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LOS PRODIGIOS DE NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVAS

José Guillermo Rodríguez Escudero

Invocada orgullosamente como Patrona de la Isla, el culto a la venerada y amada “Virgen Negra de La Palma”, “tierna y enigmática escultura”, es el denominador común que aúna a todos los estratos sociales y su Real Santuario, a través de los tiempos, se ha erigido como el principal centro devocional palmero. El Licenciado Pinto de Guisla así lo mencionaba en 1681: “su ermita era el primero y principal santuario de esta ysla, que la tiene por patrona y en las necesidades más urgentes, así publicas como particulares, se recurre a él por el remedio y quando instan las públicas se llevan a la santa ymagen a la ciudad, donde se le da muy decente culto, resibiéndola con la mayor autoridad y deboción que se puede…”. También el alcalde Lorenzo Rodríguez deja constancia el 7 de mayo de 1653 de cómo las casas que están destinadas al alojamiento de los romeros en los aledaños de la ermita de la Virgen de Las Nieves quedaron pequeñas para albergar al gran concurso de gentes de toda la Isla, “por ser esta Santa Imagen el amparo de toda esta isla y de sus moradores y las continuas obras milagrosas que hace Dios Nuestro Señor por su intercesión”.

En 1680 la beata María de San José Noguera tuvo la revelación de que la escultura de la Virgen de Las Nieves había sido formada por los ángeles del cielo de “la columna en que fue azotado el Señor”.
Esta universal devoción del pueblo palmero ha sido invocada desde tiempo inmemorial en toda clase de conflictos, motivados tanto por erupciones de volcanes, falta de lluvias, inundaciones, plagas de langosta, epidemias, guerras y correrías. La imagen morena ha sido llevada solemnemente en rogativas a todos los municipios recorriendo toda la Isla. El pueblo memorión no olvida aquellos milagros que, desde su niñez, le contaron. Nos lo relata Viera y Clavijo en 1776: “de la cueva en que se recogió toda una procesión de trescientas personas, no siendo capaz de contener cincuenta; la lámpara que, en una penuria de aceite, ardió incesantemente y aún rebosó; la nieve que cubrió el volcán de Tigalate en 1646; el otro volcán de 1711 que, a vista de la imagen, se extinguió; y, finalmente, el incendio de la ciudad, el 25 de abril de 1770, que habiendo empezado al tiempo que se retiraba la procesión a su santuario y llevando catorce casas consumidas, se fue apagando desde que retrocedió con la imagen el devoto pueblo”.

Esos mismos prodigios fueron relatados por Verneau tras su estancia en La Palma. Informaba también de que “a una corta distancia se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Las Nieves. Se dice que ya existía en este lugar una pequeña iglesia antes de que la conquista de la isla fuese terminada. Hoy, gracias a la generosidad de los fieles, la estatua tiene un templo más decente y está cubierta de joyas de un valor aproximado a 10.000 francos. De esta manera, ella no se ha mostrado ingrata y ha pagado con milagros las privaciones que se han impuesto sus adoradores…”

El franciscano Fray Diego Henríquez, en 1714, después de relatar algunos prodigios de “la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, de quien la Palma se halla favorecida y patrocinada aquella isla”, recuerda cómo “las otras maravillas y beneficio desta prodigiosa imagen, los tullidos, baldados y las otras enfermedades que ha sanado; los despeñados y naufragios de que ha librado; los conflictos y necesidades que ha remediado a los que han implorado su favor y auxilio, las dicen más bien las muletas, pedaços de maromas, cuerdas, pinturas y demas instrumentos que en su iglesia se miran para eterna memoria colocados en las paredes, sin los muchos que se quedan en el olvido sepultados”.

En la Pandecta del Obispo Fray Joaquín de Herrera en 1782 se determinaba que si “aconteciere que la vajada de esta milagrosa Ymagen fuere en rogativa, se hará la señal como tal, sin repiques y viniendo procecionalmente, con la letanía de los santos, llegando al Puente inmediato a la Parroquia, sesarán las rogativas (y) se entonará el Te Deum, entrando en la Iglesia con repique y colocada en su trono la Señora, se hará la rogación”.

Los milagros recogidos por Fray Diego Henríquez son dieciséis narraciones cortas que describen – en palabras del profesor palmero Pérez Morera- “de modo cándido y tierno, prodigios sobrenaturales (la lámpara que ardía incesantemente; los cascotes de artillería que no dañaron a nadie en el recibimiento de su segunda bajada; el gesto mudado de la imagen al ser desvestida en presencia de hombres); accidentes (la niña despeñada por un barranco), curaciones de desahuciados; mudos que recuperan el habla (Gaspar el esclavo) y ciegos que recuperan la vista (el mendigo Román); ataques piráticos (amenaza de invasión argelina; batalla naval entre turcos y cristianos; cautiverio en Argel) y catástrofes naturales (volcanes de 1646 y 1712; sequía de 1703), etc.”

“Santa Cruz de La Palma ha sentido en sus nobles piedras el aire decantador de los tiempos. Sabe de ataques piratas, de lances de capa y espada, de aventuras gentiles que estrellaron los susurros en las cerradas celosías. Sabe de una Religión que aquí sentó sus raíces y floreció en la América, luminosa y legendaria. Sabe de aventureros y de santos, de poetas y marinos. Allá arriba en el Monte al que da nevado nombre una Señora descansan los sueños consumados, anhelos florecidos, canciones plenas y oraciones que han encontrado puerto y destino en el regazo de la Virgen. A Ella se han dirigido por los siglos y los siglos los que sufrían en el dolor de las horas vacías; a Ella han invocado el náufrago de Campeche y el miliciano aguerrido; nuestras madres y las madres de nuestras madres. Siempre fueron escuchados. Su llamada halló respuesta en el milagro o en el consuelo; en la alegría o en la resignación que es el más humano y dignificante PRODIGIO…”

«Pregón, 1970…». Gabriel Duque Acosta

- LA VIRGEN Y LOS BENAHOARITAS

La pequeña imagen de la Virgen es consustancial con la vida del palmero. Más de cuarenta generaciones la sostienen en su trono. En torno a él gira todo el proceso de la Isla poblada por benahoaritas, llegados de la Mauritania; conocida desde la antigüedad por los navegantes fenicios; explorada por los mensajeros del Rey Juba II; bautizada por los mallorquines; invadida por los normandos; atraída a la fe por las Misiones Católicas… Muchas leyendas e historias se han tejido en torno a esta pequeña terracota medieval del siglo XIV (otros investigadores dicen que es del XIII). En palabras del profesor Pérez Morera: “La majestad icónica y la concentración espiritual que emana de su rostro, esquemáticamente idealizado, refleja lo eterno y sobrenatural. Tal vez a ello se debe la poderosa atracción que ejerce sobre quien lo contempla y la devoción despertada a través de los siglos. Ante sus ojos, ‘rasgados y abiertos que parecen mirar a todas partes’, como señala Fray Diego Henríquez, quedaba el pueblo hipnotizado”.

