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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

Lo "conveniente del matrimonio"
o el "matrimonio de conveniencia" en la Edad Moderna

Por David Fraile Seco.
Licenciado en Humanidades por la Universidad de Salamanca

Imagen del British Museum

A las mujeres de la Edad Moderna se las educaba para ser esposas [1] de su marido o de Cristo [2], por lo tanto tenían dos opciones: el matrimonio o el convento [3]. La mujer debía decidirse a su tiempo por una u otra. Permanecer soltera era raro por las dificultades económicas que entrañaba para una mujer el mantenerse y por la mala consideración social. Las mujeres nobles y de la burguesía aprendían doctrina cristiana, a leer y escribir, costura y, a veces, música en su casa, con profesores particulares o con sus madres, también en internados femeninos o en conventos.

En el siglo XVII hubo damas cultas que escribían y asistían a academias literarias y a salones nobiliarios donde eran las jueces del buen gusto, ante la mirada satírica de algunos autores masculinos como Quevedo, Lope de Vega y Tirso de Molina en España o Molière en Francia.

Entre las clases privilegiadas era considerado un error casarse por amor, y es que en la época amor y matrimonio eran conceptos separados. El matrimonio era un contrato en el que no intervenían los protagonistas. Eran los padres los que lo concertaban. La meta de la mujer era conseguir un buen matrimonio.

¿Quién le mete a una mujer
con Petrarca y Garcilaso,
siendo su Virgilio y Taso
hilar, labrar y coser?
Ayer sus librillos vi,
papeles y escritos varios;
pensé que devocionarios,
y desta suerte leí:
Historia de dos amantes,
sacada de lengua griega;
Rimas, de Lope de Vega,
Galatea, de Cervantes;
el Camoens de Lisboa,
Los pastores de Belén,
Comedias de don Guillén
de Castro, Liras de Ochoa;
Canción que Luis Vélez dijo
en la academia del duque
de Pastrana; Obras de Luque;
Cartas de don Juan de Arguijo;
Cien sonetos de Liñán,
Obras de Herrera el divino,
el libro del Peregrino
y El pícaro, de Alemán.

Ejemplos de esos mismos libros que en La dama boba (1613), de Lope de Vega, critica el padre de Nise a su hija por su lectura.

Las mujeres antes de casarse soñaban con el amor. Eran ávidas lectoras de los libros de caballerías donde aparecían caballeros que mueren o enloquecen por amor (se puede establecer un paralelismo con la “locura” que padeció don Quijote al leer sus libros de caballerías). En estos libros también se alababa a la dama, se la trataba con respeto. Eran, por tanto, lecturas de evasión donde las mujeres donde las mujeres se hacían una idea del amor. El amor cortés se desprende de estos libros de caballerías, donde el caballero, siempre valeroso, era el héroe de la dama. A veces eran amores platónicos aunque no siempre. Eran amores que no se consolidaban por la falta constante de caballeros que partían a combatir. Estos libros eran criticados tanto por los eclesiásticos como por los moralistas.

Las herencias puritanas estrictas eran nada más que expresiones que enmascaraban las travesuras y el romance. Los folios del juicio de la iglesia enseñaban que en mucho sexo existía mucho pecado. Pero sólo el sexo fuera del matrimonio era atacado. Los puritanos disfrutaban enormemente del sexo dentro del matrimonio y condenaban el concepto "papista" de la virtud virginal. Casi todos los puritanos eran tiernos románticos y buenos amantes.

La imagen de ausencia de sexo y corazón de piedra de los puritanos es falsa. Considerar el siglo XVII como siglo de puritanos, John Milton con (El Paraíso Perdido) él era virtuoso, y experimentaba saludables puntos de vista en el sexo. El demostró puntos de vista idealistas y románticos acerca del matrimonio. Milton envió al Parlamento una nota perentoria y moderna de divorcio fácil ("con una manera gentil para limpiar 10.000 lágrimas fuera de la vida del hombre"). El Paraíso Perdido de Milton. Perdió proyectos benevolentes en el punto de vista de Adán y Eva y en el contexto de amor romántico. Milton rechazaba enteramente los puntos de vista malévolos de San Agustín acerca de la vida sexual del hombre y la mujer.

