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EL SEÑOR DEL HUERTO Y SUS CUATRO ROSTROS

José Guillermo Rodríguez Escudero

Los frailes franciscanos habían llegado a La Palma junto al Conquistador Alonso Fernández de Lugo a fines del siglo XV. Bajo las órdenes del Canónigo de Canarias, don Alonso Samarinas, delegado de la Jerarquía eclesiástica, iniciaron la evangelización de la Isla.

Pasaron siete años de miseria y pobreza habitando en chozas y humildes viviendas “cubiertas de palmas y piteras” junto a la primera ermita construida en el oriente de Benahoare. Había sido erigida bajo la advocación de Nuestra Señora de La Encarnación. Después de duros trabajos para poner los cimientos del edificio religioso a ellos encomendado, abandonaron la zona alta donde se hallaban para trasladarse al otro lado del Barranco de Las Nieves. Allí se había clavado la Cruz del Tercero el 3 de mayo de 1493, fecha en que acabó la Conquista de La Palma. Se establecieron en una pequeña y rústica casa que hizo de convento en la huerta de Santa Catalina, donde se edificó una ermita y más tarde un castillo, ambos bajo la advocación de la Mártir de Alejandría. Doña Magdalena Infanta les donó en escritura pública un sitio más seguro. La firma la efectuó ante Pedro Belmonte el 22 de noviembre de 1508.

Muchos donativos recibieron de los primeros pobladores de Tedote, pero fueron insuficientes. Por ello tuvieron que acudir a la Reina Doña Juana. Accedió a los ruegos de los franciscanos y les envió grandes regalos. Estos fueron condicionados a que el nuevo cenobio a construir estuviera dedicado a la advocación de la Virgen María en el augusto misterio de La Inmaculada Concepción. Esta importante aportación de la soberana quedó perpetuada con el escudo real esculpido en piedra sobre el pórtico principal de la seráfica iglesia. Dio comienzo un ambicioso proyecto de obras, sucesivas reformas, ampliaciones, fundaciones de capillas (donde las principales familias de La Palma hacían fundaciones de misas y aniversarios a sus principales devociones), etc. Allí fabricaban también los mausoleos y sepulcros familiares.

Desde aquellos precisos instantes de la instauración franciscana en el real monasterio, tuvieron asiento las primeras devociones de la Orden Seráfica: La Inmaculada, San Francisco, Cristo Crucificado, la “Agonía de Jesús en el Huerto de Los Olivos”, etc.

Mientras que los frailes, para fomentar y mantener la devoción al Crucificado, fundan la poderosa “Cofradía de la Vera Cruz”, la veneración al “Señor del Huerto” fue confiada a los terciarios. Por este motivo, la imagen del Cristo fue puesta como titular de la Capilla de la Confraternidad de la Venerable Orden Tercera de penitencia de San Francisco (V.O.T.) que se construía en los aledaños del convento y bajo la espadaña del templo franciscano. Esta Orden fue fundada en virtud de la Patente de Fray Juan de Vergara, Ministro Provincial, dada en este convento el 10 de marzo de 1633. Según el Libro I de la Hermandad, era Guardián del cenobio franciscano, Fray Antonio Moreno.

Sin embargo, no constituyeron Cofradía especial para los solemnes actos anuales de la Pasión y Muerte del Señor. Esto no fue óbice para que se hiciera una austera, devota y recogida procesión el Lunes Santo con la imagen del Cristo que presidía sus capillas y cultos mensuales, tanto en la Península como en el Archipiélago.


La doliente imagen del Santísimo Cristo bajo la advocación del Huerto, “que llaman de los nasarenos”, ha tenido en los últimos cuatro siglos, en la iglesia de San Francisco de Asís de la capital de la Isla, cuatro rostros, como nos dice don Luis Ortega Abraham, “en respuesta a modas artísticas”.


EL CRISTO “DE LAS VACAS”

Así aparece a principios del siglo XVI la devoción al Señor del Huerto en el Real Convento de la Concepción de frailes menores, en la Capilla de la V.O.T. de la capital palmera. La Dolorosa de esta Orden recibía culto los jueves de Cuaresma, pasándose posteriormente esta celebración al “Cristo de la Piedra Fría” en la actual parroquia de San Francisco; y aquí mismo, los lunes, al “Señor del Huerto”.

A mediados del siglo siguiente, en 1637, el Regidor Decano del Cabildo de La Palma, don Matías de Escobar y Pereyra (1618-1686)- hermano del Canónigo y Obispo electo de Puerto Rico, el doctor don Pedro de Escobar (1616-1673), gran protector de la comunidad mendicante y Arcediano de Canarias -, hace la piadosa donación de una escultura de Cristo con tres de sus apóstoles dormidos, posiblemente esculpidos en un taller local o sevillano. Es en esta ciudad hispalense donde el prelado se había graduado de Bachiller de Cánones. Don Pedro fallecería en 1673 sin haber conocido su Diócesis americana.

