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EL TEMPLO DE SAN ANDRÉS. ARTE E HISTORIA EN LA VILLA DE SAN ANDRÉS Y SAUCES

José Guillermo Rodríguez Escudero

 

«… la villa de San Andrés es uno de los pueblos más antiguos de esta isla y fue de mucha importancia, puesto que en los primeros años de la Conquista se le dio titulo de villa, según se ve en todos los documentos públicos de aquella época…»

Se sabe que el templo del patrón en el núcleo poblacional norteño de San Andrés y Sauces – una de las mejores edificaciones religiosas canarias- se había erigido antes de 1514, según se desprende de las Sinodales de Fernando Vázquez de Arce. El prelado constató la existencia de dos iglesias en la zona: San Andrés de los Sauces y Santa María de Montserrat.

«Otrosi, en el lugar de San Andrés de los Sauzales de la dicha Isla, criamos Iglesia Parroquial Baptismal en la Iglesia de San Andrés, la cual se anexa la Iglesia de Santa María de Montserrat»

Se trata de uno de los primeros recintos religiosos de La Palma, cuyo papel como elemento articulador de la trama urbana fue de gran importancia. Historiadores y estudiosos, como el palmero Pérez Morera, incluso datan la construcción del templo a finales del siglo XV, tras la conquista de Benahoare. Sea como fuere, en 1515 ya tenía rango de parroquia, lo que da una idea de su antigüedad. Este nombramiento fue confirmado mediante la Real Cédula de Carlos V en 1533.
Esta población llegó a ser la segunda en importancia tras la capital palmera en el siglo XVI, no sólo por su nombramiento como villa, sino porque fue el único pueblo (salvo la capital Santa Cruz) que tuvo escribanos públicos. El título de Villa ya se usaba para San Andrés en documentos antiguos, así en las datas de 23 de diciembre de 1507 en que el Adelantado dio a Gabriel de Socarrás y al Bachiller Alonso de Belmonte terrenos en Las Lomadas, y otra de 1518 en que se da a Miguel Martín un terreno de 200 pasos para que fabricara dos casas en la Villa de San Andrés.
La antigüedad de la localidad a los momentos de la conquista va paralela a la antigüedad de la fundación de su primer lugar de culto, llevado a cabo por el conquistador Marcos Roberto de Montserrat en las tierras de Adeyahamen (nombre del cantón en idioma aborigen ahuarita). Este templo aparece confirmado como parroquia en el Sínodo que lleva a efecto el Obispo Vázquez de Arce, promulgado entre 1514 y 1515. Se decía que:

“… en el lugar de Santo Andrés de los Zarzales de la dicha isla criamos Iglesia Parroquial e Bautismal la de Santo Andrés a la cual se aneja la Iglesia de Señora Montserrat que es en los Ingenios donde se fundó la dicha Iglesia…”

