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Y
se odiaban los unos a los otros.
Hostilidades del Ejército Federal.
La
Guerra Cristera fue una de las más sangrientas que ha tenido la Historia de México;
se calcula que durante los tres años de conflicto perdieron la vida cerca de
50 000 mexicanos. El general Amaro advirtió la necesidad de profesionalizar
al Ejército mediante la instrucción del soldado en las nuevas técnicas bélicas
y por otra parte, por la unificación del mando supremo debido al serio
problema del caciquismo. Para la combatir a los cristeros, el ejército echó
mano de los agraristas, campesinos beneficiados por el reparto de la tierra, a
quienes armaba y desarmaba según la necesidad. Estos agraristas quedaron en
medio del conflicto, pues eran tan católicos como los cristeros, pero dependían
del gobierno para proteger sus parcelas.
Por
su parte, varios generales cometieron muchos excesos, un caso representativo
es el del general Eulogio Ortiz, quien fusiló a uno de sus soldados por el
simple hecho de llevar un escapulario al cuello. Se cuenta que al grito de ¡Viva
Cristo Rey!, los soldados, respondían ¡Viva Satán!, lo que terminó, en
algunas ocasiones por dar a la lucha el matiz de guerra santa concebido desde
el inicio por los cristeros.
Cuando
los cristeros se retiraban de alguna población en la víspera de la llegada
de los federales, éstos últimos, al no obtener información sobre las
actividades de aquellos, aplicaban severas y crueles represalias contra la
población civil, tales como el saqueo, la profanación de templos y objetos
de culto, la ejecución de sacerdotes, las concentraciones y el bombardeo con
el uso de la aviación. Pese a estas acciones, el difícil sistema de
guerrillas empleado por los cristeros y la superioridad del uso de la caballería,
hicieron que, no obstante los triunfos alternados en las batallas, ningún
bando lograra inclinar la guerra a su favor definitivamente.
Los
principales generales del Ejército Federal en esta guerra fueron Eulogio
Ortiz, Espiridión Rodríguez, Saturnino Cedillo (principal movilizador de los
agraristas u cacique de San Luis Potosí), Lázaro Cárdenas, Miguel y
Maximino Ávila Camacho y Genovevo de la O. A estos dos últimos correspondió
la organización militar de Aguascalientes y sus alrededores.
Los Generales Cristeros.
Durante
esta lucha sobresale la actuación tanto de jefes laicos como de sacerdotes,
aunque dentro de este grupo la presencia es menor de lo que se cree comúnmente.
Como se explicó anteriormente, los brotes armados se dieron de manera espontánea
principalmente en el centro y occidente del país, sin excluir otras entidades
alejadas geográficamente de esta zona como Morelos, el Distrito Federal y
hasta Oaxaca.
En
la región más afectada por la guerra sobresalieron hombres como Pedro
Quintanar y Aurelio Acevedo en el Norte de Jalisco y Sur poniente de
Zacatecas, José Velasco, principalmente en el municipio de Calvillo en
Aguascalientes, Carlos Diez de Sollano en el Norte de Guanajuato, Luis Navarro
Origel y Jesús Degollado Guízar en Michoacán y Sur de Jalisco,
respectivamente y Victoriano Ramírez “El Catorce”, en Los Altos.
De
los pocos sacerdotes guerrilleros que se tiene noticia, se cuenta a Aristeo
Pedroza, Comandante General de Los Altos de Jalisco, y José Reyes Vega, a
quien se le ha llamado “El Pancho Villa con sotana” debido a su crueldad
en el campo de batalla. Ambos reconocidos estrategas militares natos, aunque
el segundo se ha vuelto famoso por el descarrilamiento y asalto al tren en La
Barca, Jalisco, en abril de 1927, en el que se cometieron toda clase de abusos
y finalmente se le prendió fuego con todo y gente adentro.