Don Luis Ortega, a este respecto, nos informa de que “la autoría del paso primitivo motivó varias especulaciones, desde el encargo a un taller andaluz o algún escultor propio o foráneo, activo en las islas realengas, donde se instalaron, de camino a América, oficiales de todas las ramas y oficios. En el abanico de las posibilidades figuraron nombres tan ilustres como el sevillano Martín de Andújar – que importó al próspero puerto de Garachico la estética montañesina- o uno de sus brillantes discípulos: el gomero Francisco Alonso de la Raya y el tinerfeño Blas García Ravelo...”. El investigador y periodista palmero también menciona al excepcional imaginero y retablista don Antonio de Orbarán, al que se le atribuye el fabuloso retablo mayor de La Candelaria de Tijarafe y el famosísimo de El Salvador, tristemente desaparecido, entre otras muchas obras. Otro artista bien pudiera ser el que fue su único alumno conocido, su hijo don Andrés, nacido en 1640 y residente en la capital palmera hasta 1675.

Finalmente, el profesor palmero don Jesús Pérez Morera zanjó este polémico asunto encontrando un testamento otorgado en 1681 por don Sebastián Rodríguez de Las Vacas. Ortega, en su artículo sobre Semana Santa, nos informa de que en él, “entre otras capitulaciones, instó a sus herederos al cobro de doscientos pesos que le adeudaba el capitán Matías de Escobar Pereira por la hechura del Señor del Huerto y sus apóstoles, y la Virgen de la Soledad, todos ellos para el convento franciscano de la Inmaculada Concepción”.

La ubicación del Cristo era en la capilla tercera y el Lunes Santo el día de la Semana Santa asignado para su culto. Según don Luis Van-de-Walle, en su artículo publicado en la prensa en 1962, don Matías fundó el 30 de marzo de 1667 un Patronato destinado a sufragar los gastos derivados de los oficios y la procesión, firmando la escritura hecha con los frailes franciscanos ante el escribano público Tomás González. Dotaba así a la celebración de una solemne función religiosa y la procesión del paso de la “Oración en el Huerto” todos los Lunes Santos por la tarde. El historiador Fernández García confirma otra fecha bien distinta de su fundación: el 30 de mayo de 1637, treinta años antes. También don Luis Ortega coincide con esta última data. Es probable que haya habido un error tipográfico en la publicación de don Luis.

Doña Ana Beatriz de Valcárcel y Escobar, mucho antes de que esto sucediera, había distinguido a su hija mayor, doña Antonia Poggio y Valcárcel, “con el tercio y remanente del quinto de sus bienes...” Unas mejoras en las que también incluyó medio décimo de la hacienda de Tazacorte y la mitad de las casas principales, etc. Doña Antonia, como nos detalla don Jaime Pérez García, “guardaba en una sala de sus casas la imagen del Señor del Huerto y desde allí se llevaba todos los Lunes Santos a la iglesia del convento franciscano para celebrar los oficios del día, celebración ésta que desde época de don Matías de Escobar hacía la familia”. El cronista oficial de la capital palmera continúa informando de que “llevada por su devoción, doña Antonia dispuso en su testamento que después de su muerte se pusiera dicha imagen al culto en aquella iglesia; para ello mandó se construyera un altar cuyo costo se cubriría con el rédito de sus bienes raíces durante dos años sin que sus herederos pudieran entrar en su goce y posesión”. El sobrino, albacea de la otorgante, don Joaquín Poggio y Alfaro, llegó a un acuerdo con doña María de Altagracia Massieu para colocar la imagen del Señor del Huerto en la capilla colateral de la Epístola de la que, por dicho concepto, ostentaba su patronato.

En el testamento que hace doña Antonia Poggio y Valcárcel, el 11 de septiembre de 1804, dona una importante cantidad de dinero para que se inicien los trabajos de un nuevo retablo en la capilla de Montserrat o del Sagrario, como también se le llamaba, “a condición que se permita trasladar a él la sagrada Imágen del Señor del Huerto”. El retablo se ejecutó por un importe final de trescientos pesos.

Dos décadas después de la herencia de doña Antonia, su deseo fue hecho realidad. Efectivamente, el 14 de diciembre de 1814, doña Maria Altagracia Massieu, Viuda de don Juan de Guisla y Pinto, Patronos ambos de aquella capilla, dio licencia para que fuera solemnemente entronizada la efigie del Señor, ya sin los tres apóstoles por encontrarse muy deteriorados.

En él se colocaron junto al Señor, dos preciosas tallas: “San Blas Obispo” y “Santa Apolonia”. Afortunadamente estas dos piezas aún se veneran en la misma iglesia.

Pérez García también recoge el acta notarial de 1809 firmada por el escribano público Felipe Rodríguez de León. En ella consta que había conformidad por parte de los frailes franciscanos “por ser proporcionada y adaptable para el caso como por quedar la majestad de Jesucristo Sacramentado que alli se custodia con mas decencia de la que en el dia tiene”. Por ello, la interesada concedió la licencia condicionada a que el suplicante edificase el retablo “adornándole de los dorados y pinturas que sean necesarias”. También le pondría urna o sagrario donde custodiar al Santísimo con el ornato requerido sin que por ello don Joaquín Poggio o sus herederos adquirieran derecho alguno al patronato, capilla o sepulcro, por quedarle éste siempre a su favor; sí había de correr por cuenta del suplicante el atendimiento del nicho, velo y retablo, y después de su fallecimiento, sus descendientes y sucesores.