Se cuenta que Bentacayse, hermano de los príncipes Tinisuaga y Agacencie del cantón de Tedote, se salvó milagrosamente de un terrible temporal. No así sus hermanos. La noticia de la tragedia se extendió por toda Benahoare (nombre aborigen de La Palma) y todos los príncipes mostraron su luto. A partir de esos tristes momentos, el barranco donde sucedió la desgracia se llamó como el hermano pequeño, Agagencio, distinguido entre los pobladores por su trato sencillo y cordial. Al enterarse de lo sucedido, las Misiones Cristianas, que se hallaban en la isla haciendo propaganda apostólica, visitan al príncipe ileso y lo invitan a ir a donde sus antepasados habían depositado la imagen de la Virgen por la que él sentía íntima devoción. Félix Duarte en su obra Leyendas Canarias nos narra: “la alegría resplandece en su rostro y, en vez de sentirse extenuados por las fatigas del trayecto, al llegar a las faldas del monte, se arrodilla ante la preciosa Efigie, en acción de gracias por la salvación del mencey, quien, observando los altos riscos, más blancos que el azahar, prorrumpe: ‘Tener Ife’ (que en su lenguaje significa monte blanco), y desde entonces, Santa María de La Palma es llamada Virgen de Las Nieves”.

- LA VIRGEN Y LOS CONFLICTOS POLÍTICOS

Las guerras, cuyos desastrosos y criminales resultados estremecen todos los confines de Europa, repercuten terriblemente en España, poseedora del Imperio que jamás el hombre había soñado tener. En la coalición europea contra la Revolución Francesa, el pueblo español se ve obligado a intervenir, “por el suplicio de Luis XVI, la opinión favorable del Gobierno y la contestación dada por los convencionalistas a las protestas del monarca Carlos IV. Ofendido éste por la actitud de Inglaterra, firma con los franceses la Paz de Basilea. Estos reclaman, entre otros territorios, la Isla de La Palma. Sus habitantes prorrumpen por doquier: «¡¡¡Virgen de Las Nieves!!! ¡queremos ser españoles!». Félix Duarte concluye su artículo sobre el particular, refiriéndose al momento en que en La Palma se conoce el acuerdo por el que se concede la parte oriental de la Isla de Santo Domingo (hoy República Dominicana), en lugar de nuestra Isla, “el jubilo insular es unánime”. Asistimos aquí a otro de los hechos históricos cuyo óptimo desenlace se asocia a otro de los prodigios de la Virgen de Las Nieves, y así ha sido contado de padres a hijos.

En la programación de la Bajada de 1915 se tiene en cuenta la guerra mundial:
“Llegaron esos días, en el año de gracia, en ocasión bien triste para todos, cuando una guerra fratricida y brutal enciende odios y rencores entre los hombres, y roba los medios materiales de subsistencia más legítimos, pero ello no es contradicción a los festejos, que ahincados en la fe y en el buen deseo de que sean lugar para elevar nuestras súplicas a la Reina de los Cielos, tendrán a más del carácter tradicional, religioso y popular de siempre, el especial que este año calamitoso le impone de ser una rogativa más porque reine la paz entre hermanos que, en un momento de locura, olvidaron serlo”. Bermúdez en su obra sobre las fiestas canarias, también nos recuerda que en ese año de 1915 “se constatan las consecuencias económicas que tiene el conflicto mundial para las islas. Se les da a las fiestas un sentido de ‘rogativa por la paz’”.

- LA VIRGEN Y LA MAR

“Señores, recemos y digamos que buen viaje hagamos; una salve a la Virgen de Las Nieves, abogación de esta embarcación: el Señor nos de buen viaje y buen tiempo y nos lleve a puerto de salvamento”
En las paredes de la suntuosa ermita de Nuestra Señora de Las Nieves, “Santuario tan antiguo que no se le conoce ni sabe en esta isla origen y que se han obrado muchos milagros valiéndose de esta Imagen”, cuelgan unos magníficos exvotos marineros en agradecimiento a la Patrona por los beneficios recibidos. A través de las centurias, la Palma ha tenido una dilatada historia marinera. Los hombres de la mar tuvieron por especial protectora a “la Morenita”, a la que imploraron en sus vicisitudes, recordaron en sus peligros y cuya protección buscaron en los naufragios.

Yanes Carrillo nos recuerda en su obra de 1953, Cosas viejas de la mar, cómo en las noches de tormenta y dura tempestad, los marineros repetían aquella invocación, antes de subir a lo más alto de la jarcia, y esto, decían, “les daba ánimos y alientos para luchar allá arriba”.

Era costumbre que en los veleros llevaran en su cámara una imagen de la Virgen de Las Nieves y así le suplicaban: “Madre mía de las Nieves, manda un relámpago para ver donde me agarro”. A la venerada efigie se le imploraba y se encomendaban con fervorosa oración en momentos de peligro, diciendo “Madre mía de Las Nieves, ayúdanos”. Algunas naves veleras que cruzan el Atlántico son bautizadas con el nombre de la Virgen milagrosa. Por eso se dice que es una Virgen marinera. Los capitanes de barcos atacados por los filibusteros, que se creen invencibles sobre el mar, imploran su protección. Cumpliendo promesas ofrecidas cuando el peligro les amenazaba, muchos de ellos, como recuerda Félix Duarte, llegan a “postrarse a sus pies, viendo en sus ojos divinos una escala de ternura y de amor, por la cual los espíritus cristianos, en sus horas de júbilo, vislumbran una anticipación de los éxtasis que disfrutan los bienaventurados en el reino de la gloria…”

El profesor Jesús Pérez Morera también rememora cómo una vez llegaban a tierra, rápidamente iban al Santuario a postrarse a los pies de “Asieta” (entre otras interpretaciones: “Alma Santa Inmaculada En Tedote Aparecida”), “a darle gracias por haber podido pisar nuevamente su tierra y si el viaje había sido malo y les había azotado alguna dura tempestad, al regreso le llevaban botijas de aceite para la lámpara y hacían promesas, yendo unos desde el muelle, desnudos, de la cintura para arriba; y otros mudos, sin hablar, hasta llegar al santuario, y otros descalzos, en cumplimiento de lo que habían prometido”.

