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La imagen de la Virgen de Montserrat en la Villa de San Andrés y Sauces

José Guillermo Rodríguez Escudero


La proyección atlántica de la región de Andalucía propició la presencia en el Archipiélago canario de un extenso catálogo de imaginería procedente de – sobre todo – Sevilla. Como importante cabeza del comercio indiano, la ciudad hispalense se había erigido en el segundo puerto más influyente del Imperio de Carlos V. Curiosamente fue tercero el de la ciudad de Santa Cruz de La Palma. Además, Sevilla se había configurado desde mediados del Quinientos como un activo foco artístico en el que confluyeron enseñanzas flamencas e italianas.

Aún en Canarias se conservan – afortunadamente - numerosas y valiosas muestras de cada uno de los momentos por los que pasó la escuela hispalense de imaginería, incluso de aquellas etapas en las que aún aquélla no estaba del todo definida.

Excepcional ejemplo lo encontramos en la pequeña imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, Patrona de La Palma. La imagen mariana más antiguas de las que se veneran en Canarias está trabajada en barro cocido policromado y su estilo coincide con el de los escultores flamencos o franceses que laboraban en Sevilla, datándose con anterioridad a la conquista de la Isla, en 1493. Como algunos investigadores suponen – entre ellos el profesor Hernández Perera - habría salido de obradores sevillanos del siglo XV junto con la antigua efigie de la Virgen de Candelaria, Patrona de Tenerife, desaparecida en el aluvión que destruyó el convento dominico en 1826. Más clara parece la filiación de la Virgen del Pino, Patrona de Gran Canaria, atribuida a Jorge Fernández, como escribiera Hernández Díaz.

Otro ejemplo digno de mencionar es la bellísima talla de Santa Águeda, olvidada Patrona de Santa Cruz de La Palma, llegada de Sevilla en 1574 y atribuida a un discípulo de Vázquez el Viejo, Jerónimo Hernández. Precisamente al círculo de aquel maestro, Vázquez, se ha adscrito la imagen de Nuestra Señora de Montserrat del término municipal de la Villa de San Andrés y Sauces.

Uno de los conquistadores de La Palma y de los primeros regidores que formaron el primer cabildo de la isla en 1495 fue Marcos Roberto de Montserrat. Era cuñado de Pedro Benavent, un rico mercader catalán que había recibido del Adelantado Alonso Fernández de Lugo, en premio a los servicios prestados durante la conquista, la mitad de tierras y aguas del río de Los Sauces para construir un ingenio. Era el miembro más famoso de la estirpe de los Benavent, de la baja nobleza de Barcelona, que operaban en el delta del Guadalquivir desde finales del siglo XV. Marcos Roberto y Gabriel de Socarrás fueron los apoderados de Pedro Benavent y eran quienes administraban todas sus propiedades en La Palma. El rico tarraconense fundó en 1513 la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat en Los Sauces, a fin de atender las necesidades espirituales de los dueños y operarios del ingenio de azúcar. Marcos fue el encargado de seguir las obras de subida de agua, para lo cual trajo como director a un tal Cordero. De ambos personajes toman el nombre los famosos manantiales conocidos popularmente como “Marcos y Cordero”.

Pérez Morera nos informa de que “como símbolo emblemático de Cataluña, el culto a la Virgen de Montserrat se halla vinculado a la expansión comercial y cultural de los catalanes, como iconográficamente expresivo de su identidad cultural”. Así, capillas, oratorios e iglesias fueron fundados en todos aquellos lugares donde la influencia catalana fue manifiesta. Ejemplo de ello lo dio Gabriel de Socarrás, quien fundó la magnífica capilla de la Virgen de Montserrat en la iglesia de San Francisco de Asís de la capital palmera, una de las primeras obras renacentistas levantadas en Canarias y cuya techumbre cupuliforme constituye un ejemplo único. Digno de destacar es su arco labrado con bello grutesco a lo romano, como ningún otro en el Archipiélago. La imagen – de principios del XVI - se halla actualmente entronizada en el espléndido retablo de San Nicolás de Bari.

Hasta finales del siglo XVII, la iglesia de Los Sauces había estado presidida por el gran cuadro flamenco de la Virgen de Montserrat, o de La Montaña, colgado actualmente en el baptisterio. Fue encargado a Flandes por los dueños del heredamiento de los catalanes. La pintura está atribuida a Pierre Pourbus el Viejo y llegó a La Palma por la mediación de Tomás Van de Walle de Cervellón, mayordomo del templo desde 1590. Este caballero adquirió el heredamiento en 1588 – cuyo ingenio producía azúcar con destino a los Países Bajos – con el patronazgo del templo de Montserrat.

