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  Guías culturales

MARTES SANTO

José Guillermo Rodríguez Escudero


Considerada como una de las más bellas y elegantes del Archipiélago Canario, nuestra Semana Santa, hecho sociocultural de primer orden, es de las únicas que guardan escrupulosamente la sucesión cronológica de acontecimientos de la Pasión y Muerte de Cristo. Así pues, los pasos que solemne y dificultosamente desfilan, con marcha cadenciosa, por las calles de Santa Cruz de La Palma, van mostrando los sucesos como los cuentan las Sagradas Escrituras, y siempre por ese orden, con la única y honrosa excepción del magistral “Calvario del Amparo” en el Real Santuario de “La Morenita”.

Tras las agotadoras pero singulares celebraciones del fin de semana, llegamos al “Martes Santo”, día elegido para la aparición de varios tronos en el mismo desfile. Aquí no han proliferado los pasos procesionales compuestos por varias esculturas, ya que, tal vez por influencia andaluza, se prefieren los de imagen única, con alguna excepción.

Puntualmente a las diez de la noche del Martes Santo, la puerta grande de la iglesia del antiguo cenobio de San Miguel de las Victorias- fundado en 1530 por el evangelizador del Nuevo Mundo, Fray Domingo de Mendoza y convertido durante siglos en uno de los primeros conventos de Canarias-, se abre para permitir la salida de la sobrecogedora imagen del “Cristo de La Columna”. Como nos detallaba el desaparecido historiador palmero Alberto-José Fernández García, “la imagen del Divino Cautivo, en escorzo, aparece ligeramente forzada sobre la columna, destacándose en esta escultura el buen acabado de sus pies y sus manos”. Su autor fue el imaginero Andrés Falcón San José quien la esculpió a mediados del siglo XIX.


La salida de la imagen por esta portada principal- la parte más antigua del edificio donde se combinan elementos gótico-renacentistas y mudéjares-, es saludada por el tañido triste de las solemnes campanas de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán y el redoble de tambores y tronar de trompetas; es una escena espectacular. Más de una lágrima de emoción se vierte en la expectante plaza, sobre todo cuando la talla, después de descender los difíciles e interminables peldaños, gira suavemente su torso hacia los fieles, ofreciéndoles las treinta y nueve heridas, abiertas y sangrantes, fruto de la flagelación. Son enormemente expresivos sus dos grandes ojos marrones almendrados, tristes, de mirada perdida y ensimismada. El perizoma o paño de pureza, de dobleces perfectos, muestra surcos empapados de la sangre que corre por su cuerpo. El tamaño de la columna hexagonal de mármol negro jaspeado donde está atado con cuerdas retorcidas obliga al cuerpo desnudo a realizar una forzada postura. Los largos cabellos oscuros caen sobre la dolorida y doblada espalda en ondulada cascada. Una escena impresionante que es iluminada por la trémula luz de los ocho cirios que rodean la peana. Los fanales encendidos proyectan claros y sombras sobre la imagen y los cofrades, y las llamas estampan sus sombras chinescas en las paredes de las típicas callejuelas. De su boca entreabierta, que sobresale de entre una barba y bigote perfectamente esculpidos, se desprende una gota de sangre, al igual que de sus ojos y frente, y aún más de sus codos y rodillas. Un realismo dramático que paraliza instantáneamente al comprometido observador; éste no puede disimular su emoción.

El fin de este conmovedor espectáculo es, entre otros, precisamente el tratar de que nadie quede impasible ante la tétrica escena- no tan dura como la propia realidad vivida en aquellos días por sus protagonistas -, y que nos hagan sentir partícipes de ella. Si la carga de simbología de la Semana Santa produce en nosotros el mismo fin que la propia historia relata, sintámonos afortunados: estas espectaculares, entrañables y tradicionales manifestaciones externas no desaparecerán tan fácilmente de nuestras vidas como sí lo han hecho en otros lugares. Esto nos ayudará a ser deliciosamente diferentes al resto de pobladores de zonas engullidas por la fría globalización. Se lo debemos a nuestros ancestros que ya no están aquí y que tanto valoraban estos momentos.

