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El gobierno de Calles antes del conflicto
religioso.
Al
terminar el periodo de Obregón, éste favoreció a Plutarco Elías Calles
como su sucesor, lo que provocó de inmediato la rebelión por parte de Adolfo
de la Huerta, entonces secretario de Hacienda en diciembre de 1923, quien además
de la imposición, atacaba los tratados de Bucareli, oscuras negociaciones en
que el gobierno se abstenía de aplicar la ley en contra de las compañías
petroleras estadounidenses. A pesar de contar con en apoyo de buena parte del
ejército, de la Huerta fue vencido destierrado en Estados Unidos. Así Calles
pudo llegar al poder a finales de 1924. Antes de tomar posesión, realizó con
su familia un viaje por Europa, donde a decir de los católicos, recibió
oren expresa de la masonería de acabar con el catolicismo en México,
aunque otras fuentes indican que fue a atenderse un problema de salud y a
conocer las formas de trabajo de las organizaciones obreras y educativas de la
Alemania socialdemócrata. El asunto sigue sin una conclusión definitiva, lo
cierto es que se propuso desde el primer momento, la sumisión definitiva de
la Iglesia al Estado.
Una
vez en el poder, su prioridad fue la reconstrucción económica, el reparto
agrario, y la modernización de la educación y el ejército. También pactó
con la CROM y nombró a su presidente, Luis N. Morones, Secretario de
Industria, Comercio y Trabajo. A pesar de los avances materiales, la situación
del país era delicada: Estados Unidos miraba a Calles como comunista por su
política petrolera y la oposición de México a la invasión de Nicaragua.
Una posible invasión norteamericana a México fue frenada por el espionaje de
la CROM en la Embajada estadounidense, de donde se lograron sustraer los
planes de dicha acción y exponerlos al mundo. El hostil embajador Sheffield
fue substituido por Dwight Morrow, hombre más conciliador y la invasión fue
cancelada.
El Cisma.
El
21 de febrero de 1925, se crea con apoyo de la CROM la Iglesia Católica Apostólica
Mexicana, encabezada por el sacerdote renegado Joaquín Pérez, quien había
sido militar, masón y alguna vez contrajo matrimonio. Este hecho constituía
un cisma dentro del catolicismo pues la ICAM proponía seguir la misma
doctrina católica pero sin relación alguna con el Papa, por lo que quedaba
como líder el mismo Pérez en calidad de Patriarca. Por la fuerza fue ocupada
la Iglesia de la Soledad en la ciudad de México y el día 23, cuando Pérez
pretendía oficiar misa, fue agredido por un grupo de católicos indignados.
Los hechos fueron controlados tanto por la policía como por los bomberos y al
final, Calles decidió cerrar el templo para convertirlo en biblioteca pública.
El
cisma no prosperó por el rechazo de la población aunque tuvo serias
repercusiones en varias ciudades, pues la ocupación de templos se daría en
todo el país en orden alfabético y por ello correspondió a Aguascalientes
padecer el primer enfrentamiento violento entre católicos y cismáticos. El
28 de marzo de 1925, afuera del Templo de San Marcos tuvo lugar un
enfrentamiento armado donde perdieron la vida dos personas y hubo varios
detenidos y lesionados. Los atacantes huyeron cuando por las campanas se llamó
a la defensa del templo, pero pronto volvieron reforzados por la policía
municipal. Desde un mes antes aparecía la propaganda impresa que confundía a
la gente, por lo que los feligreses estaba alertas al momento del ataque, pues
se encontraron algunas armas.
Por
su participaron directa en los conflictos, el gobernador José María Elizalde
fue depuesto, pero el anticlericalismo continuó. Así se dio el cierre de
varios templos y conventos, siendo los principales, La Merced, el Encino y el
Ave María. A las escuelas particulares se les permitió continuar la enseñanza
bajo estricta vigilancia. El Obispo Ignacio Valdespino fue expulsado a causa
de su participación política; Calles tenía especial antipatía por él al
conocerlo anteriormente cuando ocupó la diócesis de Sonora. Decía poseer
cartas que comprometían los votos del prelado, pero nunca las dio a conocer.
