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SAN BARTOLO DE LA GALGA

José Guillermo Rodríguez Escudero

San Bartolo - como se conoce popular y cariñosamente a San Bartolomé, patrón del barrio de La Galga en el término municipal palmero de Puntallana - se venera en la pintoresca ermita homónima erigida al borde de un profundo y sobrecogedor barranco.


La primera referencia histórica de este recinto religioso se encuentra en las Sinodales del obispo Vázquez de Arce en 1515, lo que da una idea de su antigüedad. En aquella temprana época tan sólo se oficiaba misa cuando sus vecinos “por las tempestades e aguas no puedan venir a la iglesia de Puntallana”. El cronista Lorenzo Rodríguez se refería a la parroquial de San Juan Bautista del casco municipal. En primera instancia estuvo esta ermita bajo la advocación de Nuestra Señora de La Galga, más tarde de La Piedad y por último, de San Bartolomé.

El enladrillado de la capilla ya se había producido en 1602, fecha recogida en la Visita del prelado don Francisco Martínez Cenicero. Otro visitador, don Gaspar Rodríguez del Castillo, mandó construir la pequeña sacristía en 1610, obra que concluyó en 1642. Garrido Abolafia nos aclaraba que,en esta construcción, se trajo las piedras y maderas necesarias de los montes colindantes. Otras obras se produjeron a lo largo de 1651 en la que el mayordomo, el capitán Andrés de Valcárcel y Lugo, se ocupó de la hechura de un lienzo de pared, la ventana de la capilla y la puerta de acceso lateral y su arco de cantería en el que viene esculpido dicho año. Treinta años más tarde, tras la visita de don José Tovar, se dan las órdenes precisas para reconstruir el recinto, debida a su precaria situación y lamentable estado de sus paredes.

Si bien no se conoce a ciencia cierta quiénes fueron los que costearon su construcción original, serían ahora los vecinos del barrio puntallanero los que correrían con todos los gastos. Previamente, el obispo les había otorgado la facultad de pedir limosna, consciente de la pobreza en la que se hallaban inmersos. Se derribaron los dos altares por considerarlos innecesarios y se encaló y se acometieron varias obras menores. No obstante a principios del siglo XVIII la ermita volvía a amenazar ruina y sería el albañil José de Paz el encargado de rehabilitar el pequeño templo. Nuevamente los humildes vecinos aportaron el dinero con la ayuda del mayordomo de la ermita. En 1795 don Domingo Alfaro daba a conocer el grado de “indesensia de algunos ornamentos y la summa pobreza en que se halla esta fabrica y siendo como es sumamente urgente el proveer de remedio”.

El párroco de San Juan Bautista del casco era quien oficiaba las misas, las bodas, los bautismos, los entierros…, pero la distancia entre ambos templos y la pobreza de los vecinos de La Galga motivaron la dejación de obligaciones por parte de los beneficiados. El visitador Alfaro había sugerido que los religiosos del convento de La Piedad de Los Sauces fuesen los encargados de los ritos litúrgicos al mismo tiempo que ordenaba una auditoría de las cuentas de la ermita.

A lo largo de su historia y la de sus mayordomos, siguieron sucediéndose los pleitos y los impagos, las ruinas y las rehabilitaciones.

La pequeña plaza ganada al risco - balcón de vista incomparable- rodea la preciosa ermita que muestra una típica distribución de este tipo en las pequeñas iglesias palmeras. El proyecto de la plaza de San Bartolo –en lo que era un descampado- se redactó en 1951, pero no sería hasta 1978 cuando se tomaría en serio. Una comisión compuesta por los vecinos del pago tenía como único cometido la realización de la tan ansiada plaza. Los propios galguenses serían quienes recaudarían el dinero y realizarían las obras pequeñas con sus propias manos. En un informe que apoyaba esta iniciativa popular, elaborado por la Agencia de Extensión Agraria de San Andrés y Sauces, se reflejaba el gran sacrificio que estaban dispuesto a hacer los vecinos al aportar cada familia unas siete mil pesetas de media y seis jornadas de trabajo.

La fachada es una modesta obra formada por una puerta de medio punto y cantería (construida en 1651 que da acceso a la única nave), una espadaña achatada con dos campanas y rematada por una cruz de madera y un pequeño balcón de tea con su puerta de acceso al coro. Una sola nave conforma su interior. El elemento más antiguo conservado es el arco toral, apoyado en pilastras y columnas de capiteles góticos y cantería gris.

