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LOS «MASCARONES» DE SANTA CRUZ DE LA PALMA

José Guillermo Rodríguez Escudero



Si buscamos la palabra mascarón en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua encontraremos dos acepciones. Por un lado la define como “cara disforme o fantástica que se usa como adorno en ciertas obras de arquitectura” y por otro “figura colocada como adorno en lo alto del tajamar de los barcos”. Así es como el Pueblo de La Palma conoce desde tiempo inmemorial a los papahuevos (o papagüevos) o gigantes y cabezudos. Tal vez, para encontrar el origen de esta peculiar denominación, habrá que remontarse al glorioso pasado naval de Santa Cruz de La Palma, cuyo puerto se convirtió en el tercero en importancia del Imperio de Carlos V. Una tradición marinera que posiblemente dejó su huella en la original definición de nuestros festivos y populares muñecos. Recordemos que en el Museo Naval de la preciosa ciudad se encuentra uno de esos mascarones en forma de busto de mujer que dominaba la proa de uno de tantos navíos fabricados en nuestros astilleros.



En varias zonas de la Península, desde la época de Felipe II, dentro de los regocijos populares programados para celebrar las visitas del monarca solían representarse las danzas de gigantes. Un origen que parece remontarse a Italia, y luego importadas en nuestro país por Alfonso V el Magnánimo de Nápoles o Sicilia en el siglo XV, cuando estos territorios pertenecían a la Corona Aragonesa. Sin embargo, en España alcanzó su momento de mayor auge dentro de las solemnes procesiones del Corpus Christi. En ellas se trataba de materializar la idea de que todas las cosas - fuesen grandes o pequeñas- estaban sometidas al Creador. También se pensaba que tal vez fuese la representación de los demonios (al comienzo de la comitiva) huyendo ante la vista de Dios. Efectivamente, estos gigantones y mascarones, a mucha distancia y encabezando el fastuoso desfile religioso, se disponían junto a otros personajes popularmente conocidos como diabletes, tarasca o la bicha.

Otro rey, el ilustrado Carlos III, ordenó en 1780 que estas danzas fuesen terminantemente prohibidas en los actos sacramentales y en las procesiones religiosas. Sin embargo, en La Palma como en otros lugares, no se cumplió del todo esta regia prohibición, porque los gigantes y cabezudos continuaron bailando ante imágenes, etc. El pueblo, sabio, a pesar de que no podía disfrutar de estas queridas figuras en un acto tan esperado como la procesión sacramental, ideó otro acomodo para las mismas.

En Santa Cruz de La Palma, concretamente, durante las Fiestas Lustrales en honor a Nuestra Señora de Las Nieves, siguen incluyéndose nuestros mascarones dentro del extenso programa de actos, si bien nunca delante de la “Morenita”, sino anunciando su llegada, para alegría sobre todo de los más pequeños.

“Enredado baile de griterío infantil.
Bocas de largo y ancho acartonadas
de medio metro.
Lustrosos carudos danzan, vienen hacia
los chiquillos,
altísimos gigantes
hinchados cabezudos.
Enano raro, Bruja azota;
el Rey y la Reina de pañuelos retocados.
¡Cómo lucen sus brazos estos gigantes
para pasear en una tarde de sol!
¡Cómo lucen estos carudos a una multitud
de chiquillos con ojos infantiles!”

«Gigantes y Cabezudos», José Juan Pérez Morera. Achamán, 1980

El desaparecido investigador Fernández García se refería a la existencia de esta peculiar celebración en el Corpus y afirmaba que los gastos de los festejos corrían a cargo del Cabildo de la Isla y éste acordó la adquisición de unos gigantes. Nuevas referencias apuntan a que el diputado de las fiestas del Corpus en 1745, Nicolás Massieu Van Dalle, insistió en la importancia de la fabricación de nuevos gigantes ya que estos se hallaban muy deteriorados: “y que se hagan cabezas nuevas de papelón del mayor util que se pueda y sus vestidos de brocatel por ser cosa desente y no de mucho coste”.

Una de las primeras alusiones a los mascarones dentro de los festejos en honor a la Patrona palmera (ya desligados del Corpus) la encontramos en la Descripción de todo lo que pasó en la Bajada de Nieves en La Palma de 1815: “… el domingo 22 fue el concurso mucho mayor pues la gente de los campos inmediatos, a la noticia de que había gigantes, ocurrieron muchos…”. Se ejecutaba la danza por estas figuras grotescas para la diversión de, no sólo los más pequeños, sino en general, de todo el pueblo. Continúa diciendo: “… hizo seña el morro de venir ya el trono que siempre es uso traerlo dicho día; a este tiempo llegaron los gigantes al barranco y después de haber bailado allí fueron a encontrar el rancho.”

