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LA AMISTAD DE UNAMUNO Y CLARÍN.

      

 

"Cada hijo de mis días que pasaron

devoró al de la víspera;

de la muerte de hoy surge el mañana,

¡oh, mis yos, que finaron!

Y mi último yo, el de la muerte,

¿morirá sólo?"


Miguel de Unamuno.

UNA AMISTAD EPISTOLAR

La amistad de Clarín y Unamuno fue simplemente epistolar, pero muy honda y trascendente. La primera carta que Unamuno escribió a Clarín data del 28 de mayo de 1895. Tomando como pretexto la lectura de una de las reseñas de éste en la Revista Literaria, que habitualmente redactaba para El Imparcial, a la que a propósito de Nuñez de Arce hace una disquisición sobre el significado etimológico de la voz adolescencia, Unamuno, que en aquellos años se hallaba entregado a estudios de lingüística, luce sus conocimientos etimológicos ante el famoso crítico. "Como quiera que he dedicado gran parte de mi vida a estudiar lingüística –le escribe- y es mi oficio oficial explicar una de las lenguas clásicas en esta vieja Universidad, no he podido resistir el impacto de coger la pluma y dirigirle las procedentes observaciones. Siendo usted, como yo catedrático, lo comprenderá y no me lo tomará a pedantería". 

Tres días después, Unamuno le dirige otra carta, en la que reaparece la adolescencia que motivó la primera. Tras de proclamarse lector asiduo del crítico asturiano y subrayar como "la minucia de la adolescencia me ha proporcionado pretexto para entablar relaciones", le ofrece nuevos datos etimológicos sobre el vocablo. Unamuno acude a Clarín no sólo porque es un 
crítico eminente, sino porque le debe, a él o a sus escritos "indicaciones, puntos de vista, ideas". "Respeto mucho a toda persona –le dice-, y muy en especial a aquellas a las que debo algo, y a usted le debo mucho". 

Desde Bilbao, Unamuno, le dirige otra carta el 26 de junio de 1895, en la que dice a Clarín: "No sabe usted bien el placer que tengo al seguir estas relaciones. Era usted una de las personas con quién más vivamente deseaba comunicarme, pues he conversado más de una vez con sus escritos".

Todavía en 1895 vuelve a dirigirse a Clarín, el 2 de octubre, apenas regresa a Salamanca para iniciar el curso académico. "Estoy convencido –le dice- de que jamás me curaré del vicio de divagar y escribir cartas como Horacio odas, sin maroma lógica, dejándome llevar de la asociación de ideas".

En el año 1896 Unamuno le escribe dos cartas a Clarín. Y después se abre un paréntesis de más de tres años en el epistolario de Clarín y Unamuno. Y así llegamos a año 1900. En marzo el escritor vasco reanuda la comunicación epistolar con Clarín y en el mes de abril vuelve Unamuno a escribirle una carta, por cierto de gran interés, en la que revela su decidida preferencia por 
las formas populares y rechaza que se le tome por sabio. 

El 9 de mayo de 1900 dirigió Unamuno la carta más extensa de su epistolario. 

"Yo quiero ser su amigo", le dice en una ocasión, y "quiero que de esta carta salga una amistad", reitera al final de ella. Esta carta de Unamuno debió cruzarse con la de Clarín –cuatro letras en realidad, según aquél nos dice-, enviándole el recorte de El Imparcial con la reseña que hizo sobre el libro de Unamuno Tres ensayos, corregidas por cierto de su mano, las erratas. Porque al día siguiente, el 10 de mayo, volvía a escribirle Unamuno, acusándole recibo de su envío y refiriéndose de nuevo a su carta anterior. "¿Era la carta dura? No lo creo, la inspiró (créame o no) un verdadero cariño, un afecto mental que arranca de hace quince años lo menos". 

Parece que fue ésta la última comunicación epistolar entre Unamuno y Clarín. Después de la muerte de Clarín, ocurrida en 1901, reaparece su nombre frecuentemente en la obra de Unamuno. Para completar, en lo posible, este cuadro de la relación entre nuestros dos escritores, he aquí este pasaje unamuniano, públicamente dirigido a Luis Bello: "Y dice usted: ¿Será verdad que sólo los cerebrales pueden atreverse a llamar a las puertas de nuestro 
corazón?" ¿Cerebrales? ¿Cerebral Clarín? ¿Cerebral yo? Si supiera usted lo que molesta, hasta físicamente el corazón. Acaso mi corazón esté en el cerebro. Yo mismo he inventado para los médicos amigos que me hablan de mis aprensiones lo de disnea cerebral, y suelo decirles: Anoche sentía opresión del pecho en la cabeza. No; si hemos acertado algo de eso, es porque Clarín era, como yo, un yo". 


