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  Guías culturales

EL “SAN JUAN EVANGELISTA” DE CARMONA. PARROQUIA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
SANTA CRUZ DE LA PALMA

José Guillermo Rodríguez Escudero

Don Aurelio Carmona López (1826-1901), “el escultor más sobresaliente de los que florecieron en La Palma en la segunda mitad del siglo XIX”, fue sobrino del Venerable Beneficiado de El Salvador, don Manuel Díaz Hernández, “sacerdote consagrado a la Religión, la Libertad, la Caridad y el Arte”. Una buena definición de su talante la que expresó con escuetas palabras don Jaime Pérez García, Cronista Oficial de la capital palmera.

Carmona López se convirtió en una de las personalidades más prolíficas y aventajadas del panorama insular durante el llamado “Siglo de Oro” de La Palma. Era escultor, fotógrafo y pintor… “artista en suma”. Se consideraba un hombre que jamás volvía la vista atrás. Siguió fielmente los consejos y las máximas de su célebre tío: “Vivimos un siglo que empieza a pensar, no esperamos que retroceda”. Ésta era una constante en su vida. Así comenzó una imparable carrera y una peculiar forma de pensar y actuar que ayudó a forjar la tradición liberal palmera. Ésta ya había sido sembrada por O’Daly y Pérez de Brito, moldeada y difundida por el propio Cura Díaz, etc. y culminada por Alonso Pérez Díaz. Carmona fue una figura clave dentro del desarrollo de La Palma en el siglo XIX, así como promotor y baluarte de un sentir meramente palmero.

En palabras de su tía doña Eugenia Carmona, en una carta a don Miguel Carrillo el 25 de enero de 1859, se nos describe la hiperactividad del artista: “Aurelio, si tuviera veinte cuerpos todos los tendría ocupados. En la actualidad está haciendo un San Blas, que todos los que lo ven no creen que es obra de su mano sólo. También está haciendo… un San Juan… En fin, trabaja de noche y de día y a pesar deja de cumplir”.

Se dice que ha sido el “último gran imaginero que La Palma ha tenido”, y fue autor de varias esculturas, la mayoría de las cuales se encuentran en su “Patria chica”, aunque también existen muestras de su arte en Tenerife y en América.

 

 

Sin lugar a dudas, en opinión de los expertos, la talla de “San Juan Evangelista” es una de las obras más logradas. Forma conjunto, con la “Magdalena” de Fernando Estévez del Sacramento y con el “Crucificado” de Ezequiel de León Domínguez, del venerado y fabuloso Calvario que desfila procesionalmente en la mañana del Viernes Santo desde esta parroquia capitalina. Tras este trono, la impresionante “Virgen de La Soledad”, obra de Domingo Carmona en el siglo XVIII.

También ha procesionado la noche del Miércoles Santo, junto al magistral “Cristo de La Caída” de Benito de Hita y Castillo, “La Dolorosa” de Nicolás de las Casas Lorenzo y “La Verónica” de Andrés Falcón San José, estas dos últimas tallas pertenecientes a la Venerable Orden Tercera. Ésta, actualmente denominada Orden Franciscana Seglar, ha encargado la reconstrucción de una nueva imagen de candelero a partir de la restauración de un busto deteriorado del Evangelista de 1863 a los talleres orotavenses de Jesús de León. Con la adición de esta nueva efigie para la noche del Miércoles Santo de la edición de 2007, el Santo de Carmona ha dejado de desfilar esa noche.

 

Conviene resaltar que, el auge de las celebraciones y procesiones de nuestra magnífica Semana Santa, a partir del siglo XVII, impone un tipo de imagen más ligera, con vistas a que los pasos no se hagan excesivamente pesados, surgiendo por ello las imágenes de vestir o de candelero, en las que sólo se talla cabeza y manos y, ocasionalmente, como en nuestro San Juan, los pies, magníficamente tallados y que sobresalen debajo de la toga; el resto lo constituye un esqueleto de madera que viste con ricos ropajes. El santo, por ejemplo, va arropado por una amplia túnica de terciopelo de seda en color verde oscuro con ribetes en oro en mangas y en el borde inferior, y un gran manto terciado del mismo material en color burdeos, con una ancha cenefa sobrepuesta también dorada, tono que combina con la aureola que se sitúa sobre su bien tallada cabeza.