Con esta imagen apropiada del Cristo y con su formal Patronato, el piadoso fundador quería prolongar la procesión- que se hacía sólo por los atrios de la iglesia y convento - el Lunes de la Semana Mayor por las calles de la población. Para ello, hace las gestiones necesarias y recibe permiso del Obispo de Canarias, Fray Juan de Toledo, de la Orden de San Jerónimo y cuadragésimo cuarto en el episcopado canariense. El prelado, que se hallaba visitando las parroquias del norte de Tenerife, firmó la autorización en el Realejo de Arriba.

El Patronato pasaría muy pronto a la noble Familia Poggio, entroncada con la de Escobar y Pereyra y muy relacionada con la orden franciscana de La Palma. Efectivamente, todos los solemnes cultos en honor al “Señor del Huerto” quedarían vinculados a aquella prestigiosa saga por el matrimonio de doña María de Escobar y Guzmán, hija del fundador, con el Castellano de las Fortalezas de La Palma, don Felipe Bautista Poggio y Maldonado, “corriendo a su cargo desde el año 1779 hasta principios de 1900 en que esta fundación especial fue redimida notarialmente por don Félix Poggio y Lugo” (Alberto-José).
El Canónigo de Tenerife, don Juan Van-de-Walle, continuaba informándonos de que la mayoría de los miembros familiares “recibieron el cordón seráfico, perteneciente a la Tercera Orden”. Continúa el religioso diciendo que “desde entonces esta distinguida familia palmera desempeña con gran amor y celo el piadoso oficio de Mayordomo del Señor del Huerto en Santa Cruz de La Palma”.

Esta capilla había sido fundada por don Gabriel de Socarrás y Centellas y su esposa, doña Ángela de Cervellón y Bellid. El ilustre caballero catalán, conquistador de la Isla y luego Regidor de ella, había fundado la capilla en honor a su Patrona, la “Virgen de Montserrat”, en 1556. Allí fue su panteón familiar y se colocó la imagen mariana en el antiguo retablo. Hoy se venera en la hornacina central del de “San Nicolás de Bari”, si bien, hasta hace unos años estaba ubicada en el nicho central superior del mismo.

Don Félix Poggio y Alfaro, ya mayordomo del Señor, adquiere un nuevo trono procesional algo más pequeño que el original para colocar en ella al Cristo con el Ángel. Esta base fue estrenada en la Semana Santa de 1827 y con ella el “Cristo del Huerto” “se paseaba con su angustia por la ciudad”.

Siendo Fray Juan Antonio Carpintero Padre Guardián del Convento de la Inmaculada Concepción, el día 1 de noviembre de 1835 el ministro Mendizábal inicia la desamortización eclesiástica. Su iglesia fue cerrada y su monasterio suprimido.

Don Luis Van-de-Walle nos sigue informando de que “hasta la primera mitad del siglo XIX, la Iglesia en España estuvo en posesión de sus bienes, rentas y derechos, que gozaba y convertía en los usos que tenía por conveniente, con entera independencia como cualquier otro propietario”. Tras aquel edicto ministerial, sin embargo, el Estado confiscó todos los bienes de la Iglesia, considerándolos como propios y decretando finalmente su enajenación. A raíz de aquella desamortización, tristes y lamentables acontecimientos se sucedieron. Así, se extinguieron numerosos cenobios y monasterios. Fue el caso del Real Convento de la Inmaculada, cuya espléndida iglesia fue saqueada y reducida a una triste ermita abandonada. Cuatro años estuvo sin culto el viejo templo seráfico.
Tras el nombramiento del Beneficiado de El Salvador, don Manuel Díaz, este venerable y polifacético sacerdote liberal trabajó incansablemente para sacar de aquel olvido y abandono a la iglesia, en otros tiempos tan hermosa.
El resurgimiento del templo tuvo lugar oficialmente en la Semana Santa de 1839. El propio Rector, el Cura Díaz, se encarga personalmente de que todos los actos y funciones religiosas se celebren con gran solemnidad y boato.

Entre las novedades en la organización de los actos de la “Pasión y Muerte de Cristo” destaca el traslado de fecha de la suntuosa y multitudinaria procesión del “Señor del Huerto”. Así, ésta comienza a desfilar el Domingo de Ramos por la tarde.

Don Manuel compone el motete “In Monte Olivetum” para ser representado y ejecutado “con gran orquesta al regresar la procesión a San Francisco”.
A pesar de los esfuerzos por mantener en buen estado la imagen del venerado Cristo, aquellos años de abandono le habían causado daños irreparables. Por este motivo, ya se pensaba en sustituir la imagen regalada por el Regidor Escobar y Pereyra. Ya hacía años, como vimos, que el grupo de los tres Apóstoles durmiendo se había retirado del paso por hallarse muy deteriorados. Le tocaba el turno al piadoso Cristo.

En 1936, de los Apóstoles Pedro, Juan y Santiago, sólo dos fueron reconstruidos. Según Fernández García: “ reciben veneración bajo dos advocaciones de Nuestro Señor, uno en la Parroquia de San Pedro de Breña Alta y el otro en la capilla de la Venerable Orden Tercera de esta ciudad”. Luis Ortega, al hablar de ellos, informa de que uno de ellos fue “restaurado y transformado en la advocación del Nazareno”. También que desfiló procesionalmente en Breña Alta desde 1936 y que otro “experimentó el mismo proceso en la capilla de la VOT, y por último la cabeza de San Juan Evangelista la recuerdan viejos cofrades dando tumbos por las lonjas”.

