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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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CONCURSO DE RELATOS CORTOS: EL AGUA


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ORACIÓN AL AGUA O EL LLANTO DE LA TIERRA
por Julio Antonio Gutiérrez Samanez

En esta montaña veneramos al agua como a una diosa benéfica y vital, nacida en las altas cordilleras y que viene a nosotros en manantiales y cascadas blanquecinas que se cuelgan de los andes. Son las lágrimas de Wirakocha, el dios que por amor hizo al hombre y por dolor nos alimenta con su llanto. En la profundidad del abismo se forma el río y se desarrolla como una serpiente gigantesca; su murmullo me llega suave, cuando admiro toda la creación desde este risco. Cerca, a mi derecha, en el espejo de la laguna de aguas de color turquesa, la imagen femenina que se forma en una nube, se refleja y se mira a sí misma, vanidosa. Las lagunas de este lugar son mágicas, en ellas moran personajes de innumerables cuentos y leyendas. Yo beso sus aguas frías con reverencia y con temor, como lo hacía mi abuelo. Él, quitándose el sombrero y descalzándose, tomando un poco en las manos, besaba las aguas invocando a los dioses, en especial al poderoso Pachacamaq, hacedor de este mundo y de todo lo que existe.

Nunca orinarás ni ensuciarás en las aguas del río y la laguna, hijo mío - me decía el abuelo- porque sería una ofensa a nuestros mayores; aquí están las lágrimas de todos tus antepasados.

En aquel año él murió y todo el pueblo lloró por su partida, un río de dolor y llanto, y nada se pudo hacer contra la muerte.

Tú que me enseñaste a venerar la arcilla de la que estamos hechos, unirla con el agua para hacer cacharros imitando el oficio de los dioses y llevarlos al fuego para convertirlos en piedra y en seres de piel cobriza y bella como nosotros, ya no estarás más conmigo...

Para recordarte he ascendido a la montaña, dejando atrás bosques y matorrales y, penosamente, trepé por los riscos de rocas, hasta mirarte, cara a cara, en la nieve eterna del Apu Sahuasiray, preguntándome: ¿Estará allí, en el glaciar tu alma congelada, unida al sueño eterno de Wirakocha? .

He venido a quemar mi ofrenda para que mantengas el agua viva y no nos la quites, para que, tampoco, nos castigues derramándola toda sobre nosotros. Te he traído golosinas dulces, el sebo de la llama, incienso, papel de oro y papel de plata; cruz de chonta, huayruros coloridos, musgos aromáticos, estrellas de mar, hojas divinas de la madre coca y este licor para brindar contigo, señor de las aguas, y sellar con mi sagrada ofrenda esta milenaria amistad.

A mi encuentro ha salido la Ccoa de las leyendas, chispeando rayos de luz centellante y extendiendo, perezosa, su cola de arco iris. Es pues el triunfo de tu alegría, reflejada en las caritas sonrientes de las flores multicolores de este prado. Lloverá, si, lloverá, también, en nuestros campos, igual que en mi corazón, para remozar mis sentimientos y recuperar mi humanidad perdida en la rutina.

Más abajo, los comuneros del pueblo de Unu Orcco (Montaña del agua), labran las laderas, cantando canciones a la lluvia y volteando los terrones para oxigenar la tierra; los más jóvenes, arreglan los canales y las acequias; unen los ojos de los manantiales, para llevar el valioso elemento líquido hasta los confines de este valle. Todo racional y con respeto, como nos enseñaron los abuelos.

Claro que sí, es una maravilla: molécula sobre molécula, copo sobre copo, gota sobre gota, vapor sobre vapor; sea hielo sólido, agua líquida o nube gaseosa ¿Cuánta gracia no le debemos todos al agua buena?

Pero el agua dulce amenaza con perderse en este mundo. Yo lo he notado al ver mermada la masa glaciar de los nevados, sin reponerse. Dicen que la tierra se está calentando en grado extremo. Dicen que crecen los desiertos y que pronto habrá guerras por la posesión de las aguas dulces. He visto por la televisión cómo, en algunos lugares áridos, niños famélicos mueren de hambre y de sed, y en otros sitios, se producen grandes inundaciones y deslizamientos de montañas, produciendo dolor y desesperación. La tierra está enferma, está enloquecida por culpa nuestra.

Pero a los causantes, a los que envenenan la atmósfera con los gases tóxicos que emanan sus industrias, poco les importa; pues, están preocupados en satisfacer los apetitos de sus vidas egoístas y parasitarias, para acrecentar sus ganancias. No piensan en los hijos de nuestros hijos ni en los suyos propios.
A ellos, también, perdónalos Pachacamaq, pero hazles sentir tu dolor y tu enojo y dales, generoso como eres, una última oportunidad para cambiar su conducta reprobable.

La madre tierra está enferma, lo repito; desde los satélites le miden el pulso, observan los fenómenos y hasta los predicen, pero no los pueden controlar, pues, todavía, no han vencido su soberbia propia.

Por los hambrientos y sedientos de la tierra; por los niños que lloran sufriendo las inclemencias del clima; por los pobres de este mundo, recíbeme, padre, recíbeme madre, éste sacrificio, este llanto, éste desgarramiento de mi ser; humilde obsequio que, quemado al fuego, se hace humo perfumado entre el silencio y la soledad armonizados por el tañido de mi flauta india y mis zampoñas; para despertarte, a ti, también, a la vida, Pitusiray, amada mía; pues, venciendo la prisión de piedra de nuestro milenario hechizo retornaremos con el agua y el amor a manos llenas.

Al descender, ante mis ojos incrédulos, entre los riscos alumbrados, apareció la sombra de un rey Inca transformándose en la silueta del felino otorongo, y mi bella Ñusta amada, apareció liberada, corriendo hacia mis brazos para confundirnos en el amor desaforado y bendito de este gran día. El sol refulgía victorioso tiñendo de colores la oquedad agreste del sagrado valle en setiembre; pues, las primeras lluvias caerán y la tierra descansada saciará, por fin, su sed, y los granos, los tubérculos, las legumbres harán brotar sus verdes matas de hojas frescas, y el maíz crecerá inhiesto hasta reventar en sendas mazorcas; los frutales alcanzarán a enjoyarse con frutos exquisitos y las ollas de mi pueblo se llenarán de alimento para saciar el hambre y olvidar nuestras penas.

Bailaremos, entonces, en ronda, celebrando la lluvia; cantaremos hasta quedar afónicos por su regreso.

Pero no podremos gozar ni llegar hasta el hartazgo sin pensar, que en otras latitudes, en las costas y los desiertos; en los cinturones de pobreza de las ciudades, nuestros semejantes pasarán momentos tristes de sed y de hambre, bajo el látigo de las tiranías y el poder omnívoro de los mercaderes de la muerte. Con ellos, también, quiero compartir este pan y este trigo, y este mensaje de amor que llueve desde mi corazón como el agua más pura de mi llanto.

Por ti abuelo, por ti madre, por ti padre; por todos mis hermanos de la tierra.


ULEILA
por Isabel Pavón Vergara

Mientras sonaban compases de mágicas melodías, Uleila, con sus hermosos ojos de color verde esmeralda, miraba al infinito perdido a través de los cristales de su ventana. Estos se hallaban empañados por los suspiros que provocaban el vaho de su cálido aliento. Así descargaba el alma; así se desmoronaba una parte primordial de su vida, desde hacía tiempo ya en ruinas. Tanteaba a sorbos los recuerdos acumulados en su pasado y no aceptaba encontrarse tan atada. Su corazón dolorido se resistía a llorar.

Las ondas alfa subliminales de la música que estaba oyendo, influían para bien en el estado vacío en el que se encontraba su ánimo. Atravesaba tiempos de decadencia... y aquella visión que imaginaban sus ojos a través de la ventana, le parecía el paraíso perdido.

A pesar de haber oído unos pasos sinuosos acercarse a su cuerpo, orientado a contraluz, no le apeteció mirar hacia atrás para ver de quien se trataba. En aquellos instantes de ensimismamiento, no sentía curiosidad por nada, y mucho menos, por saber quien entraba precisamente curioseando, a la penumbra de su estancia.

Ajena a la realidad, siguió contemplando el infinito, e imaginó, que veía el mar. Un mar, trajeado ese día de color verde esmeralda, y que adornaba su orilla con el vaivén de las olas blancas de espuma de nácar que surgían invitándola a adentrarse en él. De este mar imaginario, brotaba una singular melodía, mezcolanza de violines y flautas.

Deseó cerrar los ojos... y se dejó llevar por la hermosa sensación de paz.

En aquel momento, su ensimismamiento se tornó ensueño y con tan sólo el poder de su imaginación, que se hallaba despierto, más despierto que nunca diría yo, tuvo la supremacía de atravesar los cristales de la ventana que custodiaban su aislamiento. Estos aún conservaban, la humedad de su propio vaho, suave y cálido.

Repentinamente se acordó, que hacía siglos que no soñaba, y tuvo miedo. Dudó durante breves instantes si sería capaz de recordar como se hacía. Para ello apretó sus párpados, cerrándolos vigorosamente.

Había decidido huir de la realidad, y estaba dispuesta a morir, si era preciso, en el intento. Por ninguna razón dejaría que sus ojos se abrieran, hasta no terminar con la fantasía de su viaje nuevo. Sabía que era una travesía a lo desconocido. A una de tantas y tantas vivencias, ignoradas por ella. Le ilusionó volar hacia la libertad cósmica.

Confió en las alas del viento y se dejó mecer por ellas. Nunca antes se había aventurado a hacer tal cosa. Y la nueva experiencia comenzaba a agradarle sobremanera.

Lo intentó de cuantas posturas le iba ofreciendo su imaginación. Estaba gozosa. Era la primera vez que se sentía dueña de sí misma y dueña del espacio, que la envolvía con gestos amorosos, acariciándola.

Lo más curioso fue cuando advirtió, que se fundía con él. Formaba parte de él. Lo supo, porque hasta entonces, el espacio siempre le había parecido transparente, pero ahora iba mudándose en tonos suaves y cálidos, como su aliento, que había dejado de empañar el cristal, porque ella se hallaba ya del otro lado.

Veía cómo mágicamente, se extendían ondas tornasoladas por todo el universo, violáceas, turquesas, amarillas, rosas, y casualmente, abundaban las de color verde esmeralda.

Sintió deseos de bailar la danza del cosmos, pero no sabía como moverse y moldearse a su ritmo. Simplemente... volvió a dejarse llevar.
Estaba en el mar. ¡Ah! El mar y su gran ternura. Era tan dulce... Y este le había dado la bienvenida abrazándola. De ser mujer de tierra adentro, se convirtió en mujer de agua. El mar del sueño de su ensimismamiento, y la melodía, se modificó en notas musicales de esencias de océano.
Nunca antes había tenido la oportunidad de oler la fragancia de sus aguas. Respiró y respiró, hasta llenar por completo sus pulmones de ese aire intenso.
Se bañó en sus templadas aguas, para despojarse de la innatural herencia que se había acumulado en su ser desde tiempos ancestrales, y recibir así, del mar rebosante de sal, una naturaleza humana nueva, para recibir un además nombre nuevo... para resurgir. Se vistió de salitre y se perfumó con su aroma. Se miró en su espejo y vio el rostro naciente. Se sumergió para contemplar los jardines marinos. Deseó ser pez y quedarse a vivir en ellos. Volvió a cerrar sus ojos y advirtió que de esta manera, las horas no avanzaban. De un modo mágico, rememoró su primer refugio, el vientre de su madre... Tan bien se sintió, que le vino a la memoria aquella romanza de sirenas que creía olvidada y que en realidad, sólo estaba escondida, aguardando pacientemente en su corazón. La entonó tan animosamente como pudo.

Jugó en la orilla, con las recién nacidas, siempre, olas blancas de espuma de nácar y con sus manos juntas, abarcaba toda el agua que podía, para regalársela al aire, y ver como volvían a caer modificadas en canicas de cristal transparente. Tenía la sensación de que cada una de aquellas canicas, eran dones que el Creador de la vida le ofrendaba.

Pausadamente se despojó de su indumentaria para recibir los mimos del sol. Su piel blanca, casi azulada, comenzó a broncearse, adquiriendo el color rojizo de la arena. Lo que hizo que el verde esmeralda de sus ojos se intensificase, en un verde, aún más verde, y aún más esmeralda.

Creyó oír que alguien la llamaba por su nombre antiguo. Alguien quería sacarla de aquel sueño que la alegraba. Era la misma persona que acostumbraba a vestir de luto sus esperanzas. Sabía a quien pertenecía aquella voz espesa de responso y plegaria. Sabía que su dueño prodigaba heladas sonrisas. Conocía a la perfección las líneas de su rostro, su nombre y su mirada ausente. Por eso, desde aquel paraíso tan particular en el que se hallaba ahora, no quiso escucharle. Hasta ese día, raramente le agradaba lo que de ella llegaba hasta sus oídos. Casi todo en su vida se le había vuelto hostil.