Para
unificar los mandos y disciplinar a la tropa, se acordó nombrar a Jesús
Degollado Guízar jefe de operaciones de toda la región de Nayarit, Sur de
Jalisco, Colima y Occidente de Michoacán. Esta región fue de las más
fuertes de toda la guerra, pues fue donde los cristeros lograron más
victorias, incluido el nombramiento de Miguel Gómez Loza, antiguo compañero
de Anacleto González Flores, como gobernador civil de Jalisco.
El General Enrique Gorostieta.
La
Liga advirtió la necesidad de un mando unificado más fuerte, y sobre todo,
bajo sus órdenes directas. En realidad deseaba un mercenario fácil de
destituir llegado el caso, capaz de organizar un verdadero ejército aunque no
compartiera los ideales de la Guerra Cristera. La elección recayó en el
General Enrique Gorostieta Velarde, militar retirado y enemistado con todo lo
que significaba la Revolución Mexicana, y en especial con Obregón y Calles.
Su formación ideológica y militar era producto del porfiriato y al inicio de
la Revolución combatió a Zapata bajo las órdenes de Vitoriano Huerta, en
cuyo gabinete posterior su padre fue ministro de Hacienda. También combatió
en Veracruz la invasión estadounidense en 1914. En ese mismo año, al triunfo
de Carranza, el ejército federal es disuelto y con toda su familia tuvo que
exiliarse en El Paso, Texas.
A
su regreso a México en 1920 participó en levantamientos anti obregonistas
sin éxito, por lo que decidió dedicarse a la fabricación de productos químicos
y a la administración de su rancho en Torreón, Coahuila. En estas
condiciones fue contactado por la Liga, a través de Bartolomé Ontiveros, dueño
de la tequilera La Herradura, y ofreció prestar sus servicios por tres mil
pesos oro al mes, cantidad que en realidad nunca llegó a cobrar.
Aunque
su ideología era el liberalismo de la Constitución de 1957, la Guerra
Cristera le ofrecía la oportunidad de ejercer de nuevo su carrera militar y
pelear en contra de sus odiados enemigos Obregón y Calles. En septiembre de
1927, pudo organizar los ataques en la zona de los cañones de Zacatecas, a
pesar de sus triunfos, el contacto con la Liga fue muy pobre y de igual forma,
hubo grupos que desconfiaban de él.
En
febrero de 1928 llegó a Los Altos de Jalisco y plantó su cuartel en San
Miguel el Alto, desde donde dominó también las operaciones en
Aguascalientes, Guanajuato y Querétaro. A la muerte de obregón, en julio,
suspendió las actividades para analizar los acontecimientos, pero después
reanudó los ataques y obtuvo más triunfos aprovechando el descalabro del
gobierno. Fue entonces cuando la Liga decidió conferirle el mando supremo de
lo que en adelante se llamaría la Guardia Nacional. Gorostieta, entonces,
lanzó su Manifiesto a la Nación en el que defendía la todas las libertades
del pueblo mexicano, así como la Constitución de 1857, “sin las sectarias
Leyes de Reforma y los inauditos despropósitos de la de 1917”.
Lentamente,
Gorostieta cambiaba su forma de pensar con respecto a la religión, de agnóstico
a creyente, al ver la entrega de los cristeros a su lucha, aunque supo que tan
pronto se reanudaran los cultos sus tropas lo abandonarían. También tuvo
serias fricciones con la Liga por su intromisión en las decisiones militares
y amenazó de deslindarse de ella, pero de continuar el movimiento a su modo.
Otro conflicto fue la negativa de la Liga a incorporar a las BB su mando.
El regreso de Obregón.
Mientras
en la provincia mexicana la lucha seguía cada vez más encarnizada, la ciudad
de México era escenario de un cada vez más tenso ambiente político. Las
relaciones entre Obregón y Calles comenzaban a enfriarse ya que el primero
siempre siguió siendo un factor real de poder. Desde el inicio del conflicto
religioso, Obregón trataba secretamente de acercar a Calles y a los obispos,
pero la intransigencia de ambas partes impidió la continuidad de las
negociaciones.