El siglo XVI trató de combinar los ideales del amor con el sexo normal dentro del matrimonio. El estado de la mujer mejoró bajo el puritanismo (por ej., la mujer se podía separar o divorciar por motivo de ser golpeada por su marido). Leyes de derechos de propiedad y herencias, la desheredación mejoró. El matrimonio comenzó a ser un contrato civil. En el siglo XVII los puritanos eran piadosos y severos, pero también extremadamente sexuales como románticos. En el siglo XVIII los puritanos desarrollaron una atmósfera sofocante afectada por los victorianos.

Luis Vives recomendaba que las mujeres no accediesen a este tipo de lecturas porque fomentaban ensoñaciones eróticas. El padre Astete las criticaba por lascivas y perniciosas. Fray Antonio de Guevara decía que el amor cortés podía realizarse en los palacios renacentistas. Este autor aconseja a los caballeros que no se enamorasen de las damas porque le iba a salir muy caro mantener sus caprichos.

Después de un tiempo el juego del amor cortés podía terminar en odio. El caballero podía elegir a la dama que servir, la mujer no podía. En pocas ocasiones este juego terminaba en matrimonio y cuando ocurría muchas mujeres se sentían desengañadas. Este amor cortés queda recogido en algunos textos como un manual redactado en la corte de Germana de Foix llamada Manual del juego de mandar, en el que la mujer, y solamente como un juego, podía mandar en cualquier situación al marido mediante una especie de juego de tarjetas que escogía el marido.

Manual del juego de mandar
Ejemplos gráficos del Manual del juego de mandar

El “chischiveo” según los moralistas procedía de Italia y consistía en que algunos hombres llevaban regalos a mujeres casadas y entraban en sus casas, las acompañaban a la iglesia…

 

El cortejo

Era el varón el que cortejaba a la mujer. Recibe otros nombres como bracero, estrecho… Mantiene un ritual como el del caballero del amor cortés. A la mujer le encantaba este especie de ritual, pues el hombre se preocupaba por sus gustos más que sus propios maridos [4]. Este fenómeno es muy típico en los reinados de Carlos III y Carlos IV.

 

El matrimonio

Para la mujer era como si llegase a ser mayor de edad, una especie de emancipación del hogar paterno. Se concertaba concertaba como un acto jurídico y contractual, era acordado por los padres de los protagonistas. También existían matrimonios por amor, pero en muchos casos esto llevaba al desheredamiento y al abandono de los parientes, es decir, a la marginación social. El paso de un medio social a otro estaba muy mal visto, era un deshonor, una afrenta.

La cuestión de la dote era fundamental. Era aportada por la mujer y variaba según el estatus social de ésta. La dote se establecía también entre los campesinos. Los moralistas apostaban por la igualdad en todos los sentidos: fortuna, decencia, hermosura… La firma de la dote [5], las arras y el ajuar doméstico eran recogidos en un documento. El asunto de la dote era fundamental en aquella época, tanto que en los testamentos de Isabel la Católica y Carlos V se dejaban algunos maravedíes para dotes de “doncellas honestas”. La carta de promesa de dote se realizaba un año antes del matrimonio. A veces se establecía el pago en plazos. Se hacía ante notario y testigos y se entregaba parte de ella. Entonces, el marido entregaba una carta de pago que garantizaba la devolución de esta cantidad en caso que hubiese matrimonio. La mujer recuperaba su dote si no había adulterio en la disolución del matrimonio. Si la mujer moría, la dote pasaba a sus hijos o al padre, pero también podía recaer en el marido si así lo decía el testamento. Las arras son las 13 monedas que entrega al marido, símbolo de la virginidad y honestidad de la mujer. El marido las administraba junto a la dote. Si el marido es adúltero las perderá y su fuese la mujer la adúltera pasan a sus herederos. La falta de pago de las dotes establecidas causó frecuentes litigios entre el marido y sus suegros. Aunque en algunos casos muy puntuales la mujer recibía algo de esa dote:

“Había también quien en el contrato matrimonial estipulaba la división de sus bienes, dejando una parte bajo el amparo del Fuero de León y la otra bajo el de Baylío. Cuando María Sánchez Bancalero casó en Oliva en 1771, según la costumbre de la villa, con Juan Moreno Cumplido, le puso exactamente esta condición: ella "havía de disponer" a su voluntad de tres de las propiedades que había aportado a la sociedad conyugal, "sin que en ellas pudiera adquirir derecho alguno el citado Juan Moreno ni sus herederos". [6]

Fragmento sacado de: GIL SOTO, Alfonso y PERIBÁÑEZ GÓMEZ, Rocío; La aplicación del Fuero del Baylío en la Edad Moderna Extremeña.