En México, los cismáticos recibieron la abandonada iglesia de Corpus Christi,
frente al hemiciclo a Juárez, pero pronto comenzaron a decaer, pues además
del desprestigio personal de Pérez, varios de los colaboradores se
retractaron y regresaron arrepentidos a la Iglesia de Roma
La Liga, La Ley Calles y el Boicot.
A
consecuencia de estos hechos, en marzo de 1925 se creó la Liga Nacional de la
Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), que dio cabida a varias
agrupaciones, como la ACJM, los Caballeros de Colón y la Asociación de Damas
Católicas. Se eligió a Rafael Ceniceros Villarreal, a Miguel Palomar
Vizcarra, Luis G. Bustos y René Capistrán Garza como sus dirigentes. En
Guadalajara, Anacleto González Flores quedaba al frente del Comité de
Defensa Religiosa. La Liga proclamaba su carácter cívico sin participación
política, independiente de la jerarquía católica para defender los derechos
de los católicos atacados por la Constitución y pronto se extendió por todo
el país hasta lograr once zonas provinciales.
El
4 de febrero de 1926 un periodista del periódico El Universal llamado Ignacio Monroy, publicó una nota que aceleró
toda ruptura definitiva entre el Estado y la Iglesia; se trataba de las
declaraciones hechas por el arzobispo de México José Mora y del Río en
rechazo al anticlericalismo de la Constitución, sólo que esa opinión había
sido vertida en precisamente en 1917.
Este
refrito provocó la detención temporal del arzobispo, quien en todo momento
protegió al periodista, mientras que el Papa aconsejaba a los católicos
abstenerse de participar en la política. Con todos estos antecedentes, Calles
consideró la publicación de las declaraciones como una ofensa y un reto al
gobierno y se ordenó al Congreso reglamentar el artículo 130 Constitucional
con severas penas a los infractores en materia religiosa. Este decreto fue
conocido como la Ley Calles y además
demandaba la clausura de escuelas religiosas y la expulsión de sacerdotes
extranjeros y la inscripción obligatoria de sacerdotes a un registro
nacional.
Los
obispos consideraron que no existían garantías para ejercer su ministerio y
emitieron una pastoral avalada por Roma donde anunciaron su decisión de
suspender los cultos desde el 1° de agosto de 1926, fecha en que entraría en
vigor la Ley Calles. El último día
de julio, todos los templos del país fueron inundados por los feligreses que
deseaban recibir por última vez los sacramentos. Para el gobierno, los
templos no debían cerrarse sino que serían inventariados y custodiados por
juntas de vecinos. Los obispos, no obstante, lanzaron excomunión contra
quienes se agruparan para este fin por verse como una colaboración con el
gobierno.
Pronto
se formó un Comité Episcopal presidido por los obispos de Michoacán y
Tabasco, Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, quienes se
entrevistaron el 21 de agosto, con el presidente y proponían que, a la manera
porfiriana, se tolerara la actividad eclesiástica, pero Calles, convencido de
que la fanatización del pueblo provocada por el clero era la causa de todos
los males de México, además de la coincidencia cronológica de la crisis con
Estados Unidos y el asunto religioso, sólo daba dos opciones de arreglar el
conflicto: las cámaras o las armas.
Los
obispos presentaron entonces un Memorial
al Congreso en el que solicitaban protección para sus bienes y personas y
su rechazo a la limitación y registro de sacerdotes, pero todo ello fue
rechazado. La Liga, pues se dio a la tarea de recopilar firmas de ciudadanos
para que el Congreso derogara las leyes que afectaban a la Iglesia, lográndose
juntar cerca de dos millones, sin embargo, también fueron ignoradas por el
gobierno. Así, con el fracaso de las soluciones legales, se decidió a
recurrir al boicot, similar al de Jalisco, pero ahora a nivel nacional
decretado para el día 31 de octubre de 1926.