El Beneficiado de San Andrés fue aprobado por el Emperador Carlos V el 15 de diciembre de 1533. Su primer titular conocido fue Juan Lorenzo por 1548, quien inicia el Libro Primero de Bautismos. En 1566 tomó posesión Francisco Rodríguez Lorenzo, primer “cura de título real”. En virtud de aquella Real Cédula se crearon los tres beneficios de El Salvador, el de Puntallana y el de San Andrés y Sauces, siendo estos los cinco beneficios que hubo en La Palma.
Lorenzo Rodríguez nos informa de que a este templo se le anexaba la iglesia de Montserrat, distante un cuarto de legua, servidas ambas por un mismo párroco, excepto la Semana Santa y la Pascua de Resurrección, en que los vecinos de Los Sauces costeaban un sacerdote que sirviera aquella iglesia. En lo espiritual está agregada una parroquia a la otra, pero en San Andrés se celebraban las fiestas principales en sus propios días y en Montserrat los domingos infraoctavos, hasta que, en 1855, dispuso el ordinario que, para cortar rivalidades antiguas entre ambos pueblos, se alterase el orden de fiestas, es decir, que se hicieran las fiestas principales en sus propios días, un año en una parroquia y otro en la otra, y que ambas se considerasen como iguales. Lorenzo también nos decía que en la parroquia de San Andrés se había fundado algunas mandas pías para dar de comer a los pobres en ciertos días del año, así como de casar huérfanos. Más tarde las autoridades eclesiásticas las destinaron al hospital de la capital.
ínez de 1603. En su visita se enteró que muchas parejas aprovechaban las devotas procesiones y sentidas rogativas por falta de agua fuera del término, etc. para quedarse rezagados y así dormir en los campos, etc. El prelado declara que lo que provocan estas deshonestidades es que Dios se indigne y no conceda lo que se le pide. Más curioso aún es el mandato del 22 de abril de 1610 en el que el vicario general del obispado Gaspar Rodríguez del Castillo ordena que “ninguna mujer entre en el templo con sombrero, pasados cuatro pasos, so pena por la primera vez, dos reales; por la segunda, cuatro; y la tercera, el sombrero perdido por tercias partes, Juez, Fiscal y el Santísimo Sacramento.”

Batista Medina y Hernández López describen este histórico y magnífico recinto en su obra sobre el municipio norteño. Presenta una planta en cruz latina cuyos brazos hacen de capillas. La del lado de la Epístola pertenece a Nuestra Señora del Rosario y la del Evangelio dedicada a Nuestra Señora de la Victoria. Las dos magníficas imágenes marianas titulares de ambas capillas son de estilo flamenco.
Precisamente, es en la cripta de la capilla de la Victoria donde fue enterrada María Liberata de Guisla (1725-1806), muy conocida por su carecer enérgico. Según testimonios de la época y unas excavaciones efectuadas a finales del siglo XX, se da veracidad la teoría de que esta mujer, de importante rango nobiliario y de carácter déspota, había sido enterrada viva. Según las leyendas románticas así habría sido. El sacristán del templo –que había entrado al templo a tocar Oración- había oído voces pidiendo auxilio así como golpes en el suelo de la capilla la noche siguiente al sepelio, pero había callado por miedo a que lo tomaran por loco y había huido despavorido. Era la hija del Marqués de Guisla-Guiselin y esposa del Gobernador de Armas y Regidor de La Palma, don Domingo Vandewalle Cervellón, el personaje más importante del norte de La Palma a fines del siglo XVIII. En 1814 abrieron la cripta para enterrar al sacerdote Ambrosio Arturo de Paz, y en la escalera habían encontrado el esqueleto de Liberata con un ladrillo en la mano: la habían enterrado viva. Es entonces cuando el sacristán confesó lo que había estado ocultando. En 1986, Juan Francisco Navarro Mederos y su equipo de arqueólogos excavaron en la cripta y encontraron dos bancos con los restos de los curas Andrés Fernández Bautista (fallecido en 1657) y Ambrosio De Paz (en 1814). En el suelo estaba el esqueleto desarticulado de una anciana, sin duda, María Liberata de Guisla.
Los materiales empleados en su construcción fueron la cantería y el mampuesto, quizá por influencia portuguesa.
Posee dos entradas laterales – curiosamente no tiene entrada principal al pie de la nave principal- y su cabecera está orientada hacia el naciente. Su frente sólo ostenta un pequeño balcón de tea y un óculo. Importante es resaltar, entre otras características, que sus vanos son de medio punto, los volúmenes en línea recta y la techumbre mudéjar.