El santuario posee la colección de exvotos marineros pictóricos más completa del Archipiélago. El más antiguo lleva la fecha de 6 de mayo de 1639 (segundo más antiguo de España. El primero, fechado en 1621, se halla expuesto en la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo de la capital palmera), y los demás de 1704, 1722, 1723, 1757 y 1768. En palabras del artista e investigador palmero Fernández García: “todos se refieren a hechos similares y son un vivo exponente de la fe y agradecimiento de aquellos hombres por el favor recibido”. Éste de 1639 narra cómo a las once y media de la noche del 12 de mayo de ese año, la fragata capitaneada por don Luis de Miranda salió del puerto de Campeche rumbo a La Palma y quedó varada hasta el día 16: “trabajando noche Y dia para salvar las vidas y al cabo de este tiempo fue el Señor servido Y la Virgen de Las Nieves que nadara dicha fragata y fuera navegando hasta Canpeche sin peligro ninguno (…) un devoto de aquella Santa Virgen prometio colocar el portento en su milagrosa Casa”.

Los exvotos pictóricos tratan de describir, sin mayores pretensiones, y lo más claramente posible, la enfermedad o el accidente, en este caso la tempestad o el naufragio, de cuyas fatales consecuencias se han salvado milagrosamente. Unos tipos de pinturas votivas que fueron muy populares en América, encontrándose en casi todos los más importantes santuarios.

La serie de exvotos del Santuario de Las Nieves llamó la atención de Charles Edwardes, que visitó La Palma en 1887. Su contemplación suscitó en el ilustre viajero británico el siguiente comentario: “Es también en esta famosa capilla donde los hombres de la mar hacen sus promesas antes de embarcarse para La Habana. De sus paredes cuelgan viejas pinturas grotescas que representan milagros obrados en la mar por la Virgen misericordiosa. En 1704, por ejemplo, el capitán de una bricharca canaria, enfrentada a un barco pirata turco, invocó a la Virgen de Las Nieves con tal éxito que durante tres horas que duró la lucha no cayó un solo español, aunque sí numerosos turcos”. El maestre de campo don Gaspar Mateo de Acosta envió desde La Habana, el 18 de noviembre de 1704, como agradecimiento a la Virgen de La Palma por su milagrosa intersección ante el ataque argelino, la maravillosa cruz parroquial de plata, de estilo barroco.

Una armada de “turcos africanos” había saqueado Lanzarote en 1618 y mostraba su intención de invadir La Palma. Unos bárbaros cuyas “nieblas de infidelidad no vieron el poder inexpugnable de la reyna que la favorece”. Cuando se encontraban los navíos en la bahía capitalina, llevaron a la Virgen al monte que está frente del santuario y desde donde se divisaba la armada “a cuya presencia no pudieron los bárbaros sufrir lo ayrado de los divinos ojos; y no pudo ser sino llenos de temor la diligencia, con que, dexando aquella isla en su quietud y paz, fueron la buelta del mar a la de La Gomera”. Allí, los temidos piratas argelinos Tabac Arráez y Solimán sí lograron invadir San Sebastián.

Otra sencilla historia de 1702 nos relata cómo la nave de Nicolás Marques, habiendo partido “de este puerto rumbo a la isla de San Miguel, al llegar la noche del vigésimo sexto día de viaje, se vio envuelta en una feroz tormenta, y al divisar una estrella durante la confusión, los tripulantes invocaron a Nuestra Señora de Las Nieves y en unos instantes volvió la calma”.

De este terrible episodio naval también se ocupó fray Diego Henríquez, quien, “al historiar los milagros de Nuestra Señora de Las Nieves en 1714, describe, en el número 14, la benéfica intervención de la Virgen en aquel conflicto”. En un manuscrito que se conserva en el British Museum de Londres y que fue publicado en la obra El Arte en Canarias [Siglos XV-XIX] Una mirada retrospectiva, gracias a que el canónigo don Santiago Cazorla León facilitó una copia del manuscrito del mencionado franciscano, se conoce cómo fue el ataque y su resolución: “… presentaron la batalla, midieron fuerzas y temiendo el christiano en lo menos robusto de las suyas lo avía de rendir el turco, acogiose al favor de Nuestra Señora de Las Nieves de su isla, imploró su auxilio, y saliendo valeroso de la riña, se entró en el puerto; Y para memoria deste beneficio, de orden del dicho capitán se puso en la capilla mayor la pintura que lo representa”. Desde el inventario de 1718 aparece en el Santuario como “un cuadrito en que están pintados dos nauíos”.

Como abogada de todos los palmeros, la Virgen de Las Nieves fue la principal devoción que acompañó a los isleños en su arduo camino hacia las Américas; su culto está especialmente vinculado a los palmenses de ultramar y los libros de fábrica del Real Santuario están llenos de referencias a las dádivas y regalos hechas por los indianos en gratitud a la Patrona por los inmensos favores recibidos. Muchos de ellos considerados milagros. De esta manera, este santuario mariano es el templo canario que mayor volumen de platería americana atesora, de calidad y riqueza nada común. Ya en el siglo XVIII, Viera y Clavijo estimaba que la plata y las joyas de la Virgen ascendían a más de 20.000 pesos. Cantidad que se iba incrementando continuamente con las donaciones de los emigrantes isleños, que así agradecían a la Patrona, primero, su buena travesía y segundo, su buena fortuna en Indias, considerada también como “otro de los prodigios de la Virgen”.

Era una piadosa y común costumbre el que los navíos que hacían la carrera de Indias llevaran una alcancía a nombre de nuestra Virgen, fuente importante de ingresos. Nos recuerda el profesor palmero Jesús Pérez Morera que “las cuentas de 1706 mencionan los 1488 reales recaudados ‘en las alcansías que a repartido el mayordomo en los nauios de Indias’ y las de 1672 los 10 reales del ‘costo de seys alcansias de oja de lata que se hisieron para repartir en vajelez para la limosna’”.