 

Tensiones conyugales

Las tensiones conyugales no eran extrañas. Los motivos más frecuentes que provocaban estas tensiones eran la bigamia y el adulterio. Pero las desavenencias conyugales en muy pocas ocasiones llegaron a la separación. Tras el divorcio los cónyuges hacían su vida por separado pero no podían volver a casarse. La bigamia estaba más extendida en el varón porque tenía más facilidad para desplazarse con la disculpa del trabajo. Los bígamos solían alegar en su defensa lo que el Tribunal del Santo Oficio quería escuchar: que al marcharse de la ciudad habían perdido el contacto directo con el cónyuge y posteriormente habían recibido la noticia de su muerte.

Las penas religiosas se endurecieron a partir del Concilio de Trento: confiscación de bienes, pena a galeras, vergüenza pública y hasta el exilio. La situación de bigamia era denunciada por la familia, vecinos o por el primer cónyuge.

Los castigos infligidos a la mujer
Los castigos infligidos a la mujer
(grabado de los Países Bajos)

El adulterio era la solución al matrimonio desgraciado. Esta práctica estaba muy extendida sobre todo entre las clases altas. Era también una práctica clandestina y suponía la existencia de dos núcleos familiares. Hombres y mujeres tenían derecho a pedir el divorcio por razones de adulterio. Pero el derecho común y real concedían sólo al marido las armas para acusar criminalmente a la mujer adúltera. En cambio, se lo negaba a la mujer “porque verdaderamente no se puede negar que es más detestable semejante ofensa en la muger que en el marido de donde se sigue que expresamente dispone una lei del reino: que la muger no se pueda escusar de responder la acusación del marido o del esposo, porque diga que quiere probar que el marido también o el esposo cometió adulterio” [7].

Los procesos por adulterio no eran graves, no era considerado un delito importante, era juzgado por un tribunal eclesiástico. En estos juicios aparecen individuos de todas las procedencias sociales aunque abundan los nobles y los burócratas. El castigo era más duro cuantos más años hubiese durado la relación.

La solución solía ser alejar a la amante y a sus hijos geográficamente. Con esta medida se evitaba que estallara el escándalo y que la mujer legítima se diera por enterada. A veces las mujeres para recuperar a sus maridos solían acudir a los hechizos. Las amantes solían provenir de los bajos fondos, se solían relacionar con hombres solteros o con clérigos. Algunas mujeres optaron por abandonar su casa, pero otras veces el marido ultrajado recurría a la violencia.

Este tema está muy tratado en la literatura, sobre todo por las obras calderonianas. El marido tenía derecho a matar a la adúltera [8]. Caso aparte eran los maridos que propiciaban la prostitución de sus mujeres. Las mujeres abandonadas por sus maridos solían tener amantes, pues eran un refugio afectivo y económico.

 

Matrimonio como reparto de funciones

OCTAVIO
Eso es engaño;
que yo no trato aquí de las discretas:
d e una casada son partes perfetas
virtud y honestidad.

MISENO
Parir cadaño,
no dijérades mal, si es argumento
de que vos no queréis entendimiento.

OCTAVIO
Está la discreción de una casada
en amar y servir a su marido;
en vivir recogida y recatada,
honesta en el hablar y en el vestido;
en ser de la familia respetada,
en retirar la vista y el oído,
en enseñar los hijos, cuidadosa,
preciada más de limpia que de hermosa.
¿Para qué quiero lo que, bachillera,
la que es propia mujer concetos diga?
Esto de Nise por casar me altera;
lo más, como lo menos, me fatiga.
Resuélvome en dos cosas que quisiera,
pues la virtud es bien que el medio siga:
que Finea supiera más que sabe,
y Nise menos.

En este texto de La Dama Boba vemos el contraste entre la mujer con estudios "bachillera" y lo que los protagonistas llaman la buena mujer y su función.

En esa sociedad conyugal los teóricos tienen muy claro que la mujer debe ocuparse de la casa y el hombre de todas las cosas de fuera.

