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La Guerra Cristera (1926-1929) 3/

Una breve perspectiva

Lic. Juan Carlos Esparza R.
Aguascalientes, México.

 

El gobierno de Calles antes del conflicto religioso.

Al terminar el periodo de Obregón, éste favoreció a Plutarco Elías Calles como su sucesor, lo que provocó de inmediato la rebelión por parte de Adolfo de la Huerta, entonces secretario de Hacienda en diciembre de 1923, quien además de la imposición, atacaba los tratados de Bucareli, oscuras negociaciones en que el gobierno se abstenía de aplicar la ley en contra de las compañías petroleras estadounidenses. A pesar de contar con en apoyo de buena parte del ejército, de la Huerta fue vencido destierrado en Estados Unidos. Así Calles pudo llegar al poder a finales de 1924. Antes de tomar posesión, realizó con su familia un viaje por Europa, donde a decir de los católicos, recibió  oren expresa de la masonería de acabar con el catolicismo en México, aunque otras fuentes indican que fue a atenderse un problema de salud y a conocer las formas de trabajo de las organizaciones obreras y educativas de la Alemania socialdemócrata. El asunto sigue sin una conclusión definitiva, lo cierto es que se propuso desde el primer momento, la sumisión definitiva de la Iglesia al Estado.

Una vez en el poder, su prioridad fue la reconstrucción económica, el reparto agrario, y la modernización de la educación y el ejército. También pactó con la CROM y nombró a su presidente, Luis N. Morones, Secretario de Industria, Comercio y Trabajo. A pesar de los avances materiales, la situación del país era delicada: Estados Unidos miraba a Calles como comunista por su política petrolera y la oposición de México a la invasión de Nicaragua. Una posible invasión norteamericana a México fue frenada por el espionaje de la CROM en la Embajada estadounidense, de donde se lograron sustraer los planes de dicha acción y exponerlos al mundo. El hostil embajador Sheffield fue substituido por Dwight Morrow, hombre más conciliador y la invasión fue cancelada.

El Cisma.

El 21 de febrero de 1925, se crea con apoyo de la CROM la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, encabezada por el sacerdote renegado Joaquín Pérez, quien había sido militar, masón y alguna vez contrajo matrimonio. Este hecho constituía un cisma dentro del catolicismo pues la ICAM proponía seguir la misma doctrina católica pero sin relación alguna con el Papa, por lo que quedaba como líder el mismo Pérez en calidad de Patriarca. Por la fuerza fue ocupada la Iglesia de la Soledad en la ciudad de México y el día 23, cuando Pérez pretendía oficiar misa, fue agredido por un grupo de católicos indignados. Los hechos fueron controlados tanto por la policía como por los bomberos y al final, Calles decidió cerrar el templo para convertirlo en biblioteca pública.

El cisma no prosperó por el rechazo de la población aunque tuvo serias repercusiones en varias ciudades, pues la ocupación de templos se daría en todo el país en orden alfabético y por ello correspondió a Aguascalientes padecer el primer enfrentamiento violento entre católicos y cismáticos. El 28 de marzo de 1925, afuera del Templo de San Marcos tuvo lugar un enfrentamiento armado donde perdieron la vida dos personas y hubo varios detenidos y lesionados. Los atacantes huyeron cuando por las campanas se llamó a la defensa del templo, pero pronto volvieron reforzados por la policía municipal. Desde un mes antes aparecía la propaganda impresa que confundía a la gente, por lo que los feligreses estaba alertas al momento del ataque, pues se encontraron algunas armas.