La profesora Fraga indica que la mayor parte de su construcción actual data del siglo XVII, puesto que la actual fábrica es el resultado de la suma de las diversas intervenciones y ampliaciones que fueron modificando profundamente el primigenio oratorio. Se sabe que a principios de aquel siglo se derrumbó parte de su techumbre por un gasto de 62 reales que pagó el mayordomo al carpintero Domingo González en 1616. La nave se cerró en 1629 y en 1666 se terminó el presbiterio y en esa centuria también se le añadió la capilla lateral de la Epístola, fundada por el presbítero Andrés Hernández Bautista. La otra del Evangelio fue fundada por Matías de Abreu. La composición arquitectónica que hoy ofrece se debe en gran medida a estas obras de remodelación realizadas en la centuria decimoséptima, promovidas por este beneficiado. Estas consistieron en cerrar la nave con una armadura de jaldetas, levantar un presbiterio rectangular y crear dos capillas comunicadas con esta última zona, lo cual configurará su planta de cruz latina. Los arcos del crucero, donde se localizan estas capillas aparecen cajeados y con almohadillado en su interior, tanto en las pilastras que actúan de soporte como en la rosca del arco.
En la Visita de José Tovar a La Palma entre 1717 y 1718, queda constancia de que el juicio que el Visitador General emitió sobre este templo fue positivo al no detectar irregularidades. Así describía la iglesia:

“Se paso procesionalmente al Baptisterio, q. está a un lado del choro con tejas de madera, y en el visité la pila bautismal que es de Jaspe y su tapa de madera.. La iglesia esta enteramente reedificada por solicitud del Beneficiado y con sus limosnas, que es de cañón muy capaz, con su arco, capilla maior y dos colaterales, dos puertas y en la fachada el coro, con su sillería muy aseada qe. es el mejor de toda la isla. Tiene en su torre con tres campanas y en el primer cuerpo la sacristía, y también la capilla de mano derecha, a púlpito y un órgano pequeño aun lado del Coro, en correspondencia con el baptisterio…”

El cronista de la capital palmera, Lorenzo Rodríguez, en sus célebres crónicas, nos informa de que “el Calvario que existe en la villa de San Andrés fue construido en el año de 1681, según una inscripción que allí existe”.
La única torre del Norte de La Palma (antes de la construcción de la actual fábrica de Montserrat) data de 1686. A finales del siglo XVII, se reedificó la cabecera del templo entre 1686 y 1688. Se construyó una nueva nave en 1700. Continuaron varias obras en el siglo XVIII, como la construcción de la puerta de la Epístola, con alfiz, por unos 350 reales (en 1701), cuyos esgrafiados que simulaban una arquitectura ficticia desaparecieron por una desafortunada decisión; en 1705 se termina el coro nuevo (por valor de 2.000 reales); en 1790 se alarga el presbiterio y se remata la torre con chapitel piramidal, etc.
De la fábrica primigenia subsisten la portada renacentista de la fachada norte y el arco toral, con baquetones góticos, que data de 1542-1548. Se realzó en 1687 con dos pedestales realizados en cantería procedente del Barranco de la Herradura, según Pérez Morera. Si bien su historia se remonta a los comienzos del Quinientos, la mayor parte del recinto –como hemos visto- fue levantado en la siguiente centuria, cuando se elevan las capillas laterales que dibujan la cruz latina.


El bello templo fue declarado Bien de Interés Cultural mediante Decreto 602/1985, de 20 de diciembre (BOAC nº 13, de 31 de enero de 1986), implicando el mayor grado de protección según la Ley de Patrimonio Histórico. Batista y Hernández también nos aclaran que este alto honor pudo conseguirse gracias a los esfuerzos del Ayuntamiento y del denominado “Patronato Pro-restauración de la Iglesia de San Andrés”. Éste fue fundado a finales de la década de los setenta. El 12 de agosto de 1980 ya se contaba con los primeros fondos para su restauración. Después de varios años de gestiones, ambas instituciones culminaron la tarea al conseguir la declaración de BIC y la financiación del proyecto de restauración por parte de la Comunidad Autónoma en el año 1985 y 1986.
ífico retablo principal que ocupa todo el testero del altar mayor –sufragado del peculio personal del beneficiado Matías de Abreu- posee dos lienzos que ocupan los laterales del segundo cuerpo. Estos se contabilizan en las cuentas de fábrica desde 1629, y de 1666 son ciertos datos que nos informan de trabajos realizados en la capilla mayor y en su altar por el carpintero Marcos Hernández. Son obra de Bernardo Manuel de Silva: San Fernando Rey y de San Miguel Triunfante (ambos de 120 x 70 cms.) fechados en 1711 y que custodian al Crucificado. Pérez Morera ha destacado que “la continua acción del sol ha hecho verdaderos estragos en la pintura, haciendo desaparecer la viveza de los colores originales”. Una lástima.