Precisamente en la Capilla Tercera existe un precioso busto en madera policromada de unos 65 cmts. Probablemente sea parte de una imagen de candelero de un “San Juan Evangelista” de estilo clasicista que, aproximadamente en 1860 talló Nicolás de las Casas, quizá para formar parte de la escena del Calvario junto con la Dolorosa, salida también de su gubia. Guarda un parecido certero con su homónimo de la parroquial de Puntagorda, esculpido hacia la misma época. No es, por tanto, el “San Juan” que acompañaba a la primera imagen del Cristo.

El mencionado Nazareno de la parroquia de San Pedro de Breña Alta pasó después como “Ecce Homo” a la ermita de San Bartolomé de La Galga. En su sacristía se guarda y tan sólo se expone para la veneración de los fieles durante los actos de la Semana Santa de aquel pago de Puntallana.
Del misterioso imaginero hacedor de la talla primigenia de “Nuestro Señor del Huerto” bien poco se conoce. No existe otra constancia documental acerca de su biografía y de su obra. Para finalizar con palabras de Ortega Abraham, “sus obras tuvieron más de cien años de culto, pero difícilmente sabremos cómo fue aquel Jesús de Getsemaní, rodeado de los apóstoles durmientes, cuya factura siguió el obispo electo de Puerto Rico, aunque lo pagara, o lo debiera, su hermano Matías”.

EL SEÑOR “DE CARMONA”

La figura del aventurero don Antonio Marcelo Gómez Carmona (1713-1791) es una de las primeras que aparecen en el marco de la Ilustración en el Archipiélago, si bien el escultor Rodríguez de la Oliva ya lo había iniciado con algunas limitaciones.

El artista bohemio había llegado a La Palma tras una aburrida existencia en Gran Canaria. Eran muy célebres sus arrebatos de ira y sus maldiciones. En 1781, cuando se encontraba esculpiendo al “Cristo de las Siete Palabras”, encargo del Coronel Massieu Salgado para la desaparecida ermita del “Cristo de La Caída” de la capital palmera, pronunció un gran número “de malas palabras [...] que provocó el descontento de sus conciudadanos”. La blasfemia llegó a oídos del Tribunal de la Inquisición. Para evitar males mayores decide irse a América. Sin embargo, antes tuvo que defenderse ante los jueces de la temida institución, argumentando que los improperios iban dirigidos, no al Señor, sino a la talla de “Gestas, el Mal Ladrón” debido a un fallo en el instrumental.

Las tallas de los dos Ladrones que custodiaban al Cristo, “Gestas y Dimas”, fueron pasto de las llamas que arrasaron la ermita. Sin embargo, milagrosamente, se pudieron salvar las dos imágenes de Cristo.

El desaparecido historiador palmero Fernández García apreciaba gran similitud entre este gigantesco Crucificado (de 2,20 mts.), actualmente venerado en la Parroquia Matriz, con el segundo “Señor del Huerto” de San Francisco, cuya autoría atribuye a Carmona. Hay, efectivamente, como nos confirma Fuentes Pérez, una serie de rasgos muy similares: “igual tratamiento para los ojos, boca ligeramente abierta, inclinación de la cabeza hacia la derecha, etc.” También opina que “a pesar de estas connotaciones, se descubre una clara diferencia de estilo y de cronología entre ellos. El Crucificado es de fecha anterior, quizá de finales del siglo XVII, mientras que el Señor en el Huerto ofrece un estudio más reciente. Sin embargo, es muy posible que Marcelo se inspirara en el Crucificado, quizá por cuestiones personales”.

Este hijo de portugués y de palmera, de carácter fuerte y arisco, llegó a ser director del Hospital de Dolores de Santa Cruz de La Palma, y poseedor de gran talento como escultor. Lamentablemente no ha llegado documentación alguna acerca del precio de esta obra, ni fecha, ni orden de pedido de la nueva talla del Cristo de Getsemaní.

En la talla cristológica del paso de la Oración del Huerto, esculpida hacia 1733 en madera policromada, no se aprecia una gran originalidad por encontrarse en ella una serie de repetitivos viejos esquemas barrocos. Así, la faz de Jesús expresa la amargura de aquel momento “y fue esculpido respetando tanto la fisonomía, cuyos resultados no podían ser muy gratos, en cuanto que obtuvo un semblante algo brusco y de poco encanto”. En su estudio sobre el autor y su obra, don Gerardo Fuentes continúa diciendo que “la mirada se dirige hacia lo alto, mientras que las manos las cruza en señal de súplica. El cabello está tratado con cierto realismo, a base de alargadas ondas. Las manos, en cambio, aunque con buen acabado, no cuentan con ritmo digital apareciendo yertas y carentes de movilidad, pero se observan en ella detalles como las venas y arrugas, que son características del estilo de este escultor”. Un artista que se manifestó un tanto neoclásico en pintura y en las labores lígneas, y barroco, pero con suavidad clasicista, en escultura.

Don Luis Ortega escribía así sobre las dos mencionadas esculturas cristológicas de Carmona, epígonas del barroco tardío: “sobradas de aliento y de oficio, aspiran a que la gestualidad sea carácter, acentuando los rasgos y la tensión dramática por encima de la belleza del modelo, el mismo para los dos casos mestizo de ojos largos y marcados pómulos, creíble en su desamparo y con la dignidad estoica que anuncia el neoclásico, tanto en agonía de la Cruz como de rodillas, en la soledad y la visión del martirio profetizado”.


