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EL FRESCO DE MARIANO DE COSSÍO. AYUNTAMIENTO DE SANTA CRUZ DE LA PALMA

José Guillermo Rodríguez Escudero

EL ESCENARIO DEL MURAL

Dentro del patrimonio pictórico de las Casas Consistoriales de la capital palmera, la obra del vallisoletano Mariano de Cossío y Martínez Fortín (1890-1960), ocupa uno de los lugares preferenciales del edificio. Estamos ante un magnífico fresco que se extiende a lo largo de la escalinata principal del Ayuntamiento, y que se ejecutó con la pretensión de ser una impactante obra de exaltación de “lo palmero”.

Antes de acceder al interior de este magnífico monumento a través de su atrio porticado, nos encontramos ante el diseño de la fachada, donde el programa iconográfico es tal, que “no tiene correlación en ningún otro edificio, ni en las artes figurativas canarias”, según se desprende de los estudios minuciosos del profesor Martín Rodríguez.



En el edificio renacentista más importante y completo del Archipiélago, “tanto por su arquitectura como por su insólita representación simbólica”, el vestíbulo- reconstruido a partir de 1949 por el arquitecto Tomás Machado-, distribuye las oficinas y la escalera principal que da acceso a la parte superior, donde se ubican la Alcaldía y las Salas Consistoriales. No olvidemos tampoco que este imponente inmueble tiene el histórico honor de albergar el primer Ayuntamiento democrático de todo el territorio nacional.

Es precisamente, bajo esta fabulosa escalinata, donde se halla custodiado en una urna acristalada, la principal reliquia que se conserva. Se trata del Pendón de la Conquista, o Pendón Real, el más antiguo de las Islas. A esta pieza bordada en oro sobre seda carmesí, restaurada en 1993, se le ha querido dar un origen mítico: fue bordado por la propia Reina Isabel la Católica y vinculado a la Conquista. Sin embargo, como denotan sus símbolos imperiales, data del periodo de Carlos V.

EL ARTISTA Y SU TÉCNICA

Hay una interesante afluencia de artistas foráneos en la primera década del siglo XX que, entre otras tendencias, desarrollan la pintura de carácter regional, “haciendo hincapié en aspectos que simbolizan la vida e historia de las islas”, como nos dice don Miguel Galván en su obra sobre el Ayuntamiento capitalino. Un excepcional ejemplo lo tenemos en Cossío, artista castellano llegado a Canarias en 1935.

Los tres murales coloristas que constituyen este enorme fresco cúbico son un exponente de las diversas tareas de las faenas de campo y pesca en La Palma. El profesor palmero Jesús Pérez Morera lo denomina “fresco de los oficios”. Ana Arias de Cossío sitúa esta bella obra en torno a 1950, “una vez finalizada la dilatada actividad pedagógica” del maestro. Fue así mismo muy conocido por sus cuadros de caballete o tablas de paisaje al óleo, pero quizá, su obra más conocida es el fresco.


En relación con el retrato, Cossío consigue acercarse a los pintores expresionistas alemanes a través del relieve logrado con el óleo. Su vida de profesor y artista la realizó fundamentalmente en la Isla de Tenerife. Fue un admirable profesor de vocaciones artísticas y un excelente muralista. Al igual que José Aguiar (Cuba, 1895; Madrid, 1975), el patetismo y la expresividad (influencia mexicana) se ven claramente en su obra, acusando también rasgos zurbaranescos. Aparte del mural que nos ocupa, también podemos apreciar tales características en el enorme fresco de la iglesia lagunera de Santo Domingo de Guzmán.