Por su participaron directa en los conflictos, el gobernador José María Elizalde fue depuesto, pero el anticlericalismo continuó. Así se dio el cierre de varios templos y conventos, siendo los principales, La Merced, el Encino y el Ave María. A las escuelas particulares se les permitió continuar la enseñanza bajo estricta vigilancia. El Obispo Ignacio Valdespino fue expulsado a causa de su participación política; Calles tenía especial antipatía por él al conocerlo anteriormente cuando ocupó la diócesis de Sonora. Decía poseer cartas que comprometían los votos del prelado, pero nunca las dio a conocer. En México, los cismáticos recibieron la abandonada iglesia de Corpus Christi, frente al hemiciclo a Juárez, pero pronto comenzaron a decaer, pues además del desprestigio personal de Pérez, varios de los colaboradores se retractaron y regresaron arrepentidos a la Iglesia de Roma

La Liga, La Ley Calles y el Boicot.

A consecuencia de estos hechos, en marzo de 1925 se creó la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), que dio cabida a varias agrupaciones, como la ACJM, los Caballeros de Colón y la Asociación de Damas Católicas. Se eligió a Rafael Ceniceros Villarreal, a Miguel Palomar Vizcarra, Luis G. Bustos y René Capistrán Garza como sus dirigentes. En Guadalajara, Anacleto González Flores quedaba al frente del Comité de Defensa Religiosa. La Liga proclamaba su carácter cívico sin participación política, independiente de la jerarquía católica para defender los derechos de los católicos atacados por la Constitución y pronto se extendió por todo el país hasta lograr once zonas provinciales.

El 4 de febrero de 1926 un periodista del periódico El Universal llamado Ignacio Monroy, publicó una nota que aceleró toda ruptura definitiva entre el Estado y la Iglesia; se trataba de las declaraciones hechas por el arzobispo de México José Mora y del Río en rechazo al anticlericalismo de la Constitución, sólo que esa opinión había sido vertida en precisamente en 1917.

Este refrito provocó la detención temporal del arzobispo, quien en todo momento protegió al periodista, mientras que el Papa aconsejaba a los católicos abstenerse de participar en la política. Con todos estos antecedentes, Calles consideró la publicación de las declaraciones como una ofensa y un reto al gobierno y se ordenó al Congreso reglamentar el artículo 130 Constitucional con severas penas a los infractores en materia religiosa. Este decreto fue conocido como la Ley Calles y además demandaba la clausura de escuelas religiosas y la expulsión de sacerdotes extranjeros y la inscripción obligatoria de sacerdotes a un registro nacional.

Los obispos consideraron que no existían garantías para ejercer su ministerio y emitieron una pastoral avalada por Roma donde anunciaron su decisión de suspender los cultos desde el 1° de agosto de 1926, fecha en que entraría en vigor la Ley Calles. El último día de julio, todos los templos del país fueron inundados por los feligreses que deseaban recibir por última vez los sacramentos. Para el gobierno, los templos no debían cerrarse sino que serían inventariados y custodiados por juntas de vecinos. Los obispos, no obstante, lanzaron excomunión contra quienes se agruparan para este fin por verse como una colaboración con el gobierno.

Pronto se formó un Comité Episcopal presidido por los obispos de Michoacán y Tabasco, Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto, quienes se entrevistaron el 21 de agosto, con el presidente y proponían que, a la manera porfiriana, se tolerara la actividad eclesiástica, pero Calles, convencido de que la fanatización del pueblo provocada por el clero era la causa de todos los males de México, además de la coincidencia cronológica de la crisis con Estados Unidos y el asunto religioso, sólo daba dos opciones de arreglar el conflicto: las cámaras o las armas.

Los obispos presentaron entonces un Memorial al Congreso en el que solicitaban protección para sus bienes y personas y su rechazo a la limitación y registro de sacerdotes, pero todo ello fue rechazado. La Liga, pues se dio a la tarea de recopilar firmas de ciudadanos para que el Congreso derogara las leyes que afectaban a la Iglesia, lográndose juntar cerca de dos millones, sin embargo, también fueron ignoradas por el gobierno. Así, con el fracaso de las soluciones legales, se decidió a recurrir al boicot, similar al de Jalisco, pero ahora a nivel nacional decretado para el día 31 de octubre de 1926.