Sin embargo, la insistencia le hizo volver la mirada, desde el mar, hacia su estancia, que ahora se le antojaba con forma de torre de castillo medieval. ¡Qué cosas! Los sueños conceden esa magia. Observó la silueta del hombre que hacía años juró amarla sin condiciones y que jamás había cumplido su palabra. Ahora era ella quien le daba la espalda. Se encontraba a salvo en las aguas de la mar madre. Había por fin resucitado.

El mar, adornado por algas de color verde esmeralda, como sus ojos, la espuma blanca de nácar de las olas. Su intenso aroma. El sabor de la sal... toda aquella mezcolanza consiguió que olvidara su amargo pasado.

Se sentía única. Capaz de vivir de otra manera, y estaba dispuesta a descubrir cómo hacerlo.

De muy lejos, viajaba hacia ella una nueva melodía de fantasía sensual. Hermosos pájaros cantaban a las olas, y estas les respondían con su propio rumor en su roce con la orilla. Se acercaba despacio. Acostumbrada a las prisas diarias, Uleila agradecía la lentitud de las ondas. Le dio tiempo suficiente a recrearse oyéndola... La envolvieron por completo acariciando su cuerpo y guiñándole uno de sus ojos, casualmente éstos de color...

Una sola frase insinuante puso la música en su oído al rodearla: "Ven... yo curaré tus heridas con mi gracia"; y obedeciéndola, Uleila fue tras ella. Eso sí, lo hizo con sus ojos bien abiertos... no quería perder su estela.

Ella a la vez, con sus pies desnudos, iba dejando tras de sí, marcadas sobre la arena sus propias huellas, que caprichosamente eran borradas por las olas blancas de espuma de nácar, que con celo, depositaban en su lugar, finas algas marinas del color de sus ojos. Del mar que la vestía. De su imaginación despierta. De la esperanza que la empujaba desde adentro. Y de las ondas mágicas del espacio... para que jamás, nadie, y menos aquel hombre, les siguiera.

EL AGUA
por Armando Ruiz Chocarro

Antes de que se les llene la boca llamándome embustero, tengo que decirles que ustedes son muy libres de creer esta historia o no. Yo sólo me limito a transcribirla exactamente a como me la contó mi padre, y siempre dijo que era tan cierta como los milagros de San Ponciano. Con eso, para mí, es suficiente

Todo debió empezar poco después de la guerra (no me dijo cual de ellas), aquí, en Valdajeros, un pueblo al norte para los del sur y bien al sur para los del norte. Hago constar que está en un páramo desolado, la tierra es blanquizal tan árido como el vientre de una mujer octogenaria, no hay río y por alguna razón que se nos escapa, nunca llueve. La miseria por estos lares campa a sus anchas y sus pocos habitantes son por derecho propio, pobres de solemnidad.

Volviendo al relato, sucedió que una mañana encontraron muerto en su cama a un tal Eladio El Carbonero. Había muerto de puro viejo. Aquella misma tarde, empezó a llover. Nadie se acordaba de la última vez que había llovido, el agua caía en los caminos levantando una nubecilla de polvo y la tierra se tragaba el precioso líquido con la misma fruición que un borracho apura el primer vaso de vino del día. Los lugareños miraban al cielo entre sorprendidos y escépticos, como queriendo decir "Esto a santo de qué".

Pasó el verano tan seco como siempre y a principios del otoño llovió otra vez, precisamente el día en que se murió Escolástica La del Matadero. También de vieja. El cura dijo en el funeral que parecía que Dios estaba esperando a que falleciera alguien para obsequiarnos con un copioso aguacero. Claro que lo dijo en broma pero al poco tiempo la broma dejó de tener gracia, dos semanas más tarde se despeñó por un barranco un cabrero llamado Ulpiano "El Morcato" Y volvió a llover. Para entonces la tierra ya no se tragaba el agua con tanta vehemencia y hasta se formaban charcos. La humedad hizo que empezara a salir una hierbilla frágil que cubrió el páramo de verde claro y por primera vez en mucho tiempo los rebaños salieron fuera de las corralizas a pastar. Aquel año con el frío seco de la tramontana murieron tres personas más, y las tres veces acompañó a la defunción una tormenta de agua. Ya no había dudas, el cura lo dijo en el púlpito aunque ya todo el mundo lo sabía.

-Hijos míos, en mi modesta opinión creo que cuando el Señor se lleva a uno de nuestros hermanos, nos palia la pena con una preciosa lluvia para nuestros campos.

Y los habitantes de Valdajeros, si bien no era muy correcto decirlo a los cuatro vientos, celebraron por lo bajini aquel insondable capricho divino. No era para menos, en poco tiempo sus tierras baldías pasaron a producir. Sembraron cebada y trigo, plantaron viñas, olivos, almendros y hasta construyeron invernaderos. Lo que antes no valía nada ahora se cotizaba a buen precio. Con lo que iban sacando compraron maquinaria, buenos tractores y tiraron las viejas construcciones de adobas para hacer unas señoras casas. Don Servando, que poseía tres cuartas partes del municipio, fue con diferencia el que más tajada sacó. Llenó de grano los molinos del contorno y abasteció con sus ganados los mercados de toda la comarca. En fin que en poco tiempo, quién más quién menos, prosperó con el macabro cambio climático.

El que no las tenía todas consigo era el tío Melitón. No acababa de verlo claro.

-¡Hay que joderse! -decía el tío Melitón-. ¡Que haiga que espicharla pa'que llueva! Esto pa mí que ha de acabar como el rosario de la aurora. Sino al tiempo.

Al principio como el tío Melitón era muy cabal y de sesura mayor que el maestro Ciruelo, sus vecinos no le tomaban a mal sus palabras pero con el tiempo empezaron a cansarse de la monserga del viejo.

-¿Que hay de malo en aprovecharse de lo que nos cae del cielo? -le preguntó una de las veces don Servando con ese aire de jura de bandera que siempre tenía-. ¡Ni que nos cobrase Dios algo por ello!

-Yo digo que esto no es normal -le contestaba el tío Melitón-. Sólo sé que mi padre y su padre y tos los que vivieron antes que él, jamás de los jamases vieron caer cuatro gotas aquí, y tiraron pa'lante como bien pudieron y si no se fueron pautro sitio, a las américas o aunde fuese. Y lo que no es normal no es normal. Una comparanza, si yo fuera ahora a casa y me encontrara con que mi Gervasia ( que ya va pa los setenta)tuviera las tetas firmes y la carnes prietas como una moza, en vez de apretujarme a ella como un perro de salida, cogería una estaca pa librar a mi pobre mujer del hechizo. ¡Y mira que me gustan a mí las carnes prietas! Pero lo que no es normal, no es normal.

Cuando el tío Melitón acabó su discurso todos los que allí estaban se rieron de lo lindo. Todos menos él porque lo que había dicho no tenía la maldita gracia.

Llegó por sorpresa un año en que después de la siembra nadie murió. El tiempo fue pasando y el cereal amarilleaba sin espiguear. Si no llovía pronto toda la cosecha se iría al garete. Los valdajeranos miraban preocupados sus cultivos, aquella sequía significaba ni más ni menos que su ruina. Por fin un día amaneció lloviendo, también encontraron muerto al Doroteo El tuerto en el corral de su casa, tenía apenas treinta años y un cuchillo le había rebanado el pescuezo. Aquello les vino al pelo, la cosecha se salvó.

Lo que siguió a continuación cuesta trabajo de contar. En Valdajeros cada año se invertía más en las tierras, había tanto dinero en juego que los campesinos esperaban ansiosos que alguien no llegara a pájaros nuevos para que sus cultivos ganasen. Si la cosa se ponía mal, siempre aparecía el cadáver de algún desgraciado. Decían que los ordenaba matar don Servando para que en sus magníficas fincas, en sus piscinas y en su campo de golf no faltara el agua, pero lo cierto es que todos eran cómplices con su silencio. Ya no había ley ni orden, los hombres hacían guardia en sus casas con una escopeta y las mujeres y los niños nunca salían solos.

Ante el cariz que estaba tomando aquello, el tío Melitón fue de casa en casa para que sus vecinos entraran en razón.

-Hay que parar esto. El próximo, porque siempre habrá un próximo, será Tarsicio El Chato que ya pasa de los sesenta, o Córdulo El Manco que son tres hermanos o la Filomena La Negrilla que está soltera, o Timoteo El del molino que no tiene hijos o tú, si tú Antonino El Muniquero ¿Porqué? ¿Acaso todo esto tiene un "porqué"?.

Dos semanas antes de San Juan apareció muerta la Gervasia cerca del humilladero con un tiro de pistola en la frente. El tío Melitón permaneció todo el día abrazado a ella mientras la lluvia le entraba hasta los huesos y maldecía a viva voz contra todo lo humano y divino. Al anochecer consiguieron separarlo de su esposa y el veterinario le dio un somnífero para cuando malparen las yeguas. Ni con esas pudieron apaciguarlo.

Enseguida corrió el rumor que de que el Tío Melitón había organizado una partida para acabar con aquella locura. Con él estaban los hijos de los muertos, sus viudas, sus padres, sus novios y sus amigos. También se oyó que don Servando había traído de la ciudad a sicarios y asesinos profesionales a golpe de talonario. Que iba a haber refriega estaba cantado.

Como de costumbre la noche de San Juan se hicieron hogueras en el pueblo, pero aquel año, nada más dar el reloj de la iglesia las diez, se oyó un tiro y seguido un grito desgarrador. Fue el comienzo de una noche trágica. Luego sonaron muchos más disparos y alaridos de rabia y gemidos moribundos. Pronto empezó a llover con una fuerza terrible, mezquina, el agua caía como si fueran millones de afiladas cuchillas. Las hogueras se apagaron pero la noche siguió iluminándose con el fulgor de los disparos. Murieron cinco Valdejeranos y tres sicarios. Estuvo lloviendo una semana sin parar y durante dos días enteros corrieron por las calles aguaceros teñidos de color rojo oscuro.

Cuando dejó de llover, vino la guardia civil. Hablaron con don Servando y fueron a detener al tío Melitón como cabecilla de aquella sangrienta revuelta, pero no lo encontraron. Estuvieron buscándolo por todo el páramo en batidas semanales, nada, el viejo cabezota se había esfumado.
Así se pasó el verano.

A finales de septiembre, el tío Melitón dio por fin señales de vida. Bueno, lo de con vida es un decir porque apareció junto a don Servando en la piscina del capitoste. Los dos flotando boca abajo. Los sicarios no sabían como cojones aquel loco había entrado en una propiedad vigilada por los cuatro costados. Hasta la tarde del funeral nadie cayó en la cuenta de que esta vez no había llovido. Lo dijo por casualidad uno de los monaguillos y enseguida los que formaban la comitiva que seguía los féretros sonrieron aliviados.

Y así, aquella extraña situación se fue tan repentinamente como había venido y todo volvió a la normalidad. La gente fue muriendo en Valdajeros sin que desde el cielo cayera una gota. El verde de los montes desapareció como por ensalmo, los sicarios y criados de las fincas de don Servando se fueron marchando poco a poco. También se largaron a la ciudad muchos jóvenes, casi todos. La piscina que tenía el difunto se resquebrajó llenándose de matojos y el campo de golf lo invadieron los conejos. Por la noche el viento hacía restallar el plástico de los invernaderos abandonados que se mezclaba con los chillidos de los lobos hambrientos. En poco tiempo, Valdajeros, como otros pueblos del páramo quedaría abandonado.

Y sucedió que el día menos pensado, llovió. El cura y los cuatro gatos que quedaban en el pueblo se temieron lo peor, recorrieron en ascuas de cabo a rabo el pueblo sin encontrar a nadie muerto. En eso estaban cuando vieron correr al hijo pequeño del Fulgencio El Rojo desde la casa de la seña Telesfora La Partera.
-¡Vaya! -dijo cándidamente el cura-. Parece que el Fulgencio ha sido padre otra vez. A ver si ahora cambian las tornas y va a llover con cada nacimiento.
Nada más decir aquello el cura se mordió la lengua, como si acabara de proferir una blasfemia. Luego miró al cielo y se santiguó tres veces seguidas.

FIN

Hasta aquí la historia, que como casi todas las historias que se cuentan en los pueblos será verdad la mitad de la mitad. Tal vez sólo murieron un par de lugareños el mismo día que llovió y luego alguien se pasó de rosca con las casualidades. Aunque vete tú a saber. Y con esto no quiero contradecir a mi padre, nada más lejos, sepan ustedes que no habido quien me de cuentas del burigo serrano, ni de que sea un pájaro, ni de que aunque lo fuese ponga sus huevos en el tejado.

