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SAN CARLOS BORROMEO. PARROQUIA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
SANTA CRUZ DE LA PALMA

José Guillermo Rodríguez Escudero


Los frailes franciscanos del Real Convento de la Inmaculada Concepción de Santa Cruz de La Palma habían concedido data del sitio para fabricar un altar a San Carlos Borromeo en el lado del Evangelio del coro bajo de la iglesia de su monasterio. El solicitante había sido el navegante Pedro Bermúdez Manso -piloto de la carrera de “Indias de Su Majestad”- quien, junto a su esposa Luisa de Brito, además, había pedido autorización para construir seis sepulturas al pie del mencionado altar. El acuerdo se materializó en una escritura firmada el 8 de mayo de 1619.

La magnífica escultura –de madera dorada y policromada, cuyas medidas son 107 x 47 x 34 cms.- data del período que abarca entre 1620 y 1630. Fue traída desde el Nuevo Mundo por dicho caballero tras uno de sus largos y constantes viajes y, según el profesor palmero Pérez Morera, “debe tener origen sevillano”. Dicho investigador informa, además, de que “los motivos de los estofados, sin embargo, revelan a las claras la mano del escultor y pintor Bernardo Manuel de Silva (1655-1721), que reparó y renovó la policromía de numerosas esculturas de origen flamenco y andaluz”.

Algo muy frecuente en la época era que los navegantes retornados de Indias, antes de llegar a Canarias, pasaran por Sevilla y allí adquiriesen esculturas, joyas, ornamentos bordados y alhajas varias. Con los beneficios obtenidos con el comercio americano se pagaban estos tesoros para darles luego un carácter votivo y entregarlos en pago de alguna promesa, como la de haber llegado sanos y salvos, a los santos e iglesias de su devoción. Por aquellos tiempos era extraño el navío que no tuviera dificultades, bien derivadas de los pillajes de los piratas, bien debido a causas meteorológicas adversas, etc.


Don Pedro falleció en San Cristóbal de La Habana (Cuba) en 1638. Doña Luisa, su viuda, otorgó poder al licenciado Juan Pérez de León, presbítero palmero y residente en Sevilla, y a Blas de Funes para que cobrasen de Domingo González Barbosa, mercader hispalense, 800 pesos que había recibido de Pedro Pérez Manso, también presbítero natural de La Palma.

El Capitán Luis Bermúdez, sobrino de doña Juana Bermúdez e hijo del fallecido navegante don Pedro, vivió en la misma casa heredada a la muerte de su tía con su esposa Beatriz Bermúdez de Escobar. Don Luis murió el 21 de julio de 1649. Bajo testamento que otorgó el 26 de junio anterior mediante el cual mandó “ser enterrado en la capilla que tengo debajo del coro de dicho convento donde esta el bulto de san Carlos Borromeo mi devoto y abogado que dicho mi padre trajo y puso en el altar que alli esta que todo lo hizo a su costa”. Así quedó escrito por el escribano público Tomás González de Escobar en 1649.

San Carlos Borromeo fue el último de los santos patronos de la peste y dio pruebas heroicas de su devoción durante la terrible epidemia de la ciudad italiana de Milán. Sería a partir de la Contrarreforma católica cuando este príncipe y cardenal de la Iglesia romana ocupase de alguna manera el sitio que había correspondido popularmente a los santos claramente “antipestosos”: san Antonio Abad, san Roque y san Sebastián, como los santos más eficaces contra dicha plaga mortal. Nacido en 1548 en Arona, a orillas del lago Mayor, en la noble familia de los Borromeo, fue nombrado arzobispo de Milán a los 23 años por su tío, el Papa Pío V. Intervino en el Concilio de Trento y veló por la liturgia y disciplina eclesiásticas. Su valía, celo pastoral, caridad heroica, generosidad, temple… fueron demostrados cuando, a causa de la peste de 1576, una vez todas las cobardes autoridades habían huido de Milán. Como arzobispo asumió toda la responsabilidad de la ciudad italiana. Se dedicó a las obras de caridad y a adoptar todas las medidas higiénicas posibles para que la epidemia no se extendiera. Sin embargo, se calculó en veinte mil el número de víctimas. Se dijo que gracias a él, se salvaron otros tantos ciudadanos. Precisamente, él mismo salió ileso milagrosamente del disparo con el que un arcabucero trató de asesinarlo mientras rezaba arrodillado ante el altar. Organizaba misas en las calles para que el máximo de vecinos, tanto sanos como convalecientes, pudiesen asistir a los ritos religiosos desde los balcones, ventanas y portales de sus casas. Descalzo y con la cuerda en el cuello, seguía las procesiones penitenciales del Santo Clavo para implorar el final de la plaga. Organizó lazaretos y movilizó a los sacerdotes y monjes como enfermeros. Marcaba con los repiques de las campanas las horas de oración en las que dividía la jornada. Incluso convenció a uno de los médicos más prestigiosos de la época, Ludovico Settala, para que, desde Pavía, acudiese a Milán para atender a los enfermos.



Murió en 1584 a los 46 años. Fue canonizado en 1610, año en el que el pontífice Paulo V, otorgó el privilegio de sacar ánimas del purgatorio a todos los que orasen ante las imágenes de san Carlos Borromeo, cuya onomástica fue establecida el 4 de noviembre. Al día siguiente de su canonización, en la Ciudad Eterna se levantaron tres templos en su honor. Se lo glorificó como el ideal de obispo defensor de la ciudad, y al mismo tiempo, como el patrón más eficaz contra la peste. Patrón de Milán, también fue adoptado por Roma. Su onomástica se fijó en el 4 de noviembre. Se extendió también a las estampas, medallas, pinturas, etc. De ahí la proliferación de la devoción por todo el orbe católico. Poco después, se fabricaron en su honor sendos altares en Santa Cruz de La Palma (1619) y en Garachico (1628).

Sus características son una larga nariz aguileña, frente alta, piel morena, tez pálida, un poco de barba y vestiduras litúrgicas de arzobispo o el capelo cardenalicio. Sus atributos son un crucifijo, una calavera, a veces una cuerda de penitente al cuello. El episodio más frecuentemente conmemorado de su vida es su caridad hacia los apestados. De ahí que suela ser representado en las capillas de los hospitales.

 

La excepcional imagen aún se conserva en la misma iglesia, actual templo de San Francisco de Asís. Se trata –como dijimos- de una talla barroca de origen sevillano y de buena factura, de primer tercio del siglo XVII. Antes de la rehabilitación del templo, se encontraba ubicada en una ménsula en la capilla de la Vera Cruz, frente a San Blas Obispo y custodiando el magnífico retablo dorado de estípites de la Inmaculada, “cubierto de estofados de oro con todo primor”.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

- Archivo de Protocolos Notariales de Santa Cruz de La Palma, Museo Insular de La Palma, Domingo Pérez, (25-II-1638)
- Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife, Conventos, nº 163.
- FERRANDO ROIG, Juan. Iconografía de los Santos, Ediciones Omega, Barcelona, 1950
- PÉREZ GARCÍA, Jaime. La Calle Trasera de Santa Cruz de La Palma, CajaCanarias, Madrid, 2000
- PÉREZ MORERA, Jesús. «Real Convento de la Inmaculada Concepción». Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad, CajaCanarias, 2000.
- REAU, Louis. Iconographie de l’Art Chrétien. P.U.F, Paris, 1957
- VV.AA. Roque de Montpellier. Iconografía de los santos protectores de la peste en Canarias, IV Centenario de la Advocación de San Roque en Garachico, 1606-2006

 


 

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