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Antropología del dolor, David Le Bretón

 Raquel del Coso

 

 


“El dolor es siempre una apertura al mundo”

David Le Bretón nació en 1953. Sociólogo y antropólogo, es profesor en la Universidad de Estrasburgo, y autor, de Corps et sociétés, Anthropogie du corps et modernité, Passions du risque, La sociologie du corps, Des visages y La Chair à vif, y ha publicado numerosos artículos en revistas y obras colectivas.

El dolor es conocido por todos los seres humanos y se expresa de manera muy distinta en cada persona, por lo que su intensidad es imposible de medir.  El dolor no es sólo un estimulo que es percibido y transmitido hacia nuestro cerebro por fibras nerviosas. El dolor es percibido por un individuo, que tiene una historia y vive en una cultura. El dolor tiene una triple competencia: por una parte una dimensión fisiológica; por la otra, un ámbito psicológico y, por ultimo, una impronta social. Los Estudios de Freud sobre la histeria, en 1895 abrieron una brecha y ampliaron la dimensión del dolor hasta transformarlo en un acontecimiento padecido por el individuo en el que esta en juego toda su personalidad, su formación cultural, sus experiencias anteriores, su clase social y sus relaciones afectivas.

Preguntas como: ¿qué funciones desempeña el dolor? ¿cómo lo padecemos? ¿cómo lo interpretamos? y ¿cuál  es su repercusión en nuestras vidas? encuentran respuesta en el libro de Le Bretón.

Esta obra es la continuación de una serie iniciada con "Antropologie du corps et modernité" (1990). Según Bretón el cuerpo es un objeto de análisis y la lectura antropológica un instrumento iluminador de las diversas áreas del trabajo humano. En "Antropologie de la douleur" el autor aborda el problema de la relación anómala del ser humano con su cuerpo, esto es, el dolor. El autor nos acerca a la génesis cultural del dolor, que es siempre “una apertura al mundo”.

El libro elegido a comentar consta de seis capítulos y Le Bretón nos conduce, a través de ellos, a una mirada distinta sobre el dolor, un cuestionario nuevo, lejos de las meras preocupaciones de la medicina.

La obra de Le Breton trasluce la lectura de la carta Salvifici Doloris de Juan Pablo II (1984), autor al que cita en algunas ocasiones y con el comparte puntos de vista.

En síntesis, una primera parte pretende ocuparse de las experiencias y formas de dolor, como vivencia personal e intransferible y que por ello escapa a toda tentativa de describirlo. El dolor "manifiesta a su manera la profundidad propia del hombre y de algún modo la supera. Solamente el ser humano es consciente de que sufre, y se pregunta la razón de este dolor del mismo modo que se plantea el significado del mal".

Así pues, el dolor es "un hecho personal, encerrado en el concreto e irrepetible interior del hombre" y el sufrimiento, una experiencia, como hemos dicho, incomunicable. Para comprobar la intensidad del dolor de otro sería necesario convertirse en ese otro.

Una segunda parte se centra en los aspectos antropológicos del dolor que evidencian las dimensiones simbólicas de la corporalidad humana y del dolor, vislumbradas ya por Lévi-Strauss en su artículo sobre “la eficacia simbólica”, escrito en 1949 y recogido en su Antropología estructural.

LA EFICACIA SIMBÓLICA, es un artículo escrito hacia 1949 por Claude Levi Strauss. Allí el autor se dedica a indagar sobre los fundamentos estructurales de la cura de los chamanes.  Para Lévi-Strauss, la explicación de este tipo de cura dentro de las comunidades done el chaman juega un papel determinante dentro del grupo, es una “manipulación psicológica del órgano enfermo” Es decir,  el contexto psicológico de la enfermedad  juega un papel fundamenta para la cura. No solo por lo que representa este aspecto para el individuo enfermo, sino también para la comunidad. En la medicina occidental se ha podido demostrar el impacto psicológico de algunos tratamientos denominados placebos. En todos estos casos tiene un peso importante las prácticas sugestivas sustentadas en el poder de la palabra.   

El reconocimiento del carácter simbólico del cuerpo rompe con el modelo dualista de la metafísica occidental que separa cuerpo y alma, modelo a partir del cual se disocian dos tipos de dolores: los biológicos (de los que se ocupan los médicos) y los espirituales (de los que se ocupan los psicólogos y psicoanalistas). Pero cuando se ocupa de la dimensión simbólica del dolor, Le Bretón desliza un sesgo culturalista o simbolista tendente a negar la dimensión biológica, orgánica y fisiológica del cuerpo.

El tema de una tercera parte del libro son las relaciones del dolor con el mal y la moral, esto es, Le Bretón analiza los componentes culturales del dolor. Se trata la relación entre sufrimiento, mal y ámbito de lo divino en la Biblia, el dolor en la reforma protestante, la actitud del Islam hacia el dolor, el dolor en las espiritualidades orientales (hinduismo, budismo). En la Biblia la historia de Job resulta emblemática con respecto a la cuestión del significado del dolor. Le Bretón muestra cómo la cultura religiosa de cada país, operando al modo de un inconsciente colectivo, incide sobre el modo en que los médicos de ese país rechazan o permiten los sufrimientos de los enfermos e ilumina las consecuencias morales (entre ellas la concepción del dolor y el sufrimiento como justo castigo por una falta moral cometida). 