EL GRAN ENIGMA MATEMÁTICO
por David Soriano Hernández

Ayer fueron encontrados los restos del profesor Martín González Calderón en su pequeña casa de Oria. Según sus familiares, el profesor González había decidido retirarse a este pequeño pueblo de la provincia de Almería para dedicarse plenamente a sus estudios sobre matemática. Al parecer llevaba varios años intentando resolver un gran enigma matemático bajo el cual subyacían tanto el origen como el destino del espacio y del tiempo.

Para la mayoría de sus amigos, el profesor González Calderón había perdido el juicio y se encontraba en un estado de trastorno mental irreversible. Los familiares siempre intentaban desmentir estas alegaciones afirmando que la salud del profesor era inmejorable y que incluso había tomado la decisión de dejar de fumar.

A pesar de todo ello el profesor González Calderón siempre había estado rodeado por una espesa niebla que no dejaba mostrar completamente el tipo de hombre que era. Los que lo conocían afirmaban que siempre se mostraba reservado a la hora de exponer sus resultados sobre teoremas matemáticos y que se negaba a entender la matemática como una herramienta creada por el ser humano; él pensaba que la matemática debía ser tomada como el único medio capaz de acercar al hombre a la naturaleza de Dios y del universo que le rodea. Es por eso que la mayoría de sus artículos se basaban en la crítica a la matemática aplicada. Su buzón de correo del departamento de Análisis Matemático estaba continuamente lleno de cartas escritas por físicos, químicos y matemáticos que criticaban su afán por destruir el verdadero sentido de esta disciplina. Él no le daba demasiada importancia y la mayoría de ellas acababan en la papelera sin ser siquiera abiertas. Dicen que siempre paseaba y comía solo. Los que trabajaban con él aseguran que daba charlas sobre sus nuevos descubrimientos para él mismo encerrado en su oficina.

A diferencia de lo que se acaba de relatar, su mujer y sus hijos lo veían como un padre ejemplar, volcado completamente sobre el cuidado y educación de sus hijos. Nunca tuvo problemas con su familia que lo definían como un hombre serio y bondadoso. Como se puede entrever en lo que acabo de contar la vida del profesor González Calderón era en sí misma un gran enigma que ni tan siquiera después de su horrorosa muerte ha sido capaz de aclararse.

Según informaron los periódicos el cuerpo del profesor fue encontrado totalmente estirado como si hubiese sido sujetado por ambos extremos de su cuerpo y una gran fuerza lo hubiese alargado hasta deformarlo completamente. Quienes acudieron a lugar de los hechos aseguran que el cuerpo había alcanzado una longitud cercana a los cinco metros y que, en contra de lo esperado por los médicos que practicaron la autopsia, no fueron encontradas ningún tipo de desgarraduras o marcas en la piel. Lo único que fue encontrado es un pequeño crucifijo de madera en la palma de su mano.

En la casa donde habitaba en el momento de su muerte fueron encontrados numerosos libros de Álgebra y Geometría, junto con varios manuales de lógica que él mismo había escrito. El suelo de la casa estaba completamente limpio pero lleno de desigualdades como si una perturbación geológica lo hubiese ondulado dándole esa forma irregular. Los moradores dicen no recordar el estado de la casa antes que el profesor llegase al pueblo para habitarla pero aseguran haber visto luz hasta largas horas de la mañana y humo saliendo de la chimenea. Dicen que raramente se le veía andar por las calles del pueblo pero algunos aseguran haberlo visto varias noches entrando en la iglesia pocas horas antes de que el párroco la cerrase. El ayudante del párroco asegura que él era el único que conocía la verdad de los hechos ya que el profesor se confesó la misma noche del macabro acontecimiento. Desde aquella noche el cura no había vuelto a dar misa y vive encerrado en su cuarto día y noche perturbado por el secreto de confesión.

La policía secreta encontró valiosos apuntes escritos por el propio profesor, la mayoría de los cuales no han salido a la luz debido al secreto de sumario decretado por el juez que lleva el caso. Hasta ahora nadie ha podido hablar con el juez ni con los abogados de la familia González Calderón, un gran misterio rodea el caso y lo único que se ha podido conocer es lo que sus colegas del departamento encontraron, bajo llave, en un pequeño cajón del armario de su oficina junto a una carta del párroco de Oria. Varios físicos se han atrevido a afirmar que el cuerpo del profesor fue absorbido momentáneamente por lo que ellos mismos denominan como agujero negro. Según las teorías sobre estos entes de naturaleza cosmológica, cualquier objeto en las inmediaciones de un agujero negro sufriría un estiramiento debido a la gran atracción gravitatoria que estos entes ejercen sobre todo lo que pasa próximo a ellos. Lo que todavía nadie ha conseguido explicar es cómo sólo pudo afectarle a él.

"La relación entre lo real y lo divino se esconde tras un gran enigma matemático cuya resolución nos puede llevar a conocer universos y realidades insondables. Son muchos los caminos que conectan ambos mundos y sólo uno es capaz de ser andado por el hombre. Es necesario que el alma humana esté preparada para asimilar realidades tan esencialmente lejanas, alejadas de lo material y espiritualmente orientadas hacia lo divino y eterno."

"Hijo mío, he conseguido encontrar una casa cercana a la iglesia de la que soy párroco desde hace veinte años. Creo que puede servirte. El dueño hace tiempo que la puso en venta debido a que se marchó a vivir a Barcelona, a pesar de los años se conserva bastante bien. Realmente no debería prestarte ninguna ayuda ya que si esto llegase a oídos de algún superior supondría el final de mi carrera como servidor y defensor de las leyes divinas. Me gustaría que reflexionases un poco más sobre tus pretensiones y dejases de pensar en ese maldito enigma matemático. Sinceramente me parece más una arma demoníaca que un camino hacia lo divino."

"Esta noche he llegado a la gran puerta donde la realidad se mezcla con lo divino. Es allí donde debo encontrar las respuestas a mi enigma. Su interior es completamente oscuro y una gran fuerza de naturaleza desconocida me atrae hacia él, hacia lo eterno. No me he atrevido a dar el último paso, creo que mi alma sigue corrompida por mi cuerpo y no consigue despojarse de él. La próxima vez lo conseguiré y mi descubrimiento revolucionará las ideas sobre el tiempo y el espacio; términos puramente terrenales a mi entender."


EL MUERTO
por Juan Francisco Rodríguez Martínez

Mirar, siempre mirar. Buscar sin saber qué. Entrever los secretos ocultos de quienes habitan tras el umbral de un portal o de unos cristales transparentes de ventana. Casi siempre ver algo diferente, irrelevante a los ojos del adulto, imprescindible, mágico, inverosímil, para los de un niño ávido por rellenar su interior con impresiones, imágenes, sonidos, olores, todos desconocidos.

Tras recibir el beso de buenas noches de mamá, de ver como apaga la luz y cierra la puerta de la habitación, se levanta para comprobar debajo de la cama, un gesto acostumbrado de diario; pero, en lugar de hallar el hueco vacío del alivio tranquilizante, está el hombre tumbado boca arriba, con las manos entrecruzadas sobre su pecho, el traje oscuro con camisa blanca y corbata negra y el grito, el mismo grito proferido antes de salir corriendo y huir de una ventana abierta a través de la cual le vio ya antes en la misma postura, aquella vez metido en una caja de madera, rodeado de cuatro cirios encendidos y de nadie, sólo el muerto (porque así debería estar un muerto) con los párpados cerrados, inmóvil y nada más.

Más tarde, apaciguado el desasosiego por las palabras dulces de mamá, por la comprobación conjunta de que allá, bajo la cama, no hay nada ni nadie, si acaso una pelusa ocasional y traicionera escapada a la aspiradora, intenta dormir y lo consigue hasta que el rítmico sonido de la mecedora infantil le devuelve a la vigilia. Gritar ya es imposible, la oscuridad se lo impide. ¿O es una mano huesuda y gélida que tapa su boca?. Moverse, forcejear para deshacerse de la presión del miedo es sólo un deseo; sus miembros paralizados no responden a la voluntad y una voz que lo inunda todo con palabras guturales, siniestras, "el cajón azul, el cajón azul", se repite incesantemente en los oídos hasta que un "MAMÁ" atronador devuelve la luz a la estancia y el niño a los brazos cariñosos de la madre que limpia el sudor de la frente de Carlos y le augura un dormir ya sin sobresaltos en la cama grande, junto a ella, rellenando el hueco vacío de papá que murió antes de que él naciera y a quien adora idolatrado sobre el pedestal de la ausencia, de lo desconocido, de lo buscado incansablemente y jamás hallado en fotografías o vídeos del pasado porque en ellos no hay cuerpo cálido que abrazar, ni voz de acordeón que sentir.

Y a la mañana siguiente cuéntame mamá como era papá y las lágrimas entremezcladas con recuerdos descriptivos, archivados en la memoria de diez años atrás, falsas bienaventuranzas y desvelos hacia el padre que nunca llegó a serlo. ¿Y por qué tuvo que morir? Debía ser la pregunta, pero la inquietud infantil sustituye el por qué por un cómo que hace inconfesables los hechos por su crueldad y lo que durante el sueño pudo ser sólo eso, un sueño sin sentido se transforma en significado a descifrar para un niño de nueve años que quiere saber más y más del accidente pues la madre ha nombrado casualmente "el cajón azul", el tejar donde la hormigonera se tragó a papá, como el lobo de los cuentos a los cabritillos o a la abuela de Caperucita. ¿Si él no supo hasta ese día, por qué el muerto nombró "el cajón azul"?. No queda otro remedio que ser valiente, no gritar en la oscuridad, hablar con el muerto y preguntarle. Quizá no fuera un sueño si no un mensaje de papá, desde el más allá. No saber, no saber a esa edad resulta normal, normal.

La noche cae de nuevo y el niño espera con ansiedad, aunque es esta otra turbación, un miedo diferente a no encontrar, a que vuelva la pesadilla de la soledad y con ella falte quien ha de venir para hablarle del padre que nunca tuvo. Hoy no, mamá, dormiré solo, seré fuerte, no temeré a la oscuridad y la madre sonríe feliz ante la lejana proyección del amor ausente en este jovencito que empieza a madurar. Pero, las cosas no suceden como se desean o imaginan y Carlos no duerme, espera la llegada de quien no llega, del muerto a quien llama insistentemente con su voz interior y las sombras de la madrugada que pueblan los pensamientos le conducen a la duda. ¿Y si el hombre viene a asustarle o a hacerle daño, o a vengarse en él de su muerte, o a por él, a llevárselo lejos de mamá y del recuerdo de papá?. El terror extiende sus tentáculos, el pánico se introduce en el estómago, en la respiración entre cortada de la opacidad de los muebles, de los libros y juguetes. Ser valiente, ser valiente y buscar a papá. Pero no hay suerte. El muerto no llega, será que sólo lo soñó y que las palabras de mamá fueron oídas antes, cuando más pequeño, cuando él no tenía memoria para recordar.

Es hora de siesta y la calle está vacía, se sale tarde del colegio y las nubes cubren de tinieblas, tormenta primaveral, parece que llegara apresurada una nueva noche impostora, huele a tierra mojada y es allí, en la misma puerta de la casa del muerto donde le vuelve a ver. En el umbral el hombre, su rostro marmóreo, las manos blanquecinas y afiladas, inequívocas manos que taparan su boca. Le mira fijo a los ojos que son cuencas deshabitadas que se llenan de mirada de vacío y otra vez el horror, la incapacidad de nuevo para moverse, para correr, para chillar, para pedir ayuda. No es transparente, parece pesado, fláccidos los miembros, como muerto, no espíritu, piensa el niño. El desconocido que abre la boca de la que cae un gusano al suelo y unas palabras conocidas: "El cajón azul".

Ahora él ya sabe, conoce lo ocurrido en el cajón azul diez años atrás, por que le habló el muerto, aunque no era él, sino papá, en otro cuerpo, con otra voz, en otro pensamiento, hasta con un alma diferente que Carlos pudo ver y sentir. Así, llega a casa dispuesto a hacer justicia. Ahí están los cuchillos mudos de cocina. La madre duerme la siesta. La mano asida al mango se aproxima, los pasos quedos y silenciosos, el dormitorio que se abre y la mujer que reposa su intranquilo sueño en la cama matrimonial que no lo es, el filo del acero que brilla en la penumbra. ¿POR QUÉ CARLOS? ¿POR QUÉ A MAMÁ CARLITOS?.

"Por que le has engañado. Por que jamás tendrá certezas, vivirá sin saber quien fue su padre, si tu amante o yo. Por que tu infidelidad nos hizo caer a ambos en el centro de una hormigonera que nos absorbió para siempre tras una lucha encarnizada".