Esta preciosa pieza, tal y como ha llegado hasta nuestros días, no parece haber sido terminada hasta 1790, según consta en la inscripción pintada al frente del pedestal extremo del banco al lado de la Epístola. Esta fecha pudiera señalar el término de su construcción o alguna restauración, pero también el de su dorado y policromado, lo cual- según el profesor Trujillo-, parece más probable.
El mismo investigador, en su galardonada obra sobre el retablo barroco en el Archipiélago – Premio “Viera y Clavijo” en 1973 – describe esta obra maestra. Sobre el altar, y ocupando todo el hueco de la hornacina central, se encuentra un bellísimo sagrario-ostensorio, de cuyos dos cuerpos, el superior, ocupado por una diminuta Piedad de tosca talla, pudiera cumplir también función de manifestador. Por el tipo de columnillas y los motivos de su decoración es claramente manierista, por lo que cabe suponer su anterioridad respecto al retablo, tal vez de la primera mitad o hacia mediados del XVII. Este tipo de sagrario es de tradición muy palmera, a base de planta poligonal y cubierta superior avenerada. Se asemeja al de la antigua iglesia de San José de Breña Baja, si bien éste de San Andrés le supera en calidad artística.



En la hornacina del lado de la Epístola (a la derecha del espectador) se venera una preciosa escultura en madera policromada de aprox. 119 cms. de San Matías, obra de Bernardo Manuel de Silva fechada en torno a 1711-1718. Hasta hace unos años, mientras era restaurada la imagen del patrón San Andrés, estaba colocada en la hornacina de la derecha el magnífico San Pablo, procedente del antiguo retablo –espectacular y famoso en todo el Archipiélago- de El Salvador, antes de que se desmontara para proceder a la colocación del neoclásico que hoy se puede admirar. Es obra del maestro sevillano Martín de Andújar, conocido discípulo de Martínez Montañés, y realizado hacia 1638. Tanto San Pablo como San Matías “presentan la misma postura y ropajes, con manto sobre el hombro izquierdo que atraviesa por delante hasta recogerse en forma de nudo bajo el brazo y libro sagrado en la mano izquierda, mientras eleva la derecha para empuñar la espada o el hacha” (Pérez Morera).

 

 

 

 

 

Entre las esculturas que se custodian en el interior de este precioso templo, se encuentra la de la Virgen del Rosario, en su capilla colateral de la Epístola. Como titular de la misma, dotada en 1688 por el Beneficiado Matías de Abreu y Martín, desde finales de 1690 preside el retablo levantado en la misma a expensas de su fundador y patrono. Venía a sustituir una primitiva imagen de candelero de idéntica advocación, documentada con anterioridad, que en 1686 se veneraba en un nicho de madera costeada también por el presbítero mencionado y su familia. La preciosa imagen mariana guarda cierta similitud con su homónima de Barlovento: en su peinado, en el tocado, en el tipo de indumentaria, en la dulce expresión de su semblante, en la disposición del Niño en brazos, etc. La imagen “matrona de majestuosa monumentalidad” está inspirada en los ideales clásicos de belleza, equilibrio, sobriedad y reposo. Se le ha considerado como pieza representativa de la escultura flamenca de la primera mitad del siglo XVII. En el ático de este bello retablo se halla colocada una pintura sobre tabla de 1694, Desposorios de la Virgen y San José, obra de Bernardo Manuel de Silva. Pérez Morera nos informa de que “la composición, presidida por la paloma del Espíritu Santo, dentro de un resplandeciente rompimiento de gloria, es sencilla y simétrica, faltando la tradicional figura del sumo sacerdote en medio de la pareja”. La Virgen sostiene en sus brazos al Niño Jesús, envuelto en pañales, que tira de la toca que cubre a su Madre, en una escena llena de ternura, encanto y sentimiento. El Niño mantiene en su mano el símbolo del pecado original: la manzana. A los pies de la Virgen, la luna de la mujer del Apocalipsis.