El paso del “Señor” es acompañado por la “Cofradía de Cristo Preso y las Lágrimas de San Pedro”. Usaba un trono de estilo rococó sobredorado de altísima calidad- posiblemente el más valioso de nuestra Isla, y que compartía con “el Nazareno”. Actualmente lo hace en otro diferente, más amplio y al que se colocan numerosos fanales con velas en las cuatro esquinas. Tras él desfila la venerada talla de “Ntra. Sra. de la Esperanza”, obra del mismo autor. Se trata de una bella imagen de candelero de tamaño natural y de estilo sevillano que luce valioso traje de raso blanco bordado en hilos de oro, con precioso y enorme manto de terciopelo de seda verde. En palabras de don Domingo Cabrera, “fiel a la representación de nuestra Madre que está en el cielo, la Virgen de la Esperanza eleva su mirada a lo alto, como queriendo ocultar su tristeza (…) ella sólo ve la campana que le tañe y los ojos llorosos del enfermo, contemplándola desde un balcón, con alma enamorada…” El imaginero don Pedro Rodríguez. Perdomo, al describir la imagen mariana, nos decía que “con su exuberante belleza peninsular, derrama las que son primeras lágrimas dolorosas de nuestra Semana Santa”. La esperanza, virtud evocadora de confianza, plasmada por el escultor en el semblante de la Virgen, se mezcla con un dolor amargo y desesperado, simbolizado en las cejas angulares que atormentan su frente. En la postura de sus manos denota una gran ansiedad. La derecha con la palma hacia arriba, como sus ojos... Allá busca la intersección divina, pero el delicado pañuelo blanco le habla de la realidad de sus lágrimas que le caen como perlas sobre la tersa piel de su faz y le atraviesa el corazón como si de un puñal se tratara.

La procesión tuvo su primera salida en la noche del 27 de marzo de 1956. Dos días antes, el Domingo de Ramos, había tenido lugar la bendición de ambas efigies en aquel suntuoso templo dominico por don Félix Hernández Rodríguez, Arcipreste del Distrito y Párroco de El Salvador.

Al año siguiente, en 1957, se produjo un cambio de horario en la salida procesional. Comenzó a desfilar por la tarde, a las seis y media, en lugar de por la noche. El motivo fue por haber sido trasladada el Lunes Santo la del Señor del Perdón que tradicionalmente lo hacía en este día desde su fundación. Se demostraba así el buen criterio de los organizadores al ordenar las procesiones siguiendo la lógica disposición de pasos de acuerdo con los relatos bíblicos.

Remontándonos al pasado, se cuenta que un grupo de vecinos, respaldándose en el recién proclamado Franquismo, dio rienda suelta a sus ideas anticlericales. Iniciaron varios actos vandálicos y represalias contra los símbolos sagrados del Catolicismo. Así, arrastraron irreverentemente por las calles del Barrio de San Telmo al “Crucificado” que se hallaba en la capilla del Cementerio de la ciudad, hasta que varias personas (según la transmisión oral) lo encontraron y lo devolvieron a su sagrado recinto. Pasado el tiempo, uno de los que habían cometido el sacrilegio, arrepentido en el lecho de muerte, tuvo la idea de comprar la talla de la Virgen como acto de contrición a su pecado. Se cuenta que ese fue el origen del encargo y causa principal de la llegada la imagen a La Palma. Una vez en la Isla, estuvo guardada varios años en la casa de don Gabriel Duque, hijo de don Dionisio. Hasta allí se llevaba cada Lunes Santo el manto y los ropajes en un gran balayo para vestir la imagen. Aprovechando la oscuridad de esa misma noche, era transportada hasta la iglesia de Santo Domingo, donde se entronizaba en sus andas y allí esperaba el momento de su desfile procesional acompañando al “Señor de la Columna”.

Los gastos derivados de la celebración de estos cultos fueron sufragados en sus dos primeras ediciones por el propio señor Duque Fernández y por don Aurelio Feliciano Pérez. Más tarde corrió a cargo del Licenciado en Medicina, don Gabriel Duque Acosta.