Pero, ni la voz, ni la mano, ni el deseo son del niño que no reconoce donde está, que cuando vuelve en sí se aferra en fuerte abrazo a la madre, llanto desconsolado, el arma ya en el suelo y mirando alrededor. Mirar, siempre mirar, buscar sin saber que, sólo entrever los secretos ocultos de papá y mamá.

SIN MORIR DEL TODO
por Juan Francisco Rodríguez Martínez

Siempre había pensado que la muerte sería un proceso corto e imperceptible. Un hecho más físico que mental, un pasar del movimiento y de la acción de unos músculos laboriosos, de unos órganos dinámicos, a la inactividad física más total. Pero me equivocaba y sé que mis pensamientos erraban al creer que la muerte sería sólo un paso efímero hacia la nada, envuelta como estoy en un silencio abrumador en el que mis sentidos parecen perder su acción vital.
El frío que sentí cuando caí al río se ha ido transformando en una apacible calidez. El ruido ensordecedor y seco, sin duda causado por el impacto de mi cuerpo al golpear contra el agua, se ha ido disipando hasta convertirse en una casi total ausencia de sonido, en un algo callado y solitario. La luz de las farolas, deslumbrante al reflejarse sobre el mismo río, se ha desfigurado hasta difuminarse en sombras que titilan a lo lejos.

Voy muriendo en esta quietud insostenible y tengo tiempo; tiempo suficiente para darme cuenta de ello. Por increíble que parezca, hago un balance cadencioso y pormenorizado de mi decisión y contesto a una pregunta que, tal vez mañana, al despuntar el alba, se harán todas aquellas personas que me han rodeado en vida, así como el periodista que escriba la crónica de sucesos en el diario de la mañana y los curiosos transeúntes que circulen por la orilla de este río gélido en el que me sumerjo.

¡Qué distinta veo la realidad desde aquí, ahora que mis pies se incrustan en el fondo cenagoso de esta corriente inmensa de aguas opacas y siniestras, en esta turbación tan similar a la que ha sido mi propia existencia!.

Hay quien toma una decisión vehemente y drástica, como la del suicidio, al no saber afrontar con buen juicio la realidad que le envuelve; pero éste no es mi caso. Yo he optado por una muerte voluntaria porque aquella misma realidad así me lo ha impuesto. Decisión difícil sí. Quizás la más difícil de tomar; pero nada arrebatada, toda ella meditada.

Tal vez, ninguno de los seres queridos que han compartido momentos o sentimientos importantes junto a mí, llegue a comprender los motivos por los que he decidido morir. Estoy segura que Pedro, mi esposo, jamás entenderá cómo he preferido abandonarle de esta manera tan dolorosa, después de haber sido él, durante tanto tiempo mi sustento y mi apoyo. Tras haberme ayudado hasta la extenuación y el desconsuelo, compartiendo conmigo muchos momentos tensos de profundo desasosiego en los que sólo sabía yo gritar y pedir más dosis de heroína, él se preguntará mañana por qué he sido capaz de hacerle esto, toda vez que ya no precisaba de ese aliento persistente de la droga sobre mi nuca y parecería ser momento oportuno para compartir una vida juntos, rodeados de la paz armónica que tanto habíamos anhelado los dos. Recuerdo, con cierto desconsuelo que, en los momentos de mayor desesperación, llegué incluso a amenazarle de manera patética y grotesca con segar mi vida cuando, en verdad, yo sabía que no sería capaz de hacerlo y tenía conciencia de que sólo sus brazos eran el único consuelo posible en aquel desesperado infinito que vivía mi alma.

Más tarde, el día de nuestra boda, yo ya estaba "curada" de mi drogodependencia y Pedro sonreía como un niño con su juguete nuevo traído por esos Magos de Oriente que siempre me he resistido a considerar como seres exclusivos de la infancia. Entonces, yo también era feliz, aunque la sombra de Miguel había comenzado ya a planear sobre mis sentimientos.

Por cierto, ¿se sentiría Miguel culpable de mi muerte? ¡Miguel! ¿Cómo pude enamorarme del hermano menor de mi esposo? Qué maravilloso y doloroso a un tiempo me resulta el recuerdo de Miguel, ese amor de momentos compartidos en el supermercado propiedad de mi marido, trabajando aliento junto a aliento, rozándose nuestras miradas furtivas, sintiendo el deseo de sus labios a flor de piel; aquel deseo reprimido por el miedo, por un miedo intangible, pero real, al dolor que nuestro amor pudiera causar a Pedro. Tal vez, conscientes del camino erróneo que nuestros sentimientos acababan de elegir, nunca quisimos trasladar ese mismo amor prohibido del plano de los sueños al de la realidad. Esa presencia de mi esposo, siempre perturbadora en mi mente, me condujo a la negativa de vivir intensamente, de compartir mi cuerpo con el del ser amado y, quizá, ese sea el único motivo verdadero por el que me veo ahora muriendo; morir como respuesta voluntaria, libremente elegida, ante ese castigo ajeno que me aturde al recordar a Pedro y mi renuncia por respeto a él. ¿Acaso, el discurrir de los acontecimientos habría sido diferente si yo hubiera dejado que los labios de Miguel besaran los míos o si hubiese permitido, como tantas veces he deseado, que sus manos acariciaran mis senos y dibujaran la silueta de mi cuerpo en un infinito sin fronteras, sin espacios y sin tiempos? No lo sé, y creo que ya nunca lo sabré. Pero, yo no habría sido capaz de infligir tan tremendo dolor a Pedro por dar rienda suelta a los inoportunos dictados del amor, al deseo incontrolado de la carne. ¿Cómo causar sufrimiento a un ser tan próximo? No podía apuñalar por la espalda a esa persona querida que, aunque nunca fuera amada, había luchado tanto para arrebatarme de las manos ese puñal que fue la droga con el que iba yo a atravesar mi corazón; imposible traicionarle y de esa manera tan ruin, con su propio hermano.

Mis pulmones, que continúan llenándose de agua, no parecen impedirle a mi cerebro que componga una última reflexión. Confieso, con total rotundidad que es el deseo por Miguel tan fuerte, tan incontrolado, tan mío que, con sólo pensar en el contacto accidental de su mano, tiembla todo mi ser y cada poro de mi piel se estremece. Siento como una pasión voluptuosa martillea mis sienes, como se expande por las venas de mi cuerpo y acaba concretándose en una presión agotadora y placentera en mi propio sexo. Cada suspiro, cada pensamiento, cada momento vivido, se entretejen con la mirada de Miguel. - ¡Qué imperfecto es esto del amor!- siento entonces.

Cuando yo era escoria, cuando mi cuerpo yacía lacerado por las inequívocas huellas del error y mi alma sucumbía en el abismo de mis propias miserias, llegó Pedro aliviando mi desesperanza, curando mis heridas milagrosamente con el bálsamo de la paciencia y del amor; de su amor, porque yo nunca le amé, tan sólo lo utilicé como un instrumento egoísta de mi desconsuelo y de mi cobardía. En él sólo vislumbré el cabo de una esperanza con el que poder salir a flote de ese mar de la intranquilidad en el que naufragaba. No me importó, en aquellos momentos, abordar un barco en el que la bandera y el idioma de sus tripulantes me resultaban tan ajenos.

Y ahora, aquí, en la profundidad de este río helado, a punto de morir, sólo puedo pedir perdón a Pedro de esta manera. Perdón por ser franca, por no haber mencionado nunca la palabra amor, por haberla sustituido siempre por un "te necesito" sincero, aunque sólo fuera dicho con el lenguaje de los pensamientos y por haberle entregado mi cuerpo agradecido y nunca el sentimiento efervescente que guardaba dentro del mismo.

También, debo pedir perdón a Miguel por no haber sido yo valiente, por no haberme dejado asir de su mano y haber huido con él a su planeta, a su mundo onírico de amor. Las fugas que siempre me propuso, a pesar de causar dolor, no me habrían destrozado el corazón tanto como lo hace, en este instante, la muerte valiente a la que me someto; estoy segura de ello.

Ya no sé si muero o si estoy muerta desde hace tiempo. Tal vez morí desde el día en que nací y mi destino tomó un rumbo equívoco. Quizás, vuelvo a nacer ahora que muero, porque no he muerto del todo, porque me sigue doliendo Miguel, me duele Pedro, aún me duelo yo.

No quisiera pensar que esta muerte inconclusa es un castigo inútil que sólo sirve para espiar la pena que debo cumplir por todos los pecados cometidos. Sentir, como lo hago, este estado de incertidumbre repleto de remordimientos constantes por lo sentido, por todo lo no llevado a cabo, por cientos momentos no vividos, no consuela a mi alma deshabitada. Es como un errar eterno por un mundo desolado.

Al tomar la decisión de arrojarme por este puente de la desdicha no pensé que se me otorgaría una nueva oportunidad para elegir qué camino tomar. Pero, esta muerte interminable me dice que puedo estar en un error, que aún podría resurgir de estas cenizas de hidrógeno y oxígeno y salir indemne del suicidio; nadar hasta la orilla tranquila del río y comenzar una nueva vida, sin mi esposo, sin Miguel, sin mi pasado y sin pecados que atormenten mi alma y, así, convertirme en otra persona, en un nuevo ser, habitante de un mundo inexplorado, tal vez, inexistente, lejos de este presente abrumador y de un pretérito que no hubo de existir.

Soy consciente de que tan sólo me resta un ápice de vida, un suspiro tal, que me permite disponer de mi incertidumbre y decidir con absoluta libertad, esta vez sí, que sendero tomar: el de la vida o el de la muerte. No obstante, sea cual fuere mi decisión, siempre quedará dentro de mí este preciso momento que tanto me está ayudando, este sin morir del todo en el que habito ahora.


EL ESTADO DE OSCURIDAD
por Juan Francisco Rodríguez Martínez

Todas las luces se habían apagado de repente. Los relámpagos que los sueños desprenden en sus fases más profundas se hacían efímeros y apenas si iluminaban más allá del resplandor que son capaces de percibir unos ojos cerrados. -¿Porqué esta oscuridad?- se preguntaba. Después, comenzó a perder toda la motilidad de su cuerpo. Se le hacía imposible no ya el desplazarse, sino tan siquiera el mover un brazo, un pie o los dedos de una mano. Intentaba emitir algún sonido inteligible, pero su boca parecía haberse sellado, no podía ni despegar los labios, ni respirar. Por último, un silencio absoluto invadió todo su interior. Ningún sonido, ningún ruido, ninguna voz. No alcanzaba a comprender lo que le estaba ocurriendo, tan sólo sabía que se había muerto y se resistía a tal idea, a la aparente y absurda eternidad en soledad que le estaba proporcionando la muerte. ¿Acaso ya no vería más a sus seres queridos? ¿?A qué lugar de dirigiría? ¿Sería especial o distinto o simplemente esta nada que la estaba invadiendo?.

No coordinaba correctamente sus pensamientos, que al parecer eran lo único que permanecían en ella. Sentía una paz interior que comenzaba a dañarla profundamente en lo más íntimo de su ser. Fue entonces cuando comenzaron a discurrir por su imaginación letras de antiguas canciones, lejanas letanías que parecían rezos infantiles y melodías de cuna ya casi olvidadas en algún resquicio de la memoria. Pero, algo le estaba ahogando al mismo tiempo, un apreciable cansancio mental, tal vez la silenciosa soledad que lo inundaba todo.

Permanecía inmóvil, nada veía ni escuchaba a su alrededor, desconocía si su cuerpo aún le acompañaba. Horribles imágenes surcaron sus pensamientos en ese instante y creyó volverse loca: La agobiaron palabras en forma de sonidos, de colores, de sabores, de olores.

Su respiración se entrecortó, y ella percibió un fuerte calor que la oprimía y reflexionó: -¿Qué respiración?- Realizando un gran esfuerzo, intentó observarse, descubrir si aún exhalaba aliento alguno o se trataba de una mera sensación causada por la fuerza del hábito y de la costumbre. Si al intentar analizar aquel fenómeno sólo había conseguido una terrible sensación de angustia, ahora al comprobar de nuevo que su cuerpo no obedecía a ninguna orden de movimiento por carecer de él, los interrogantes se encaminaron a calificar a la propia muerte como desgarradora e inútil. Crecía el desasosiego desorbitado como un momento de espera insoportable. Y después de mucho transcurrir, se preguntó qué y para qué esperar.