La imagen de la Virgen de la Victoria se hallaba en 1679 en el nicho central de la capilla colateral del Evangelio, fundada por el presbítero Andrés Hernández Bautista con anterioridad a su testamento, en 1657. La talla, de 88 cms. de alto -una esbelta escultura de madera policromada, de aspecto y gravedad en semblante y de postura hierática y majestuosa- data de las primeras décadas del siglo XVII. Dadas sus particulares características, ofrece ciertas dificultades a la hora de su clasificación estilística. A pesar de ello, para algunos investigadores no es aventurado pensar en el posible origen flamenco de esta bella obra. Ya se hallaba colocada en 1679 en el nicho de su capilla y en 1768 se invirtió en ella 13 maravedís en dorarla de nuevo.


Para este mismo templo, Bernardo Manuel de silva realizó la pequeña imagen de San Miguel Triunfante, escultura en madera policromada de aprox. 39 cms fechada entre 1711-1718. Había sido costeada por Matías de Abreu y Martín. Una pieza que estuvo colocada originariamente en el sagrario-expositor del altar mayor. Es probable que el modelo partiese de un dibujo del Arcángel realizado por Murillo en 1655 y que se conserva en el Museo Británico de Londres. Obra de este afamado artista fue el San Miguel del retablo de los Capuchinos en Cádiz, su última obra.

 






Otra venerada imagen que se custodia en el templo es el Señor del Gran Poder. Una venerada efigie que refleja la mansedumbre del Todopoderoso y es copia del Señor de la Piedra Fría de la iglesia capitalina de San Francisco. En el inventario de julio de 1794 no se nombra esta imagen, por lo que su llegada al templo fue posterior, procedente, quizá, del desamortizado y vecino convento de La Piedad. Sí consta que en la visita del Obispo Rey Redondo (1895) el prelado concedía indulgencia a los fieles que oraran ante esta venerada efigie. Sufrió varias restauraciones, como la llevada a cabo por el palmero Rodríguez Valcárcel, que aumentó su cabellera. En 1966 se retocó de nuevo. Esta vez fue Pedro Daranas el que recibió el encargo de la Junta Diocesana de Arte. El decorado corrió a cargo del investigador y artista Fernández García. Los cuatro ángeles que lo acompañan en su retablo y en el recorrido procesional de Semana Santa son obra del imaginero Carmona (1826-1901) inspirados en los querubines del Nazareno de la iglesia de Sto. Domingo de la capital palmera. Sus preciosas potencias fueron sufragadas por el pueblo –recolecta llevada a cabo por una promesa de doña Eufemia Hernández- y también la villa le obsequió un hermoso cíngulo. En los años sesenta del pasado siglo se consideraba una de las imágenes cristológicas más veneradas de La Palma. También desfila procesionalmente en sus fiestas anuales de julio, con gran concurso de pueblo.

 

Otra imagen de la Pasión que actualmente se custodia en el histórico y sacro recinto es el Nazareno (cuya primera saluda procesional fue en 1682 gracias a la devoción del Capitán y Sargento Mayor de La Palma don Miguel de Abreu y Martín).