El tesoro impresionante que conforma el suntuoso joyero de la Virgen de Las Nieves - único en el Archipiélago cuya relación sería una empresa prácticamente inacabable-, está compuesto en una gran mayoría, por los regalos de los indianos. Baste decir que, a finales del XVII llegaron a existir en América dos apoderados del santuario. Nos recuerda el mismo profesor que uno se hallaba en la ciudad peruana de Lima y otro en La Habana, nombrados en 1694 por su mayordomo con el sólo objeto de recibir los legados hechos a la Patrona de La Palma en “rrealez, oro, plata, perlas, joyas, prendas y otras cualesquiera alajas de los géneros referidos, ornamentos, bestidos… así en el dicho reyno del Pirud como en otras cualesquiera partes…”.

“A Ella, cantada por los marinos que recibieron su favor cuando la invocaron sobre la movediza superficie del mar, le exclamaríamos: ‘¡Oh, Virgen de Las Nieves, efluvios de fe exhala nuestra alma, efluvios de amor exhala nuestro ser, que Tú, Madre de Dios, hacia Ti nos has hecho tener!’”.

- LA VIRGEN, LAS PLAGAS Y LOS ELEMENTOS

En palabras del desaparecido Fernández García: “Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia”.

La imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, “bella, galana y misteriosa”, obra gótica en la que aparecen reminiscencias del románico -la más antigua de las efigies marianas veneradas en el Archipiélago-, ha sido trasladada en sentidas rogativas a la capital palmera fuera de los años lustrales de su Bajada. El motivo siempre era el mismo: pedirle su intercesión ante las furias de la naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, enfermedades, etc. Así sucedió el 28 de marzo de 1630, permaneciendo en El Salvador nueve días por la necesidad de agua que sufría la isla. Los atribulados palmeros imploraron su intercesión para que el cielo les trajera el agua necesaria. Nunca la Virgen abandonó a su pueblo. También volvió a estar presente en la ciudad: en 1631, 1632, 1676 y 1703 (por pertinaz sequía), en 1659 (por una plaga de langosta), y así en otras ocasiones. Los prodigios y milagros se iban sucediendo a través de los siglos. La Virgen ha descendido desde su Santuario a la ciudad en otras ocasiones desdichadas para los palmeros. Sucedió el 2 de enero de 1768 por una epidemia catarral y el 4 de junio de 1852 por liberarse del cólera morbo.

Fray Diego Henríquez decía en 1714 que el recurso a su poderosa intervención fue siempre “el remedio en todos los conflictos y necesidades de la isla, la falta de lluvias, enfermedades, guerras, fuego del volcán y las demás, las quales siempre se ha traído a la ciudad; y al ver que la mueven de su casa, promete la experiencia y asegura el socorro a la esperanza. Nunca sale, como soberana reyna, sin numeroso concurso, assí que los ciudadanos como de aquellos pueblos y aldeas que le sirven y acompañan, sin temer inclemencias del tiempo ni camino mientras vienen a la sombra y protección de las dilatadas alas de tan poderosa y caudalosa águila…”

Sería el mismo fraile escritor el que narrase el milagro de 1703. Se sufría una sequía que era general en todas las Islas Canarias, para lo que se trajo a la ciudad “esta santa imagen, se le hizo en la parroquia el novenario de missas y rogativas que acostumbra, aunque tercas las nubes en su dureza”. Cuando el coro de monjas catalinas entonaron el motete en el monasterio dominico “poniendo las lágrimas a las voces silencio, narraron más retóricas su petición y súplica y como del corazón más cierto mensajeros llegaron más felices al río de piedades, pues apenas sonaron en su oydo desbrochó los diques de sus misericordias, liquidando la gracia de sus nieves en tan copiosas lluvias a la tierra que al instante entonaron el hymno de alabanzas de los santos doctores Ambrosio y Agustino, en hazimento de gracias en tanto beneficio, con que logró aquel año aquella isla la abundancia de frutos que sin tan gran milagro no pudiera”

En relación con la epidemia de 1768, se acudió a Nuestra Señora de Las Nieves en espera e implorando el remedio de la enfermedad que azotaba a los palmeros. Pérez Morera recoge en sus notas sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que se cernió sobre la Isla En el Archivo Parroquial de El Salvador (Libro de Acaecimientos formado por el vicario Don Felipe Alfaro en 1767) extraemos el siguiente párrafo:

“Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…) quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma …”

Se continuaron con las plegarias y los ruegos a la Virgen de Las Nieves en todas y cada una de las generaciones de palmeros. Un suceso célebre fue el que ocurrió el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el Convento de las Monjas Claras, hoy Hospital de Dolores, donde se halla entronizada la preciosa imagen de la olvidada Patrona de la ciudad, Santa Águeda. Previamente se había señalado este día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecían en toda la Isla. Milagrosamente comenzó a llover copiosamente y llegó a la bahía de la ciudad un buque cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo palmero, que atribuyó todo esto a un milagro de su Reina.

En el año de 1676, el Obispo García Ximénez, que se hallaba en La Palma en una visita pastoral, coincidió con una pertinaz sequía. Testigo de excepción del profundo fervor que demostró la población de la Isla hacia la venerada imagen, resolvió que la Bajada de Nuestra Señora de Las Nieves se repitiese cada cinco años, a partir de 1680, como así se viene celebrando desde entonces sin interrupción.

El día 7 de mayo de 1770 había quedado fijado que la “Virgen Morenita” regresase a su templo de la montaña, después de su preceptiva bajada de ese año acabado en cero. Previamente el día anterior, día del Patrocinio de San José, había venido la imagen del santo Patriarca desde su ermita capitalina hasta El Salvador a despedirse de la Patrona palmera. Cuentan los cronistas de la época que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un círculo o cerco que poseía la luna “y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche”. Lo sorprendente es que, amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, “hasta el lomo que se lama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora”. Este hecho sobrenatural, por haber ocurrido en tan avanzado de primavera, “y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas”.

Nuevamente apareció la langosta en la madrugada del día 15 de noviembre de 1844 que duró hasta marzo del siguiente año. Esto, unido a la sequía que se siguió, hizo que el año fuese sumamente estéril. Comenzó a sentirse la enfermedad de las papas, llamada vulgarmente “escarcha”, desconocida en La Palma en aquel entonces. En la primavera de 1847 hubo una gran carestía y falta de víveres, “de la que resultó haber una gran mortandad de pobres”. Después la enfermedad de las viñas asoló los campos en 1852. Siempre los caminos de La Palma, ante las calamidades, se llenaron de peregrinos que acudían al Santuario para pedir la intercesión de la Virgen. Otro hecho relacionado con la langosta, precisamente fue el sucedido el jueves 16 de octubre de 1659. Esta plaga entró y “llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron”. Los cronistas atestiguan de cómo se hicieron numerosos sufragios, procesiones y sermones. Se llevaron procesionalmente a la capital palmera a Nuestra Señora de La Piedad y al glorioso Apóstol San Andrés, al glorioso San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y, finalmente, a Nuestra Señora de Las Nieves. Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año”. Anteriormente la plaga de langosta se habían repetido en 1811 que duró hasta el 20 de enero de 1812 dando origen a más plegarias y a otro milagro.

