes parejas de
semejante edad, tomaban también el café de
la media mañana, acompañados por sus hijos
pequeños, que desde una distancia prudente, vigilaban;
un pequeño grupo de señoras mayores que se
reunían para conversar, para planificar la próxima
salida al teatro, para averiguar donde podrían viajar
en el siguiente invierno…
Era extraño, como se iba creando una cierta familiaridad
entre aquellas personas que optaban por esa misma cotidianidad,
desde su mesa también solitaria, daba las gracias
al camarero por el té que le acababa de dejar en
la mesa. Estaba en la que quedaba escorada hacia la derecha,
le gustaba porque desde ella podía mirar quien llegaba
y salía del jardín, cada vez que levantaba
su vista del libro que llevaba consigo. Hacia las once y
media solía llegar a la cafetería del jardín,
primero lo atravesaba andando, mirando como los árboles
se habían rendido a la primavera, llenando el suelo
de un manto violáceo…era el tributo a la continuidad.
Miraba como los restantes parecían absortos en sus
propias vidas, mirando a los pequeños que jugaban
en la otra parte, aquellos que leían de forma extrañan
el periódico, quienes miraban sin mirar, buscando
una mirada que les salvase de la rutina elegida, agradablemente
soñada durante la semana; una mirada reconocida que
en siete segundos nos llevara donde jamás habíamos
estado cerrando los ojos…en las altas montañas, donde
el silencio es tan sonoro que rompe el alma, en los mares
más profundos de tesoros hundidos por los viajantes
míticos, en las serenas noches de besos robados,
de deseantes deseos cumplidos en los instantes de otros…en
las miradas de los otros que nos reconocen.
Detrás del color azul cerraba los ojos para sentir
con más intensidad el sol en su rostro…estaba en
otros tiempos, en otras edades remoderando esa misma sensación
en rasgados veranos, en futuras visitas a mesas compartidas,
donde miraría el libro que leía, donde con
una sonrisa, custodiaría la alegría del inocente…a
infinitas caricias que alentarían el corazón
de quien nos devuelve la mirada…en siete segundo, sentiría
el beso robado de la mirada perdida…el frío de aquel
que nada en la noche helada, el miedo del que se oculta
a pleno día, la locura del ganador, la mentira de
quien con su poder traiciona al semejante… una sonrisa se
mostraba delante suya…siete segundos para atravesar la noche
helada, silenciar las eternas sirenas, dar consuelo al errante
viajero…no podía nada más que devolver la
sonrisa en compañía de un simple buenos días,
mientras se acercaba a esa mesa escorada a la derecha, mientras
mantenía su paso hacia la salida…detrás de
sus gafas azules reconocía esos ojos que por siete
segundos eran los de otros sin nombre.
Los anaranjados despuntaron horas antes, como es posible
tanta belleza en tan breve instante. Las sensaciones se
plastifican con las imágenes congeladas, con las
palabras que relatamos… es nuestra para poder compartirla
con la miradas que nos elige.
El tiempo es efímero, todo lo acuna el ritmo constante
de las olas, el rumor clamoroso de la mar que de noche grita
las canciones de las sirenas…soy Ulises enamorado que no
planifica, que no desea ser más humano. Tras los
naranjas amarillentos, los turquesas eléctricos,
el agua vital que redondea el cuarzo rosado…es tu corazón
sagrado lo que me entrego esta mar que nos guía….que
nos habla a ti, y a mi, tan solo a nosotros, tan solo en
sueños…posee el secreto de la eternidad. Invita a
las risas contagiosas, a los movimientos lentos y pausados,
a entrar en ella sin pensar, tan solo sintiendo su cálida
acogida, eres parte de ella por instantes….memorizamos en
cada milímetro de nuestra piel esos instantes con
ella. Me entregas el corazón de la llave, es la entrada
a un paraíso ilusionante, a la calma que reside en
mi, al equilibro esperanzado…serán días de
sonrisas próximas, de miradas calladas, de ausencias
planificadas…todo llegará la despedida de lo que
fue… aprendemos a mirar esperanzados, hacia delante para
volver después, en otro momento, en otro instante
con la misma mirada de hoy, pero más sabia, más
niña…mostrar a las nuevas lo aprendido, los secretos
por ella entregados. Será otra vida, vivida más
allá de la mía.
Y el viento de septiembre acompaña mi mirada, alisa
la arena vivida instantes previos…son pocos los lugares
donde queda alguna huella… nada resta somos una transformación
constante…esa es la frase que la mar nos susurra…tender
puentes que unan los pensamientos con el corazón,
los sueños poblados de los versos que de tu boca
nacieron…puentes alzados…que bajaremos…pasar, cogiendo la
mano si es necesario. Mirar los mismos instantes esperando,
deseando en lo más profundo de mí ser encontrar
siempre algo que deslumbre mi mirada y alimente mi alma
con la calma necesaria. Nada es ajeno a mi persona, todo
está dentro de mí, dentro de ti.
Rememoramos con palabras las texturas que tomamos en las
manos, esos guijarros que se entrelazaban formando caras
graciosas, es la mar que nos sonríe… nos dibujará
el camino en el largo invierno…es el final de un trayecto
que nunca terminaremos…serán las próximas
estaciones como la del verano…es volver a ese lugar que
habita en mi…ese mismo que deseo regalarte como la isla
donde tu puedas habitar.
Los días sentidos sin imposiciones encorsetadas…recordar
siempre esas sensaciones en los minutos que han de llegar;
ser libre en tu sonrisa, en la luz que tiñe de rosado
el horizonte, en las susurrantes palabras de las piedras
que sonríen a tu paso, sentir que todo es propio,
que esa mirada surgirá de las aguas para devolverte
la sonrisa como la de cada mañana frente al espejo…
Cuéntame cada paraje que descubras, cada sensación
que intuyas. Son los elementos los que hablan para nosotras…es
la mar quien nos acuna como niños adormecidos por
un día de juegos
Y es en mi que he de buscarte, es en mí donde he
de encontrarte, porque tan solo así podrás
hallarme….al otro lado del puente, en el camino que hace
tiempo que empezaste.
Ángeles
Soriano Sánchez
|