También hay que añadir a todo ello las circunstancias económicas adversas que no permitían afrontar “alegremente” las imágenes de talla. Los imagineros, siendo conscientes de este aspecto, obraron para que predominase este tipo de esculturas.

En esta espectacular imagen de candelero de madera policromada, acabada por el artista en 1858 y que mide 1,53 metros de altura, destaca el magnífico tratado de su cabeza y manos, así como el modelado de su cabellera. Una cabeza de bellas trazas helenísticas –muy del gusto neoclásico- unida a un escorzo de acentuado carácter barroco.

“La valiente postura del apóstol se aleja de la acostumbrada sobriedad que la obra de Fernando Estévez imponía en los gustos de la feligresía palmera del siglo XIX”. Inicialmente, el arte de Carmona reflejaba el de aquel imaginero orotavense, pero el transcurrir del tiempo y, por consiguiente, una progresiva madurez, otorgó al artífice palmero un estilo y una peculiar personalidad carente de total subordinación a cualquier otro.

Se consideraba un personaje “esencia del carácter propio del sentir de La Palma: humilde a la par que arrogante, intimista a la vez que abierto a nuevas tendencias, y sensible a todo lo que le rodea”. Así, reflejaba sus sentimientos en las obras que esculpía con sumo cuidado y sin prisas, combinando fe y fervor con unas excelentes condiciones técnicas.

Comenzaba con el delicado tallado de la manera, intentando transmitir las proporciones que le dictaba su idea preconcebida de antemano. Seguía con el estucado “que hacía de puente entre la materia de soporte y la policromía, suavizando así la huella de la gubia, a modo de ‘piel’ de la obra”. Culminaba el proceso con la técnica al óleo del policromado de la imagen. Pinceladas finas y precisas que iba dotando de “vida y expresión” a una figura, antes un trozo de madera inerte.

Nuestro “San Juan” gira levemente la cabeza hacia la derecha y hacia arriba, produciendo un escorzo muy a la manera clásica, formando un conjunto de elegante ritmo. Mira al Crucificado del Calvario, con un semblante que nos sugiere súplica y amargura, pero, a la vez, dulzura y, sobre todo, paz, ya que está “reconfortado ante lo que ve”. Boca pequeña sobre la que se distingue un casi imperceptible bigote. De fina traza también son sus cejas, que se alzan sobre dos grandes ojos almendrados y tristes.














El elegante movimiento de su porte viene dado, no sólo por su pie derecho adelantado al cuerpo, sino también por la posición de ambas manos: la derecha, prácticamente extendida y adelantada frente a su pecho puede indicar “rebeldía y protesta ante la absurda escena de la ejecución del Maestro”. La derecha, con la palma hacia arriba y alejada de su cuerpo, tal vez muestre “su sumisión ante lo irremediable”.

En palabras de Fernández García, “supo darnos en esta talla en su mirada y escorzo, el momento en el que discípulo amado, comprendiendo la pronta partida del Maestro, implora, con sus ojos fijos en el Divino rostro, misericordia para la tierra, a la que señala”.

 

 

 

Aurelio Carmona. Antonio Rodríguez López. Centenario. Exposición Conmemorativa. Excmo. Cabildo de La Palma:
- “Razones para un centenario”. Antonio Tabares
- “El Siglo de Oro de La Palma”. Juan Régulo Pérez.
- “Don Aurelio Carmona”. Jaime Pérez García.
- “El imaginero Aurelio Carmona”. Domingo José Cabrera Benítez

- FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. «Notas históricas de la Semana Santa en Santa Cruz de La Palma». Diario de Avisos, (5 de abril de 1963).
- FUENTES PÉREZ, Gerardo. Canarias: El clasicismo en la escultura.
- VV.AA. Programa de la Semana Santa, 1997. Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma.

 

 

 


 

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