Intentó, ante aquel "maremagnum" de incongruencias, dormir o al menos descansar la mente con el deseo de estar viviendo tan sólo un estúpido sueño y que al hacerlo despertaría feliz del mismo, rodeada de su familia, de su esposo y de sus hijas. Pero fue totalmente inútil, apenas si percibió la agradable sensación de rememorar lo que eran unos párpados cerrados. La oscuridad permanecía absoluta, sus percepciones sensoriales habían desaparecido por completo y ésta era la única realidad evidente. Como último recurso empleó su memoria, intentó ordenar sus ideas, pero el intento fue una fútil manera de incrementar su angustioso devenir.

Y así comprendió por fin que había dejado de ser una mujer y cuando lo hizo desapareció el miedo y la ansiedad. Sabía, a ciencia cierta, que estaba muerta y poco a poco pudo ordenar eso desconocido que ahora ocupaba el lugar de lo que en vida pudo ser su mente, asimilando la idea de que la muerte no implicaba la falta de existencia aunque hasta ahora no podía definirla de ninguna manera conocida por el hombre, tan sólo como un estado de conciencia. La tranquilidad fue organizando lentamente sus sensaciones y se mantuvo de esta forma un tiempo prolongado que fue incapaz de determinar. Aunque, de repente, como por un aprendizaje asimilado por los años, le surgió la idea de esperar pacientemente a que una corte celeste viniera ahora a juzgarla y mientras lo hacía algunas sensaciones emociones desconocidas comenzaron ainvadirla. En efecto observó lo que pudiera definirse como un cortejo del "más allá" de una forma algo difuminada y confusa, tal y como lo estaba pensando. Y, justo cuando se cansó de vivir aquella sensación la misma desapareció. Todo pareció volver a ser como antes, silencioso, oscuro e inerte. Y mientras intentaba extraer alguna conclusión de su experiencia perceptiva, sintió unas enormes ganas de gritar, de pedir auxilio. Fue una vivencia impresionante escuchar un sonido fulminante que se desprendía de ella misma, de su propia mente sin órgano articulatorio intermediario alguno. Más tarde, decidió pensar de nuevo y esta vez lo hizo con la idea de revivir lo último que pudiera haber ocurrido en su anterior existencia como ser humano. Así, se vio tumbada en una mesa de operaciones, rodeada de médicos que en vano trataban de salvar su vida y la del niño que llevaba en sus entrañas. Vivía aquellas mismas sensaciones de dolor y de lucha con absoluta nitidez, hasta el punto de tener que deshacerse de ellas bruscamente, por el dolor, consiguiéndolo con sólo desear que se anularan aquellas imágenes y aquellos sonidos.

Ya estaba en condiciones de aportar conclusiones a su enigmática existencia, razonamientos que la habían llevado a descubrir que en su nuevo estado podía trasladarse a cualquier punto temporal o espacial de su anterior existencia, siendo capaz sentir, en esa o en cualquier otra circunstancia, las emociones y percepciones que su voluntad imponía. Su nuevo estado no podía calificarse de muerte, sino que más bien ésta había sido una frontera a través de la cual había llegado a esta dimensión de la existencia, más mental y en absoluto física. Podría experimentar gran cantidad de sensaciones y vivencias en su nueva situación. De esta manera, intentó ir más allá de la Tierra, surcó por espacios siderales, se propuso salir de las dimensiones terrenales y humanas, penetrando en otras que le resultaban desconocidas. Consiguió esto y mucho más, viajó a lugares insospechados y maravillosos, conoció mundos alejados y ajenos repletos de vivos colores y de aromas y fragancias exóticas, de sonidos hermosos y melancólicos.

Pasada la euforia inicial de los primeros momentos, surgió en ella una imperiosa necesidad, una idea que se transformaría en obsesión, resquicio de su anterior existencia como ser humano tal vez, la de comunicar y comunicarse con otros entes, semejantes o no al que ahora ella misma era. Hizo un denodado esfuerzo de concentración hasta que por fin, al cabo de una dimensión temporal elevada, pudo recibir señales de otro ser que se hallaba presumiblemente en su mismo estado. El encuentro fue un cúmulo de experiencia satisfactoria, un intercambio de ideas, imágenes, palabras y sonidos, de sensaciones perfectas y armoniosas, una excelente y maravillosa comunicación. El nuevo ser, que como ella en el estado anterior había sido una mujer humana, la puso en contacto a su vez con otros seres con los que compartir informaciones. De esta forma, mantuvo largas comunicaciones, contactos pluripersonales, entre varios seres al tiempo a través de una relación telepática imposible de concebir por la mente humana.

Esa nueva forma de existir adquirió un tono de normalidad con el transcurso del tiempo. Sus paseos y comunicaciones eran ya algo cotidiano. Pero, tal vez como resquicio también de su anterior existencia, comenzó a surgir en ella una nueva necesidad, el planteamiento de otras inquietudes que pertenecían al plano del saber, del seguir conociendo cada vez más allá de las fronteras de este universo descubierto. Reflexionó acerca de cómo había surgido esta aparente sistematización física y social que vivía, de cómo se organizaba el paso del estado de existencia humana al actual, de cómo todo lo que veía, olía, decía, oía, sentía dependía exclusivamente de su voluntad, deduciendo de tal idea una terrible conclusión, que la llenaba de desolación y amargura; había encontrado una nueva realidad en sus pensamientos, que no por cruda dejaba de ser veraz. Lo cierto parecía ser que se encontraba sola en aquel vacío absoluto que la circundaba. No era verdad aquella fábula de sensaciones y de contactos que se había confeccionado a partir del dominio de sus emociones y del desarrollo de la facultad de crear imágenes, sonidos e ideas, incluso entes afines.

Vivía en un mundo ficticio que ella misma había creado para sí, una querencia certera que poseía en su nuevo estado de oscuridad. Todos los descubrimientos que había llevado a cabo, los seres con los que se comunicaba, no podía ser más que simples agentes de su imaginación, factor incontrolado que la convertía en víctima de su propia desesperación, característica dominante, sin duda, de su nueva existencia. No obstante, ¿qué podía hacer sino continuar en ese nuevo mundo? La hipótesis anterior podía ser real o no. Debía seguir comunicándose con los demás seres que vivían como ella en ese estado al que por fin había bautizado como "el estado de obscuridad" y contrastar la veracidad de sus conclusiones, que no deseaba hacer definitivas. Seguiría viajando por todo este universo de nuevas dimensiones, en definitiva debía seguir muriendo cada día para volver a renacer. De esta forma, llegaría a percibir momentos de gran placer cuando se sumergiera en ese mundo de entes y espacios maravillosos y de gran angustia cuando volviera al estado de oscuridad, sin duda no había mucha diferencia entre la vida anterior y su nuevo devenir.

EXTRAÑO SUCESO
por Samanta Fernández Vidal

Horacio trabajaba de jefe de enfermero en un hospital. Una noche estando de guardia sucedió algo que aún después de mucho tiempo se cuenta y recuerda:
El cielo estaba transparente y limpio de nubes, las estrellas formaban un cuadro maravilloso. Con su quietud y resplandor disfrutaban al oír los elogios que le daban.

Aquella noche un visitante se aventuró al ir a pasear. Al pronto diviso una delgada figura en la otra parte del río, que con dificultad intentaba subirse al borde del paredón. Ese invierno había llovido bastante Y el agua del rió había crecido mucho. Desde donde se encontraba intento llamar su atención. Todos sus esfuerzos fueron inútiles. Comenzó velozmente a correr teniendo la esperanza de que reflexionaría antes de cometer esa locura.

Apenas le faltaban diez pasos para llegar, la vio doblegarse y ligera como una pluma cayó. Por un momento se quedó paralizado. Reaccionó y sin pensarlo dos veces, se tiró al agua. Hizo lo imposible por encontrarla. Casi había perdido la esperanza cuando vio borboteo. Entendió que estaba allí y se sumergió, y del cuello la arrastro hasta que llego a una escalera de hierro que había por donde el personal de mantenimiento bajaba.

Cuando se tranquilizo empezó a observarla y se le aceleraron las pulsaciones. Tenia ante él a una joven preciosa, con una cabellera larga y oscura que conforme pasaban los minutos se ondulaba. Cogió el móvil y llamo a la policía y a la ambulancia.

Y con su testimonio hicieron un parte de lo ocurrido. Al día siguiente se interesó por su estado y pidió permiso para visitarla. Se encontraba aturdida y con su mirada perdida.

Se volvió al hotel triste y preocupado por la situación de Sandra.

En una de sus visitas se sorprendió, ella rompió el silencio y comenzó a desahogarse. Le contó que estaba estudiando medicina y que uno de los profesores había querido tener relación con ella. Se negó y suspendió el curso.

Al ver su impotencia después del esfuerzo que había realizado y tener la seguridad de que nadie la iba a creer, en un momento de desesperación decidió suicidarse, Daniel le dijo que tenia que haber recurrido a la justicia. Con una dulce sonrisa le miro y le dijo que para poder estudiar tenía que trabajar, cómo iba a pagar un abogado. Respetuosamente, Daniel le cogió su pequeña mano y le dijo que no se preocupara, que él la iba a defender, pues era abogado. El color le volvió a la cara y ganas de vivir a Sandra después de oírlo. Llego el día tan esperado para ella donde la humillaron y la acusaron de cosas inciertas. Ya que el acusado era un prestigioso profesor y muy pudiente. Daniel la tranquilizaba y animaba al verla decaída y le decía que el sol alumbraba y era mas fuerte que la luna y las tinieblas.

Termino el juicio y lo gano. La tuvieron que indemnizar por los daños que en su vida le había ocasionado. Emocionada y feliz era solicitada por sus compañeros. Al dar la vuelta para abrazar a Daniel había desaparecido. Lo busco por todas partes y nunca supo de él. Reflexionaba en ello y decía: ¿Quién sería ese misterioso hombre que me hizo tanto bien?.

RETROCEDIENDO EN EL TIEMPO
por Samanta Fernández Vidal

Como las aves vuelan con libertad, así dejo mis pensamientos en este día, y aunque presa estuviera, ni aun así podrían quedarse estancados.
Con complacencia retrocedo en el tiempo; recordando vivencias pasadas, y que en este día me deleito en ellas; no dejo de maravillarme, cada vez que de nuevo lo veo, desafiante, inmenso, lo mismo produce quietud, que todo lo contrario, es algo que ensancha todo mi ser, despierta gran admiración, y no es cosa estática, sino que después de todo lo que me envuelve al mirarlo, puedo disfrutar de él.

Aun recuerdo a esa niña pequeña con ojos canela una sonrisa que al mirarla tenías que decir: -¡ El sol ha salido hoy dos veces -¡
Por la orilla corriendo y con sus gordonzuelos pies metía y sacaba; al llegar las pequeñas olas que suavemente le acariciaban, saltaba de alegría emitiendo gritos de gozo por la sensación que experimentaba.

Los que la observaban sonreían, era un espectáculo tan tierno que los aislaba de todo el alrededor sucio que a veces había; pero ahí estaba esa silueta pequeña tan bien formada, a pesar de su niñez, las pantorrillas, parecían que un escultor se las hubiera moldeado.

Que sensación de bienestar tenía uno en el transcurso del día, al contemplar el cuadro tan bello, que la criatura tenía.

Con sus manos pequeñitas disfrutaba cogiendo caracolas y piedrecitas, que le servían para pasar el tiempo tan placentero para ella.

Cuando el sol comenzaba a calentar con toda su fuerza, nos retiramos para saciar el apetito que la marisma, había despertado en nosotros. Tomamos entremeses y nos dieron la carta para que pudiéramos escoger lo que a juicio nuestro sería delicioso, yo amante de las verduras y cosas livianas pedí un plato que a juicio mío era completo, el menú era: "guisantes con bacalao", y a esto le acompañaba huevo cuajado, era delicioso; tanto me gustó que le pedí al jefe cocina la receta, y amablemente optó por ello, especificándome con todo detalle el guiso.

Ingredientes para 4 o 5 personas

1kg de guisantes, bacalao, tomate, pimiento, cebolla, patata, ajo, laurel, azafrán.

De la siguiente manera se hacía:

Primero un refrito con el tomate pimiento, ajo y cebolla, cuando estaba listo se apartaba y sacaba todo poniéndolo en el vaso de la batidora, a eso le añadía un clavo y pimienta con una carterilla de azafrán pasándolo todo muy bien.

A continuación en una cacerola se vierte los guisantes cubriéndolo con el refrito y el agua y el laurel, pasados diez minutos se echan las patatas en trozos pequeñitos y a los cinco minutos el bacalao desmenuzado y desalado muy pequeñito, cuando está todo mas o menos cocido se le añade los huevos, uno o dos por persona y finalizado todo está para chuparse los dedos, con este menú y una buena ensalada no tiene una mas que preocuparse del segundo pues bien; terminamos de comer y descansamos ya que habíamos planeado pasar el día en la playa.

Al atardecer se levantó una ligera brisa que nos ayudó aun más a relajarnos y seguir deleitándonos de la maravillosa vista que teníamos.