Los “acejotaemeros” repartieron propaganda en las calles exhortando a la gente a limitar sus compras a lo indispensable para la supervivencia, a no pagar impuestos, a no utilizar el transporte público, evitar la asistencia a cines y teatros, la compra de billetes de lotería y boicotear también a los comerciantes que no participaran. A pesar de que la economía de desestabilizó con el boicot, junto con la baja en el precio de la plata, de la cual es México el principal productor mundial, los católicos no lograron obtener respuestas favorables, sino que la actitud del gobierno se recrudeció.

Yo aventaba las balas y Dios las repartía.

Primeros combates.

En la provincia mexicana, y al margen de la Liga, comenzaron a darse una serie de levantamientos armados de manera espontánea por la restitución de los derechos religiosos. En todos ellos el grito de guerra era ¡Viva Cristo Rey!, por lo que pronto estos alzados fueron llamados Cristos Reyes y más tarde Cristeros. El primer ataque tuvo lugar en Chalchihuites, Zacatecas el 15 de agosto de 1926, cuando un grupo encabezado por Pedro Quintanar, comerciante y sindicalista católico del cercano poblado de Valparaíso, organizó un grupo para rescatar del poder de fuerzas federales al cura Luis G. Bátiz, hoy canonizado, quien durante la persecución fue fusilado junto con algunos miembros de la ACJM. Al regreso de Quintanar al pueblo, buscó justicia en las autoridades municipales, pero al no encontrar respuesta, se apoderó de Chalchihuites pero tuvo que replegarse ante la llegada de refuerzos militares.

En el grupo de Quintanar se encontraba Aurelio Acevedo Robles, quien atacó el poblado jaliciense de Huejuquilla el Alto y apoderado de la plaza después de un combate de once horas, dispuso la defensa contra las tropas federales. El general Eulogio Ortiz, enterado de la toma de Huejuquilla, atacó el 4 de septiembre con 400 hombres entre los que se encontraba agraristas de Fresnillo y Valparaíso y obligó a los hombres de Acevedo a huir por su corto número. Tanto éste como Quintanar se retiraron en espera de un mejor momento para la reanudación de la lucha.

Es en el año de 1927 cuando los brotes dejaron de ser esporádicos para convertirse en una verdadera amenaza para el gobierno, principalmente en el centro occidente del país, siendo los estados más involucrados Jalisco, Michoacán, Nayarit, Colima, Guanajuato, San Luis Potosí, Zacatecas y Aguascalientes, aunque también el Distrito Federal, Morelos, Oaxaca, Guerrero, así como ocasionales apariciones en Coahuila y  Durango.

La Liga, al saber del fracaso del boicot para la revocación de la Ley Calles y de los primeros brotes, decidió pasar de la resistencia pacífica a medios más drásticos, y para ello mandó un memorandum al Episcopado mexicano el 26 de noviembre de 1926 para solicitar su aprobación sobre la defensa armada. Los obispos no objetaron el uso de la fuerza, pero se cuidaron de comprometerse y aparentemente satisfechos, los “ligueros” organizaron un comité de actividades de guerra bajo el mando del joven René Capistrán Garza, presidente de la ACJM para el estallido de la guerra el 1° de enero de 1927.

Al tener noticias de la rebelión planeada por el general Enrique Estrada, antiguo secretario de Guerra y Marina de Obregón y desterrado en Estados Unidos por su filiación delahuertista, se le comisionó a reunirse con él y obtener el apoyo de aquél país. La rebelión de Estrada fue descubierta y pronto fue detenido, ante ello, Capistrán Garza procedió a buscar apoyo entre el episcopado estadounidense, encontrando sólo la indeferencia de los obispos o en el mejor de los casos, aportaciones económicas ridículas; pese a ello, en sus informes a la Liga se mostraba optimista, pero al carecer de resultados positivos, fue relevado de su misión el 3 de julio de 1927.