Si el matrimonio fallaba se echaba la culpa a la mujer por dos razones:

  • Desobediencia
  • Intolerancia

Las mujeres debían cuidar su casa y a sus hijos, en ningún momento tenían que estar ociosas, independientemente de su estatus social. Los moralistas quieren que la mujer esté ocupada en no pensar. Se suele acusar a las mujeres de clase media-alta de mantenerse desocupadas.

Era muy fácil tener servicio doméstico, no sólo las clases altas: por dar acogida a alguien pobre ya se tenía un criado. La costumbre de hilar y tejer se estaba perdiendo. Las mujeres de la ciudad podían prescindir hasta de guisar. En las ciudades existían los llamados bodegoncillo de puntapié, una tabla donde se vendían productos alimenticios elaborados.

 

La viudedad

Era un estado muy duro: las mujeres que no tenían recursos se veían obligadas a invadir el mercado masculino, es decir, a trabajar fuera de sus casas. Abundaban las tejedoras, hilanderas, lavanderas. Era en estas ocasiones donde se reunían muchas mujeres fuera del ámbito familiar y se formaban solidaridades femeninas. Buscaban apoyos para poder mantener sus casas. Algunos gremios como el de plateros permitían trabajar a las mujeres en el puesto de su marido o las ayudaban económicamente. Pero la mayoría recurrían al servicio doméstico: son las dueñas que servían en otros hogares.

 

Casadas pobres

Trabajaban en el hogar y fuera de él. La mujer campesina tenía que trabajar la tierra y realizar diversas labores como el ordeño, el cuidado de vacas, cerdos… aunque existen muchas diferencias regionales. Sólo quedaban excluidas de tareas muy duras o de aquellas que salían del ámbito privado como la venta ambulante.

 

La maternidad

Con frecuencia se señala lo poco que aparece la madre en la literatura y en los escritos de la época. Cuando lo hace, aparece con un carácter poco afectivo, se las tacha de celosas, tensas, de disciplina férrea. Este modelo literario junto con la infanticida es el que más abunda. Otras veces aparece como rival de su hija. También nos encontramos con la figura de la madre educadora. Este es el modelo más afectivo y el que aparece en la pintura.

La maternidad es algo fundamental en la vida de la mujer. No tener hijos era considerado un castigo de Dios. Luís Vives decía que la esterilidad no era un crimen, pero también que es exclusiva de las mujeres. No sólo se tenía un hijo o dos sino muchos ya que había que compensar las altas tasas de mortalidad infantil. No se prestaba demasiada atención a la afectividad sino sólo a la parte biológica. Los moralistas trasmitían la imagen de una madre fría y distante.

Santa Ana enseñando leer a la virgen - Murillo
Santa Ana enseñando leer a la virgen - Murillo

A las mujeres embarazadas se las trataba muy bien, se les concedían caprichos en otras ocasiones nada frecuentes, y es que la maternidad era casi una sentencia de muerte debido a las dificultades del parto. Una vez que ha dado a luz y ha salido adelante, la mujer de clase media-alta podía olvidarse de su hijo entregándoselo a un ama de cría. Esto era muy criticado por los moralistas. Se pensaba que el ama de cría mediante la leche trasmitía no sólo caracteres físicos sino también morales.

Un ama de cría debía ser sana y virtuosa. La muerte de los niños se achacaba a los cambios de ama de cría. Los maridos eran muy tolerantes con la presencia de estas mujeres. Existía la creencia de que la mujer que criaba a los hijos envejecía pronto. Además se decía que las relaciones sexuales eran perjudiciales mientras se estaba criando a los niños. Todo esto está recogido en los textos de Fray Luis de León. Hasta el siglo XIX todas las damas de clase acomodada tenían amas de cría. Josefa de Amar y Borbón también da noticias sobre esto. En general, se recomienda que la nodriza sea sana de corazón, de buenas costumbres, apacible, casta, sobria y afable. Amar y Borbón se extiende en esta cuestión y agrega características importantes a tener en cuenta a la hora de elegir una nodriza: color de cabello, preferiblemente castaño o negro, que sean de aliento suave y dientes blancos, su edad debe estar entre los veinte y los treinta y cinco años y la leche no debe pasar de cuatro o cinco meses. Por supuesto, no deja de considerar cuestiones referentes a las calidades de la leche.

