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Aunque
Porfirio Díaz tenía orígenes liberales y masones, finalmente tuvo que hacer
las paces definitivas con la Iglesia católica el 7 de abril de 1880, cuando a
causa de la agonía de su esposa Delfina, quien era su sobrina carnal, fue
presionado a abjurar de sus pasadas ideologías por el arzobispo Antonio
Labastida como condición de administrarle los últimos sacramentos y casarlos
en ceremonia religiosa. Delfina murió al día siguiente y fue sepultada en el
panteón del Tepeyac: el expediente fue guardado en un archivo secreto de la
Mitra.
Durante
el Profiriato las actividades religiosas fueron toleradas al punto que entre
1885 se realizaron una serie de congreso católicos inspirados en la nueva
filosofía social y laboral de la Iglesia católica dictada por el Papa León
XIII en la encíclica Rerum Novarum.
Los católicos comenzaron a experimentar una seria división, pues mientras
que la cúpula estaba aliada al régimen de Porfirio Díaz, por otra parte se
empezaban a consolidar las agrupaciones sociales de oposición, siempre con
miras de cambio legales y pacíficas. La Rerum
Novarum animaba al regreso de los católicos a la política, pero en el
caso de México las condiciones estaban muy lejos de favorecerlo a pesar de
que poco a poco se habían fundado sindicatos de inspiración religiosa. Las
escuelas católicas que se habían permitido predicaban el odio a cualquier
doctrina.
Hacia
1908 fue fundado el Círculo Católico Nacional, agrupación con aspiraciones
políticas, antecedente directo del Partido Católico Nacional, creado en 1911
en el que se advierte la influencia del Arzobispo de México José Mora y del
Río en la oposición al régimen porfirista. Con ello dio inicio el
movimiento del Catolicismo Social.
Figura
importante de este movimiento fue el escritor y periodista aguascalentense
Eduardo J. Correa, aspa como el joven poeta jerezano Ramón López Velarde.
Correa fue un prominente director de la prensa en Aguascalientes, Guadalajara
y en la Ciudad de México, donde fue apoyado por el arzobispo Mora y del Río.
Otro importante activista fue Carlos Salas, fundador del Círculo Católico de
Aguascalientes y de los Caballeros de Colón en el Estado. Mediante la
conformación de sindicatos católicos se trataba de contrarrestar la acción
de los grupos anarquistas y socialistas que proliferaron en la época,
representada principalmente en los trabajadores del ferrocarril. Durante la
Revolución, si bien apoyaron a Madero, significaron una fuerte oposición al
candidato maderista Alberto Fuentes Dávila.
El
Pecado Original.
Madero y los Católicos.
Hacia
1908 Francisco I. Madero, publica un pequeño libro que seria el motor de la
Revolución Mexicana: La Sucesión
Presidencial en 1910. No deseaba aún el cambio de poder por la vía
armada, pero al no ver soluciones viables de alternancia, encabeza al Partido
Antirreelieccionista y poco después cambió el discurso pacifista por el
beligerante. Los obispos comenzaron a predicar desde el púlpito el
llamamiento a la participación electoral, aunque existía una marcada división
entre los que apoyaban la continuidad del régimen y los que promovían las
actividades de los grupos católicos. A pesar de que Madero predica la
renovación de los ideales de liberalismo del 57, los militantes del
catolicismo social lo apoyaron, pues es a Ramón López Velarde a quien se
atribuye la redacción del Plan de San Luis, en el que se llamaba a las armas
para el veinte de noviembre de 1910.
Paulatinamente
se dieron levantamientos principalmente en los estados del norte hasta lograr
la renuncia de Díaz a finales de mayo de 1911. Cuando se convocó a
elecciones, tanto el Partido Antirrelecionista como el recién fundado Partido
Católico Nacional, postularon a Madero para la presidencia, aunque con
distintas fórmulas. y aunque ganó
las elecciones por el Partido antirreelecionista, conservó el apoyo a los católicos,
quienes por primera vez, desde el triunfo liberal en 1867 estuvieron al margen
de la política.
El
PCN anunció un programa muy amplio que aceptaba la separación de la Iglesia
y el Estado y las libertades de enseñanza, asociación y conciencia en
acuerdo con el catolicismo
social, bajo el lema de “Dios, Patria y Libertad”. Así, las elecciones de
1912 le fueron favorables en Jalisco y Zacatecas. En ese mismo año el padre
francés Bernardo Bergöend, creó una organización juvenil para
contrarrestar la influencia de la YMCA (Young Men Christian Association),
institución deportiva protestante. Así nació la ACJM (Asociación Católica
de la Juventud Mexicana).