Su constante preocupación por los temas relacionados con las Islas aparece impreso en estos murales; como característica especial, también dio mucha importancia al color – sobre todo el predominio de ocre y plata es latente a lo largo de su obra-; el dinamismo de las figuras que aparecen en estas historias pintadas a modo de sucesión de estampas costumbristas – “de paleta rica y cálida” (Pérez Morera) - que forman un enorme rompecabezas; el cuidadoso estudio de los vestidos y herramientas que se suceden en las diferentes escenas donde se relacionan los oficios de la tierra y del mar: la siembra, el prensado de la uva en el lagar, la pesca, la construcción naval, la ganadería y los trabajos artesanos, con personajes vestidos con el traje tradicional que, según la profesora Fraga González, “reflejan no ya un ambiente festivo sino la laboriosidad de un pueblo”.

 

LA ICONOGRAFÍA DEL FRESCO

En la primera pared, la siembra del trigo “evoca la semilla como símbolo de la fecundidad”. Una yunta de bueyes tira el arado que produce en su avance hondos surcos en la aridez del terreno, mientras un labrador lanza las semillas que, lejos de caer en la tierra, lo hacen en el regazo de la linda muchacha de aspecto melancólico que surge en el centro de la escena.

En la estampa de la recolección del trigo, dos jóvenes ataviadas con trajes típicos de La Palma portando sendas cestas de mimbre sobre sus cabezas, caminan descalzas detrás de un labriego que, arqueado, soporta el peso de un haz de trigo sujetado sobre sus hombros por una larga vara de madera. Una de las doncellas mira al espectador mientras exagera su largo paso con un sugerente movimiento de pies y brazos hacia atrás. Dos burros cargados preceden la escena, dejando tras de sí las huellas de sus pisadas.

La importancia de la agricultura, la belleza, el trabajo, el agua, el transporte, la ganadería… va quedando perpetuada a medida que recorremos la estancia y estudiamos su simbología. Cada visitante tendrá una sensación diferente, pero nunca quedará impasible ante esta visión.

Se suceden las escenas relacionadas con las actividades de pesca y de vendimia, precedentes ambos del trabajo cotidiano. En esta última, justo debajo de la siembra, aparecen tres jóvenes descalzas vestidas con trajes típicos palmeros de faena trabajando al lado de un lagar. Llama la atención la postura de las tres. Mientras una mujer alta y delgada se aleja de puntillas, con elegancia y con un peso sobre su cabeza, otra, de rodillas sujeta un cedazo por el que deja pasar la harina para la preparación del gofio sobre una trapera en el suelo. Por último, la tercera “maga” apoya su mano izquierda en la pared, descansando, y la derecha sobre la cadera. Mira de soslayo o reojo. Una mirada que puede presentar varias interpretaciones: bien “de envidia” a la primera moza que se aleja (recordemos la inscripción del dintel de la Planta Noble, de 1567: “Invidos virtute superabis” – Vencerás a los envidiosos por la virtud, y que aquí cobra su sentido), bien “de desconsuelo” a uno de los dos hombres que, semidesnudos, trabajan en el vecino lagar.



Éste se presenta como un enorme instrumento de madera que penetra hacia el fondo de la gruta. Está muy bien conseguida la interconexión entre ambas viñetas. Por un lado, el color azul añil de la falda, corpiño y forro de la montera de la campesina arrodillada y el de los dos pantalones cortos y fruncidos de los trabajadores; y por otro, el rojo de las faldas típicas de las otras doncellas que sobresalen del fondo marrón, lúgubre y oscuro de la bodega. En el fondo de ésta emergen varios toneles colocados contra la pared donde se encuentra un postigo por donde entra la poca luz. Ésta incide en las mangas blancas de las muchachas e imprime todo un juego de sombras al escenario.