Las amas de cría abundaban en ciudades grandes como Madrid. Abundan los contratos de nodrizas por meses o por tiempo indefinido. Las nodrizas de los hospicios eran las peor pagadas. En las familias acomodadas era frecuente que el niño fuese enviado a vivir fuera, hasta que tuviese algunos años a la casa de la nodriza, podemos verlo como un cierto abandono de los hijos por parte de la madre.

 

 

NOTAS:

[1] "[…] Conviene subrayar que la mujer no fue tomada ni de la cabeza ni de los pies del varón, para que no se la considerase como dominadora, si de la cabeza, o como esclava, si de los pies: Lo fue del medio, es decir, de la costilla, para que fuese tenida como socia o compañera […]”. SARANYANA, J. L.: La discusión medieval sobre la condición femenina, Universidad Pontificia, Salamanca 1997, pp. 78. (Volver)

[2] "[…] Es cierto que la lectura de las fuentes documentales que configuraron la religión cristiana, principalmente la Biblia y los escritos de los primeros Padres de la Iglesia, abundan en textos llenos de afirmaciones peyorativas sobre las mujeres que fueron asumidas en gran medida por el pensamiento cristiano que fue desarrollándose en las universidades europeas a lo largo de la época medieval, dando lugar a la filosofía escolástica cuyo eje central era, indudablemente, el religioso […] Pero en la segunda mitad del siglo XIII, la asimilación cristiana de la segunda irrupción del pensamiento de Aristóteles y de la medicina greco-árabe en la universidad de París producirá un cambio importante. La mujer va a pasar a ser considerada principalmente a partir de sus componentes biológicos, y los presupuestos doctrinales de la misoginia van a hacerse fuertes. Ahora, junto a los argumentos de tipo teológico esgrimidos por las órdenes mendicantes en sus sermones difundiendo el ancestral miedo a la mujer, empezarán también a cobrar fuerza los argumentos fundamentados en la ciencia médica. Aunque es cierto que dicha misoginia se iba a hacer compatible con la consideración de una igualdad metafísica entre todas las almas […]”. BONO GUARDIOLA, María José: "La Educación Religiosa de una Mujer Ilustrada", Revista de Historia Moderna. Anales de la Universidad de Alicante. Nº21 – 2003, pp. 12, 15. (Volver)

[3] "[…] Muchas hijas o parientes de conquistadores o de los primeros colonizadores, que no habían logrado mantener una buena situación económica, ponían sus ojos en los conventos como lugares deseables para refugiarse o retirarse de un mundo en el que no podían competir con éxito. La importancia de los matrimonios “iguales” aumentó a medida que las diferencias entre ricos y pobres, blancos y no blancos, se acentuaban. Retirarse a un convento se convertía, entonces, en una buena alternativa para las doncellas “nobles pero pobres”, que no podían casarse bien o que habían quedado en la condición de huérfanas sin recursos. Rara vez hay observaciones explícitas acerca de las alternativas sociales, y las pocas alusiones directas a la vida conventual como una alternativa al matrimonio sólo se encuentran en documentos del siglo XVIII […]”. LAVRIN, Asunción: Religiosas en ciudades y sociedad en latinoamérica Colonial, Fondo de Cultura Económica. 1992, pp. 175 - 213. (Volver)

[4] "[…] Era hermosa y no pobre y siempre que pasaba por allí la veía en la ventana, que me parecía estaba con cuidado. Supe quién era y envié un recado; que yo era de Madrid, que si a su merced la podía servir en algo, que me lo mandase, que más obligación tenía yo, por ser de su tierra, que no otros. Agradeciéndomelo y dio licencia que la visitase; hícelo con mucho cumplimiento y regalábala con frutas de Monreal, que eran las mejores del reino. De lance en lance tratamos de amor y de matrimonio, aunque diferente estado el haberle tenido con un Letrado y Oidor, con fausto, o con un soldado que no tenía más que cuatro golillas y doce escudos de paga, aunque era alférez reformado. Venimos a tratar de veras el casamiento entre los dos y dije “Señora, yo no podré sustentar coche ni tantos criados como tiene vuesa merced, aunque merece mucho más”. Dijo que no importaba, que se contentaría con una silla y dos criadas y dos criados. Con lo cual pedimos licencia al arzobispo para casarnos en una ermita y nos la dio, que éste se hizo en secreto, de que le pesó al dique de Feria cuando lo supo, porque la tenía por encomendada del duque de Arcos. Estuvimos casados con mucho gusto más de año y medio, queriéndonos el uno al otro […]". CONTRERAS, Alonso de: Vida, nacimiento, padres y crianza del capitán Alonso de Contreras. C.1630, Alianza Editorial, Madrid 1967, pp. 116-146. (Volver)