Al retirarse la gente se acentuó el silencio, y presté atención al leve rugido del mar que parecía decir: -¡voy vengo, voy y vengo!-

Iba declinando la tarde, y qué belleza tenía delante de mí, el sol se iba ocultando como cuando uno es tímido y no quiere ser motivo de atención, o como una mujer cubierta por un velo con media cara tapada, los reflejos anaranjados que se hacían palpable en el mar.

Era una de las cosas más maravillosas que mis ojos habían contemplado. Di un suave pero hondo suspiro y me dije: -¡ Qué bello es el mar y firmamento!-

EL SOCRÁTICO
por David Soriano Hernández

Fernando era uno de esos que, como bien definía Unamuno, seguían al primer perro que pasase por delante de su casa. Sin trabajo, sin novia y sin amigos la vida de nuestro querido protagonista se había convertido, desde hacía años, en un viaje sin destino. Esa era la causa principal de que pasase sus días de forma contemplativa, observando cada detalle del mundo que le rodeaba como si de un cuadro de Goya se tratase. Sólo volvía a casa cuando empezaba a anochecer y permanecía despierto hasta altas horas de la mañana reflexionando sobre todo lo que había visto y oído durante el día. A veces pasaba tantas horas divagando sobre el apasionante mundo cotidiano que se olvidaba de comer, solamente cuando el olor a comida del vecindario entraba por las hendiduras de la ventana de su cuarto conseguía recordar el disfrute que proporcionaba un buen plato de comida caliente.

Así eran cada segundo y cada minuto de la vida de Fernando; sin horarios, sin obligaciones y sin objetivos que cumplir la vida de nuestro buen amigo iba a contracorriente del natural fluir de la sociedad. Esto le causaba un cierto malestar que, a diferencia de lo que el lector pueda pensar, no se debía a su afán por tener una vida como la de los demás sino a las continuas críticas, desdenes y males de ojo que continuamente tenía que soportar de todos aquellos. Fernando era víctima de una sociedad intolerante e inhumana, egoísta en su más alto exponente e incapaz de comprender los diferentes colores en los que la vida se refracta.

Su casa estaba adornada por retratos que él mismo pintaba y cuyo significado radicaba en sus largas horas de reflexión nocturna. Había uno de ellos que llamaba la atención más que los demás; lo había titulado "el eterno devenir" y era algo parecido a un gusano infinitamente largo cuyo cuerpo estaba compuesto por un número enormemente grande de relojes puestos en fila. El gusano se contorneaba dejando entrever las agujas en cada uno de los relojes los cuales marcaban horas diferentes. Y lo que más impresionaba era la cabeza de este enorme gusano, era un reloj enorme sin manecillas que parecía andar hacia un futuro incierto y con tanta expresividad que podía salir en cualquier momento de aquel cuadro. Sin duda alguna aquello intentaba plasmar el sentido que para Fernando tenía el espacio y el tiempo, tan íntimamente unidos como el todo y sus partes.

Del mismo modo, nuestro artista pasaba horas y horas escribiendo y las estanterías de su cuarto almacenaban una cantidad ingente de libros; en su mayoría ensayos, tratados y manifiestos. Uno de aquellos ensayos se titulaba: "El desarrollo del ser humano actual: aspectos importantes del declive intelectual"; en su interior se hacía referencia a los diferentes aspectos del desarrollo humano actualmente y se criticaba duramente la forma errónea con la que se cultivaba el intelecto, apartándolo de todo compromiso social y cultural tanto con los demás seres humanos como consigo mismo. Se hacía referencia también a la decadencia que la educación en valores había sufrido en los últimos años y se ponía como ejemplo la continua falta de respeto de muchos alumnos con sus profesores y con las personas de mayor edad. Sin duda alguna todos estos datos habían sido recopilados de discusiones en cafeterías, bares y parques en los cuales Fernando pasaba largas horas sentado prestando atención a lo que ocurría a su alrededor.

Fue así que Fernando quiso construir su vida, tan lejos y tan cerca, simultáneamente, de lo cotidiano. Lejos de toda vida materialista y totalmente basada en los valores humanos y el arte. Como bien decía Sócrates "Nada me aportan los árboles y las piedras en el campo y sí los hombres en la ciudad", y esa fue exactamente la postura de nuestro gran hombre, zambullirse socráticamente en la vida cotidiana de la ciudad y usurpar de ella la agridulce esencia que corre por sus venas. Nadie podrá nunca describir la esencia de la sociedad actual, tan alejada de la verdadera cultura y tan acomodada, como él.

Hace unos seis meses que Fernando salió de casa y no lo han vuelto a ver. Las persianas y ventanas de su casa permanecen cerradas "a cal y canto". Algunos vecinos dicen que recibió la inesperada visita de un hombre pocas semanas antes de irse, quién se cruzó con él lo describe como un hombre mayor, de alta estatura, bien vestido y con acento extranjero. ¿Quién iba a pensar que el solitario Fernando, aquel al que todo el mundo menospreciaba, el que pasaba largas horas sentado en el bar y en el banco del parque hasta el atardecer, sin molestarse tan siquiera un segundo por buscar un trabajo digno, iba a recibir la inesperada visita de un extraño personaje de habla extranjera en su propia casa? Ciertamente todo aquello daba mucho de que hablar. A mediados del año siguiente Fernando volvió a su ciudad en la que, en contra de lo esperado, se le empezaba a echar en falta. Fue a finales de ese mismo año que todo el mundo pudo saber lo que tanto tiempo le había llevado fuera de su ciudad, salió en la portada de todos los periódicos: "Fernando Cortázar, premio Nöbel de literatura 2004".

Como todos ustedes deben entender esta fue una noticia que impactó a todos los conciudadanos de nuestro buen amigo Fernando. Su pequeña casa vacía y oscura llena de cuadros y libros se llenó momentáneamente de periodistas queriendo obtener un pequeñito pedazo de lo que era ese gran artista y premio Nöbel de literatura. Su fama ascendió tanto que llego a darle la mano hasta el propio rey de España, y no era para menos. El "hombre sin rumbo" había conseguido lo que tantos otro se habían marcado como un gran objetivo y no habían podido lograr. Desde aquel gran día nadie volvió a increparle sobre su estilo de vida, ahora todo el mundo le saluda y se dirigen hacia él como maestro Fernando. Yo le añadiría un bonito mote: "el socrático".

AGUA ETERNA
por Emilio Sarmiento

El retorno a lo esencial tiene la innecesaria finalidad de acusar métodos distintos, de acuerdo a un número variable de factores. La distinta disposición de los factores cambia irremediablemente el final obtenido. Claro que si tenemos un número infinito, la combinación es también infinita, lo cual lleva al lector atento a la percepción de que si es verdadera la afirmación, carece irremediablemente de sentido. Esto que llamamos eternidad, o tiempo intemporal (que es lo mismo que decir "no tiempo"), a llenado las páginas y las mentes de los filósofos a lo largo de la historia, paradójicamente otorgándole carácter eterno también a la discusión por la eternidad. La pregunta clave sería: ¿La eternidad es la ausencia del tiempo o es, en realidad, el tiempo transcurriendo pero sin detenerse?. A muchos prácticos o realistas les demandará el menor tiempo leer y reflexionar sobre esta dicotomía, pero no he de alarmarme pues ni siquiera piensan en la necesidad de pensar. Platón resucitaría sólo para rebatirme, Nietszche rezongaría justificadamente por mi imprudencia, Jorge Luis Borges se alegraría de que su libro "Historia universal de la eternidad" siga incólume luego de este escrito. Pero mis musas son dictadoras en su campo, son pequeñas ardillas al mando de mi parte superior.

La mesa de un escritor tiene un orden y una disposición que es imposible consideran sin el vaso de agua en uno de sus vértices. El punto de unión quizás entre estos tres pensadores sobre la eternidad sea justamente "el agua". El agua en la mesa de Nietszche nos es diferente al río de la Plata, en donde Borges meditaba y rebatía al anterior. También puedo afirmar concienzudamente que el agua de los dos anteriores, es esencialmente igual a la que usaba Platón para lavarse antes de ir al "Ágora" a exponer alguna teoría, probablemente la de la eternidad. El agua es eternidad, sustancia que en realidad unía a los escritores mencionados sin que ellos se dieran cuenta. Hablar entonces de vida eterna, es decir que el agua participa de la conclusión obtenida, pues sin agua no hay vida.

Según valores nutricionales, el hombre es en un gran porcentaje agua, lo cual es lo mismo que decir en gran porcentaje eterno. Claro que hablando del hombre, lo sustancial sería la eternidad de su alma, parte más esencial y motor primero de la vida.

Daniel se acercó, un poco amodorrado por la siesta, a su mesa de escribir con la vana idea de que algo andaba mal. Sus huesos crujían a la par que sus pasos de pies descalzos y sus ropas arrugadas. Cuando llegó se dio cuenta de que la intuición era realidad: encima de la mesa estaba la revista literaria "Séneca". Esa publicación era motivo de sus más fervientes desaires y sus paranoias de escritor poco reconocido. Una vez más su escrito estaba publicado, esta vez se titulaba "Agua eterna" y comenzaba con una introducción sobre la idea de eternidad a lo largo del tiempo. Otra vez Daniel comparó su borrador con la publicación y estaba absolutamente igual. La revista mencionada no tenía más que un suscriptor, el mismo. Movió todos sus contactos para registrarla en algún sitio, tarea que fue infructuosa. No había mandado nunca ese borrador a una editorial, por lo cual el misterio de la publicación en esa revista fantasma alarmaba a Daniel y a todos aquellos a los cuales les comentaba. No faltó alguno que se fue con la idea de que estaba loco y de su necesidad de ayudarlo con algún tratamiento.

Tomó un descanso mirando al techo y tratando de no pensar más. Su método para lograr el aislamiento era concentrarse en una balsa en el medio del mar, con él acostado a lo largo de ella y mirando el cielo siempre lejano, con sus colores intensos y sus algodones voladores. El método no había dado resultado y acto seguido se hallaba maldiciendo su suerte con la mirada fija en el artículo publicado.

La semana siguiente se asomó a su despacho y vio la revista de nuevo junto al vaso de agua. La abrió y para su asombro el artículo publicado era el anterior. Reflexionó por unos instantes y se dio cuenta lo que sucedía: el escrito que hablaba de la eternidad en su comienzo y que terminaba con una breve historia de un escritor al cual una revista le anticipaba siempre su publicación, se había vuelto imprescindiblemente eterno, como dos espejos opuestos que se reflejan hasta la infinitud.

Daniel se dio cuenta que había logrado la eternidad, esa eternidad que le atribuía al agua en su escrito que sería siempre publicado.
Varios meses después y con un rutinaria forma de caminar y de pensar, se acercó al despacho y la revista se hallaba allí, igual que siempre. La tomó y se dirigió, ya de manera inconsciente a la página 22 donde se erguían sus palabras de manera eterna. Esta vez la idea le produjo un sabor a triunfo. En el momento de dejarla sobre la mesa de nuevo, se chocó con el vaso de agua que se derramó en su escrito original. Intentó sacudirlo pero estaba irremediablemente perdido. La tinta corría y manchaba la mesa, y si bien había partes que se leían, otras estaban ilegibles en lugares que él consideraba claves.

La semana siguiente se encontró en su despacho frente a la página 22 de la revista "Séneca" en su único ejemplar, con la mirada atónita y el pulso tembloroso. La historia había cambiado y el final se componía ahora de un accidente con un vaso de agua que le destruía el papel y la tinta era impiadosa en algunas partes. El cuento terminaba con la paradoja que la eternidad que se le atribuía al agua, era esta vez vehículo para cortar de raíz con la misma idea. Daniel sintió la triste realidad de que ese episodio no sólo sentenciaba a muerte la eternidad de su publicación, sino también modificaba su idea sobre el agua como eterna, pues si persistía en la misma se estaría contradiciendo.

La semana siguiente abrió la revista sabiendo el final, su cuento ya no estaba y lo reemplazaba una poesía triste de un amor no correspondido. Se levantó intempestivamente queriendo defender su lugar y se dirigió al estante donde guardaba todas las ediciones anteriores, escribiría de nuevo el cuento y consagraría su eternidad y sus ideas sobre la Eternidad del agua volverían a nacer. Llegó y empezó a gemir, le faltaba el aire, y al darse cuenta que el anaquel estaba vacío suspiró resignado. La semana siguiente la revista no llegó, su escritorio se hallaba tristemente desolado, ni vaso de agua había. Se dio cuenta que era su final como escritor. Salió a caminar por el barrio, se sentó en un banco de la plaza y pensó: por lo menos abracé la eternidad por unas semanas. Se paró y caminó de vuelta a su casa. Cerca de la puerta tuvo la irrefutable impresión que ser eterno por unas semanas era justamente el rebate perfecto de la teoría de la eternidad. Entró y se sentó en el sofá, miró a su alrededor con aire nostálgico, como si estuviese por emprender un viaje sin retorno. De repente sonó el teléfono y atendió. Era un amigo que le decía que había encontrado lo que Daniel le pedía: la revista "Séneca" recién se creaba y había tenido una sola tirada, pero lo alarmaba también para que no se entusiasme pues era sólo de poesías.