El 18 de junio de 1851 se experimentó, desde el amanecer, un terrible calor “que no había memoria en esta isla, habiendose subido el barómetro Reaumur a 104 grados, lo que puso a todos en la más grande consternación”. Al día siguiente era Día de Corpus y se había determinado que la procesión no saliese a la calle para evitar problemas de salud a la población. Se cuenta que muchos cirios fueron encendidos a la Virgen de Las Nieves y, finalmente, la procesión salió a la plaza “habiendo acompañado el pequeño tránsito un piquete del regimiento de Málaga, que se hallaba destacado en la ciudad”.

Las plegarias a la Virgen volvieron cuando el 27 de diciembre de 1627, a las 9 de la noche según el alcalde Lorenzo Rodríguez, “llovió en esta isla un aguacero grande con el cual cayó tanta cantidad de nieve, que se hicieron y congelaron torales tan grandes como pipas”. El pueblo, atemorizado, también rogó a Nuestra Señora por su rápida desaparición. Tengamos en cuenta que “incluso en la costa de la mar nevó en la dicha forma y en el Tejal del Barrio del Cabo se hicieron los torales que arriba digo, y en toda esta ciudad”. Así quedó reflejado en el cuaderno de noticias del archivo del Sr. Marqués de Guisla, titulado Cosas Notables.

- LA VIRGEN Y LOS VOLCANES

Recordemos que, en la Bajada motivada por la erupción del volcán de San Martín de Tigalate en 1646, “con grandes terremotos, temblores de tierra y truenos, que se oyeron en todas las islas…Los vecinos truxeron en procesión a Nuestra Señora de las Nieves, imagen muy milagrosa; y al otro día, caso admirable, amaneció el bolcán cubierto de nieue con que cessó, auviendo durado algunos días”. Así lo explicó el racionero de la Catedral el doctor don Francisco Fernández Franco. En palabras del alcalde constitucional Juan Bautista Lorenzo: “… fue cosa pública y notoria que la Gloriosísima Señora de las Nieves con su rocío favorable nevó en el volcán…”. También el capitán Andrés de Valcárcel y Lugo en su obra Cosas notables: volcanes, expone: “… hubo muchos temblores de tierra en todos estos días y los edificios parecía venían al suelo… pero hubo rocío pequeño, que tanto como esto puede la Reina de los Ángeles, Nuestra Señora de Las Nieves. En esta ocasión estaban los vecinos desta isla tan devotos frecuentadores de los templos que no salían de ellos.” También Félix Duarte nos narra: “… los más ancianos vierten sus lágrimas furtivas en sus humildes aposentos (…) tienen fe en la Virgen de Las Nieves. Invocan su protección pensando en ser por Ella favorecidos (…) Es conducida a la capital, en fervorosa rogativa pública. Muchedumbres de fieles la siguen, reflejando en sus rostros la ternura que su presencia les inspira (…) hasta que nieva copiosamente en las cumbres, cesa la actividad del volcán y los campesinos, contemplando la sierra salpicada de nieve que se bifurca con los rayos del sol, exclaman: «¡El rocío de la Virgen!, ¡estamos salvados!». Cuando se arrodillan ante sus plantas, en señal de gratitud, les parece oír un himno de amor cantado por los ángeles, para conmemorar las bodas del cielo y de la Tierra”. Fray Diego Henríquez lo narraba así en 1714: “acordó luego la ciudad se tárese la sagrada protectora como en tales ocasiones se hazía. Tráxose con la solemnidad y devoción que siempre y prosiguiendo las devotas suplicaciones y fervorosos ruegos a esta milagrosa señora de Las Nieves, fue tan copiosa la que mandó sobre el bolcán que lo extinguió su abundancia totalmente, sin dexar viva sentella de aquel voraz elemento, cediendo por entonces su furiosa sobervia a la mansedumbre de los nevados copos. Hizo más admirable el prodigio aver sido la brecha que abrió aquel horrendo fuego en parte en que nunca antes avía caido nieve, ni después se ha visto caer en aquel sitio, para que lo raro desta circunstancia hiciese a todos visible lo singular del beneficio”.

Las erupciones volcánicas y la antiquísima y querida imagen de la Patrona Palmera sostienen una estrecha relación histórica, social, cultural y espiritual. Así, como recuerdo perpetuo de estos prodigios, existen dos cuadros en su Real Santuario, en los que su autor, en su ánimo, quiso parangonar los dos hechos milagrosos de la nieve de Nuestra Señora: el del Monte Esquilino de Roma y el del Volcán de La Palma. En los cuadros aparecen las siguientes inscripciones: “Refugium Pecatorum. Venció al tiempo tu clemencia y para refugio nuestro delineaste con tu Nieve en el Esquilino un templo”, “Consolactrix Aflictorum: a tu presencia nevado el Mongibelo palmense celos le dio al Esquilino, nuevas glorias a Tu Nieve”.

Un testigo de la erupción de otro volcán, el de San Antonio, ocurrida en 1677, el Visitador Don Juan Pinto de Guisla, rememora el de 1646, cuando el 18 de diciembre, día de la Expectación de la Virgen: “…día que amaneció de nieve la boca del volcán, con universal aclamación de milagro de Nuestra Señora de Las Nieves, cuya santa imagen se venera como Patrona de esta isla y a cuyo patrocinio se recurre en sus mayores aflicciones y necesidades”. En esta ocasión, los temblores de tierra han continuado causando gran temor entre la población. El peor tuvo lugar a las nueve de la mañana del 9 de enero de 1677, “de manera que el Clero se juntó a aquella hora en la parroquia donde está Nuestra Señora de Las Nieves a implorar su Patrocinio… conmovió al pueblo a muchas lágrimas”. La imagen de Asieta fue llevada hasta el Convento de las Monjas Claras “hasta que Nuestro Señor se acuerde de usar con nosotros la misericordia, librándonos de esta tribulación”.

