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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Edgar Brizuela Zuleta
edgarbrizuela@hotmail.com

MURMULLOS

¿Escuchas?-le digo
- Si. Se de qué hablas, no son fantasmas, son las tablas los materiales que se recogen o dilatan con los cambios de temperatura.
- ¿Mi casa está viva.?
- Así es. Bueno no podría decir que no lo estuviera o que lo estuviera, pero si se mueve no veo la razón para negarle existencia. Pero si es obvio, está viva. La vemos cuando nos acercamos. Envejece, no es la misma que cuando fue construida.
- Pero oye, hay otros ruidos
- Claro, debe ser el viento que remece tejas viejas, sueltas
- No, pero más allá, más al interior-
- Bueno quizás haya ratones.
- Pero agudiza tu oído. Es algo más profundo.
- No seas leso, por favor, cualquier tipo de ruido que se pueda producir ocurrirá.
- No entiendes nada, amigo. La cosa es más complicada, la casa se desploma.
- Mira tu casa no tiene muchos años y si fuera a caer caerían las otras que fueron construidas en el sector en el mismo tiempo.
- Oye, escucha, esos murmullos, la casa está repleta de pequeñas sensaciones auditivas. ¿De dónde provienen? ¿qué significan?.
- No sé. Te estás complicando con pequeñeces, que a veces son las peores, te pueden llevar a la obsesión.
- Lo mío no es obsesión. Esto está podrido.
- ¿Qué piensas hacer al respecto?
- Quemarla, destruirla, está enferma.
- Lo que está enfermo se puede sanar
- Pero no cuando la peste se introduce en los intersticios más profundos
- Oye estás loco- Dijo.
- No, ¡eres tú quien no sabe escuchar los signos de la degradación¡. ¡no huyas¡

HORMIGA

No podía ser, me decía. Era una idea absurda, que me podría haber parecido hilarante, si no hubiera sido cierta. Por era verdad. Aquella pequeña hormiga, la misma que había desecho entre mis dedos minutos atrás, estaba nuevamente junto a mí y me miraba desde su pequeñez. Parecía que me tentaba a que lo destruyera de nuevo, para volver a aparecerse con la misma insolencia de quien tiene un plan y lo ejecuta a ultranza.
Se que lo podría haber tomado entre mis dedos y haberlo apretado y estrujado hasta que se deshiciera, hasta que sus minúsculas partes se volatilizaran y no quedara de él más que una pequeña huella, una marca apenas imperceptible y un sabor salobre si hubiera llevado mis dedos a la boca.

Pero, qué sentido tenía en estas condiciones, destruir lo que parece indestructible, aquello que por ser tan sutil, parece no existir; pero sin embargo, existe, vive, come, anda y como hace ahora, tiene la facultad de molestarme.

Quizás dada su misma pequeñez ejecutaba sus actos guiado por una conciencia superior, que talvés fuera yo. Quizás era yo mismo quien lo guiaba hasta mí, quien de alguna manera lo atraía como símbolo absurdo de mi incompetencia para arreglar ciertos asuntos.

 

ADÁN Y EVA

Me acerqué con delicadeza- escribió el hombre- como a ella le gusta y no pude contener un frenesí que ella deseaba que aumentara, aunque la llevara a la misma muerte.

Luego, dando vueltas a su imaginación, impregnó el papel de nuevos olores, visiones y colores nacidos al amparo de encuentros furtivos que se sucedían en un tiempo inconexo.

Luego se levantó y la miró, desnuda, hermosa.
Sin duda, pensó el hombre, es mi personaje favorito, con ella puedo experimentar, yo le doy la forma, soy su creador, ella no existe sin mí, yo soy absolutamente necesario para ella.

Pero en algún momento, su pluma se detuvo y ya no pudo registrar nada más, como si algo se interpusiera entre él y el papel, de tal forma que encontrara una barrera infranqueable, estuviera al final de un pasillo que no conducía a ninguna parte, que formaba parte de un laberinto, cuya salida desconocía.

Su mano se negaba a escribir, su mente no encontraba nuevas ideas. Cansado, quedó con la cabeza tumbada sobre la mesa mientras pensaba en los últimos acontecimientos.

No poseía la capacidad para registrar aquella verdadera novedad que veía nacer en ella, un gesto nuevo, una vitalidad, nacida al amparo de experiencias que él no le había otorgado.

