- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus




 

  Guías culturales

EL NUEVO RETABLO MAYOR DEL EXTINTO CONVENTO DE SAN MIGUEL DE LAS VICTORIAS
SANTA CRUZ DE LA PALMA

José Guillermo Rodríguez Escudero

Uno de los períodos de máximo esplendor del arte en Canarias fue, sin lugar a dudas, el Barroco. Entre muchas de sus magníficas manifestaciones que, afortunadamente han perdurado hasta nuestros días, sobresalen la pintura, la escultura y la arquitectura. En La Palma, y más concretamente en las iglesias de su capital, tenemos numerosos ejemplos de ello.

El retablo mayor de la actual iglesia de Santo Domingo de Guzmán, extinto convento dominico de San Miguel de Las Victorias de Santa Cruz de La Palma, ha sido calificado por el experto profesor Alfonso Trujillo como “el más bello, completo y barroco ejemplo” de los retablos de columnas salomónicas pareadas y dos cuerpos existentes en el Archipiélago.

La capilla mayor situada en el testero del cenobio, había sido edificada a expensas del Licenciado Juan de Santa Cruz, Teniente General de La Palma y Teniente de Gobernador de Tenerife. También fue el máximo confidente del segundo Adelantado, Pedro Fernández de Lugo y, a su vez, conquistador de la provincia de Malabueys y Gobernador de Cartagena de Indias. Bajo los nichos laterales del primer cuerpo del retablo, aún se conservan las armas de la familia Santa Cruz, en el lado del Evangelio.

El antiguo retablo de pincel de la capilla mayor, cuyas pinturas son (afortunadamente en presente) representativas del arte manierista de la escuela de Brujas y atribuidas a Pierre Pourbus el Viejo, había sido encargado como un perpetuo monumento de fama y victoria, amén de mausoleo de enterramiento familiar. Estas pinturas fueron desmembradas de su marco originario en 1703 cuando se construyó el fastuoso retablo barroco. Olvidadas por todos, se dice que llegaron a servir de techo para un gallinero. Afortunadamente no se perdieron.

El maestro pintor, fallecido en Brujas en 1584, fue el artista más importante de esta ciudad en la segunda mitad del siglo XVI. Fue pintor de la Corte de la Princesa Margarita, una de las más refinadas de Europa. Tras su muerte, se marca la decadencia de la Escuela de Brujas.

En el hermoso retablo pictórico aparecían los retratos de su mujer, doña Juana Luisa de Cervellón, hija del conquistador Hernando de Alcocer, y el suyo, al igual que el escudo de armas familiar.

Hacia los primeros años del siglo XVIII se había iniciado un ambicioso proyecto de renovación con el objeto de realzar y dar más importancia al convento, mediante la creación de un símbolo de poder de la Orden Dominica, distinguida particularmente en el campo de las artes.

Numerosos frailes artistas, escultores y pintores tuvieron un papel destacado en esta empresa. Se afanaron por decorar la iglesia y el resto del monasterio. Su misión consistía la glorificación del triunfo de la Iglesia y de la Orden de Predicadores – el retablo está rematado por su escudo-, encontrando por este motivo muchos detractores y rivales, tanto entre el clero seglar, como en la Orden Franciscana e incluso entre los Beneficiados Parroquiales. Uno de los asuntos polémicos que los enfrentaban era el delicado tema de los “derechos y preferencias en los entierros”.

El nuevo retablo mayor que nos ocupa, construido entre 1703 y 1705 por el maestro Juan Lorenzo García (1649-1738), y dorado en 1751, sigue ostentando, como símbolo inequívoco de patronato, las armas de Santa Cruz, como nos indica el profesor Jesús Pérez Morera, “en el lado preferente del Evangelio, y las de Cervellón, en el de la Epístola – labradas con gruesa y abultada talla barroca”. Aparece aquí por primera vez la columna salomónica en La Palma. Posee un total de doce.

En el Libro de Cuentas de la Cofradía del Rosario de 1700, consta que el mayordomo Fray Andrés Perera había dado “ducientos setenta y cinco Rs.” (275 reales), que el Padre Prior del monasterio destinaba para ayuda de la madera del retablo del altar mayor.

 

La renovación y el engrandecimiento de la bella iglesia dominica, transformó el templo y el claustro en la más importante y completa muestra del barroco isleño. Un ejemplo de su esplendor es el nuevo púlpito, mejor de la isla y uno de los más bellos de Canarias, de gran riqueza decorativa y de cuidada ejecución. En él trabajó el célebre imaginero dominico itinerante Fray Marcos Gil entre 1702 y 1706.

En 1709 visitó el hermoso monasterio el Prior Provincial Fray José Guillén, habiendo constancia que ya estaba concluido el retablo de la capilla mayor.