[5] "A medida que progresó la civilización, los padres ya no querían aparecer como que vendían a sus hijas y por lo tanto, aunque seguían aceptando el precio de adquisición de la novia, iniciaron la costumbre de dar a la pareja obsequios valiosos que prácticamente equivalían al dinero de adquisición. Más adelante, cuando desapareció la costumbre del pago por la novia, estos obsequios se volvieron la dote de la novia.
La idea de la dote consistía en proyectar una imagen de independencia de la novia, mostrando un gran adelanto desde los tiempos en que las esposas eran esclavas, y compañeras que formaron parte de la propiedad. El hombre no podía divorciar a su esposa con dote sin restituir la dote entera. Entre algunas tribus se hacía un depósito mutuo con los padres del novio y de la novia, depósito que se perdía en caso de que uno de ellos abandonara al otro, en verdad un bono matrimonial. Durante el período de transición de la época de adquisición a la de dote, si la esposa era comprada, los hijos pertenecían al padre; si no, pertenecían a la familia de la madre". El libro de Urantia. Escrito 83. "La institución del matrimonio". Edición 1999. (Volver)

[6] A.H.P.B. Protocolos notariales, leg. 2308, año 1771, f. 28 y ss. Otra pareja, formada por los jerezanos Gonzalo Lobo Arjona y Catalina Mejía, celebró el matrimonio al Fuero de Baylío, pero aún así, ella se reservó el derecho de mantener como bienes privativos los aportados en forma de dote. (A.H.P.B. Protocolos notariales, leg. 2193, año 1628, s. f.). (Volver)

[7] CÓRDOBA DE LA LLAVE, R.: Las relaciones extraconyugales, p. 592. (Volver)

[8] "[…] Yo tenía un amigo que le hubiera fiado el alma; entraba en mi casa como yo mismo y fue tan ruin que, no mirando a la gran amistad que había entre los dos, comenzó a poner los ojos en mi mujer, que yo tanto amaba y, aunque yo veía algunas cosas de más cuidado en el hombre de lo ordinario, no pensé en tal cosa, hasta que un pajecillo que tenía me dijo “Señor, ¿en España los parientes besan a las mujeres de los otros parientes?” Dije “¿Por qué lo dices?” Respondió “Porque fulano besa a la señora y le mostró las ligas”. Dije yo “En España se usa, que si no, no lo hiciera fulano” —que no quiero nombrarle por su nombre a ella ni a él— “pero no lo digas a nadie más; si ves que o hace otra vez, dímelo para que yo se lo diga”. El chiquillo me lo dijo otra vez y, en suma, yo, que no dormía, procuré andar al descuido con cuidado, hasta que su fortuna los trajo a que los cogí juntos una mañana y los maté. Téngalos Dios en el cielo si en aquel trance se arrepintieron. Las circunstancias son muchas y esto lo escribo de mala gana. Sólo diré que de cuanta hacienda había no tomé un dinero, más de mis papeles de mis servicios y la hacienda gozó un hijo del primer marido". CONTRERAS, Alonso de: Vida, nacimiento, padres y crianza del capitán Alonso de Contreras. C.1630, Alianza Editorial, Madrid 1967, pp. 116-146. (Volver)

 

 

BIBLIOGRAFÍA
(además de la especificada en las notas a pié de página)

- VEGA, Eulalia de: La mujer en la historia, Madrid, Anaya, 1992

- ALBA, Víctor: Historia social de la mujer, Barcelona, Plaza y Janés, 1974.

- Las mujeres medievales y su ámbito jurídico: actas de las II Jornadas de Investigación Interdisciplinaria, Seminario de Estudios de la Mujer, Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, 1983.

- La mujer en la historia de España (siglos XVI-XX) : actas de las II Jornadas de Investigación Interdisciplinarias, Seminario de Estudios de la Mujer, Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad Autónoma , 1984.

- DUBY, Georges: El caballero, la mujer y el cura : el matrimonio en la Francia feudal, 2ª ed, Madrid, Taurus, 1984.

- BOCK, Gisela: La mujer en la historia de Europa : de la Edad Media a nuestros días, Barcelona, Crítica, 2001.

 

 

 


 

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