En octubre de 1712, el volcán del Charco azota, con sus candentes lavas, al Valle de Aridane. Es implorada la protección de la Virgen, y las proporciones del fenómeno disminuyen hasta su total extinción. Fray Diego Henríquez narraba cómo “recurrió apresurada a su valerosa protectora para que, con el poder e irrefragable virtud de sus nieves, matara segunda vez tanto incendio y les librara de tan cruel enemigo. Traxeron a la santa imagen a la ciudad con la devoción y fervor acostumbrado, claro es que en esta ocasión fue mayor, quando mayor el conflicto y más a la vista del peligro. Hiziéronle solemnísimas rogativas, celebrárosle generales procesiones, ofreciéronle repetidos clamores, consagrárosle aventajados cultos, manifestárosle sus cordiales y crecidas ancias, pusiéronle como asylo tan valiente a la vista del adversario y no tardó la poderosa reyna en mostrar su imperio sobre todo lo criado. Obedeció el fuego a esta superior virtud, abatieron su sobervia las empinadas y arrogantes llamas, temploce el viento, expeliose de los corazones el susto, y aumentó en todos la fe de su benigno amparo, con que creció en ellos la obligación a más subidos cultos, más continuas veneraciones y más exacto conocimiento de su deuda”.

La erupción del Volcán de San Juan, acaecida en junio y julio de 1949, fue motivo para que, nuevamente, el pueblo palmero acudiera a su milagrosa “Morenita” en busca de auxilio espiritual ante las furias desatadas de la naturaleza y a pedir a que apagaran las iras del volcán. El 24 de julio la multitudinaria procesión con la Virgen salió a las siete y media de la mañana hacia Breña Alta. Después de la Santa Misa en la ermita de La Concepción, la talla fue girada hacia el volcán. Se cuenta de que, a partir de aquel instante, fue apagándose lentamente. Así, el 26 de julio, encontrándose la efigie en la capital palmera, la actividad del volcán decreció considerablemente. “Otra vez se produce la desaparición del monstruo”. El periodista palmero don Juan Carlos Díaz Lorenzo, concluye su artículo sobre la intercesión de la Virgen de Las Nieves ante las furias de la Naturaleza: “en los días posteriores y a excepción del día 30 de julio, en el que se produjo el derrame de lava por el barranco de La Jurada, en la vertiente oriental de la Isla, la erupción cesó en su furia. ¿Milagro?. La devoción de la Isla así lo creyó”.

- LA VIRGEN Y EL FUEGO

En aquella ocasión, el día 26 de marzo de 1770, la Virgen ya se encontraba retornando a su Santuario ascendiendo por el Barranco homónimo, en las proximidades de la “Cueva de La Virgen”, cuando “sonaron voces de ¡fuego!, ¡fuego en la ciudad!, viéndose luego humo negro que lo indicaba. Amedrentose la gente y contristáronse todos”. Las voces unánimes solicitaron la presencia de la sagrada imagen: “de no ir la Virgen, se abrasará toda la ciudad”. Rápidamente la procesión regresó a la capital palmera “y se hizo una deprecación”. El enorme incendio se había propagado rápidamente por el centro de la ciudad. La comitiva se paró en la Iglesia del Hospital porque se hacía desaconsejable el acceso a El Salvador por el riesgo que se corría; “de aquí se sacó y puso la Santa Imagen a vista del fuego cerca de la plaza, bajo de la torre de la iglesia”. Debido al calor sofocante que brotaba del voraz incendio, la procesión se presentó en la esquina superior de la plaza, cerca del Pósito (hoy sede de la sociedad “La Cosmológica”). Es aquí donde se hicieron más deprecaciones y sentidas rogativas. Siguiendo con la narración del alcalde constitucional Don Juan Bautista Lorenzo Rodríguez: “el caso verdaderamente maravilloso: el incendio fue voracísimo y corría el viento de brisa que le impelía, para acudir a apagarlas, pero sucedió que inopinadamente se mudó y cambió el viento al Oeste, enderezó las llamas que antes corrían con vehemencia al puerto y estaban ardiendo a un tiempo dos calles y dos hileras de casas”. Detalladamente el historiador nos relata cómo el pueblo se hallaba profundamente consternado, pero firme en sus ruegos a la “Morenita”-imagen históricamente milagrosa-, le pidieron su intercesión. Testigo del suceso, el sacerdote José Antonio Momparlé, redactó estas palabras: “Así se arruinaron catorce casas en poco más de tres horas, con pasmo de los que las vieron arder, más no se incendió otra algunas aunque antes habían sido acometidas de centellas y carbones encendidos, después de estar a la vista Nuestra Señora de Las Nieves, conceptuando todos piadosamente, fue la asistencia de la Santísima Virgen quien libró y preservó el resto de la ciudad del fuego, impidiendo pasase adelante”.

En la segunda Bajada Lustral, en el año de 1685, la Virgen había llegado a la ciudad y ocurrió que “al hazer la salva en la plaza de la parroquia, las piezas de campana, una de ellas, o sea ya lo más acondicionado o sea el estar recargada, con la violencia del fuego voló en diversos pedazos por los ayres”. Fray Diego Henríquez narra así en 1714 cómo los grandes trozos de metal habían caído sobre la multitud, tanto sobre el escuadrón de soldados que tributaba honores a la imagen como sobre “las mugeres, tan juntas y oprimidas como siempre lo están en tales concursos”. Lo que debería de haber sido una desgracia mortal, tan sólo quedó en un susto, pues ninguno de los fragmentos de la pieza reventada hirió a ninguno de los presentes que abarrotaban el lugar. Concluye diciendo: “sin que tuviesse permiso de la reyna universal de lo criado alguno de aquellos duros fragmentos para ofender ni al que dio fuego a la pieza, ni a otro alguno de quantos allí se hallaron en obsequio suyo, acompañando y venerando su maravillosa imagen, siendo a todos fuerte escudo la poderosa sombra de su real presencia”.