En la esquina izquierda, grandes cestas llenas de uvas blancas y negras- más bien azuladas, muy realistas-, dan un toque colorista a esta bella estancia. Ésta es la primera pintura con la que el espectador es sorprendido de frente al ascender los primeros peldaños. El joven trabajador del lagar, de espalda descubierta, presenta una buena musculación y su bien conseguido movimiento y sombreado hace pensar en el estudio anatómico previo que el artista efectuó con algún modelo. La enorme cesta llena de uvas blancas es conducida por aquél al recipiente donde se prensará para obtener el mosto. Todo el peso de la fruta es descargado sobre su hombro derecho, lo que desestabiliza el paso del hombre sobre el primer escalón de la prensa. Lo mismo sucede con el otro lugareño, de aspecto más viejo que, con gran esfuerzo, gira la manivela del torno para iniciar el prensado. La importancia de la vendimia en La Palma queda así reflejada.

En otra escena aparece una dama vestida con traje de manto y saya palmero asociado quizá con el municipio de Mazo, cuya postura hierática y estática sugiere estar dando instrucciones de compra a una vendedora de unas telas de seda (a juzgar por los pliegues y el brillo) que se desparraman por el suelo. Por el lado de la compradora, tocada con sombrero negro de copa, se inclina la tendera cubierta con un pajizo ancho. Parece estar aconsejándola. Las telas son sujetadas por dos costureras de pelo recogido gris y amplios y sencillos ropajes blancos que, arrodilladas, una más que otra, sugieren estar cosiendo, tal vez retocando la prenda, según las directrices de la rica señora. La ventana del fondo está semiabiera y es por donde entra luz y el viento que mece la cortina blanca. De reconocido prestigio, la artesanía palmera ha traspasado ya las fronteras archipielágicas y sus fabulosos trajes folklóricos constituyen un fiel y digno exponente de ello.




Aparece una mujer con un niño y una anciana; según don Miguel Galván, “sería la apología de las tres edades del hombre”. Las tres figuras aparecen de espalda, despidiendo a sus seres queridos que marchan en un barco como emigrantes en búsqueda de trabajo y mejor vida. La joven madre agarra la mano del niño desnudo mientras mueve el pañuelo blanco despidiéndose del ya, añorado marido. La anciana, vestida de riguroso negro, se suena con el pañuelo mientras levanta la mano en curiosa actitud de bendición. Aquí los colores también juegan un importante papel de equilibrio, contraste y simbolismo más profundo. El pelo rubio de la criatura inocente, ingenua, y el amarillo de las listas del justillo de la joven madre aportan colorido y optimismo a la triste escena, mientras que el negro de la anciana, por el contrario, imprime amargura y negatividad o mal presagio. La pobreza, el paro, el abandono familiar fueron las lacras de una sociedad que no puede olvidar tan fácilmente.

 

Galván continúa su estudio sobre el mural informándonos acerca de lo que para él significa la otra escena de la recogida de frutos, como referente del fin del trabajo, “y por lo tanto del final de la vida”.


En el astillero, varios hombres semidesnudos se afanan por colocar las tablas del barco en unas posturas que sugieren equilibrio y esfuerzo para no caer de los andamios. Otros cinco, con los torsos descubiertos, se hallan dentro de una barcaza ultimando los detalles de la madera. Tan sólo uno de ellos se presenta de frente al espectador con los brazos extendidos hacia arriba, mientras que los otros, cabizbajos, trabajan dentro del marco de la barca. El importante pasado naval de la capital palmera queda perpetuado en estas escenas. Es de todos conocidos que Santa Cruz de La Palma se erigió como el tercer puerto más importante del Imperio de Carlos V, tras Amberes y Sevilla. Su astillero aportó mucha riqueza y gloria a la historia de la Isla.


 

 

Al lado, en la fragua, varios obreros se afanan por dar forma a los utensilios y aparejos del barco. Un ancla reparada y unas poleas yacen junto al yunque. El rojo del fuego del horno y del hierro candente - sostenido fuertemente por uno de ellos para que el otro lo moldee con un gran martillo-, se refleja en los rostros de los dos herreros. Es una pincelada de color sobre un monótono fondo de marrones y grises. Alguien ha querido ver en la escena cómo la chispa de vida y la alegría surge incluso de las profundidades de un mundo pesaroso plagado de dificultades.