Ambas esculturas se hallan custodiadas en el bellísimo templo de Santo Domingo de Guzmán donde también podemos admirar, como decía el profesor Trujillo, “el más bello, completo y barroco ejemplo” de los retablos de columnas salomónicas pareadas y dos cuerpos existentes en Canarias (obra de Juan Lorenzo, 1703-1705). También unas magníficas imágenes y otros altares, amén del denominado ejemplo más significativo de pintura flamenca del siglo XVI de toda Canarias: el cuadro de “la Santa Cena“ de Ambrosius Francken y otras de Pourbus “el Viejo” (pintor de la reina Margarita de Austria), como “S. Juan Bautista”, “La Genealogía de Jesús”, “Santos Dominicos”... Así mismo, se custodia en esta iglesia el exvoto pictórico más antiguo de España (1621), colgado en la capilla de la “Virgen del Rosario”. Es precisamente en la capilla de Santo Tomás, la colateral de la Epístola, donde se veneran las dos imágenes que desfilan el Martes Santo. Fue edificada en 1554 por el caballero flamenco Luis Van de Walle “el Viejo”. “Sus techumbres mudejáricas, decoradas con lacería y deslumbrante policromía” constituyen otro de los tesoros del templo. Así nos lo confirma el profesor Pérez Morera.


Las esculturas que nos ocupan salieron de los famosos talleres madrileños de Manuel Caderot, probablemente uno de los atelieres de imaginería religiosa más reconocidos del país a mediados del s. XX. Fueron decoradas por don Manuel Arriaga Beroa.




Gracias a la generosa iniciativa de don Dionisio Duque Fernández y a las peticiones públicas, fue posible su llegada a las costas palmeras. Un total de 20.097,70 pesetas fue el dinero recaudado para su compra. La factura del “Cristo” ascendió a 9.850 pesetas y el resto se invirtió para el manto de la “Virgen de la Esperanza”. La imagen mariana de vestir, costó 2.125 pesetas, importe que fue sufragado en su totalidad por la empresa local “Casa Duque Martínez”.

La “Cofradía del Santísimo Cristo Preso y Las Lágrimas de San Pedro” fue fundada el 22 de noviembre de 1992. Se trata de una Hermandad de Costaleros masculina de El Salvador y que se encarga de soportar el peso de los pasos procesionales, tanto de Semana Santa como los de Gloria, no sólo de su Parroquia Matriz sino de las iglesias de Santo Domingo y Calsinas, y las ermitas de San Telmo y San Sebastián. Inicialmente estaba compuesta por cuarenta y tres cofrades. En cuanto a sus hábitos e insignias distintivas, visten hábito de color rojo granate con cíngulo de soga de esparto y capuchón color beige con escudo en el centro bordado en oro, sobre fondo de terciopelo morado. Posiblemente sea la única Hermandad de toda España en ser, simultáneamente, coro de voces, banda de cornetas y tambores, cofrades y, por supuesto, cargadores.

Acompaña a la espectacular imagen de la “Virgen de la Esperanza” su cofradía homónima. En el año 2003 estrenó capirote blanco, en lugar de la toga o velo del mismo color de años anteriores. Es una hermandad penitencial femenina exclusivamente de Luz (portan faroles) y de vocación impúber, fundada el 14 de abril de 1992. Inicialmente estaba compuesta por dieciocho cofrades, aunque durante estos últimos años este número ha variado considerablemente. Visten hábito de color verde, cíngulo blanco, sandalias de cuero marrón y un rosario. Participan también en la “Magna Procesión del Santo Entierro” y en el “Vía Crucis” con el “Cristo de las Siete Palabras” ambas en el Viernes Santo. Entre sus fines principales se encuentra el fomentar el culto a la devoción a la Virgen. También difundir el espíritu cristiano, la práctica de la caridad con los demás y colaborar con la jerarquía eclesiástica y con asociaciones afines. Precede a la hermandad la bandera verde de la Cofradía en cuyo centro se halla el anagrama de la Virgen en dorado sobre óvalo blanco.