Aunque los cristeros lograban algunas victorias, las plazas tomadas casi nunca eran retenidas, pues pronto llegaban los refuerzos de las tropas federales bien abastecidas aunque las poblaciones brindaban ayuda a los primeros y rechazaban a los segundos. Debido a su escasa o nula preparación militar, la táctica de ataque era básicamente la guerra de guerrillas, además, no existía aún un mando unificado que coordinara las operaciones.

En contraste, el Secretario de Guerra y Marina, General Joaquín Amaro, se esforzó por dotar al Ejército federal de la disciplina y tecnología de que carecían, aunque en ocasiones se echó mano de los agraristas según las necesidades de la contienda. Estos, en un principio estaban encargados de la vigilancia de las parcelas otorgadas por el gobierno, pero más adelante fueron llevados a la guerra, quedando así como blanco seguro de los cristeros y carne de cañón del Ejército.

Combate intelectual.

En Guadalajara, Anacleto González Flores, líder de la Unión Popular, lideraba la resistencia de manera intelectual, su creencia era que el triunfo llegaría por medios pacíficos. Para ello publicaba sus ideas en el periódico Gladium, criticaba fuertemente al gobierno y llamaba a los jóvenes católicos a defender sus derechos y criticaba la pasividad de quienes se mantenían indiferentes o sumisos. Sin embargo, los combates librados en varias regiones de Jalisco habían orillado a la organización armada. Junto a él actuaban también Heriberto Navarrete y Miguel Gómez Loza, quienes pronto experimentaron la persecución por parte del gobierno.

Anacleto se refugió en la casa de la familia Vargas González pero fue sorprendido y capturado junto con los hermanos Juan y Ramón y remitidos al Cuartel Colorado, donde fue torturado para que revelara secretos sobre la organización de los cristeros. Los hermanos Vargas corrieron la misma suerte y finalmente fueron fusilados. Otro ejecutado fue Luis Padilla, presidente de la ACJM local. La asistencia al sepelio de estos personajes fue multitudinaria.

La mujer Cristera

En todas las guerras de México la mujer ha sido punto de apoyo indispensable e indiscutible para el sostenimiento material y moral de los combatientes. Cuando los hombres partieron a la lucha, lo hicieron respaldados por sus madres, esposas y hermanas, quienes se organizaron para abastecer de armas y explosivos (muchas veces fabricadas por ellas mismas) y dotar de información y alimento a los combatientes por medio de las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco. La fundación de este grupo, el 21 de junio de 1927, corrió a cargo del Licenciado Luis Flores González, quien junto con su esposa María Goyaz, agruparon en Zapopan, Jalisco a 17 jóvenes, provenientes de la Unión de Empleadas Católicas de Guadalajara. María Goyaz operaba bajo el seudónimo de Celia Gómez, pues las Brigadas (BB) realizaban su labor bajo el más estricto secreto aunque la Liga inició tratos con ellas, pero al tratar de controlarlas, ambas organizaciones quedaron seriamente distanciadas.

Las BB poco a poco se fueron multiplicando en asombrosa clandestinidad y organización hasta llegar a ser 17 000 extendidas por todas las regiones de la lucha, y para ello se las ingeniaron para transportar hasta los campamentos el parque cosido dentro de unos chalecos especiales que ellas mismas confeccionaban. Así mismo, enviaban las armas en escondidas en cargamentos de grano, burlando así la vigilancia del ejército. Aunque el gobierno nunca supo de su existencia hasta terminado el conflicto, las brigadistas capturadas, nunca proporcionaron la información necesaria para dar con la organización y después de muchos maltratos, fueron enviadas a las Islas Marías. Aunque no militaba en las BB, pero sí profesaba el catolicismo, paradójicamente la esposa del General Joaquín Amaro, Secretario de Guerra y Marina y director de las operaciones militares contra los cristeros, apoyaba secretamente sus acciones.