En la misma visita, determinó que “cien libros de oro, cincuenta de plata y 400 pesos escudos que había quedado a la muerte de Fray Andrés Perera en 1708 – aclara el profesor Jesús Pérez Morera-, adquiridos siendo mayordomo de la cofradía del Rosario, se distribuyesen de la siguiente manera: los libros de oro y plata para dar principio al dorado del retablo”.

Continúa en el Libro de Visitas: “… en atensión a la nesesidad presente que tenía el dho convento y los pocos medios para dorar el Retablo…”. El mayordomo se negó a entregar el oro y la plata, ya que no estaba de acuerdo con dicha disposición.

Finalmente, el domingo 2 de febrero de 1710 concluyó el litigio con la comunidad de dominicos, bajo la condición de que estuvieran los libros de plata y oro en poder del Alférez Pedro Hernández de Paz, mayordomo de la Hermandad, hasta que dorase el retablo, “… por Constarles a todos los cortos medios del combto. Y hallarse actualmente con la Obra del techo de la Ygleçia que estava amanasando una gran Ruina…”. (Libro de Esclavos. Fragmento recogido por el profesor Morera).

En las cartelas laterales del banco del retablo, se halla escrito en letras doradas: “Año”, en el lado derecho, y “1751”, en el izquierdo. Indudablemente se trata de la fecha de su magnífico dorado, como así nos lo comunica el mencionado investigador palmero. El largo período de tiempo transcurrido entre que se ejecutó el retablo hasta el inicio y finalización de su policromía se explica por el elevado costo de la misma, sobre todo teniendo en cuenta que el convento se veía involucrado en numerosas obras y otras necesidades más acuciantes, como por ejemplo la reparación de las armaduras. Caso semejante lo podemos constatar en el retablo mayor de San Francisco de Asís de esta ciudad, que se estaba construyendo en 1717 y aún en 1745 seguía sin ser dorado.

El bello frontal tallado del retablo mayor “del conbento del patriarca santo domingo desta ciudad”, perteneció al trono de la venerada imagen de Nuestra Señora del Rosario, custodiada en otro espléndido altar barroco del templo, el más antiguo, realizado por Andrés del Rosario y su hijo Lorenzo de Campos en 1660, y por el que recibieron 5.000 reales. Fue donado por el capitán Juan Pérez Pintado, Piloto de la Carrera de “Yndias de Su Majestad” en 1694. Para perpetuar esta ofrenda, hizo grabar una inscripción con su nombre.

En el momento en el que se produce la desamortización de Mendizábal, y más concretamente, cuando se efectúa el inventario con motivo de la supresión del convento dominico, el 28 de abril de 1836, se sabe qué imágenes se hallaban entronizadas en el retablo.

En el ático superior del retablo, distribuidos en dos pares, se encuentran cuatro angelotes, rollizos, desnudos y de cuerpo entero, dos de ellos en las esquinas, “sosteniendo” con sus hombros las techumbres del templo, mientras que los otros dos, en las bases de la gran hornacina de San Miguel, mirando hacia el techo, y a ambos lados de la figura de Dios Padre que surge sobre aquél, bendiciendo con su mano derecha, mientras sostiene la bola dorada del mundo en la otra. Este busto, sobre el que se sitúa una venera dorada, está rodeado de cuatro animales dorados y alados. Seis “putti” o angelitos también salpican la mitad del retablo, sobre los seis capiteles de las columnas salomónicas doradas de la parte inferior. Otros dos se hallan en los laterales del segundo cuerpo formando parte de unas columnas entre hojas de acanto doradas.

La magnífica talla barroca del siglo XVIII de “San Miguel Triunfante”, patrón del cenobio, se situaba en la hornacina central de segundo cuerpo, al igual que hoy en día. Es obra del imaginero dominico grancanario Fray Marcos Gil. Obras suyas también son: el púlpito, los angelotes del retablo, el Santo Domingo de la iglesia de San Francisco de la capital palmera, San Miguel de la ermita homónima de Breña Alta, San José y el Niño de la iglesia de Breña Baja, San Vicente Ferrer del oratorio de Velhoco, etc.







En los nichos laterales se encontraba la imagen de vestir realizada por Orbarán en 1651, de Santo Domingo de Guzmán y el delicado candelero de 1779, procedente de La Habana, Santa Catalina de Sien”, patrona del extinto y vecino convento de las monjas dominicas. En el primer cuerpo se hallaba el sagrario, y sobre él, el expositor, y a sus lados las tallas de los Papas San Pío V y San Benedicto XI. Según Fernández García, los Papas corresponderían a los nombres de los “Santos Pío I y V”.