Después de numerosos añadidos y tras varias restauraciones a través de los siglos, se observa una serie de piedras incrustadas asimétricamente a lo largo y ancho del resto de sus muros exteriores pintados de blanco. Las cubiertas son de estilo mudéjar, siendo –como dijera Pérez Morera- “la techumbre de par y nudillo, con cuatro faldones, limas, mohamares y cuadrantes en las esquinas con canes de perfil mixtilíneo”.

Junto a la pequeña imagen del santo mártir (efigie del siglo XVI-XVII) también se custodian, entre otras tallas, la preciosa Virgen de Piedad (gótica) en la hornacina central; una bella pintura de San Isidro Labrador (XVIII) en el ático; la escultura de San Gonzalo de Amarante y la de San José; elementos entronizados en un hermoso y pequeño retablo barroco confeccionado por Bernabé Fernández en 1705, erigido en la capilla mayor. Está fabricado con un solo cuerpo y tres calles con tres hornacinas, profusamente decoradas con elementos vegetales. El venerado San Amaro (s. XVI) está situado en una repisa lateral al igual que la imagen pequeña de San Antonio de Padua.

Según la tradición, San Bartolomé evangelizó Mesopotamia, la India y Armenia, donde fue desollado vivo y luego decapitado. Siguiendo con su iconografía habitual, en la imagen de La Galga también se aprecia la larga túnica y manto de los demás apóstoles. Siguiendo con la Leyenda Aurea, se le representa con “cabellos negros, figura blanca, ojos grandes, nariz recta, barba que comienza a platear, túnica púrpura y cándido manto adornado de piedras preciosas…”. En nuestro santo, las piedras preciosas -concretamente tres- están incrustadas en la diadema o aureola dorada de ráfagas situada sobre su cabeza.

En cuanto a sus atributos personales son un cuchillo en la mano derecha que presenta al espectador y el demonio a sus pies, al que tiene sujeto con una cadena. Sostiene un libro abierto sobre su mano izquierda, símbolo de su evangelización. Desde el siglo XIII también se le ha representado con su propia piel colgando del brazo y el largo bordón con cruz de simple o largo travesaño. En algunas escenas –sobre todo pictóricas- se le representa atado al potro o a un árbol mientras los verdugos le arrancan la piel a tiras.

Un enorme arco confeccionado con helechos, flores, panes, brezo y frutos adornan la calle que da acceso al pequeño templo y por donde pasa la procesión. Los festejos –con gran profusión de actos variopintos- concluyen el último fin de semana de agosto con una gran fiesta de hermandad con orquesta en el frondoso y vecino Cubo de La Galga, una de las mejores muestras de laurisilva de las Islas.

A pesar de que la onomástica del patrón es el 24 de agosto, hay ediciones en la que, para facilitar una mayor afluencia de personas, las fiestas se trasladan al domingo más cercano.

En el municipio se conocen popularmente estas fiestas como las de “los Hombres”, mientras que las celebradas en septiembre en honor a la “Virgen de la Piedad”, se las llama de “Las Mujeres”, por ser las señoras y señoritas de la región las que se ocupan de su preparación.

Otra curiosidad de esta festividad: la Cueva del Infierno (donde piratas y corsarios guardaban a buen recaudo los tesoros robados) se encuentra a unos 15 mts. bajo el nivel del mar, “en dirección al fuego eterno”, y en su oscuridad, se decía que vivía el demonio. En el día del Santo los vecinos pretendían mantenerlo alejado, disponiendo ajos y lazos para atar sus testículos, porque era el día en el que el Maligno (representado a los pies del Apóstol) andaba suelto pululando por el pueblo (sale también en la procesión atado al cuello con una cadena que el santo sostiene en su brazo izquierdo).

El santo patrón –cubierto por un gran manto rojo y cíngulo dorado- recorre un corto itinerario de su calle principal dos veces en el año: en la víspera y en su onomástica. Lo hace sobre unas sencillas andas de madera adornadas con flores frescas, que son portadas a hombros por los devotos vecinos.

El emotivo reencuentro de aquellos que aún están y el especial recuerdo para los que no, constituye un momento muy esperado por este pequeño barrio orgulloso y seguro de tener a San Bartolo como protector, al que piden para poder regresar a verlo el año que viene durante sus bonitas fiestas en el verano de La Palma.

 

BIBLIOGRAFÍA:

- GARRIDO ABOLAFIA. Puntallana: Historia de un Pueblo Agrícola, Ayuntamiento de Puntallana, CajaCanarias, 2002.
- LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, Cabildo de La Palma, 1975
- ROIG, Juan Ferrando. Iconografía de los Santos, Ediciones Omega, Barcelona, 1950

 


 

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