Existe un crucificado retirado del culto en la sacristía de la capilla de la Victoria. Allí se custodia también el Resucitado, San Nicolás de Bari, un Niño Jesús de Praga… Se trata de una talla de tamaño natural, realizada con papel, madera y caña y hueca internamente cuyas medidas son 1,72 x 1,60 cms. El profesor Pérez Morera informaba de que, por ello, “se inscribe dentro de proporciones cuadradas, de modo que su altura es sensiblemente igual a la de los brazos extendidos”. El investigador continuaba puntualizando que “parece obra del último tercio del siglo XVI, apegada aún a los modelos renacentistas, como denotan sus proporciones clásicas, serena expresión y ojos cerrados, característicos de los llamados «Cristos dormidos» de la primera época. El escaso modelado, la anatomía sumaria, la barba simétrica y partida a la mitad, las piernas arqueadas y las plantas de los pies pegada a la cruz, sin apoyo alguno, son otros rasgos habituales en este tipo de esculturas”. En el archivo parroquial de San Andrés (Libro de Visitas) consta haber sido añadido al patrimonio del templo en 1768 un “crusifixo grande” y colocado en la sacristía. Tal vez se trate de la misma efigie, si bien su presencia en la iglesia es algo tardía, puesto que no es nombrada en los inventarios efectuados en 1629, 1679 o 1733.


Después del desplome del techo de la antigua y extinta iglesia del vecino convento masculino de La Piedad en 1854, las imágenes de Nuestra Señora de La Piedad, San Francisco y San Diego de Alcalá (ambas del siglo XVII) fueron traídas al templo de San Andrés. Allí fueron llevadas en calidad de depósito ya que era la iglesia más cercana al cenobio franciscano, que se había erigido en medio de los cañaverales de la antigua Hacienda de los Señores. Ello dio lugar a que la rivalidad que secularmente enfrentó a las feligresías de Los Sauces y de San Andrés se enconara. A tanto llevó esta confrontación que los vecinos de Los Sauces no querían “concurrir a una parroquia extraña a venerar una imagen que miraban como propia”. Todo se calmó cuando, el 2 de septiembre de 1855, se llevó en multitudinaria procesión a la venerada imagen de Nuestra Señora de La Piedad -obra flamenca del segundo tercio del siglo XVI- a la parroquia de Montserrat. Permanecieron las de los dos santos franciscanos en el altar del Nazareno de San Andrés. La de San Francisco había sido donada por Diego de Guisla y Castilla antes de 1671. Es de escuela sevillana y, según Pérez Morera, sigue el modelo del San Francisco que Martínez Montañés hizo para el convento de Santa Clara de Sevilla hacia 1630.


Existe en el templo otra estimable pieza de arte flamenco. Se trata del pequeño tapiz de San Andrés “cosido a una casulla del ropero litúrgico, muestra al apóstol sobre un bucólico fondo de paisaje con río, puente, prados e iglesias y ciudades flamencas”. Pérez Morera nos informa de que fue inventariada en 1629, entre todos los ornamentos litúrgicos del templo, una vestimenta carmesí “con vna medalla del gloriosso San Andrés en las espaldas”. Continúa diciendo que, en 1602, se había ordenado hacer una casulla de este color “lucida para la fiesta de San Andrés que es la advocación de la Yglesia y las demás fiestas de Apóstoles”. Un mandato que vino a tener cumplimento entre 1617 y 1618.
En la mencionada Visita de José de Tobar y Sotelo (el 11 de octubre de 1705) consta que en el centro del retablo mayor “tiene vn nicho en que esta el glorioso San Andres Apostol”. La talla -que ha recuperado su colorido: rojo, verde, oro… tras una reciente restauración - desfila procesionalmente cada 30 de noviembre –onomástica del santo mártir-, tras la solemne función religiosa concelebrada, por las adoquinadas y empedradas calles colindantes a su histórico templo, acompañado por su orgulloso pueblo que se releva para cargar a hombros las pesadas andas de madera y cumplir así las promesas.

BIBLIOGRAFÍA:

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