Señala Gaspar Frutuoso que el retablo del altar mayor fue donado por el mencionado Juan de Santa Cruz después de la invasión de los calvinistas franceses bajo el mando del despreciable hugonote François Le Clerc “Pie de Palo” el 21 de julio de 1553, quienes pusieron especial énfasis en incendiar y saquear el cenobio dominico, a quienes veían a sus más encarnizados enemigos. Polémica sigue siendo la relación de edificios incendiados, pues, si hay unanimidad en algunos –el Cabildo y su archivo, el Hospital, numerosas casas…-, existe división de opiniones en otros significativos: parroquia Matriz de El Salvador, convento de Santo Domingo, iglesia de San Francisco…

 

Frutuoso compara a este pirata con Nerón, que con igual crueldad mandó quemar a Roma: “Esta ciudad tan vana y soberbia, tan lozana y pomposa, tan rica y bien provista… por lo cual mereció ser cauterizada en su vana presunción y descuido”. La ciudad, conocida en el extranjero por su boyante nivel económico, atrae lógicamente el interés de los corsarios.

Añade el mismo autor que en diez años, Santa Cruz de La Palma se restauró tanto que ganó en espectacularidad. Sus edificios más ricos y suntuosos, casas más altas, valiosas y hermosas, “el convento de Santo Domingo mucho mejor que estaba antes; la capilla mayor la ha mandado hacer de sus bienes, muy alta y costosa, el licenciado de Santa Cruz, dandole también rico retablo y ornamentos…”

Abandonando momentáneamente el pasado, en nuestros días se encuentra entronizada en la hornacina principal del fabuloso retablo barroco, la magnífica escultura de tamaño natural del Nazaren” (1841), del brillante imaginero orotavense Fernando Estévez del Sacramento, “un sublime ideal de perfección, trasunto de la belleza divina”.

Actualmente desfila procesionalmente a las cinco de la tarde del Miércoles Santo, en la popularmente conocida como procesión del “Punto en la Plaza”, con una túnica bordada en oro sobre terciopelo rojo –la mejor pieza de su género en Canarias-, exquisito trabajo de los talleres de bordado gaditanos o sevillanos del siglo XVIII. Fue regalo del mecenas palmero Cristóbal Pérez Volcán, que decía en una carta fechada en Cádiz en 1771 dirigida a Domingo Van de Walle de Cervellón: “Bien que sólo el amor al Señor Nazareno vale su túnica”.

En el cuerpo superior, a los lados del San Miguel, se halla la talla barroca del siglo XVIII San Joaquín, procedente de El Salvador y la de San Francisco de Asís, del XVII, anteriormente entronizado en su altar de la misma iglesia.

La imagen de San Joaquín, la talla más pequeña de las seis, tenía altar propio en la Parroquia Matriz, fabricado por el regidor Juan Mateo Poggio Monteverde, cuya licencia fue otorgada por el Obispo Fray Valentín Morán el 20 de mayo de 1752. El “Padre de la Virgen María” es representado con barba gris y vestido con la túnica de los rabinos ceñida con ancha faja anudada por delante y gran manto terciado recogido en su brazo izquierdo, con cuya mano sostiene un libro cerrado. Como atributo personal, porta un cayado curvo en forma de muleta, que sostiene con la mano derecha.

La imagen de San Francisco está revestida por un hábito de la Orden seráfica de color castaño con valona (especie de esclavina muy breve) y capuchón del mismo color que cae sobre su espalda. Lleva cordón blanco en el cinto del que pende un rosario. Se le representa descalzo y joven. Nos recuerda la postura forzada hacia la izquierda del San Francisco, patrón de la iglesia homónima de esta ciudad. Sostiene un crucifijo en su mano derecha sobre el que inclina su bien esculpida cabeza, mientras que la derecha es posible que esté preparada para aguantar el peso del estandarte en el que campea el escudo de la Orden franciscana, como sucede en el titular de la parroquia homónima de esta ciudad. El movimiento de los ropajes viene dado también por la inclinación de la rodilla derecha hacia delante, así como el alzamiento del pie derecho, sobre el que se ve una de las cinco llagas o estigmas.

En el cuerpo inferior, en la hornacina de la derecha, la bellísima Dolorosa, conocida por “La Magna”, obra del mismo Estévez y en la izquierda a San Juan Evangelista, de Manuel Hernández “el Morenito”(1756-1815). Estas dos últimas sustituyeron a las de los dos Papas que se hallaban inútiles y fueron colocadas solemnemente el 27 de junio de 1858, ante la petición del Sr. Marqués de Guisla Guiselin, Luis Van de Walle Llerena. Esta fecha se grabó detrás del frontal del altar. Ambas tallas se pusieron al culto el Miércoles Santo de 1842.

Mientras que las tres imágenes del cuerpo superior del retablo son tallas completas, las tres de las hornacinas inferiores son de candelero o de vestir.