“El, aún está empeñado en demostrar una fuerza que no posee”, vió de repente el hombre escrito en el papel. Ella razonaba, construía, escribía velozmente, mientras él palidecía.
Ha nacido en mí una conciencia, un modo completamente nuevo de ser, de existir, que no puedo describir, escribió la mujer.

El hombre, no sabía de qué se trataba todo, pero repentinamente se sintió utilizado. Intuyó que todo lo que había escrito cabía dentro de moldes predeterminados por ella, pertenecía a un esquema que no era el suyo y cayó en cuenta que ella poseía una trama mejor urdida.

Desfallecía. Desenmascarado, impotente, sintió caer sobre sí una página de una obra que ella aún no terminaba de escribir.
Cansado- escribió la mujer- él se acostó a dormir. Soñó que gracias a ella podía vivir, que desde ella fluía una energía que lo impulsaba a trascender a sí mismo y a reencontrarse con ella y conocer en parte sus secretos.
Pero el conocimientro que he logrado, es incompleto pues en la medida que prolongo la existencia de él, extiendo la mía.

En verdad, al posibilitar la vida del otro, se prolongaba a sí misma.
En su absoluta soledad, la presencia del otro era tan necesaria como la suya y ya no sabía si era ella quien verdaderamente existía o no era más que una fanfarronada inútil de aquel que requería de ella para existir. Durmió.

Cuando despertó, él estaba frente a ella, escribiendo.
- ¿Qué escribes?-le dijo ella
- Que sueño.
- ¿Y cómo es tu sueño?
- La verdad es que no lo sé. Es extraño.
- Despierta si quieres- dijo ella.
- No lo puedo hacer
- Si quieres me despiertas como a tí te gusta
- ¿Lo pueddo hacer?
- Por su puesto- escríbelo.
- Es lo que deseo.

Me acerqué con delicadeza- escribió el hombre- como a ella le gusta y no pude contener un frenesí que ella deseaba que aumentara aunque la llevara a la misma muerte.
La mujer estaba desnuda sobre la cama.

ESTOY LEYENDO...

Estoy leyendo un texto incomprensible. No es mi idioma, no es ningún idioma conocido, se que se trata de una lengua muerta, pero ahí está el voluminoso ejemplar. Lo miro, observo sus signos, que parecen jeroglíficos, figuras aleatorias, partes de un mecanismo. Los observo lentamente y de a poco comienzo a entenderlos, puedo leerlos, pero me equivoco, ellos se internan en mí, se hacen comprensibles, se hacen escuchar, me cuentan lo que son lo que hacen, lo que pretenden. Los signos se transforman en mi lenguaje en mi forma de ser. Creo que los conozco desde siempre. Son figuras, formas seres, tienen vida, resuenan con un leve silbido, infimo, acuchillante, deletéreo.

MICROCUENTO

Ayer, por primera vez, ¡No pensé en el diablo!

LOS HOMBRES

El hombre, luego de mucho caminar, encontró un gran trozo de carne salada sobre una roca y a pesar del hambre que sentía no lo comió, sino que esperó pacientemente para ver si algo sucedía.

Luego de varios días de haber esperado un acontecimiento, observó a lo lejos levantarse una gran polvareda, que lo hizo sobrecogerse.

Esperó que la presencia se manifestara frente a él y adoptó una posición piadosa con sus palmas juntas y los ojos cerrados como implorando protección o misericordia.

Cuando la presencia estuvo cerca se sorprendió que llegase con tal barullo y más aún que lo hiciera hablando el idioma de los humanos. Ello le pareció impropio, de una divinidad sobretodo al escuchar ciertos garabatos y palabras ofensivas relacionadas con su persona, lo que lo hizo pensar que estaba frente a entidades de dudoso actuar, frente a los cuales no le quedaría llegado el momento, de enfrentarlos con su indiferencia o gran poder de ánimo.

"Perdone", amigo- dijo una voz- "hace varios días que viajamos por el desierto y creíamos ir en la dirección correcta, pero hemos andado en círculos, como nos hemos podido percatar. Ya hemos rescatado todos nuestros trozos de carne salada y aún nos faltan otros y seguiremos recuperando éste que usted tan bien ha custodiado".

El hombre esperaba escuchar otro tipo de palabras y aquellas perturbaron la imagen que él tenía de sí mismo pues al querer honrar a una presencia sobrenatural, le parecía que asumía una postura ridícula para los mortales. Tuvo que realizar grandes esfuerzos para que aquella posición propia de un santón no fuera considerada como tal por los recién llegados. No lo había logrado.