Los
“acejotaemeros” repartieron propaganda en las calles exhortando a la gente
a limitar sus compras a lo indispensable para la supervivencia, a no pagar
impuestos, a no utilizar el transporte público, evitar la asistencia a cines
y teatros, la compra de billetes de lotería y boicotear también a los
comerciantes que no participaran. A pesar de que la economía de desestabilizó
con el boicot, junto con la baja en el precio de la plata, de la cual es México
el principal productor mundial, los católicos no lograron obtener respuestas
favorables, sino que la actitud del gobierno se recrudeció.
Yo
aventaba las balas y Dios las repartía.
Primeros combates.
En
la provincia mexicana, y al margen de la Liga, comenzaron a darse una serie de
levantamientos armados de manera espontánea por la restitución de los
derechos religiosos. En todos ellos el grito de guerra era ¡Viva Cristo Rey!,
por lo que pronto estos alzados fueron llamados Cristos Reyes y más tarde
Cristeros. El primer ataque tuvo lugar en Chalchihuites, Zacatecas el 15 de
agosto de 1926, cuando un grupo encabezado por Pedro Quintanar, comerciante y
sindicalista católico del cercano poblado de Valparaíso, organizó un grupo
para rescatar del poder de fuerzas federales al cura Luis G. Bátiz, hoy
canonizado, quien durante la persecución fue fusilado junto con algunos
miembros de la ACJM. Al regreso de Quintanar al pueblo, buscó justicia en las
autoridades municipales, pero al no encontrar respuesta, se apoderó de
Chalchihuites pero tuvo que replegarse ante la llegada de refuerzos militares.
En
el grupo de Quintanar se encontraba Aurelio Acevedo Robles, quien atacó el
poblado jaliciense de Huejuquilla el Alto y apoderado de la plaza después de
un combate de once horas, dispuso la defensa contra las tropas federales. El
general Eulogio Ortiz, enterado de la toma de Huejuquilla, atacó el 4 de
septiembre con 400 hombres entre los que se encontraba agraristas de Fresnillo
y Valparaíso y obligó a los hombres de Acevedo a huir por su corto número.
Tanto éste como Quintanar se retiraron en espera de un mejor momento para la
reanudación de la lucha.
Es
en el año de 1927 cuando los brotes dejaron de ser esporádicos para
convertirse en una verdadera amenaza para el gobierno, principalmente en el
centro occidente del país, siendo los estados más involucrados Jalisco,
Michoacán, Nayarit, Colima, Guanajuato, San Luis Potosí, Zacatecas y
Aguascalientes, aunque también el Distrito Federal, Morelos, Oaxaca,
Guerrero, así como ocasionales apariciones en Coahuila y
Durango.
La
Liga, al saber del fracaso del boicot para la revocación de la Ley
Calles y de los primeros brotes, decidió pasar de la resistencia pacífica
a medios más drásticos, y para ello mandó un memorandum
al Episcopado mexicano el 26 de noviembre de 1926 para solicitar su aprobación
sobre la defensa armada. Los obispos no objetaron el uso de la fuerza, pero se
cuidaron de comprometerse y aparentemente satisfechos, los “ligueros”
organizaron un comité de actividades de guerra bajo el mando del joven René
Capistrán Garza, presidente de la ACJM para el estallido de la guerra el 1°
de enero de 1927.
Al
tener noticias de la rebelión planeada por el general Enrique Estrada,
antiguo secretario de Guerra y Marina de Obregón y desterrado en Estados
Unidos por su filiación delahuertista, se le comisionó a reunirse con él y
obtener el apoyo de aquél país. La rebelión de Estrada fue descubierta y
pronto fue detenido, ante ello, Capistrán Garza procedió a buscar apoyo
entre el episcopado estadounidense, encontrando sólo la indeferencia de los
obispos o en el mejor de los casos, aportaciones económicas ridículas; pese
a ello, en sus informes a la Liga se mostraba optimista, pero al carecer de
resultados positivos, fue relevado de su misión el 3 de julio de 1927.