El clero frente a la Contrarrevolución y la Revolución
Constitucionalista.
A
pesar del apoyo social recibido por Madero, su gobierno se encontraba en
peligro mortal desde el origen, pues dejó casi intacta de la estructura
anterior del gabinete y ejército porfirista y licenció al ejército
revolucionario, que lo llevó al poder. Otras causas de la debilidad de su
gobierno fueron el reclamo de Zapata por el incumplimiento de las demandas
campesinas y las conspiraciones entre militares sediciosos como Félix Díaz y
Victoriano Huerta, quienes junto con el
embajador estadounidense, Henry Lane Wilson, tramaron un golpe de Estado
propiciado por el “Pacto de la Embajada” por el que Madero y Pino Suárez
fueron apresados y asesinados el 22 de febrero de 1913.
Tras
la usurpación de Huerta, el Partido Católico Nacional, se abstuvo de
apoyarlo y fue suprimido; no obstante, las actividades de las organizaciones
religiosas tuvieron mucho auge; ejemplo de ello es la Consagración Nacional
de México al Sagrado Corazón de Jesús en varias poblaciones con
manifestaciones masivas.
El
asunto más polémico de las relaciones entre la Iglesia y el Estado durante
la usurpación huertista es el apoyo económico del alto clero: el arzobispo
de México, José de la Mora, consiguió entre los ricos católicos un préstamo
de 25 mil pesos, hecho que dio lugar a que se juzgara a la Iglesia como
alidada del régimen ilegal de Huerta y que las tropas de Venustiano Carranza,
al levantarse en armas atacaran también los templos, principalmente mediante
la destrucción de los confesionarios y los santos.
Es
importante hacer aclarar que hablar en general del ataque de la Revolución a
la Iglesia es una idea equívoca, pues ello se opone la figura del mismo
Madero, así como de Zapata y Villa, ya que los soldados del sur llevaban imágenes
guadalupanas en sus sombreros y estandartes y reabrieron los templos a su
paso; Villa hizo lo propio cuando arrebató del poder de los carrancistas las
ciudades de Guadalajara y Morelia y criticó los excesos de profanación de
templos y expulsión de sacerdotes y acusaba a Carranza de “destruir la
libertad de conciencia y ultrajar los sentimientos religiosos del pueblo”.
Los movimientos de Villa y Zapata fueron atractivos para los católicos,
incluso el mismo Anacleto Gonzáles Flores, futuro líder ideológico de la
Guerra Cristera, se alistó dentro de las filas de general villista
Delgadillo, siendo su secretario.
Carranza
tenía la mente más puesta en el siglo XIX que en el XX, pues con todo y sus
propuestas modernizadoras para el Estado, su postura anticlerical se empató
ante las asociaciones obreras y sindicatos, ya que constantemente reprimió
sus movimientos a pesar de habérseles dotado previamente de sedes mediante la
ocupación de templos. La Constitución de 1917, si bien introdujo al marco
legal aspectos tan esenciales para la vida del Estado como lo son la Educación,
la Tenencia de la Tierra y el Trabajo, creó insatisfacciones principalmente
entre el Clero, pues mientras que la de 1857 sólo separaba los poderes
religioso y político, la del 17 los enemistaba.
Las primeras reacciones.
Para
muchos católicos los artículos 3, 5, 24, 27 y 130 atacaban las libertades de
conciencia, enseñanza, asociación, prensa y propiedad al desconocer la
personalidad jurídica de la Iglesia católica y cualquier otra asociación
religiosa, y ello oficializó la postura del Episcopado mexicano mediante una
protesta firmada por catorce obispos en el exilio en la cuestionaban la
validez de la Constitución y las Leyes de Reforma.
Al
parecer no hubo repercusiones inmediatas por este escrito que permaneció poco
difundido hasta que el Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez,
lo leyó completo desde el púlpito, lo que motivó protestas en las calles
con la respectiva reacción por parte de las autoridades gubernamentales con
el cierre de los templos que habían leído la protesta. El gobierno de
Jalisco ordenó la aprehensión de Orozco, quien anduvo prófugo en diferentes
rancherías hasta que fue hecho prisionero en Lagos de Moreno, Jalisco a
mediados de 1818.