Actualmente esta talla de candelero del Cristo arrodillado (de 1,10 mts de altura) se encuentra en el antiguo altar del ex cenobio de Santa Catalina de Siena, hoy en la Parroquia de Los Remedios del palmero municipio de Los Llanos, concretamente en la capilla de la nave del Evangelio. Alberto José confirmaba en sus Notas históricas... que esta talla, junto con el “Nazareno” de Bernardo Manuel de Silva (c. 1710), constituyen el “paso de mayor categoría artística” y “la más sobresaliente” de cuantas efigies desfilan procesionalmente en aquella ciudad del oeste de La Palma.

En el archivo de este templo del Valle de Aridane consta que, en el año 1855 se da autorización para iniciarse su procesión en torno a su nueva morada, siendo el encargado de esta iglesia don Pablo Lorenzo y Kábana.

EL JESUCRISTO “DE LAS CASAS”

La segunda imagen del “Cristo del Huerto” se encontraba ya en un deplorable estado de conservación, por lo que don Félix Poggio y Alfaro (como también nos recuerda Alberto-José) creyó conveniente sustituirla por esta nueva talla que nos ocupa. Tras la gran acogida que había tenido la recepción del magistral “Cristo de la Caída”, obra del imaginero sevillano Benito de Hita y Castillo, se pensó conveniente tratar la nueva imagen con algún taller hispalense. Sin embargo los planes fueron cambiados y se cedió el encargo a Nicolás de Las Casas, que también fue un afamado armador. En 1862 había botado la fragata “Ninfa de los Mares”, la mayor que hasta entonces había salido de los astilleros palmeros y “el velero más gallardo de la marina mercante del país”.

El “entusiasta y fervoroso” mayordomo don Félix Poggio, teniente de las Milicias de La Palma, en palabras de don Luis Van-de-Walle, “despliega toda su actividad para adquirir nueva imagen. Y mientras unos discuten y opinan encargarla a la Península, es el Señor Díaz quien propone sea encargada a un hijo de La Palma, el principiante estatuario, don Nicolás de las Casas Lorenzo, quien la terminó a principios de noviembre de 1862”.

Se trataba de una imagen de candelero de estilo clasicista en madera policromada de unos 1,10 mts. de altura. Esta figura aparecía de rodillas mirando hacia lo alto, mientras cruzaba plácidamente las manos a la altura del pecho. Era una de las primeras esculturas que salen de las manos del artista palmero. Según la opinión del mencionado Deán, “ciertamente no es de las mejor logradas, pero a pesar de que el arte no resplandece en ella, durante un siglo ha llenado el conjunto de sagrados pasos de la Pasión de Cristo, dentro del marco, solemne y severo, de la Semana Santa palmera”. Luis Ortega también apunta a que se trata de un “mediocre grupo de Nicolás de Las Casas (Jesús orante y un ángel que lo confortaba), que se conservó en la iglesia franciscana entre 1863 y 1968”. El mismo investigador, cuando habla del Cristo, dice que es “hierático y de tosco modelado”, pero que, en cambio, el ángel es de “mejor factura”.

Nos informa Fuentes Pérez de que “contiene esta obra una cierta originalidad en cuanto a que el autor no repitió los esquemas de la estatuaria del bajo barroco”.
La efigie de este “Señor del Huerto” se asemeja a la del “Cristo del Perdón” de Estévez del Sacramento, entronizado en la antigua capilla de Santa Ana, colateral del Evangelio de la parroquial de El Salvador de Santa Cruz de La Palma. Es posible que De las Casas encontrase en esta figura de la Pasión un “dolor perfecto, resignado, desprovisto de todo drama” y por ello hizo un intento de emularlo.

El mismo autor de la obra sobre el clasicismo en la escultura, don Gerardo Fuentes Pérez, destaca de esta bella imagen del Redentor “el dominio del dibujo que prevalece sobre el estudio anatómico”.

El 26 de noviembre de 1862, según las crónicas del Canónigo don Luis, “en función muy solemne y concurrida, celebrada por la noche en la iglesia de San Francisco, el Beneficiado Díaz bendijo la actual imágen del Señor del Huerto. Se cantó el ‘Nombre del Señor’. Predicó el mismo Señor Díaz, terminando con el canto del motete ‘In Monte Olivete’”.

Los motetes que se interpretaban en nuestra Semana Santa, tan suntuosa, tan especial, tan cargada de emotividad, se iniciaban con el llamado popularmente “In Monte Olivete” (“En el Monte de los Olivos”) en la procesión de “El Señor del Huerto”.
Recuerda don Luis Cobiella: “Era un motete singular: forte modo mayor, inicio de primera voz sola en sonido invariablemente sostenido sobre el que, luego, se iniciaba la segunda voz ascendente, ascendencia que, ahora contagiada a ambas voces, alcanzaban agudo ápice”.