Una madre con un hijo desnudo en brazos y otro de pie junto a ella dan la nota maternal al mural. La joven mujer, que mira al espectador con grandes ojos rasgados y azules y bajo ellos unas profundas ojeras, parece triste. Se desprende de esta pintura una profunda nostalgia y soledad. El hijo mayor, conmovido por el llanto del pequeño, lo acaricia y mira con dulzura. Un oasis de ternura en la vorágine del duro trabajo en el campo que rodea a esta escena. Un homenaje pictórico al gran oficio que es ser madre.

 

TRAS LA RESTAURACIÓN


“El mural fue realizado mayoritariamente al fresco, aunque, debido a la restauración efectuada sobre él en 1987, se hizo complicado identificar las zonas restauradas de las originales al fresco”
. Con estas palabras, el profesor don Iñigo Jáudenes, del Laboratorio de Química de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Laguna, daba a conocer el estado del mural tras la restauración debido a los problemas de humedad que presentaba. Para el experto, se hizo complicada la identificación de las zonas restauradas de las originales. También resultó casi imposible diferenciar los retoques originales al seco. Finalizó su estudio aportando que “el mural es de una calidad técnica y artística impresionante y prueba de ello es que está considerado como una de las obras contemporáneas más importantes del patrimonio artístico de La Palma”. Para Jáudenes el estado actual de la superficie del mural es aceptable y no precisa restauración alguna.


Es incesante el número de personas que se acercan a admirar diariamente este legado importante de nuestro patrimonio, tal vez no tan conocido. Ello es una prueba fehaciente de que se ha convertido en una visita obligada al casco histórico de la preciosa capital palmera.

 



Rememorando a don Pedro J de Las Casas Pestana, con las siguientes palabras finalizó su premiada obra en 1893, con motivo del cuarto centenario de la fundación de la capital palmera: “Contemplad este cuadro, que no es únicamente hijo de la fantasía; iluminadlo con los resplandecientes rayos de la luz eléctrica que muy pronto iluminarán las calles, paseos y plazas de Santa Cruz de La Palma y reflexionad si existe o no razón para terminar este modestísimo trabajo diciendo que «feliz entonces el que escriba en todo o en parte la Historia de La Palma»”.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

-ARIAS DE COSSIO, Ana María. Mariano de Cossio. Su vida y su obra. Aula de Cultura de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1975.
-DE LAS CASAS PESTANA, Pedro J. La Isla de San Miguel de La Palma. Su pasado, Su presente y Su porvenir (bosquejo histórico), Excmo. Cabildo Insular de La Palma, La Laguna, 2004.
-FRAGA GONZÁLEZ, María Carmen. «La Pintura en Santa Cruz de La Palma», Homenaje a Alfonso Trujillo, Santa Cruz de Tenerife, t. I, 1982.
-GALVÁN GARCÍA, Miguel. «Arte», Las Casas Consistoriales de Santa Cruz de La Palma, Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, Santa Cruz de Tenerife, 1995.
-JÁUDENES RUIZ DE ATAURI, Iñigo. «Estudio científico de la pintura mural al fresco del siglo XX en Canarias», V Simposio sobre Centros Históricos y Patrimonio Cultural de Canarias, C.I.C.O.P., La Laguna, 2001.
-MARTÍN RODRÍGUEZ, Fernando Gabriel. Santa Cruz de La Palma, la ciudad renacentista, Cepsa, Santa Cruz de Tenerife, 1995
-PÉREZ MORERA, Jesús. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad, CajaCanarias, Santa Cruz de Tenerife, 2000.
-RUIZ MARTÍN, Antonio. «El Arte en Canarias», Natura y Cultura de las Islas Canarias, Excmo. Cabildo de Tenerife, Tafor Publicaciones, La Laguna, 2003.

 


 

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