Pronto
se empezó a aplicar la Constitución y comenzó la expulsión de sacerdotes
extranjeros y la restricción del número de autorizados. El clero, alegando
que bajo esas condiciones era imposible la impartición del culto, cerró los
templos en todo el estado mientras que los jóvenes de la ACJM, extendida ya
en varios estados, organizaron un boicot a todos los comercios, en respuesta,
se desterró a Orozco a Estados Unidos. Ante la grave situación económica
derivada del boicot, las medidas anticlericales fueron suspendidas, y en
ausencia de Orozco, la personalidad más importante de la resistencia católica
fue el Lic. Anacleto Gónzalez Flores, dirigente del grupo católico La Unión
Regional de Jalisco, que más tarde se adhirió a la ACJM.
Carranza,
al darse cuenta de la situación producida en Jalisco, llamó al Congreso a
modificar la Constitución, pero la mayoría de los legisladores eran ahora
los radicales, por lo que el texto quedó intacto, a pesar de ello, aún
conservaba influencia entre los gobernadores de los Estados, por lo que tales
disposiciones fueron pasadas por alto y los católicos que promovían una
intervención por parte de Estados Unidos pronto se replegaron y se unieron a
sus correligionarios antiinternvencionistas.
La Iglesia y el Estado durante el gobierno de Obregón.
Ya
para 1920, la carrera por la presidencia ponía a los antiguos compañeros de
lucha en bandos contrarios, tal fue el caso del alejamiento entre Álvaro
Obregón y Carranza por la imposición de Ignacio Bonillas, embajador en
Washington, como candidato oficial. Así estalló la rebelión bajo el Plan de
Agua Prieta hasta que Carranza cayó muerto en Tlaxcalantongo, Puebla, Adolfo
de la Huerta, ex gobernador sonorense asumió la presidencia provisional hasta
entregar el poder a su paisano Álvaro Obregón.
El
nuevo presidente se propuso centralizar el mando y se apoyó en las
organizaciones obreras, campesinas y de masas podían servir de contrapeso al
ejército dividido. Desde agosto de 1919 había pactado con la Confederación
Regional Obrera Mexicana (CROM). Esta época es la que da inicio al México
posrevolucionario en la que la necesidad imperante sería la reconstrucción y
la búsqueda de una nacional tras diez años de guerra civil, la llegada de
los avances tecnológicos y la negativa del reconocimiento de Estados Unidos
condicionada a una solución conveniente de los asuntos del petróleo y los
bienes dañados de sus ciudadanos. Se dio inicio también al reparto agrario y
a la creación de instituciones financieras.
Obregón
intentó conciliar la ruptura entre Iglesia y Estado, y para ello reabrió los
templos cerrados entre 1914 y 1919, y ante esta política, los católicos se
reagruparon en el Partido Nacional Republicano, dirigido por Rafael Ceniceros
Villarreal, ex gobernador católico de Zacatecas en tiempos de Madero, pero no
logró gran cosa por las divisiones entre radicales y moderados. Algunos
obispos se oponían a la entrega de tierras y a la secularización de los
sindicatos, la CROM, ampliaba su influencia y se apoderaba de cada vez más
espacios políticos.
“Acejotaemeros”
y “Bolcheviques” pronto se enfrentaron en las calles irrumpiendo
mutuamente unos en las manifestaciones de otros primero con gritos, luego con
la violencia. Los manifestantes de la CROM llegaron a extremos tales como izar
una bandera rojinergra en el asta de la catedral de Morelia y hacer estallar
una bomba en la residencia del arzobispo de México José Mora y del Río.
Pero el más grave atentado, realizado al parecer pon un funcionario menor del
gobierno de Obregón, fue la explosión de un cartucho de dinamita escondido
en un arreglo floral bajo la imagen de la Virgen de Guadalupe en la Basílica.
Siguieron
más conflictos y las diferencias se agudizaron con la bendición de la
primera piedra del monumento a Cristo Rey en el Cerro del Cubilete, en Silao,
Guanajuato el 11 de enero de 1923. Al evento asistió el delegado apostólico,
cardenal Ernesto Filippi. El gobierno de Obregón consideró el acto como un
desafío a la Constitución, por lo que procedió a expulsar del país a
Filippi con el argumento de que, además de ser extranjero, había oficiado
culto fuera del templo. Otro problema lo representó e la celebración del
Congreso Nacional Eucarístico en la ciudad de México, considerado ilegal. Se
aplicó el artículo 33 constitucional para expulsar a los sacerdotes
extranjeros y se destituyó a los funcionarios de gobierno que asistieron al
evento.

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