Las
elecciones presidenciales se acercaban y con ello la lucha de intereses por el
poder. En la arena política se perfilaban los generales también sonorenses y
antiguos amigos y compañeros de armas, Francisco Serrano, apoyado por Obregón
y Arnulfo R. Gómez, por Calles,
pero ante esta división, el presidente terminó por apoyar a Obregón, quien
lanzó su candidatura al tiempo que el Congreso modificaba la Constitución
para permitir la reelección no inmediata. Esto provocó no sólo la oposición
de los grupos políticos adversos, sino también la ruptura del mismo grupo de
Sonora.
Serrano
y Gómez, abandonados por sus jefes, pactaron lanzar sus respectivas
candidaturas y así, iniciarían la rebelión mediante un fallido golpe contra
ellos durante una demostración de ejercicios militares el 2 de octubre de
1927 en los llanos de Balbuena, en la ciudad de México al que supuestamente
asistirían el presidente, el candidato oficial y el secretario de Guerra y
Marina. Ante el fracaso del motín, al día siguiente fue capturado Serrano en
Cuernavaca y acribillado junto con sus acompañantes cerca del poblado de
Huitzilac por órdenes del general Claudio Fox. Gómez cayó en Veracruz una
semana después.
Atentados y muerte de Obregón.
La
Liga insistía ya en tomar el poder en el país y el inminente regreso de
Obregón de regresar a la presidencia, le hizo suponer que eliminarlo sería
la solución para el imparable derramamiento de sangre. El primer atentado,
aunque frustrado, se dio durante la gira en la estación del ferrocarril de
Huatabampo, Sonora. El segundo fue en Chapultepec el 13 de noviembre de 1927
cuando desde un auto fue arrojada una bomba al vehículo donde viajaba el
candidato con otros acompañantes. Algunos de los tripulantes lograron huir
pero otros fueron capturados en el acto, como Nahúm Lamberto Ruiz y Juan
Antonio Tirado, ambos simpatizantes de Liga. Por sus confesiones se dio con el
Ing. Luis Segura Vilchis y los hermanos Humberto y Miguel Agustín Pro Juárez,
acusados de ser los autores intelectuales del atentado. Bastó la declaración
de Ruiz y la comprobación de la propiedad del automóvil de Humberto Pro para
que se les condenara sin juicio a la pena capital. Los inculpados fueron
fusilados el 23 de noviembre. La indignación provocada entre los católicos
por el excesivo castigo aumentó las hostilidades y protestas y ante ello, las
legislaturas endurecieron los reglamentos anticlericales. Más adelante, el 30
de enero de 1928, la aviación militar bombardeaba el monumento de Cristo Rey
en el Cerro del Cubilete. Más atentados contra el candidato siguieron pero
sin ningún efecto.
Ya
sin oposición, en las elecciones de julio de 1928 resultó triunfante Obregón;
en todo ese tiempo se habían llevado a cabo varias reuniones secretas para
lograr la paz, con los obispos en el exilio y sus representantes, pero sin
resultados concretos. Para festejar a Obregón, se ofreció un banquete en el
restaurante La Bombilla, en el pueblo de San Ángel en la ciudad de México el
17 de julio. A este evento acudió, haciéndose pasar por caricaturista José
de León Toral, de 27 años, miembro de la ACJM y de la Liga, quien creía
tener la misión divina de eliminar al tirano y restaurar el reinado de
Cristo. Toral se aproximó al homenajeado y mientras con una mano le mostraba
el retrato que le había hecho, con la otra le descargaba su pistola en la
cabeza. El asesinato de Obregón ha sido objeto de varias conjeturas hasta la
fecha sin conclusión: Toral dijo que obró solo, pero también hay quienes
atribuyen la autoría intelectual de Calles y Morones por el distanciamiento
del presidente electo con la CROM. Durante el interrogatorio resultó
implicada la monja Concepción Acevedo de la Llata, (la Madre Conchita), en
cuya casa se efectuaron varios movimientos y reuniones de la Liga. A la monja
se le condenó a 20 años de reclusión en las Islas Marías y Toral fue
fusilado hasta el 9 de febrero de 1929.

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