En la cuarta parte de la obra se acomete la construcción social del dolor y se aborda las coordenadas educativas (estudiando las influencias condicionantes de los primeros años de vida en la manera como un individuo reacciona frente al dolor), culturales, sociológicas y personales de éste, así como sus aspectos contextuales.

Es innegable que el dolor participa hasta cierto punto de una construcción social. "Aunque el umbral de sensibilidad es semejante para el conjunto de las sociedades humanas, el umbral del dolor en el cual reacciona el individuo, y la actitud que éste adopta a partir de entonces están esencialmente vinculados con la trama social y cultural. Frente al dolor, entran en juego tanto la concepción del mundo del individuo como sus valores religiosos o laicos y su itinerario personal".

Ahora bien, la relevancia de la cultura no debe hacernos incurrir en su  homogeneización. La cultura no es monolítica, sino que se halla fragmentada en culturas regionales y locales, rurales y urbanas, generacionales, de sexo y de clase. A este respecto, Le Bretón integra las coordenadas sociológicas del dolor, mostrándonos cómo la realidad y el significado del cuerpo, la salud, la enfermedad y el dolor difieren en las distintas clases sociales. Según la clase social a la que pertenezca, la relación con el dolor varía. A fines de nuestro siglo, cuando predomina una cultura de la prevención, de los “controles” (control del colesterol, de los triglicéridos, de la tensión arterial, etc.), las clases medias y altas vigilan su cuerpo más que nunca y rechazan el dolor como a un enemigo, en cambio, las clases más bajas y los marginales manifiestan una actitud más sumisa, más estoica y resignada ante él.

Cada individuo, más allá de sus condicionamientos culturales, sociales y grupales, reaccionan al dolor con su estilo propio. La reducción del enfermo a un estereotipo de su cultura o de su clase, resulta tan errónea como la indiferencia ante sus orígenes culturales y sociales. Concluye esta parte con unas reflexiones sobre la gestión social del dolor y el dolor como estatuto social. 

El individuo que padece, ante su dolor varía en función de las circunstancias y de las personas que le rodean. El ambiente y los períodos temporales (día/noche) inciden en el modo como los enfermos asumen sus dolencias y reaccionan ante ellas, así como en el grado de sensibilización al dolor. Todos sabemos que hay condiciones que inhiben el dolor (la diversión, la concentración en una tarea, el afecto que nos proporcionan los demás), esto es, las actividades y el entretenimiento que distraen nuestra atención sobre el dolor, mientras que otras lo agudizan (la inactividad, el ocio, el sentimiento de culpa, la desconfianza de los demás, la soledad) durante el cual el individuo termina centrando su conciencia en su infortunio. Son muchas las variables que intervienen en los diferentes estados de dolencia. Variables que deben de tenerse en cuenta para intentar un acercamiento al contexto social y cultural dentro del cual se enmarca este; porque el dolor implica otros factores que van más allá de lo clínico.

Para algunas personas el sufrimiento supone un camino de "acceso al ser", un modo de "instalarse físicamente en el mundo". Es el caso de los enfermos de hipocondría o de los "histéricos" para quien el dolor físico es trasunto del dolor moral por el que esperaban haber logrado el amor y la compasión.

David Le Bretón lo afirma con rotundidad: todo dolor comporta un padecimiento moral, un cuestionamiento de las relaciones entre el hombre y el mundo.

Con los avances en la investigación biomédica en occidente, la proliferación de los analgésicos y la extensión de la anestesia en la práctica medica, el significado del dolor ha variado, en tanto que se ha  vuelto inútil, estéril, degradante: un desafío para el progreso de la ciencia. En consecuencia, el umbral de tolerancia ha disminuido. En la sociedad contemporánea, el dolor ha dejado de concebirse como inherente a la propia condición humana. La medicina da a entender que todo sufrimiento puede tener alivio. Las personas se desentienden de su dolor y se ponen en manos de especialistas de quienes esperan la curación o el alivio de sus dolencias; los individuos se auto conciben como carentes de recursos propios para enfrentar el dolor, fiándolo todo a los médicos. 

En la parte final del libro, Le Breton resalta algunos de los usos sociales del dolor. Comienza refiriéndose al martirio en la tradición cristiana (desde san Ignacio y san Justino hasta santa Teresa de Jesús) como caso ejemplar del uso del dolor a modo de ofrenda y como una experiencia en la que se otorga un significado eminente al dolor libremente consentido. Posteriormente, ilumina la alegación del dolor como una estrategia, a veces inconsciente,  por medio de la compasión o la culpabilidad que induce en los otros, obtener atención y reconocimiento de los demás; y estudia el dolor consentido de la cultura deportiva (el boxeo como modelo ejemplar del empleo social del dolor), el dolor como instancia de educación y moralización de las conductas y el infligir dolor (tortura, suplicios, etc.) como medio de dominio o castigo.

El dolor es signo de nuestra humanidad, pues si aboliésemos nuestra facultad de sufrir terminaríamos aboliendo la propia condición humana: “La fantasía de una supresión radical del dolor gracias a los progresos de la medicina es una imaginación de muerte, un sueño de omnipotencia que desemboca en la indiferencia a la vida. (...)  implica la pérdida del placer, y por lo tanto del gusto de vivir, puesto que comporta la supresión de toda sensibilidad. Como lo demuestra la experiencia, la anestesia del dolor implica también la del placer.” Contra la ilusión de no sufrir, Le Bretón aconseja aprender a sufrir mejor para sufrir menos.