Actualmente, por regla general, en el comienzo de la Semana Grande de las fiestas, gigantes y cabezudos recorren varias calles del centro de la ciudad, aunque en algunas ocasiones también el desfile tiene lugar en la Semana Chica. Según se desprende de esta crónica de 1815, los mascarones eran bailados también en la Bajada del Trono o “Equipaje de la Virgen” al inicio de la Semana Chica: “llegó por fin el rancho de trono, andas, sagrario, barandas, perillas, gigantes, clarín, banderas, tambores, ramos, etc.” El anónimo cronista continúa narrando los festejos en honor a la Virgen: “… en la Casa de Salvador Corral había títeres y 4 figurones muy ridículos que eran la admiración de los magos…”. El profesor Pérez Morera en sus comentarios y notas sobre esta descripción, nos dice que “Figurón es un personaje extravagante o ridículo. Protagonista de la Comedia del Figurón. La comedia trata ante todo de divertir al auditorio, para ello se vale de situaciones equívocas, enredos ingeniosos y, a veces, de personajes ridículos o fatuos y suele satirizar las costumbres, las instituciones y la política.”

El alcalde constitucional y cronista Lorenzo Rodríguez recogía a principios de siglo: “por lo regular los 8 días antes de la bajada se destinaban a festejos públicos, como son: danzas, carro triunfal, pandorga, gigantes, etc., todo en medio de un concurso numerosísimo, puesto que concurre gente de todos los pueblos de la isla y aún de la provincia, sin que por nadie se haya cometido jamás ningún desmán, lo que prueba la cordura de este vecindario”.

“… Hoy, después de
dos gloriosas semanas de antesala,
plenas de júbilo y alegría,
donde tú, bella Isla de La Palma,
has sabido poner
la nota señorial de tu empaque,
derrochando alegría y belleza sin par
a través de esas dos semanas:
la popularísima Semana Chica, que,
con sus verbenas
y gigantes y cabezudos
se inicia al bajada del trono,
a la que sigue
la artística y clásica Semana Grande…”

A Ntra. Sra. de Las Nieves, en sus Fiestas Lustrales,
María de los Dolores Cabrera, La Laguna, 13 de julio de 1975.

El actual cronista de la ciudad, Jaime Pérez García, recoge en su obra sobre palmeros ilustres, cómo el sacerdote liberal Manuel Díaz (1774-1863) impulsó la danza de mascarones en los festejos programados en Santa Cruz de La Palma por la proclamación de Isabel II como Reina de España. De esa manera, el 28 de diciembre de 1833, salieron desde el domicilio del polifacético beneficiado de El Salvador dos gigantes vestidos de turcos y otros dos desde la casa de José García Pérez. Según las crónicas locales, este vecino había costeado sus vestidos confeccionados a la última moda. Se bailaron por calles y plazas con gran concurrencia de público, sobre todo de jóvenes. Ha llegado hasta nosotros la noticia de que el Cura Díaz había hecho “cuatro gigantes y un cabezudo que realizó ex profeso para las fiestas de la Bajada de la Virgen”.



Para la Bajada de 1860 se estrenaron cuatro gigantes, dos parejas. Habían sido adquiridos en Tetuán y aderezados por el polifacético artista palmero Aurelio Carmona (1826-1901) quien los adornó y vistió con gran lujo antes de que se lanzaran a bailar por las empedradas calles de la ciudad. Pérez García nos relata cómo se habían encontrado en un almacén de aquella ciudad bastante deteriorados. Así mismo, en manuscrito inédito, Fernández Díaz dice textualmente: “Seguidamente salieron los gigantes (célebres porque viajaron). Estos son cuatro, dos de cada sexo. Estaban bellamente restaurados, pues según oímos, los sacaron de un almacén de Tetuán algo desfigurados por abandono. Aquella restauración se debió al hábil y complaciente Aurelio Carmona, que estuvo lidiando con ellos muchos días. Estaban igualmente lujosamente vestidos, en especial las hembras”.

Hemos visto cómo, de forma insistente, se ha transmitido oralmente que estos “gigantes” habían sido obra del sacerdote Manuel Díaz y que se habrían perdido en el incendio del Casino (en la calle Alvarez de Abreu de la capital palmera). El cronista Pérez García, añade sobre este asunto que: “el dato aportado viene a corregir tal noticia puesto que si estas figuras se estrenaron en 1860 y el Sr. Díaz falleció en 1863, difícilmente pudo ser el artífice de otros nuevos hechos con posterioridad cuando aquellos “gigantes” databan sólo de tres años antes”. Finaliza su comentario diciendo que es probable que aquellos mascarones quemados en el emblemático edificio fuesen los que restauró Aurelio Carmona López. Quedan aquí expuestas ambas teorías.

“Día 19: a la hora de las 4 de la tarde saldrán de la plaza de la Constitución los Gigantes, con acompañamiento de música, que recorrerán la calle de Santiago hasta la Alameda; al llegar a la parte norte de ésta hará el Castillo una salva…”

Programa de la Bajada de la Virgen, 1860.

 

En la obra de Hernández Pérez sobre las fiestas palmeras se extrae un párrafo del programa de la Bajada de 1890 que reza: “domingo 13 de abril. A las cuatro de la tarde se ejecutará una danza de cuatro gigantes y un monstruoso enano, que comenzará en la plaza de la Constitución y recorrerá las calles de O’Daly, Trasera, Santiago hasta la Alameda, de donde regresará dicha Comparsa al punto de partida”.