Hablando de fuego, en este caso, no incendio, pero sí del curioso caso milagroso de la llama de aceite que iluminaba el templo, el religioso fray Diego Henríquez informaba así del suceso acaecido antes de 1649, cuando el pequeño santuario era asistido por ermitaños. Precisamente sería después de dicha fecha cuando el licenciado Juan González Viera, capellán, se haría cargo del oratorio, elevado al rango de parroquia en 1657. El desconsolado ermitaño que le tocaba velar por la seguridad de la “Morenita” asistía asolado a la carencia de aceite puesto que éste no había sido traído desde la ciudad en cantidad suficiente. Entonces, “aparejó su lámpara con agua el vidrio, y nueva torcida, y encendiola diziendo a la Virgen con su casta sencillez (era hombre muy sincero y de virtuosa pureza) si quería luz en la lámpara la proveyesse de azeyte”. Tras esto, cerró la iglesia con llave y se fue a dormir. Sin casi dormir, se levantó muy temprano y entre la oscuridad, contempló extasiado cómo salía “por sus rimas mucho excesso de luz”. No daba crédito al comprobar cómo, al abrir la puerta, la lámpara lucía “con más lucido farol que el que pudieran muchas luces componer”. El prodigio se extendió por toda la isla con mucha celeridad y un canónigo de visita en el santuario, “puso por obra el autenticarlo con los mismos hermitaños que lo vieron”. Desde entonces, se llamó la lámpara “de los milagros”. A partir de entonces, muchas personas aquejadas de varias dolencias, acudían a ver a la Virgen “con diferentes dolores y accidentes van a vicitar aquel santo templo; y ungiendose con el azeyte desta lampara, buelven sanos a sus casas, teniendo tanta fee con este azeyte que frequentes lo piden y llevan para las necessidades”.

- LA VIRGEN , LAS EPIDEMIAS Y ENFERMEDADES

En el año 1759 volvieron a invadir las viruelas a la Isla, y desde el 25 de agosto hasta 17 de noviembre de ese año fallecieron 81 personas, niños en su mayor parte. Las rogativas públicas ante la Patrona no se hicieron esperar. Según los cronistas, gracias a su intersección, esta epidemia se estancó milagrosamente, sin causar más muertos.

En el año 1763 se padeció en La Palma una enfermedad “al parecer epidémica, que se le designa con el nombre de ‘puntada’, y como dice una partida de defunción del Libro 8, folio 61 v., que la puntada ‘andaba mezclada con sofocación’; es evidente que tal enfermedad no era otra cosa que pulmonías”. Así narraba estos hechos Don Juan Bautista Lorenzo. Los muertos aquí ascendieron a 39 personas, desde el 25 de noviembre hasta el 18 de marzo de 1764. Nuevamente el pueblo imploró a la Virgen y la epidemia no causó más daños en la atemorizada población.

En el año 1789 volvieron las viruelas a invadir toda la Isla, desde el 17 de octubre hasta el 18 de diciembre, falleciendo sólo en la capital 145 personas, niños en su mayor parte. El mismo cronista nos relata: “no sé ni puedo comprender cuál fue la causa, pero es lo cierto que los cadáveres de estos niños se encontraban amortajados en las puertas de los templos y aun dentro, sin saberse ni poderse averiguar quiénes eran sus padres, y llegó a tanto el escándalo que en una misma noche, se pusieron seis cadáveres en la Parroquia de El Salvador”. Así consta en el Libro nueve de Defunciones, folios del 178 al 187 inclusive. El Santuario llegó a ser un hervidero de fieles que, postrados a los pies de la venerada imagen, pidieron su intersección. Así fue.

Más epidemias sacudieron la población palmera. Por ejemplo en 1720, las viruelas causaron la muerte a 104 personas entre el 17 de abril y el 19 de junio. Pero la que fue especialmente virulenta, ya que causó nada más y nada menos que 490 personas en toda la Isla (sólo en la capital fueron 115 los fallecidos) fue la que se padeció a partir del 21 de diciembre de 1767 y duró hasta el 16 de marzo de 1788. Se le conoció como “epidemia catarral”. El pueblo de La Palma ascendió el barranco en rogativas y trajo en multitudinaria y solemne procesión a Nuestra Señora de Las Nieves el 2 de enero de 1768. Justo en ese momento, la mortandad fue decreciendo considerablemente.

Se cuenta que Isabel Méndez de Mendoza, esposa del inglés Francisco They, estaba “enferma de lúcidos tan furiosamente que era necesario el cuidado de sujetarla”. Su madre y abuela, desesperadas, la llevaron ante la Virgencita de Las Nieves con gran dificultad, “pero luego que se hallaron en la presencia de tal poderosa reyna, con viva fe pusieron aquella enferma en manos de su clemencia”. Se cuenta que su marido ofreció algunos dones y juró una promesa por la salud de su amada. Cuando le ungieron la cabeza con el aceite de la lámpara “de los milagros”, se serenó inexplicablemente la enferma y, ante la admiración de la concurrencia, regresaron con Isabel a su casa con la quietud y sosiego que antes gozaba.

Otro caso prodigioso conocido fue el del doctor Natur, médico que ejercía en La Palma. Enfermó gravemente y no paraba de expulsar gran cantidad de sangre por la boca. Lejos de visitar a otro colega, “no discurrió su cristiana prudencia recurrir a mejor médico”: imploró el auxilio de la “Negrita”, “ a cuya presencia se halló libre de enfermedad tan penosa y con perfecta salud”. Para perpetuar las maravillas de la imagen, quiso colocar en el santuario un lienzo que recordara este milagro y “la clemencia que obró con él esta soberana señora”.

El Conde de La Gomera, don Gaspar de Guzmán Ayala y Roxas, se hallaba en La Palma aquejado de una grave dolencia. Prácticamente había sido desahuciado por los médicos. Hizo voto ante la Virgen de asistir nueve días a su templo y, si mejorara, a su regreso a Garachico (en Tenerife) le enviaría cuatro candeleros de plata y “unos dozeles para el culto de la iglesia”. Como se salvó milagrosamente, después de hacerle una novena, cumplió con lo prometido. Ya en el inventario de 1672 aparece dicho regalo entre los tesoros del templo, aunque fueron fundidos a principios del siglo XVIII para invertir su plata en el fabuloso trono de la Virgen.

La rica heredera de las haciendas de Argual y Tazacorte, doña Beatriz Corona y Castillo, madre del regidor perpetuo don Diego de Guisla y Castillo (mayordomo y esclavo de la Virgen) tuvo una grave enfermedad tras un parto. Durante más de seis meses sufrió de “calenturas cuyo rigor y molestia la tenían en tal estado que fue tenida por éttica”. Fue llevada ante la Virgen junto a toda la familia y se le hizo una solemne novena. Se cuenta que regresó libre de la enfermedad y “con tan perfecta salud que vivió después muchos años teniendo en ellos diferentes partos”.