Así empezaba: “In Monte Olivetum oravit ad Patrem; ’Pater mi, si posibili est, transeat a me calis iste…’” (“En el Monte de los Olivos imploró al Padre:/’Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz… ‘”).
Nicolás de las Casas Lorenzo (1821-1901) fue un fiel seguidor del arte del orotavense Estévez del Sacramento que refleja en cada una de sus obras. Piezas salidas de su gubia, estilísticamente bastante sencillas y de modelados suaves, son, así mismo, la “Virgen de Los Dolores” y el “San Juan Evangelista” de la iglesia de San Mauro de Puntagorda, el también “San Juan Evangelista” (cabeza) y “Nuestra Señora de Los Dolores”, ambas de la Capilla de la Venerable Orden Tercera de la capital y el “Señor de la Columna” de la parroquia de Los Remedios de Los Llanos de Aridane.

El restaurador palmero don Domingo Cabrera Benítez nos informa de que también se le encargó al escultor neoclásico el Ángel para representar fielmente las Sagradas Escrituras: “Se le apareció un ángel del cielo que lo confortaba...” (Lucas 22, 43). El mismo artista nos detalla que, durante su proceso de restauración, “la imagen del ser alado que actualmente contemplamos puede ser fruto de diversas modificaciones de otro anterior (presumiblemente del siglo XVII), y retallado definitivamente por el escultor palmero Nicolás de las Casas Lorenzo en el siglo XIX, puesto que las cualidades estilísticas del cabello y alas así lo atestiguan, a la vez que los diversos materiales (escayola y policromías) empleados para tal fin por el artista decimonónico”. Afortunadamente así se ha recuperado una de las piezas secundarias, “pero no por ello menos digna de admiración”, de la suntuosa y sentida Semana Santa capitalina.

Nos informa Fuentes en su obra de 1990 de que, “en fecha reciente esta imagen pasó a la iglesia de San Pedro de Breña Alta para ser sustituida por otra procedente de la Península”.

EL MESÍAS “DE ABASCAL”

Don Juan Abascal Fuentes (1922- 2003), Catedrático Emérito de escultura de la Escuela Santa Isabel de Hungría de Sevilla e imaginero con escuela propia, cincela en 1969 un “rostro grave y doliente que suda sangre”. Esta expresiva talla, representación de un Cristo angustiado, pesaroso, desvalido, solo, arrodillado con los brazos caídos y las palmas de sus manos en posición de súplica, fue donada por la Familia Poggio. Alza su rostro implorante hacia el cielo, cargado de una gran emotividad.

El artista sevillano había tenido que atender numerosos encargos de carácter religioso debido a la gran destrucción de imágenes que se produjo con la Guerra Civil Española. Fue discípulo de uno de los escultores españoles más relevantes del siglo XIX, el gaditano Vassallo Parodi (1908-1986).

Como también nos recuerda el investigador Rodríguez Lewis, el Diario de Avisos de 29 de marzo de 1969 decía en una nota lo siguiente: “Tenemos el gusto de comunicar al público que mañana domingo, después de la misa de las 6 de la tarde, en la Parroquia de San Francisco de Asís, será bendecida la nueva imagen del Señor del Huerto, obra del escultor sevillano Juan Abascal”.

Cuando la saga de mecenas Poggio dejó de ocuparse de los cultos en honor a la escultura del “Señor del Huerto”, ésta dejó de salir a la calle y tan sólo se celebraba por la noche el “Nombre” y sermón con misa cantada el Lunes Santo. Alberto-José también nos informaba en su detallado artículo en 1963 sobre nuestra Semana Santa de que, “en 1924 empezó a sufragar los gastos de la procesión don Celestino Cabrera Perera y en 1929 se hizo cargo de ella la Venerable Orden Tercera para lo que se hacía petición pública y se cobraba un censo de 60 pesetas, único de los derechos que hoy todavía se tiene de otros tributos que poseía el Señor del Huerto, los que fueron redimidos a través del tiempo”.

El mismo autor nos aclara que ya más tarde, en 1952, la persona que se hace cargo de los gastos de los cultos fue don Manuel Poggio y Sánchez.
La riquísima túnica de color violeta que luce la imagen, bordada en oro, costó 218 pesos y fue adquirida en 1821 a la Cofradía de San Pedro de la Parroquia Matriz de El Salvador. Tras una reunión celebrada el 22 de diciembre de 1818, aquella Hermandad decidió desprenderse de la valiosa pieza ya que la mayoría de los Cofrades no veían con buenos ojos el hecho que el “San Pedro Penitente” vistiera tan lujosamente como el “Señor del Perdón”.

El mencionado don Manuel Poggio, en 1956 regaló una nueva túnica a la que se le pasó los bordados de oro de la antigua, y fue enriquecida con más cantidad de esos bordados. Sobre uno de sus hombros cuelga un manto rojo de damasco gallonado ribeteado en oro.

Cada uno de los colores litúrgicos, como los mencionados rojo y violeta, no están elegidos al azar, sino que tienen una especial simbología. Así, el rojo es el color del fuego, del amor y de la sangre, muy utilizados en las celebraciones de la Pasión y los misterios de la Cruz. El violeta o el morado es el color utilizado en Cuaresma y en Adviento, celebraciones penitenciales, exequias... es el elegido para denotar dolor, tristeza y penitencia.

La escultura de Abascal, cuya expresión “desgarra el corazón de cualquiera”, desfila actualmente en un pesado trono al que se le planta un enorme y recién cortado olivo del vecino patio de la Orden Tercera Seglar (así se llama ahora la VOT) o más bien, grandes ramas que configuran el árbol. Éste se sitúa a las espaldas del “Señor Orante” y del “Ángel Confortador” esculpido por Nicolás de las Casas y se mece majestuosamente a cada paso solemne y sincronizado de los hábiles cofrades.