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Delante del enorme cuadro de altar – uno de los legados flamencos más importantes que aún se conservan en Canarias – y sobre el sagrario, recibía la veneración del pueblo la escultura de la Virgen de Montserrat, una bella efigie en madera policromada del siglo XVI. En la actual fábrica parroquial – inaugurada en su conjunto el 27 de abril de 1968, onomástica de la Virgen – la talla mariana se hallaba en el testero de la capilla mayor sobre una gran ménsula triangular y, más tarde, en la hornacina central del nuevo retablo. Los dos angelitos que aserraban una montaña bajo sus pies (símbolo iconográfico de la Patrona de Cataluña) lamentablemente no se conservan ya.

Sin entrar a valorar en lo que parecen escasos valores artísticos y arquitectónicos de la nueva construcción, esta edificación supuso la culminación del sueño que el grupo dominante del municipio transmitió a los ciudadanos. Además de llevar aparejada la desaparición de la antigua fábrica del siglo XVI también se tradujo – como recogen en su obra Batista Medina y Hernández López en su trabajo sobre la Villa – “en la destrucción y práctica desaparición de sus altares, retablos, cantería e incluso de parte de su imaginería, algunas de cuyas piezas pudieron ser recuperadas en los años setenta”. Un lamentable error.

Al igual que esta imagen de la Virgen, como vimos, las estrechas relaciones comerciales que el heredamiento de los catalanes mantuvo con el delta del Guadalquivir, justifican la llegada de otras piezas obradas en los talleres hispalenses del siglo XVI. El profesor Pérez Morera nos informa de que “este origen podemos asignar a la Virgen con el niño existente en la iglesia de Los Sauces, que abandona el hierático patrón medieval de la imagen anterior – refiriéndose a la venerada en San Francisco – para presentarnos una escena plena de ternura y poesía”. El propio investigador continúa su estudio catalogándola prudentemente como una escultura del círculo de Juan Bautista Vázquez El Viejo, avecindado en Sevilla desde 1557 hasta su muerte en 1589. Se le ha considerado como el iniciador de la escuela de imaginería sevillana. El estudioso palmero continúa su trabajo afirmando que dicha talla viene a ser una versión del modelo mariano impuesto por el escultor abulense, “caracterizado por el candor virginal y el íntimo coloquio que mantiene la Madre con su Hijo”. Ciertamente, sus analogías con figuras del maestro se pueden comprobar con la Virgen de las Fiebres del templo parroquial de La Magdalena de Sevilla (1560-1570). Pérez Morera asegura que una copia exacta de nuestra imagen se encuentra en Puerto Rico, concretamente en el Seminario de San Juan, su capital. Una obra del círculo o taller de Vázquez El Viejo – según Hernández Díaz- sugestionada por los temas del gran maestro, “su reposo apacible, el misticismo lírico de la expresión, el modelado suave, los ropajes de aires clasicistas, envolviendo la figura con gracia y belleza y, en fin, el idealismo de las formas apuntan, sin duda, a la estatuaria sevillana bajorrenacentista del último tercio del siglo XVI”.

La preciosa talla de Nuestra Señora de Montserrat – cuya onomástica se celebra con gran fervor cada 27 de abril y cuyas fiestas de septiembre convocan a sauceros de dentro y fuera de la isla – se entroniza en unas magníficas andas de baldaquino de columnas salomónicas doradas y rojas y con bella decoración pictórica en su techo. Se le coloca una gran mandorla o sol que la nimba por completo y es transportada majestuosa y delicadamente a hombros por las calles de la Villa. Se la arropa con uno de los mantos de las grandes festividades (tiene varios de diversos colores: blanco, verde…) en el que se le cuelgan las numerosas joyas que un orgulloso pueblo devoto le ha regalado como ofrendas por los favores recibidos a través de los tiempos.

 

BIBLIOGRAFÍA:

- BATISTA MEDINA, José Antonio; HERNÁNDEZ LÓPEZ, Néstor. San Andrés y Sauces. Una mirada a su pasado, Ayuntamiento de la Villa y Ciudad de San Andrés y Sauces, CajaCanarias, 2001

- HERNÁNDEZ PERERA, Jesús. «Arte», en Canarias, Madrid, 1984

-HERNÁNDEZ DÍAZ, J. «Estudio iconográfico-artístico de la Virgen del Pino, patrona de Gran Canaria», en Anuario de Estudios Atlánticos, nº 173 (1973) Madrid-Las Palmas, 1974.

- Idem. Imaginería hispalense del Bajo Renacimiento, Sevilla, 1951.

- HERRERA GARCÍA, Francisco J. «Una escultura sevillana del último cuarto del siglo XVI en Santa Cruz de La Palma (Canarias)», en Atrio, nº 2, Sevilla, 1990

- LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, tomo I, La Laguna, 1975

- PÉREZ GARCÍA, Jaime. Fastos Biográficos de La Palma, tomo I, La Laguna, 1986

- PÉREZ MORERA, Jesús. «El heredamiento de los catalanes», en La Cultura del Azúcar, La Palma, 1994

- RODRÍGUEZ MORALES, Carlos. «Escultura en Canarias del Gótico a la Ilustración», en Arte en Canarias [Siglos XV-XIX] Una Mirada Retrospectiva, Gobierno de Canarias, 2001




 

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