El 5 de junio de 1851 se declaró el cólera morbo en Gran Canaria. Se iniciaron las novenas y rogativas ante la Virgen. El 25 de julio se trajo en procesión hasta El Salvador al Patrón de la Salud Pública, el Glorioso San Sebastián. La “Morenita” descendió nuevamente hasta la capital el 5 de junio de 1852 en agradecimiento por haberse librado esta Isla y la de Gran Canaria de esta terrible epidemia. “El 6, domingo de la Santísima Trinidad, fue la función de acción de gracias, el lunes 7 regresó a su Santuario”. Fue acompañada por un pueblo repleto de orgullo y feliz de tener a la Virgen como su Patrona y Protectora.

- LA VIRGEN Y OTROS MILAGROS

Otro suceso muy famoso fue el del la niña Margarita de las Nieves Estrella, hija de Alonso Hernández y Francisco Luis (casados en Puntallana el 28 de octubre de 1619). Cuando jugaba con otros niños, se despeñó por un risco muy alto (“de más de treinta brazas”). El terrible incidente fue presenciado por los desconsolados padres que gritaron el nombre de la Virgen de Las Nieves invocando su auxilio. “Baxaron al valle a recoger los pedazos del tierno cuerpo para darle sepultura, y hallaron a la niña sentada viva y sin lesión alguna”. Los padres no dieron crédito a la escena y la niña relató cómo una señora vestida de blanco la había recibido en sus brazos y la había librado de todo daño. La afortunada familia ofreció en agradecimiento, tras medir el alto del despeñadero, “una línea de cordel que, con el debido hazimiento de gracias para eterna memoria de tan gran misericordia, colocaron a lo largo de la pared de la iglesia”. Se cuenta que se tuvo que doblar varias veces, lo que da una idea de la altura del risco.

“A otros muchos despeñados de los muchos y grandes despeñaderos de toda la isla, por ser muy alta, de muy profundos valles y barrancos, y de muy peligrosos caminos, ha librado esta milagrosa reyna, cuya auxilio han implorado en sus tribulaciones, como lo dicen las diferentes cuerdas, medidas de los despeñaderos, que se ven en las paredes del templo por signos y perpetuos testigos de los milagros”.

Un “pardo” llamado Gaspar, esclavo del capitán Gaspar de Olivares Maldonado – alguacil mayor del Santo Oficio muerto en 1683- perdió la voz repentinamente después de un ataque. Y “como quién no ignoraba las maravillosas clemencias desta soberana reyna, y los milagros desta santa imagen, acudió luego a su casa de tan precioso patrocinio”. Las crónicas decían que, imploraba ante la Virgen “con humilde corazón y devotas súplicas, en medio de las quales rompió la voz, llamando a Nuestra Señora y pronunciando su dulce nombre”. Maravillado, el afortunado hombre repetía gritando el nombre de María de Las Nieves a todos aquellos peregrinos con los que tropezaba de regreso a la ciudad.

De entre todos los prodigios y milagros, tal vez sea éste, uno de los más originales. Se cuenta que el palmero don Pedro Escobar Pereira (1617-1673) (Visitador General de La Palma, La Gomera y El Hierro; racionero, canónigo, tesorero, chantre y arcediano de la Catedral de Las Palmas y Obispo Electo de Puerto Rico, etc.) trajo de la Península una magnífica tela para confeccionar un vestido para la Virgen de Las Nieves. Con toda solemnidad acudió al Santuario con toda su familia para ser testigos del cambio de ropajes a la sagrada imagen. Las camareras habían empezado a despojarla del que tenía para colocarle el de don Pedro, cuando “torció la imagen el rostro hazia un lado, ademán que suspendió las manos a las mugeres y los sentidos a todos los circunstantes”. El narrador continuaba: “y en medio del asombro, ocurrioles que aquel ademán parecía efecto o enigma del virgíneo pudor, y que no gustava se despojase su imagen en presencia de hombres la que de muy pura se turbó a la presencia del ángel”. Una vez se invitó a todos los caballeros a que abandonasen la estancia, “volvió la sacra imagen a destorcer la cabeza”. Las doncellas, atónitas, no daban crédito a lo ocurrido. Temblorosas aún, pudieron terminar de colocar el nuevo traje. Fue entonces cuando se permitió entrar a los señores que, todavía impresionados, presentaron sus respetos ante la “Gran Señora de La Palma”.

Antes de que el doctor palmero Juan Méndez fuese canónigo de la Catedral de Canaria, fue apresado por un navío de turcos y conducido cautivo a Argel. A tal vejación fue expuesto y de tantas atrocidades fue testigo, que temía por su vida. Por ello “recurrió a la protectora de su isla, puso en las manos de su poderosa clemencia su angustiado corazón, encomendó su necessidad a esta señora de Las Nieves, en quien tuvo firme la esperanza de su remedio”. Milagrosamente consiguió su libertad y a su llegada a La Palma y acudir al santuario a rendir pleitesía ante la Patrona, le ofrendó un lienzo que se colgó en la capilla mayor “de la yglesia desta milagrosa señora”.

Se cuenta que, en una de las Bajadas Lustrales, un viejo mendigo llamado Román “tan privado de la vista que no podía ir a parte alguna si no le llevavan de la mano”, pidió que lo llevaran ante la “santa reliquia”. Cuando le dijeron que ya estaba ante Ella, “con su natural sencillez y llanesa de palabras, cantava sus elogios a la celestial señora, con tan fervoroso afecto y devotos ademanes, que movía a los demás y los encendía en fervor”. De esa manera fue llevado durante varios días hasta que, en una ocasión, cuando la Virgen se hallaba en la procesión que se le tributaba tras la solemne función diaria, de repente, “se halló en un instante con su perfecta vista, causando en los allí presentes más estupendo éxtasi que causó aquel tullido a quien sanó San Pedro, quando entró por el templo saltando de contento”. De esa manera le vino la vista y la conservó todo el tiempo que vivió, siendo “a todos los que antes le conocieron sin ella, testigo de vista de ojos del prodigio”.


BIBLIOGRAFÍA:

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- Idem.: «De la Nieve de María. Los Milagros de la Virgen según Fray Diego Henríquez», Festejos Públicos que tuvieron lugar en la Ciudad de La Palma, con motivo de la Bajada de Ntra. Sra de Las Nieves, verificada el 1 de febrero de 1845, Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, 2005
- Idem. : Silva. Bernardo Manuel de Silva. Viceconsejería de Cultura y Deportes, D.L. 1994.
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