Tal y como queda reflejado en antiguas fotografías, es de suponer que el “monstruoso enano” se corresponde con el entrañable mascarón “Biscuit”. Todo un elegante caballero cabezón con enorme gorro negro napoleónico, de porte majestuoso y con un bastón. “Biscuit” fue uno de los figurones que sucumbieron en el pavoroso incendio del Casino de 1931 que ya mencioné.
Cuatro años más tarde, para los fastos y celebraciones en honor de la Señora de La Palma, ya se había confeccionado uno nuevo y en 1935, éste orgulloso, presidió la comitiva de mascarones. Su estreno no pudo ser más celebrado. La banda de música fue a buscarlo al taller de Félix Martín Pérez, conocido por los vecinos como Félix “Castilla” (1908-1989). Un instante cargado de emoción fue cuando, bajo los sones musicales y la algarabía de los chavales que lo aguardaban expectantes, salió el altivo cabezudo del local de la calle Jorós, entre grandes aplausos y griterío de la multitud.

El alcalde Gabriel Duque recuperó en 1970 varios mascarones de casas particulares y de lonjas de la iglesia de Santo Domingo. Acabaron así varios años de desidia y olvido del emblemático número festivo. En palabras del periodista e investigador palmero Ortega Abraham: “por su iniciativa se rescataron las cabezas de algunos de estos pregoneros y comparsas de las fiestas”.


Precisamente otras fiestas capitalinas importantes donde hacían acto de presencia nuestros mascarones eran las de la Naval, en honor a la Virgen del Rosario, en el mes de octubre. Fernández García nos contaba en la prensa local: “la fiesta se efectuó con toda brillantez hasta nuestros días (…) la representación de la loa en un elegante templete, los animados paseos, desfiles de carrozas, comparsas de gigantes, etc.” Otra de las fiestas otoñales en las que hacían presencia nuestros muñecos era la de San Francisco de Asís. Éstas pujaban por ser más espectaculares en su programa que las de la Naval. Un “pique” de fiestas anuales en octubre que mantenían ocupados a buena parte de los vecinos de la población.

Una figura clave para su recuperación total fue el mencionado Félix “Castilla” e hijos. Llegó a confeccionar unos treinta nuevos de acuerdo con las fotografías antiguas llegadas hasta nosotros. Ya en 1980 se encarga del taller Fernando Leopold. Debido al inexorable paso del tiempo y de cómo éste va deteriorando los materiales, se hace preciso que cada lustro se confeccionen nuevos vestidos y se restauren nuevos armazones de madera y cuerpos en general.

 

En nuestros días, los mascarones son parte especial e importante de nuestras fiestas. Entre los gigantes han danzado por nuestras calles y plazas varias parejas: de Reyes, de Moros, de Chinos, de Magos con traje de faena, otra de Magos con manto y saya; en cuanto a los cabezudos: sobresale Biscuit , también figuras como el Asmático, el Gordo y el Flaco, los Ancianos, el Verrugón, las Damas Bobas, el Príncipe y Blancanieves y los 7 Enanitos, el Elefante, el Pato Donald, Sancho Panza, la Luna de Valencia y Enano con sombrero de copa (donados por Andrés Pérez Castro a la Hermandad del Rosario), la Bruja, Pinocho, Tin Tin, Mickey, el Mono, el Guardia, el Payaso, Pitufina…



Sobre estos personajes, la investigadora palmera María Victoria nos decía en uno de sus artículos: “Los gigantes bailaron con su clásico revoloteo circular; el entrañable y viejo Biscuit con su gran sonrisa, ojos saltarines de color azul, bicornio napoleónico y diente de oro, y la bruja corriendo y dando golpes a los niños con su escoba mágica. Por unas horas, todos volvimos a ser niños”.

 

BIBLIOGRAFÍA:

- FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. Danza de Enanos, Santa Cruz de La Palma, 1980
- Idem. “La Esclavitud y Hermandad del Santísimo Rosario. Fiesta de Naval”, Diario de Avisos, (22 de octubre de 1963)
- FERNÁNDEZ DÍAZ, José María. Las fiestas por la bajada de Nuestra Señora de Las Nieves, en el año 1860; manuscrito inédito. Archivo Lorenzo Mendoza, Santa Cruz de La Palma
- HERNÁNDEZ PÉREZ, María Victoria. La Isla de La Palma. Las Fiestas y Tradiciones, C.C.P.C., 2001
- Idem. “Los Mascarones”, Diario de Avisos, (15 de agosto de 2005)
- PÉREZ GARCÍA, Jaime. Descripción de todo lo que pasó en la Bajada de Nieves en La Palma de 1815, Escuela Municipal de Teatro de Sta. Cruz de La Palma, CajaCanarias, 1997
- Idem. Fastos biográficos de La Palma, t. I, II y III, La Laguna – Santa Cruz de La Palma, 1985,1990, 1998.
- Idem. Los Carmona de La Palma, artistas y artesanos, Excmo Cabildo Insular de La Palma, CajaCanarias, 2001

 

 

 


        
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