En la esquina de la izquierda de las andas, la derecha del observador, se colocan los símbolos de la pasión que emergen desde el interior de un gran cáliz dorado adornado con relieves. Una cruz de madera oscura preside la alegoría donde aún se aprecian los tres clavos. De ella se sujeta una corona de espinas y sirve de soporte a dos largas lanzas. En el extremo superior de una de ellas se ha colocado la esponja del vinagre. También se observan los siguientes elementos: la bolsa de Judas, una cadena gruesa usada para los reos, dos látigos... Lamentablemente, el pequeño gallo de vistosos colores desapareció hace unos años. Éste se posaba en una ramita que salía del tronco sobre el que se apoyaba el cáliz.

El ángel luce túnica blanca bordada en oro y alas también blancas. Llevaba un cáliz dorado en la diestra. En las últimas ediciones se ha suprimido el cáliz y la gasa, y en su lugar se le ha colocado sobre un hombro una banda de tela verde con detalles en oro y un cíngulo también dorado. El color negro de las botas se ha convertido en oro tras la restauración. Al igual que sus alas, se decidió estofarlas y dorarlas, puesto que se hallaban totalmente repintadas de blanco. Se había perdido el pan de oro que en su origen (s. XVIII) debieron presentar. El restaurador don Domingo Cabrera, también nos informa de que “para ello, se emplearon los métodos habituales de pulimento con piedra de ágata y decoración a base de clara de huevo y pigmentos minerales, siguiendo modelos de otras esculturas coetáneas existentes en la Isla. El mismo procedimiento se empleo en las botas de la efigie”.

La primera vez que la actual imagen desfiló por las empedradas calles de la ciudad fue el 30 de marzo de 1969. Hasta 1986 este paso salía a las 18:45 después de la misa dominical de tarde. En ella tenía lugar lo que viene siendo tradicional es las procesiones de San Francisco, donde la predicación se efectúa en los momentos previos de la entrada de la imagen. También la Cofradía titular leía a la salida y a la llegada pasajes bíblicos, comentarios o poesías realizados al efecto. Concretamente, desde el año 1996, han sido poemas del cofrade don Francisco López González con el título genérico de “Getsemaní”, seguido por el año de representación. Son bellos versos cargados de emotividad en honor al “Cristo del Huerto” leídos bajo un silencio sepulcral unos instantes previos a la entrada de la procesión y antes de que se despida a la imagen con el tronar de tambores y cornetas y el tañido de luto de las campanas.

“Bajo un olivo se despoja de Dios, por un momento,
la imagen más agónica y abre una brecha
en la textura de la tierra. Un grito
que se arranca en la mirada
hace al silencio un hueco despropósito.
Drama en el huerto desbocado precipitando aroma
Entre la sangre. Cristo de la expresión inversa […]”

Francisco López González
«Getsemaní, 1998»

Don Fernando Leopold nos recordaba aquellos mágicos instantes del pasado, cuando “la plaza de San Francisco era una algarabía de chiquillos, correteando. Esperaban la salida del primer estandarte. La primera procesión de la Semana Santa de Santa Cruz de La Palma, “el Señor del Huerto”, estaba a punto de salir. Dentro d e la iglesia, el más avispado se aferraba al estandarte. Él había llegado el primero y él tendría el honor de llevarlo en la procesión. Varios más se agolpaban a su alrededor pidiéndole compartir su carga un poco, cosa que siempre terminaba ocurriendo, no por la benevolencia del abanderado, sino por cansancio. Los recorridos procesionales de la época minaban las fuerzas de cualquiera...”

El querido paisano tenía mucha razón. La procesión del Huerto subía por San José (antes, tal vez como ahora, por la histórica callejuela de Santa Águeda) y entraba en el Hospital de Dolores (hoy pasa de largo, aunque la mira de soslayo, mientras es saludado por el repique solemne y triste de sus campanas). Allí descansaban el del estandarte, el sacerdote, los cargadores, la banda de música, el concejal, el pueblo... Luego bajaba la cuesta de Mataviejas o El Lomo y se dirigía a Santo Domingo por la trasera de El Salvador (hoy baja por S. Vicente de Paúl, la Barriada 18 de Julio y Pérez Camacho. Luego baja El Puente y regresa a su templo). En la iglesia del ex convento dominico tenía lugar otro descanso. Se recuperaba algo de fuerzas para continuar por las calles de San Telmo, Sol, La Luz y descender más tarde la “cuesta Matías”. Por la Calle Real (O’Daly) llegaba a El Salvador “donde entraba solemnemente mientras desde el Coro se oían las notas de ‘In monte olivetum’...”. Ahora, los cargadores giran el trono desde El Puente en señal de respeto mientras recibe el saludo del tañido sobrecogedor de las campanas. Desde la suntuosa Parroquia Matriz retornaba a San Francisco por Pérez de Brito. Allí volvía a sonar el mismo motete como cántico, ¡por fin!, de bienvenida. La única procesión actual que guarda un parecido itinerario es el “Nazareno” del Miércoles por la tarde, tras el “Punto en La Plaza” con la “Dolorosa” y “San Juanito el Alcahuete”.