El San Juan se representa con ropajes de terciopelo, túnica y manto y, como evangelista, tiene objetos de escribir: la pluma de ave en su mano derecha (alzada) y un pergamino enrollado en su izquierda. Tiene su rostro forzado y dirigido hacia su derecha en leve giro hacia arriba. También toma parte en la misma procesión que el Nazareno y la Magna. Su papel en la escenificación del Santo Encuentro, le ha valido el calificativo de “Alcahuete”, y es así como popularmente se conoce a este santo en la capital palmera. La bella escultura del Evangelista la costeó el presbítero Esteban Van de Walle y Llarena.

La bellísima imagen de la Dolorosa, “que refleja el dolor más intenso, pero sereno en su Rostro y en la laxitud de sus miembros”, es también obra de Estévez. La Virgen estrenó unas nuevas andas procedentes de París en 1937 y fue la primera vez que en La Palma se adornó un trono con flores naturales.

El magnífico traje de terciopelo negro de seda fue donación de doña Mercedes de Sotomayor y Van de Walle, VIII Marquesa de Guisla-Ghiselin, supliendo el antiguo que ya estaba deteriorado y había sido donación de doña Dolores Santos Duque.

La Virgen desfila también el Viernes Santo en la Magna Procesión del Santo Entierro desde la Parroquia Matriz de El Salvador. En esta ocasión utiliza el fabuloso trono de estilo rococó sobredorado -el mejor de toda la Isla- perteneciente al Nazareno. La acompañan en su majestuoso caminar por las empedradas calles de la capital los cuatro preciosos “Ángeles de la Pasión” de los que se dice que fueron esculpidos por un esclavo negro. Había sido otro obsequio del acaudalado comerciante y mecenas palmero Cristóbal Pérez Volcán y enviados desde América.

Para llevar a cabo esta nueva entronización de las imágenes en el retablo, se necesitó adaptar las hornacinas y reformarlas, ya que las nuevas tallas eran mayores que las antiguas. Se hizo preciso el aumento de su tamaño y, lamentablemente, fueron “bárbaramente mutiladas las veneras que coronaban ambos nichos”, como reflejaba el profesor Morera.

El retablo continúa en silencio y a oscuras, esperando que los insectos xilófagos -que campan a sus anchas- terminen de destrozarlo. Estamos ante un legado histórico-artístico-cultural de primer orden, irrepetible y, a su vez, inconcebible y terriblemente olvidado por la desidia y tal vez por el desconocimiento de su existencia. La iglesia se abre tan sólo los sábados para la misa de la tarde. Es lamentable cómo se ha permitido y aún se permite y se tolera que este riquísimo tesoro –templo y dependencias conventuales- no haya sido restaurado. Esta obra de arte debería de ser luego abierta como, por qué no, museo de arte sacro, tan anhelado en el centro de la preciosa e histórica ciudad de Santa Cruz de San Miguel de La Palma. Sería entonces un extraordinario expositor de todas las magníficas piezas que se custodian en las dependencias de la parroquia matriz de El Salvador y de las vecinas ermitas de San Sebastián, San Telmo y, por supuesto, de la propia de Santo Domingo, solución ésta que podría ser ampliable a otras iglesias de la ciudad.

BIBLIOGRAFÍA:


- DIAZ PADRÓN, M. «Pintura», Arte Flamenco en La Palma, Conserjería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1985.
- FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. «Notas históricas de la Semana Santa en Santa Cruz de La Palma». Diario de Avisos, (2 de abril de 1963).
- FERRANDO ROIG, Juan. Iconografía de los Santos. Ediciones Omega, Barcelona, 1950.
- FRUTOSO, Gaspar. Las islas Canarias (de «Saudades da Terra»), Instituto de Estudios Canarios, La Laguna, 1964.
- HUVENNE, Paul. Conferencia. Santa Cruz de La Palma, julio de 2002.
- PÉREZ MORERA, Jesús. «Los retablos de los extinguidos conventos de Santa Águeda y Santo Domingo en Santa Cruz de La Palma», Revista de Historia Canaria, nº 175, Universidad de La Laguna, 1984-1986.
- «Iglesia de Santo Domingo».Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad. CajaCanarias, Santa Cruz de Tenerife, 2000
- «El Convento Dominico de San Miguel de La Palma después de la invasión francesa de 1553: discurso escatológico y contrarreformista». I Encuentro Geografía, Historia y Arte de Santa Cruz de La Palma (Separata), 1993.
- TRUJILLO RODRÍGUEZ, Alonso. El Retablo Barroco en Canarias., Santa Cruz de Tenerife, 1977.

 

 







 

 

Trabajos de investigación cultural sobre La Palma ...


        
Universidad de Alcalá Confía learning confianza online