Cuando el Cristo llega cerca de la cárcel capitalina, se produce un momento de gran excitación. Recuerdo que un año se oyó cantar una saeta desde el interior de una celda, apreciándose tan sólo la silueta del preso que la interpretaba. Recuerdo cómo muchos lloraron. Era la loa de un preso triste a Otro.

Emotivo era también el momento en el que se cantaba una breve composición musical a las imágenes. Según don Fernando Leopold “pese a su modernidad, también este paso tuvo su motete debido a la inspiración del maestro don Felipe López”. Lamentablemente hoy no se interpreta. Ya va siendo hora de ir recuperando lo perdido.

Es muy largo el itinerario elegido para esta procesión nocturna. Recorre el casco antiguo y alto de la ciudad para luego bajar la estrecha y pronunciada escalinata de la “Cuesta Matías” (“Blas Simón”). Después del recorrido triunfal por la “Calle Real” (O’Daly”) hasta la “Placeta de Borrero”, regresa al mismo templo rodeando El Salvador y ascendiendo la “Cuesta de San Sebastián”.

Es digna de alabanza la labor de los cofrades y costaleros. Cómo miman, respetan, protegen, y a la vez, hacen un alarde de profesionalidad y fortaleza para que todas las imágenes retornen a sus templos sin incidencia alguna, y cómo éstas son balanceadas lenta y delicadamente de un lado a otro, como si caminaran... ¡qué sería de nuestra Semana Santa sin ellos! En estas callejuelas empinadas y adoquinadas se hace mucho más difícil la manipulación de carros. Además, nunca sería lo mismo. Afortunadamente aquí no se usan.

Mientras que la espléndida banda de cornetas y tambores “Gayfa” acompaña al “Divino Cautivo”- imagen que corresponde con el segundo misterio doloroso del Santo Rosario: “La Flagelación”-, la magnífica Banda de Música “San Miguel” lo hace tras la Virgen, interpretando las marchas tradicionales que corresponden al día de la semana en el que se está. Doña Águeda Perestelo nos informa de que, junto con el nutrido grupo de extraordinarias esculturas, sus tronos, sus cofradías, “no cabe duda de que son estas piezas musicales las que dotan a las suntuosas procesiones de la emotividad necesaria para crear un ambiente propicio a la representación de la Pasión” en los exteriores de los templos.


Así, por ejemplo, las marchas de ese día tienen nombres como “Santos Lugares” y “Mater Mea” compuestas por Ricardo Dorado, “Sueño Eterno” por J. Teixidor, “Amor Eterno” por Alejandro Henríquez, “La Esperanza” por Tomás Padrón, “A la memoria de Raimundo Rodríguez” por Martín Alonso, “Tan Linda” y “Sanguis” por J. Pérez Ballester, “Lola” por un autor desconocido, “Inquietud” de Felipe Gómez…

Música, arte, recogimiento, espirales de incienso, tañido solemne de campanas, reencuentros, tradición en estado puro... así es, en definitiva, nuestro “Martes Santo”.

 

BIBLIOGRAFÍA:


- Apurón. Revista de la Concejalía de Fiestas. Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, nº 2, Santa Cruz de La Palma, Abril-Mayo 2000.
- CABRERA BENÍTEZ, Domingo. «Noche de Esperanza». Programa Oficial de la Semana Santa 2001. Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, 2001.
- FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. «Notas históricas de la Semana Santa en Santa Cruz de La Palma». Diario de Avisos (29 de marzo de 1963).
- LEOPOLD PRATS, Fernando. «Semana Santa», Programa Oficial de la Semana Santa, 1998. Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, 1998.
- PERESTELO PAZ, Águeda. «La Banda de Música en la Semana Santa», Programa Oficial de la Semana Santa 2001. Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, 2001
- PÉREZ MORERA, Jesús. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad. CajaCanarias, Santa Cruz de Tenerife, 2000.
- RODRÍGUEZ PERDOMO, Pedro. «Una visión personal de la Semana Santa». Programa Oficial de la Semana Santa, 1998. Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, 1998
- TRUJILLO RODRÍGUEZ, Alfonso. El retablo barroco en Canarias, Santa Cruz de Tenerife, 1977.


 


 

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