ENSOÑACIONES DEL GENIL
por Jose Fco. Perez Rodriguez

A mi memoria floran recuerdos de mi niñez. Una niñez nacida del despertar de la primavera sobre las cumbres de Sierra Nevada.

A las faldas del Veleta el derrame de sus nieves me fue dando fuerzas para comenzar mi venturoso caminar.

La belleza de una noche de luna llena, me ayudó a descubrir mis primeras sensaciones, al recorrer raudamente una fuerte pendiente, qué desde los pies del Veleta, guiaba mis meandros, incitándome a rozar con mi cuerpo, las bellísimas extremidades de una montaña, que con sus encantos en forma de helechos y gráciles hiedras trepadoras, me acompañaban mientras surcaba mi destino temblorosamente, entre dos altas montañas, y siempre acompañado por una sinuosa vereda que se hacia llamar De La Estrella.

Alrededor, un paraje natural engalanado por los colores y aromas de los fresnos, castaños, quejigos, encinas, robles y arces, que se erguían sobre un fresco y manto verde.

En mi rápido y torrentoso caminar, me sentí embriagado por la belleza del lugar, mientras observaba a lo lejos, los graciosos y ágiles saltos de alguna que otra cabra montés por las escarpadas laderas de la montaña.

En un recodo del camino, un castaño centenario, llamado El Abuelo, me decía adiós meciendo al viento su alta copa.
Aminoré mi marcha, al encontrarme de frente, un valle inmenso, rodeado de hermosas huertas, que me sugerían un deambular más cansino.

A mis ojos, ávidos por descubrir nuevas sensaciones, llegaban las siluetas de unas colmenas, de color bermejo, que sobresalían al amparo de unas cumbres nevadas, y que un tímido vencejo, mientras bebía sobre mi torso, me dijo que era La Alhambra.

Continué mi marcha por ese inmenso valle, llegando a un lugar que me hizo descansar. Era un atardecer envuelto por los cansinos rayos del sol, cuando volví a sorprenderme, con el volar sobre mi pecho, que desde las entrañas abiertas de la Cueva de Belda, jugueteaban alegres una bandada de murciélagos.

Amanecía y más seguro de mis fuerzas, continué mi insólito caminar, dejando a mi paso hermosas praderas envueltas en mantos de flores y torosos olivares, que me incitaban a variar mi rumbo, con tal de descubrir nuevos rincones, que hacían saltar dentro de mi vientre, en forma de pececillos, escalofríos de placer, que me obligaban a seguir.

En esas conocí a El Tempranillo, que mientras saciaba su sed en mis varadas orillas y narrándome sus aventuras, me guió por lugares recónditos, mientras deambulaba por parajes bellísimos que me iban transformando, sintiendo sobre mí el aleteo de graciosas aves que me daban la bienvenida.

Con tan inmenso bagaje de sorpresas y emociones, me encontré ante una elata y altiva sierra, que contorneaba el embalse del malpasillo, al que pude llegar, no sin antes de manera sutil pero firme, penetrar en la virginidad de la montaña y excitarme, a fuerza de riadas, con sus bellísimas intimidades kársticas.

Exhausto pero feliz tras mi enamoramiento con la montaña, descansé sobre un fondo formado por margas yesíferas de relieve escarpado, conformando un embalse surcado por mis meandros, y con sus riberas engalanadas por juncos, carrizos y espadañas, además de sauces y tarajes, donde la garza real, la imperial y la cigüeña común alegraban el lugar con algun otro calamón y la sin impar grulla, que junto a algunas fochas y patos colorados se regocijaban de mi llegada.

Entretanto, mas allá del embalse, intuía la presencia del Guadalquivir, un amigo fuerte y vigoroso que esperaba mi llegada.
Tras un largo sueño reparador, con la compañía de una noche agasajada de estrellas, el despertar de los rayos del sol me hizo volver a la realidad, encontrándome de nuevo, recostado en mi lecho blanco de nieve, rodeado de siete bellísimas lagunas a los pies de Sierra Nevada.

Como dijo un amigo, Los sueños, sueños son, pero los sueños a veces se hacen realidad.

TORMENTA EN EL DRAKE
por Fabién Ireneo Peláez

Si el sentimiento del viajero se basa en la aventura y el descubrimiento, el hecho de ser marino templa al ser cada vez que sufre un temporal, volviéndolo más fuerte y vulnerable a las manos de algo o alguien superior.

Una madrugada de diciembre, de esas en que las estrellas auguran buena jornada, me encontraba a bordo del Rompehielos ARA Almirante Irízar en el puerto de Buenos Aires presto para zarpar, por cuarta vez en mi vida, para realizar la campaña de verano en la Antártida.

El muelle estaba lleno de gente que venía a despedirnos.

Y nosotros, a bordo, trabajando en calma, ultimando los detalles para que no nos faltara nada durante alrededor de cuatro meses que estaríamos sin regresar a la capital argentina.

Cuando el comandante dio la orden de zarpada cada uno de los marinos ocupamos el puesto de maniobras.

Levantaron la planchada, soltaron las amarras y el coloso de 125mts de eslora (largo), 16 de manga (ancho) y 30 de puntal (alto) comenzó a alejarse, como penando, lentamente del muelle.

La voz ronca de la sirena sonó tres veces, pero en mi corazón les confieso que todavía sigue sonando...

Desde el puerto nos despedían con flashes, linternas, gritos y llantos.

A bordo, en el puente de comnado, el silencio era el más atrevido devorador de sonidos.

Mientras un remolcador nos guiaba por la salida de la dársena, el puñado degente se volvía más pequeño en las penumbras y a la vez se fijaban en nuestro recuerdo.

Tomamos el canal del Río de la Plata y las luces de Buenos Aires iban desapareciendo en popa.

Solo resplandecían en proa luces rojas y verdes de las boyas que dejábamos como luciérnagas a babor y estribor.

Horas más tarde el sol se asomó por el este y luego el marrón del río se tornó azul.

Estábamos en el mar argentino y la costa era casi un espejismo.

Navegamos con rumbo sur como seis días. Los azules eran variados, como lo eran algunas especiaes de toninas, ballenas y aves que nos acompañaban.

Los días habían sido mansos hasta llegar a la altura de la isla de Tierra del Fuego, donde la corriente de mar de la antártida baña los pies de América.

En ese momento, los meteorólogos nos informaron sobre la proximidad de un temporal. Y horas más tarde nos enfrentamos a el.

Estábamos en el mar de Drake, donde se juntan diversas corrientes marinas y diferentes vientos. Un espacio que lleva cruzar treinta y seis horas a una velocidad de catorce nudos marítimos.

Las olas trepaban la proa y bañaban de espuma la cubierta.

El coloso buque naranja rolaba más de veinte grados hacia ambas bandas. Si superaba los treinta grados de rolido corríamos peligro de dar vuelta campana y hundirnos.

El mar estaba furioso con nosotros. Y nosotros con el.

Desde mi cama cucheta veía el vidrio del ojo de buey que quedaba pormomentos bajo el agua, y por pocos segundos mostraba el cielo.

En el camarote, los objetos que estaban atados para que no se dañen, parecían venirse abajo en cada movimineto.

Algunos miembros de la dotación estábamos descompuestos. Hasta el más marino sufría las secuelas de estas tormentas.

En aquel instante trataba de no pensar, estaba entregado a la fe de un Dios que calme esa tempestad.

No era momento para recordar que teníamos más de tres mil metros de profundidad bajo el caso.

El hecho de navegar de esta manera, cumpliendo nuestras guardias de trabajo para que el buque llegara a destino de la mejor forma se había convertido en un desafío más para nuestra vida, para nuestra historia.

Al llegar a las treinta horas de navegar el Drake la tormenta amainó. Dejó secuelas de algún elemento roto dentro de la embarcación, pero nada de mayor importancia.

Habíamos atravesado la tormenta y nada nos había hecho cambiar nuestro derrotero.

Horas más tarde pusimos proa a una de las bases para hacer el reaprovisionamiento, cuando el señalero gritó "¡Témpano a la vista!".

A lo lejos se veía una masa blanca de hielo con forma irregular que se desplazaba por el extenso mar azul.

Nadie sabe cuándo ese témpano volverá a su estado líquido, como nosotros no sabremos cuándo será nuestro final. Mientras tanto, el mar y la aventura de navegarlo nos espera...

EL MÁS HERMOSO ARCO IRIS
por David Ríos Cubero

Aquella noche me distraía viendo como la llovizna que caía sobre París, iba cubriendo los cristales de mi balcón de gotitas de agua que se deslizaban veloces persiguiéndose y buscándose, en un amoroso juego, para unirse finalmente en el bajo del ventanal desde donde caían exhaustas al suelo.
La calle parecía de cristal y el asfalto había sustituido con éxito al azogue, para reflejar los edificios próximos y los escasos vehículos que a esa hora circulaban por ella.
Las aceras refulgían y duplicaban las luces rojas, verdes y amarillas, de los anuncios de tiendas y cafeterías.
Levanté la vista y contemplé a lo lejos la inconfundible silueta de la Torre Eiffel, la gran dama, el símbolo de mi ciudad que aparecía totalmente iluminada.
Apoyé la frente en el vidrio y su frialdad alivió por unos instantes la agitación que sentía en mi cabeza y que el médico achacaba al trastorno emocional que padecía desde el duro enfrentamiento que había tenido con mis padres, semanas atrás, lo que originó que desde el día siguiente viviera en casa de mi tía.
Y los recordé con cierta nostalgia.
¿Fue una premonición?
De repente me estremecí al oír la de mi madre que me llamaba desde el otro lado de la puerta de mi habitación y me pedía que acudiera al salón.
Las primeras palabras que pronunció mi padre aquella noche fueron:
- ¡Ivette hemos venido a pedirte perdón y a prometerte que ya no nos opondremos a tu relación con Niño Raro!
Me acerqué a ellos y nos fundimos en un apretado abrazo.
¡Eran mis padres y hacía semanas que no habíamos hablado ni una palabra!
Jamás había visto a mi padre llorar, ni siquiera el día que murió mi abuela, pero aquella noche lloró intensamente presa de la emoción y de los nervios.
¿Había oído bien?
¡Mis padres me autorizaban a continuar mi relación sentimental con Niño Raro, pese a nuestra diferencia de credo!
Él era católico y yo protestante.
Y mi padre, la tarde en que reñimos, me dijo lo recuerdo muy bien, que nadie en La Rochelle nos miraría a la cara si consentían nuestra relación.
¿A qué venía ese cambio tan radical y tan súbito?
Tenían necesidad de hablarme y se sentaron en el sofá de cuero marrón y a mí me señalaron uno de los sillones.
Tomó la palabra mi madre y me reveló que una de las aficiones secretas de mi padre era jugar a la ruleta.
Por ello, casi todos los fines de semana se desplazaban a Mónaco a probar suerte en el Casino.
Y la última vez la suerte les había acompañado.
Habían ganado una bonita suma que ya habían ingresado en la BNP.
Pero el domingo - continuó mi madre - cuando tomamos el vuelo de regreso a París, una terrible tormenta nos sorprendió y casi nos derriba.
El viento, la lluvia y los rayos parecían empeñados en precipitarnos a tierra.
El avión era zarandeado como si de una hoja muerta se tratara.
De repente se oyó en el exterior una terrible explosión que nos heló la sangre en las venas.
Uno de los motores alcanzado por una chispa eléctrica había estallado.
El avión se escoró hacia la derecha e inició un rápido y brusco descenso entre los gritos de pánico de todos nosotros.
Fueron unos minutos angustiosos hasta que el avión detuvo su caída.
Por una de las ventanillas se podía ver el motor envuelto en llamas.
Uno de los pasajeros gritó angustiado:
- ¡Nos vamos a estrellar, hay un motor ardiendo!
En ese preciso instante se escuchó por los altavoces una voz serena:
- Les habla el capitán: les comunicamos que tenemos una incidencia con uno de nuestros motores, que esperamos solucionarla en breves instantes. Y más bien como medida de precaución, les ruego que se abrochen los cinturones, se doblen por la cintura y apoyen la cabeza en el respaldo del asiento de delante.
El pasaje cumplió fielmente las instrucciones del capitán y todas las cabezas quedaron ocultas tras los asientos.
Los bandazos del avión eran cada vez más fuertes y de las repisas comenzaron a caer objetos.
El avión vibraba como si fuera a partirse en mil pedazos.
La mayoría de los pasajeros gritaba, otros muchos maldecían y los menos rezaban.
Nosotros temblábamos de pánico, como casi todos, y tu padre pese al ruido y a los gritos de terror que se escuchaban, me dijo:
- Vamos a prometer a Dios que si nos saca de este aprieto, nunca más presionaremos a Ivette para que deje su relación con Niño Raro.
De repente un sacerdote que se sentaba a mi derecha - continuó mi madre - levantó la cabeza y con voz recia aunque temblorosa, comenzó a cantar:
¡Cerca de Ti, Señor, quiero morar!
¡Tu grande y tierno Amor, quiero gozar!
En ese momento recordé que aquel era el salmo que los músicos tocaron en la cubierta del Titanic, minutos antes de que se hundiera y un escalofrío de terror recorrió todo mi cuerpo.
Sentí que alguien gritaba:
- ¡No tenemos salvación, ahora llueve copiosamente!
- ¡Es un diluvio!
Pese a todo se siguió escuchando al salmista:
¡Llena mi pobre ser, limpia mi corazón!
¡Hazme tu Rostro ver, en la aflicción!
Otro pasajero hizo oír su voz esperanzada:
- ¡El fuego se está extinguiendo!
¡El motor se ha apagado!
El sacerdote siguió cantando más sereno:
¡Pasos inciertos doy, el sol se va!
¡Mas si Contigo estoy, no temo ya!
De repente la carlinga se llenó con voces de júbilo:
- ¡El avión se estabiliza!
- ¡Sí, sí, nos estamos estabilizando!
En efecto las vibraciones habían cesado y el avión volaba ahora normalmente.
Muchos pasajeros unieron entonces sus voces a la del sacerdote:
¡Himnos de gratitud, ferviente cantaré!
¡Y fiel a ti Señor, siempre estaré!
Se oyó de nuevo la voz del capitán:
- ¡Señores pasajeros les anunciamos que la incidencia que teníamos con uno de nuestros motores ha desaparecido!
Cuando me serené le comenté casi con sorna a tu padre:
- ¡Sí, pero ha sido gracias al agua caída del cielo y nunca mejor dicho!
Volvió a escucharse la voz del capitán:
- ¡Dentro de diez minutos aterrizaremos en París!
- Pueden incorporarse los que aun no lo hayan hecho, pero permanezcan con los cinturones abrochados.
- ¡Muchas gracias por volar con nosotros y por favor sigan cantado!
Mi madre continuó con el relato:
Fuimos de los primeros en abandonar el avión y después de despedirnos del capitán y del resto de la tripulación nos dirigimos rápidamente a la parada de taxis.
Tu padre ordenó al taxista:
- ¡Au 25, de La Rue de Perpignan!
Lo miré extrañada y dándole con el codo le dije en voz baja:
- ¡Esa es la dirección de casa de mi hermana!
Tu padre asintió y con una triste sonrisa me respondió:
¡Sí, es que vamos a ver a Ivette!
Pasadas las once mis padres se retiraron a descansar y yo al poco tiempo también me acosté.
Tardé mucho en dormirme pero pese a ello esta mañana me he levantado muy temprano para prepararles el desayuno.
Después me acerqué al balcón.
Continuaba lloviendo pero a lo lejos ya lucía el sol y ocurrió algo maravilloso.
Varios rayos se filtraron por entre las nubes y sacaron destellos diamantinos de las diminutas gotas de agua que caían mansamente sobre mi ciudad.
¡Et j'ai pu admirer le plus bel arc-en-ciel que j'ai vu dans ma vie!