Uno de ellos había dicho, "Miren parece un pordiosero".

Los hombres, bien alimentados rieron de él y luego más conforme con lo escuchado simuló desfallecer para que aquellos al socorrerlo olvidaran la otra imagen y también para simular una aniquilación que diera más crédito a su condición humana, porque de eso se trataba.

Criamos que eras una aparición, dijo uno de los hombres cuando lo subieron a la carreta, mientras el hombre pensaba si aquello que estaba ante sus ojos era real, si todo no era parte de un sueño y que quizás aún estuviera hincado frente a ese pedazo de carne que no era carne, sino un reflejo mundano de algo más.

En todo caso, se sintió mejor cuando probó pan, carne y grandes vasos de vino que le escanciaban.

Al ver que estaba más repuesto, le dijeron que no lo podían acompañar más pues debían seguir buscando la salida de aquel lugar.

Este no sabía que camino tomar, pero finalmente siguió el camino de los hombres que por lo demás le aseguraba comida, pues aquellos seguían con su estúpido andar en círculos dejando trozos de carne disecada. Pero se mantuvo siempre a cierta distancia lo suficiente como para no ser visto.

Sin embargo, los hombres descubrieron que se aprovechaba ilegítimamente de alimentos que ellos dejaban y optaron por ponerlo a prueba e idearon un plan.

Por ello una vez se acercaron a él y lo junto a una buena provisión de carne, pan y vino y marcharon no sin antes indicarle que no hiciera uso de tales alimentos hasta que ellos llegaran.

El hombre feliz por tanta preocupación demostrada hacia él y confiando totalmente en los hombres, accedió a cumplir al pie de la letra las instrucciones y finalmente murió de inanición esperando órdenes de quienes nunca más pasaron por el sitio pues habían encontrado una salida.

DOS

El calor de su cuerpo era lo único capaz de darme la certeza de que estaba ahí, que dormía junto a ella.

Me era imposible moverme y cuando lo hacía descubría que algo cambiaba, las imágenes que se presentaban frente a mi, si es que se puede decir que estaban frente a mí, desaparecían.

De repente me levante y caminé con una sensación de sopor insoportable, apenas podía mantener abierto mis ojos y sentía que mi cabeza daba vueltas.

Me dirigí por un largo pasillo, frío, de altas paredes, era un colegio. Era la primera vez que visita aquel sitio. Una voz detiene mi marcha.

- No hiciste bien el trabajo

Es una profesora la que me habla y me señala un pequeño roedor que cruzaba el recinto.

- Es sólo uno-, respondo- y me doy vuelta para retirarme.

- Te equivocas.

Giro y me encuentro con la profesora que blande ahora una escoba con la que trata de espantar a decenas de pequeños roedores que corren de un lado a otro. Ellos, no saben si escapar por entre sus piernas y soportar un palo sobre sus cuerpos y escapar dificultosamente o correr hacia donde yo estoy.

Finalmente, con seguridad al verme indeciso y sin posibilidad de hacer nada, se dirigen hacia mí. Corren, pero sólo llega uno junto a mí, quien escala por la pared y se queda bajo una ventana. Es transparente, rojizo, temeroso. ¿Me Mira?.

Corro hacia fuera y me encuentro con personas extrañas que hablan en un lenguaje inentendible o lo hacen en el mío, pero sólo que no soy capaz de comprenderlos. Sus gestos me abruman.

Miro una puerta. La abro y veo una cama donde duerme mi mujer. Me acuesto junto a ella y siento su cuerpo nuevamente y el calor que guardan sábanas y el cubrecama.

Intento hablarle, pero no puedo, grito y no me oye.

De repente ella estira una mano. Está frente a mí, pero no la puedo tocar, como si no existiera, pero está ahí y tras un esfuerzo la tomo, pero está fría, como carente de vida, gélida como los roedores.

Finalmente con el rabillo del ojo, distingo un televisor.

La pantalla muestra el pasadizo del colegio, la rata y fría como la mano de mi mujer.

Me levanto y abro los ojos. Estoy nuevamente acostado, sin posibilidades de moverme. Siento una voz, un sonido que se apaga, una luz que se hace cada vez más tenue, un brillo extraño llega a mis ojos. Surgen ideas, imágenes y de repente todo se apaga precedido por la aparición de franjas multicolores.

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