Aunque
los cristeros lograban algunas victorias, las plazas tomadas casi nunca eran
retenidas, pues pronto llegaban los refuerzos de las tropas federales bien
abastecidas aunque las poblaciones brindaban ayuda a los primeros y rechazaban
a los segundos. Debido a su escasa o nula preparación militar, la táctica de
ataque era básicamente la guerra de guerrillas, además, no existía aún un
mando unificado que coordinara las operaciones.
En
contraste, el Secretario de Guerra y Marina, General Joaquín Amaro, se esforzó
por dotar al Ejército federal de la disciplina y tecnología de que carecían,
aunque en ocasiones se echó mano de los agraristas según las necesidades de
la contienda. Estos, en un principio estaban encargados de la vigilancia de
las parcelas otorgadas por el gobierno, pero más adelante fueron llevados a
la guerra, quedando así como blanco seguro de los cristeros y carne de cañón
del Ejército.
Combate intelectual.
En
Guadalajara, Anacleto González Flores, líder de la Unión Popular, lideraba
la resistencia de manera intelectual, su creencia era que el triunfo llegaría
por medios pacíficos. Para ello publicaba sus ideas en el periódico Gladium,
criticaba fuertemente al gobierno y llamaba a los jóvenes católicos a
defender sus derechos y criticaba la pasividad de quienes se mantenían
indiferentes o sumisos. Sin embargo, los combates librados en varias regiones
de Jalisco habían orillado a la organización armada. Junto a él actuaban
también Heriberto Navarrete y Miguel Gómez Loza, quienes pronto
experimentaron la persecución por parte del gobierno.
Anacleto
se refugió en la casa de la familia Vargas González pero fue sorprendido y
capturado junto con los hermanos Juan y Ramón y remitidos al Cuartel
Colorado, donde fue torturado para que revelara secretos sobre la organización
de los cristeros. Los hermanos Vargas corrieron la misma suerte y finalmente
fueron fusilados. Otro ejecutado fue Luis Padilla, presidente de la ACJM
local. La asistencia al sepelio de estos personajes fue multitudinaria.
La mujer Cristera
En
todas las guerras de México la mujer ha sido punto de apoyo indispensable e
indiscutible para el sostenimiento material y moral de los combatientes.
Cuando los hombres partieron a la lucha, lo hicieron respaldados por sus
madres, esposas y hermanas, quienes se organizaron para abastecer de armas y
explosivos (muchas veces fabricadas por ellas mismas) y dotar de información
y alimento a los combatientes por medio de las Brigadas Femeninas Santa Juana
de Arco. La fundación de este grupo, el 21 de junio de 1927, corrió a cargo
del Licenciado Luis Flores González, quien junto con su esposa María Goyaz,
agruparon en Zapopan, Jalisco a 17 jóvenes, provenientes de la Unión de
Empleadas Católicas de Guadalajara. María Goyaz operaba bajo el seudónimo
de Celia Gómez, pues las Brigadas (BB) realizaban su labor bajo el más
estricto secreto aunque la Liga inició tratos con ellas, pero al tratar de
controlarlas, ambas organizaciones quedaron seriamente distanciadas.
Las
BB poco a poco se fueron multiplicando en asombrosa clandestinidad y
organización hasta llegar a ser 17 000 extendidas por todas las regiones de
la lucha, y para ello se las ingeniaron para transportar hasta los campamentos
el parque cosido dentro de unos chalecos especiales que ellas mismas
confeccionaban. Así mismo, enviaban las armas en escondidas en cargamentos de
grano, burlando así la vigilancia del ejército. Aunque el gobierno nunca
supo de su existencia hasta terminado el conflicto, las brigadistas
capturadas, nunca proporcionaron la información necesaria para dar con la
organización y después de muchos maltratos, fueron enviadas a las Islas Marías.
Aunque no militaba en las BB, pero sí profesaba el catolicismo, paradójicamente
la esposa del General Joaquín Amaro, Secretario de Guerra y Marina y director
de las operaciones militares contra los cristeros, apoyaba secretamente sus
acciones.

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