NUESTRA ALIANZA
por Salvador

Amiga agua: al cabo del tiempo me decido a escribirte esta carta. Sé que no habrá respuesta por tu parte, no importa, porque sólo me mueve el afán de que entre nosotros queden las cosas claras.

Me dijeron que vagabas por los valles y las montañas, que hurgabas bajo la tierra y que tenias el privilegio de volar camuflada entre las nubes para ver el mundo a tu manera. Que no eras de ningún sitio y que no pertenecías a nadie, aunque con el discurrir de los años, algunos potentados comerciaron a tu costa. ¡Malditos avaros ignorantes! Desconocen que tú eres de todos sin pertenecer a nadie. No te preocupes, son los mismos que si pudieran comprar el sol acordarían pronto el precio para dejar el mundo en la más absoluta penumbra.

Pero vayamos a lo que nos concierne, nuestra palpable y consolidada relación:

Todo empezó antes de que yo saliera del vientre materno, tú reposas pacientemente en el fondo de la cántara, esperándome, y cuando la primera luz del mundo me cegó, te descolgaste risueña desde la jofaina para limpiar con sutil ternura mi maltrecho cuerpecillo.

Tengo que decirte que aquella primera mañana fuiste desapacible y fría. Ni siquiera te conmovió escuchar mi primer llanto.
Semanas después rociaste mi cabeza y te quedaste agazapada en la pila bautismal, mostrándome la imagen difusa de un bebé que lloraba envuelto en toallas blancas.

Al salir de la iglesia me asustaron los cohetes, pero te sentí a mi lado aplacando cada estruendo con un beso.

Doblamos la primera esquina donde nos esperaba la música, la percusión de los redobles y el trinar de las dulzainas nos acompañaron en la vuelta a casa. Fue la primera vez que nos juntamos los tres. La música sólo en algunos ratos, tú siempre coqueteando a mi costado.

¡Quién iba a suponer entonces tan fuerte dependencia!

Compartimos los juegos de niñez y ahí pude ver tu mala cara, ¿Qué no lo recuerdas?

Amiga mía, refrescaré tu memoria: fue una mañana de mayo, no recuerdo el día, pero sí sé que aún no había cumplido los tres años y que ya había descubierto lo sabrosas que estaban las cerezas.

Me contaron que aquel día, yo jugaba con Pedro y Soraya en el centro de la plaza, a la vera del viejo campanario. Pretendíamos construir pequeños y rudimentarios cuencos de barro, utilizando como materia prima la tierra suelta que había en el suelo y mi incipiente orín. Agrupábamos la tierra en pequeños montículos, después hacíamos un esbozo de cráter en cada uno. Yo miccionaba sobre la cavidad y entonces la tierra húmeda mantenía la dureza suficiente como para extraerla y dejar a la vista una rudimentaria y frágil taza de barro. Sin embargo pronto se agotaron las reservas urinarias y necesitábamos un elemento líquido para continuar con nuestra obra de ingeniería rural alfarera.

Y fue entonces cuando descubrí que brotabas voluptuosa y magnánima en el caño metálico del abrevadero. Sucumbí a tu encanto y, armándome de valor, trepé hasta el pretil y caí en tus brazos …me abrazaste mucho rato, demasiado, aunque no lo suficiente como para llevarme eternamente a tu lado. Sucedió que pasó por allí alguien que conocía muy bien mi baby (guardapolvos) de rayas azules y blancas. Y de un tirón me dio el aire que me negabas cuando yacía acurrucado entre tus algas.

¡No era el momento! Amiga, ese instante no te pertenece, ahí tú no mandas.

Pasó el tiempo hasta que llegó una tarde en la que comprimiste el cielo negro sobre los tejados de mi pueblo, para descargar una tromba feroz que anegó huertas y prados y se llevó para siempre a un pastorcillo que cuidaba su rebaño.

Descubrí mi pubertad en tus charcas de verano, hasta que un educador ató mi cintura a una cuerda para liberarme de tus garras y patear sobre tu cara en la piscina del internado.

Te había vencido y me atreví a más en mis primeras brazadas. Tal vez por eso provoqué tu ira en diversas ocasiones.Crucé el Duero, allá en Corporario y tú ignorabas mi travesura y con instinto maternal mirabas desde la profundidad o bien descolgándote desde lo alto de aquellas sinuosas barrancas. Amiga agua, sé muy bien que aquellos días permitiste que ganara en aquel macabro juego de inconsciencia.

Esa máquina del tiempo que no tiene retroceso, siguió girando en el carrusel de los acontecimientos, hasta que al cabo de los años fijó mi actividad laboral, y ahí tampoco quisiste que te olvidara, convirtiéndote en la razón que debía procurarme el bienestar familiar.

No estabas satisfecha y para enmendar posibles confusiones, me trajiste a una mujer de signo de agua: ¡Una piscis de cuna charra!

Y no fue suficiente, me hiciste abstemio sin paladear otros sabores y vetaste la entrada en mi casa a otros licores de mesa.

Ahora apareces de nuevo, esta vez con buen talante, como la musa que desnuda el alma y me llevas de la mano por un sendero a través del desierto de vocablos inconexos, sintiendo el empujón de tu aliento mientras construyo oraciones que reflejan sentimientos, no todos, algunos seguirán en el tintero porque forman parte de nuestros secretos.

Y no quiero despedirme sin mostrar mi descontento por tu conducta últimamente.

¿Por qué descargas tu ira casi siempre con los pobres, de hogares sencillos y frágiles, y te llevas por delante a la turba inocente?

Reconozco que en el tiempo que nos toca vivir no te cuidamos lo suficiente, ni a ti ni tus moradores; pero tú sabes muy bien que no son esos inocentes los que envenenan tus ríos y contaminan tus mares.

Tu malestar es comprensible y, si te sirve de consuelo, somos muchos los que estamos de tu parte, que no compartimos las decisiones de los gobiernos sobre tus cuidados. Sospecho que este desencanto tuyo algún día, espero que muy lejano, nos traerá fatales consecuencias. Entonces, los avaros tendrán que maquillarte en las entrañas de la tierra y restañar tus heridas en los acuíferos de los valles para que fluyas lozana como lo hacías antaño cuando brotabas cristalina por el caño del abrevadero de mi pueblo, allá en Corporario.

Tuyo siempre, Peter.


RÍO GENEROSO
por David Ríos Cubero

Las aguas bajaban impetuosas en caída libre desde la cima de la alta montaña, para impactar duramente con las enormes piedras que abajo esperaban.

Al choque con la roca, la cortina de agua se abría en miles de vaporosos abanicos cuyas partículas al ser heridas por los rayos de un sol que al amanecer se atrevía a penetrar en la cañada, hacían surgir minúsculos arco iris.

La roca que en algún lejano tiempo se había opuesto al discurrir del agua, aparecía ahora atravesada de parte a parte por un largo paso subterráneo que las propias aguas habían abierto durante siglos.

Era como nacer otra vez después de haber pasado un tiempo de gestación en el seno de la tierra.

Así nacía un buen río. El llamado Río Generoso.

Y desde el momento de su nacimiento fue una gran corriente fecunda en cuyas orillas crecía abundante la hierba que servía de alimento a muchos animales.

Abundaban los árboles, de sombra y frutales, donde se criaban cientos de pájaros.

Entre los juncos y los carrizos anidaban patos y becadas.

En sus cristalinas aguas había copia de peces y anfibios.

Y en los remansos donde el río se estrechaba, siempre había gente buscando oro.

El río al atravesar la roca había ido socavando alguna mena aurífera y arrastraba de vez en cuando las codiciadas pepitas.

En algunos tramos estrechos los pequeños agricultores habían sabido captar el agua necesaria para sus cultivos.

A ambos lados de sus orillas se alineaban huertas en las que destacaban viviendas de planta baja, con sus techos cubiertos de tejas rojas, sus paredes pintadas de blanco y las puertas siempre de verde..

En unos cercados se criaban cabras, gallinas, conejos y cerdos.

Al caer la tarde la gente se reunía bajo el porche de alguna vivienda a charlar y tomar sangría.

En los árboles los pájaros siempre formaban una terrible escandalera pujando por situarse en la mejor rama donde pasar la noche.

El sol ya era sólo un disco rojo que iba camino de su ocaso.

Pasó el tiempo con lentitud y salió la luna.

Una luna llena, blanca, enorme, que se elevaba majestuosa en el horizonte.

Y en la copa de un pino recortado en un contraluz, un búho ululaba y comenzaba la espera.

De repente se hizo un silencio casi absoluto que al fin fue roto por los ladridos de los perros, que más tarde fueron acompañados por los chirridos de los grillos y el croar de las ranas.

En los tramos más estrechos del río se habían tendido puentes para comunicar ambas orillas.

Los postes del tendido eléctrico se alineaban a ambos lados del río.

Un salto de agua había sido aprovechado para montar una mini central hidráulica, en la que la represa había sido equipada para practicar ciertos deportes acuáticos, especialmente le pesca y la vela.

La historia de Río Generoso tiene un final feliz como en las antiguas películas de Hollywood, porque Río Generoso encuentra la ría que buscaba:

La Bellísima Ría de Aurosa.


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