ANTONIO BUERO VALLEJO

(GUADALAJARA, 1916 -MADRID, 2000


"El fondo de cualquier problema dramático es

siempre ... el de la lucha del hombre, 

con sus limitaciones, por la libertad."


Antonio Buero Vallejo.

LA VOZ DE LA HONRADEZ INTELECTUAL.

Antonio Buero Vallejo es, sin duda, uno de los dramaturgos españoles más honrado. La honradez de Buero, es , además, una honradez difícil: la de un hombre auténtico que, sin dejar de serlo, revisa sus propias opiniones y las adapta a la evolución de su pensamiento y su experiencia de la vida. En Buero tenemos el caso de una insobornable honradez intelectual, de un hombre que no aliena su libertad creadora y su responsabilidad consigo mismo en el falso espejismo de una imagen nuestra que ha pereclitado ya hace tiempo. Por eso es una tarea interesante la de acudir a sus obras y observar el camino de un hombre que va buscando la verdad, a costa de todo, por los entresijos oscuros del mundo y de los hombres que nos rodean. 

En su primera obra, Historia de una escalera, se nos ofrecen treinta años de vida de unas gentes que no logran salir de su pobreza y donde el destino de los hombres da vuelta angustiosamente en un círculo que no tiene salida: los sueños ilusionados de la juventud y la miseria vergonzante de la vejez. 

En su obra siguiente, En la ardiente oscuridad, Buero nos presenta un centro de ciegos donde estos tienen la vida organizada a su imagen y semejanza, por lo que se sienten felices y alegres; allí los ciegos estudian, juegan, ríen, se enamoran y se casan juntos. Pero la llegada de un nuevo ciego, rebelde y amargado, empieza a crear el descontento y la desesperación entre sus compañeros "invidentes". Les mete en la cabeza que su mundo no es el único, como ellos quieren creer; que hay un mundo de "videntes", el auténtico, donde la vida es bella y está cargada de luz y claridad. La similitud de esta obra con el mito platónico de la caverna es claramente manifiesta. 

Antonio Buero Vallejo nace en Guadalajara el 29 de septiembre de 1916. Estudia primeras letras con su padre y , posteriormente, con un profesor particular. En 1926 ingresa en el Instituto de Segunda Enseñanza. Allí conoce y establece amistad con Ramón de Garciasol. En 1933, Buero gana el primer premio literario de su vida. Llega a Madrid en 1934 y se matricula en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando para realizarse como pintor. En 1936, se incorpora a la milicia y es destinado al frente del Jarama de donde será trasladado al frente de Aragón. Al terminar la guerra civil, es detenido y trasladado a un campo de concentración: al de Soneja, en la provincia de Castellón. Estuvo condenado a muerte durante meses, temiendo cada amanecer que se cumpliera la sentencia. Pero, por fortuna, la sentencia no se cumplió. Fue conmutada por la pena de prisión que sufre durante más de seis años en Yeserías, en el penal del Dueso, en Santa Rita, en Ocaña... Compañero de cautiverio de Miguel Hernández hasta la muerte del poeta, Buero Vallejo permaneció en prisión hasta 1946. En 1957 logra el Premio Nacional de Teatro con Hoy es fiesta. En 1971 ingresa en la Real Academia Española, su discurso de ingreso versó sobre teatro y acerca de un autor al que admiraba con el título de Federico García Lorca ante el espectáculo. En 1986 recibió el premio Cervantes y diez años más tarde fue distinguido con el Premio Nacional de las Letras por el conjunto de su obra. Antonio Buero Vallejo falleció en Madrid, el 28 de abril de 2000. 


Antes de sus primeros intentos teatrales, Buero Vallejo publica un estudio sobre el gran dibujante francés Gustave Doré, el ensayo se denomina: Gustave Doré: Estudio crítico-biográfico.

Entre sus numerosas obras destacan: Historia de una escalera, En la ardiente oscuridad, Madrugada, Irene o el tesoro, Hoy es fiesta, Las cartas boca abajo, El concierto de San Ovidio, El tragaluz, El sueño de la razón y La Fundación.

El teatro de Buero Vallejo podría calificarse de humanista, si por tal entendemos una apasionada defensa de la dignidad del hombre y de todo lo que esto conlleva. Ese humanismo, por otro lado, no aparece nunca en Buero Vallejo de modo panfletario ni categórico, sino dramáticamente problematizado.

A través de la inteligencia, a través de la verdad y a través de la autenticidad ha buscado su estética y su teoría del arte teatral Antonio Buero Vallejo, un gran dramaturgo y un hombre honrado. Y como dijo Buero: "Hay que esperar... Esperar siempre... La esperanza nunca termina... La esperanza es infinita..."

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
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