Luis Ortega Abraham nos describe así la imagen doliente: “Con su gubia enérgica y su valiente policromía, Abascal consiguió una poderosa y verosímil representación de un hombre de rasgos comunes, abrumado por la pasión inminente, en la frontera de la fe y de la flaqueza, un hombre solo que inquiere a Dios las terribles respuestas que conoce”.

Desde 1987 se encarga de la imagen y de la organización de los solemnes actos anuales en su honor durante el Domingo de Ramos la “Cofradía de Cargadores de Nuestro Señor del Huerto”. Visten túnica blanca con un capuchón verde de raso en el que va cosida una cruz roja atravesada por tres clavos, un cíngulo de soga de esparto, guantes blancos y zapatos negros. Una hermandad que surge por la preocupación de unos jóvenes estudiantes universitarios de mejorar una de las tradiciones más importantes de su ciudad, la Semana Santa, “una de las más admiradas del archipiélago Canario debido a su importante imaginería”. En su propia página virtual también informan acerca de sus proyectos y fines. Una de las labores que se detallan en ella es, precisamente, la creación de un folleto en el que se recogía los actos y procesiones de la Pasión palmera y una breve reseña acerca de cada uno de los pasos que desfilan en ella. Un cuadernillo que ha evolucionado. Gracias al Ayuntamiento y al Cabildo “se ha convertido en un espléndido y completo programa de la Semana Santa de Santa Cruz de La Palma”.

En ese original programa se puede leer lo siguiente: “El logro de Abascal es innegable, y no exenta de toda crítica. La imagen es un total reflejo del sufrimiento de Jesús antes de ser abandonado, traicionado, condenado y crucificado. Su postura no puede ser más expresiva. Jesús se dispone a rezarle al Padre, para ello se arrodilla en la dura tierra. Sus brazos aparecen caídos y las palmas de sus manos abiertas en posición de súplica; su rostro, bañado en sudor, si no de sangre; su mirada triste y desesperada que se pierde en lo más profundo del cielo; sus ojos, que suponemos inundados de lágrimas, nos dan esa visión de Cristo hombre que en un determinado momento sintió miedo; y el movimiento de sus labios que podríamos adivinar temblorosos en el instante en el que dice: ‘Padre mío, que no pase por mí este cáliz, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres...’”.

La Cofradía de Hosannas, una de las primeras de carácter marcadamente infantil y hermandad de penitencia masculina, custodiaba este paso desde su creación en 1955 hasta la fundación de la Cofradía titular, y asimismo viste hábitos de color blanco y una banda verde. El 4 de abril de 1986 se fundó la Hermandad de Penitencia femenina, “Las Niñas de Hosanna”, compuesta por veinticinco cofrades que visten túnica azul, toga y cíngulos blancos y sandalias de cuero. Colgando en el pecho llevan una sencilla cruz de madera.

Según Luis Ortega, esta Hermandad de jóvenes, primera Cofradía de La Palma fundada con el fin de soportar el peso de los pasos procesionales, es la que “pidió y logró el año siguiente, trasladar la procesión al horario nocturno, con el propósito de asemejar la rememoración piadosa de las Sagradas Escrituras que sitúan el hecho ‘tras la cena, llegada la noche’...”.




 

BIBLIOGRAFÍA:

-CABRERA BENÍTEZ, Domingo. «El Ángel de la Oración del Huerto (Apuntes sobre su restauración», en Programa de Semana Santa, 2003, Excmo. Ayuntamiento. Disponible también en http://www.cofradiadelhuerto.com/restauracion%20angelito.htm (consultada el 3 de febrero de 2004).
-COBIELLA CUEVAS, Luis. «Los Motetes de Semana Santa»,. En [Programa] Semana Santa 1997, Santa Cruz de La Palma, Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma; Cabildo de La Palma, Consejería de Cultura, [1997].
-FERNÁNDEZ GARCIA, Alberto-José. «Notas históricas de la Semana Santa en Santa Cruz de La Palma», Diario de Avisos, Santa Cruz de La Palma, (21 de marzo de 1963)
-FUENTES PÉREZ, Gerardo. El Clasicismo en la escultura, Aula de Cultura de Tenerife, Excmo. Cabildo Insular de Tenerife, 1990.
-LEOPOLD PRATS, Fernando. Artículo sin título. RODRÍGUEZ LEWIS, J.J.«Ya es Semana Santa en Ramos». Ambos en [Programa] Semana Santa 1998, Santa Cruz de La Palma, Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma; Cabildo de La Palma, Conserjería de Cultura, [1998]
-ORTEGA ABRAHAM, Luis. «Palmas y Olivos» en [Programa] Semana Santa 2001, Santa Cruz de La Palma, Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma; Cabildo Insular de La Palma, Consejería de Cultura, [2001].
-Página virtual de la “Cofradía de Nuestro Señor del Huerto” de San Francisco de Asís, disponible en: http://www.cofradiadelhuerto.com (consultada el 4 de marzo de 2005)
-PÉREZ GARCÍA, Jaime. Casas y Familias de una Ciudad Histórica: la Calle Real de Santa Cruz de La Palma, Madrid, 1995.
-VAN-DE-WALLE CARBALLO, Luis. «El Señor del Huerto. Primer centenario de la actual Imágen», Diario de Avisos, Santa Cruz de La Palma, (19 de abril de 1962)



 



 

 

 

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